Se espera que en poco tiempo Luz Marina Monzón Cifuentes se posesione en su nuevo cargo. | Gustavo Torrijos – El Espectador

¡Pacifista! reproduce este artículo en el marco de su alianza informativa con el diario El Espectador. Vea la nota original aquí.

Por Nicolás Marín – Colombia 2020

Luz Marina Monzón Cifuentes cuenta, entre suspiros de alivio, que en sus 22 años como defensora de derechos humanos sólo la han amenazado una vez. Ocurrió cuando tuvo a su cargo la primera parte del caso del humorista más querido del país, Jaime Garzón, asesinado el 13 de agosto de 1998. La llamaron durante un mes, entraron a su apartamento y robaron su portátil. Fue la primera de las únicas dos veces que realmente ha sentido que su vida corría peligro. La segunda fue cuando, a través de la Comisión Colombiana de Juristas, pidió la exhumación de los restos de Alirio Pedraza, un abogado y defensor de derechos humanos que, para las Fuerzas Armadas, era sólo un “enemigo interno”. Esa vez, le pareció que los ojos del Ejército la seguían a donde fuera.

De las 36 personas que aspiraron a ocupar la dirección de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), ella fue la elegida. Su nombramiento se anunció el pasado 26 de septiembre y, desde entonces, Monzón navega en la burocracia que implica crear una entidad estatal. Al final, su recorrido profesional fue el victorioso, especialmente en relación con el fenómeno de la desaparición forzada.En la Comisión Colombiana de Juristas, donde trabajó 12 años, conoció casos importantes en esta materia, como la desaparición de 19 comerciantes en el Magdalena Medio en 1987, la masacre de Pueblo Bello en 1990 —en realidad, la mayoría de víctimas fueron desaparecidas— y representó a las víctimas de las masacres de Ituango (El Aro y La Granja) en 1996 y 1997.

Desde muy pequeña supo que quería estudiar Derecho. De sus primeros litigios da testimonio su hermana Betty Monzón, la menor de seis hermanos, al contar cómo la defendía de sus padres en las discusiones familiares. Nació y estudió el bachillerato en Villavicencio, pero la universidad la hizo en Bogotá, financiada con los humildes ingresos que generaba el taller de repuestos de sus papás, Luis Álvaro Monzón y Leonor Cifuentes. Gracias a ese taller, todos los hermanos Monzón Cifuentes pudieron estudiar una carrera en la capital del país. “La Monzón”, como le decían a Luz Marina, fue recibiéndolos uno a uno en un pequeño apartamento donde a duras penas cabían.


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Esta abogada vivió de cerca la justicia sin rostro, el remedo judicial para pelear la guerra contra el Estado que habían emprendido los carteles de Medellín y de Cali. Recuerda que tuvo a su cargo la defensa de un campesino acusado de pertenecer a las Farc y de haber participado en el asesinato de un médico importante de Santander. Finalmente, tras conocer e investigar los nombres de las personas que lo acusaban, descubrió que se estaban utilizando falsos testigos para acusarlo. Una práctica que se volvió común en esa época en que nadie, ni los testigos, ni los fiscales ni los jueces, debía dar la cara.

La justicia sin rostro de los años 90, recuerda, fue duramente criticada por Eduardo Umaña, defensor de derechos humanos y colega cercano. “Fue un referente de enorme trascendencia para el país”, dice Monzón, quien destaca de él “sus convencimientos inquebrantables” y confiesa que nunca pensó posible su asesinato, ocurrido el 18 de abril de 1998.También recuerda el 27 de febrero del mismo año: mientras estaba en Washington advirtiéndole a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que Jesús María Valle estaba en peligro, llamaron a avisarle que acababan de asesinarlo. Ni ella ni su familia han experimentado el yugo de la violencia, pero Monzón lloró a Umaña y a Valle como si fueran propios.

Su vida profesional ha estado rodeada del dolor con el que viven innumerables personas vulneradas por el conflicto. Trabajó cinco años en la Rama Judicial, otros cuatro como defensora pública y en 1997 entró a la Comisión Colombiana de Juristas, en la que permaneció hasta 2009. No es una mujer fácil de deslumbrar, dice su colega María Victoria Fallon. Recuerda que en un viaje a Nueva York le suplicó que fueran a conocer Broadway. Monzón finalmente aceptó, y mientras que su amiga estaba maravillada con las luces, Luz Marina simplemente se limitó a decir: “¡Qué contaminación!”.

El reto al que se enfrentará Luz Marina Monzón Cifuentes en la UBPD es mayúsculo: esclarecer la suerte de miles de personas desaparecidas en el contexto de la guerra —son más de 60.000 víctimas, según el último informe del Centro de Memoria Histórica—, en un país que mira por el hombro el drama de quienes sufren con la desaparición forzada, cuyas cifras superan las del Cono Sur en la época de las dictaduras militares.“El reto es que haya una sensibilización sobre lo que significa la desaparición forzada, para conocer los retos que como sociedad tenemos, pero también para solidarizarnos, porque somos una sociedad indiferente por el miedo, por la represión, por la sobrevivencia”, asegura.


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Luz Marina Monzón Cifuentes tiene en sus manos el enorme reto de poner a andar la unidad que se diseñó en el Acuerdo de Paz con las Farc para buscar a personas que han desaparecido en medio de la guerra. “Yo no condeno la indiferencia, porque he aprendido por todo lo que he hecho que la sociedad sabe cómo tratar de sobrevivir y que a veces la indiferencia obedece a una sobrevivencia, pero que es el momento de salir de esa indiferencia y solidarizarnos”.

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