Alonso Salazar y Gilmer Mesa – Fotos: Sara Gómez Toro y El Espectador

Por: Mauricio Builes

Hace casi 30 años se publicó en Medellín No nacimos pa’ semilla, un libro que sirvió como cachetada a una ciudad que insistía en ignorar sus periferias. Era el primer intento de largo aliento por explicar algo casi incomprensible: los sicarios suicidas. Su autor, Alonso Salazar, en ese momento investigador de una ONG, llevaba cinco años conviviendo entre balaceras y velorios. La escritura del libro fue su intento por entender qué estaba pasando.

Su éxito fue rotundo. A los meses de publicado se convirtió en un Best-Seller local y Alonso, con 30 años de edad, en una referencia para quienes trataban de reconocer a su ciudad en ese “espejo”. Por esos días, Víctor Gaviria, esta vez desde el cine, daba otra cachetada con Rodrigo D, No Futuro, una película que se metió al corazón de los barrios más peligrosos con el mismo propósito.

A partir de ese momento, esas dos obras han sido una larga sombra para otros periodistas, cineastas y escritores que ven cómo la realidad de la capital paisa aún resuena con ese eco de la muerte fácil. El último en hacerlo es Gilmer Mesa, quien tardó 25 años en escribir La Cuadra, una novela sobre la muerte de su hermano, un sicario de una de las bandas emblemáticas de la época del Cartel de Medellín.

A diferencia de todo lo publicado hasta ahora sobre ese tema, Gilmer se sirve de un lenguaje deliberadamente tierno para recrear la violencia más cruda de una cuadra del barrio Aranjuez de Medellín (“En pocos minutos la vivienda se llenó de vecinos y curiosos, toda la cuadra se despertó y se enteró de la noticia, y mi casa se volvió una confusión total. Habían matado a mi hermano mayor, al hijo más querido de mis padres, al hombre que más he querido en mi vida, y con él mataron también a una parte del ánima de mi familia, que siguió el rastro de sus huesos a donde quiera que fueran”).

 

 

 

 

 

 

 

 

Tal vez por eso, según Alonso Salazar, La Cuadra logra ese efecto enternecedor con lo más macabro: “Gilmer pasó por el tamiz del alma la realidad de su barrio”. Y esa es, también, la realidad de Medellín.

¡Pacifista! habló con ambos autores en el Hay Festival de Cartagena. Charlamos sobre la vigencia de sus libros y sobre la Medellín violenta vista desde el presente.

¡Pacifista!: Ambos libros hablan de una realidad de hace 30 años, ¿qué tan vigente está en la Medellín actual?

Alonso Salazar: Muchas de las cosas que yo retraté en No nacimos pa’ semilla siguen en Medellín, pero la situación no es tan precaria como en esa ápoca. Hoy, las nuevas generaciones tienen oportunidades para estudiar, en los ochenta no. Hoy tienen mejor infraestructura en los barrios y posibilidades más allá de la crisis social que yo conocí en esa época.

Gilmer Mesa: Pero seguimos en unos dramas muy complicados. Eso no lo podemos desconocer.

Alonso Salazar: Claro, y también siento que hace falta volver a mirar qué es lo que está pasando hoy. No creo que sea el mismo fenómeno de No nacimos pa’ semilla, pero es evidente que hay turbulencias.


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Pero estamos viviendo un pasado renovado. Es decir, el año pasado Medellín cerró con casi 600 muertes violentas y el sicariato o los descuartizamientos son titulares de la semana pasada.

A.S.: Sí, pero no estamos hablando de los 3.600 muertos de hace 30 años. Lo que pasa es que tenemos una incapacidad muy grande de aceptar los avances como sociedad. La disminución de la muerte por homicidios en Colombia es una cosa drástica, pero tenemos una resistencia a aceptar que la realidad puede cambiar en sentido positivo.

Volvamos a los libros. ¿Sirvieron de algo esas publicaciones?

G.M.: En lo personal, La Cuadra me ha servido para entender cosas pequeñas sobre la realidad pero el mal me sigue obsesionando, entender el mal. Esa tarea sigue pendiente.

A.S.: Mi libro estaba condenado a la clandestinidad de las bibliotecas académicas. Yo quería escribir un ensayo y no fui capaz. Mire bien: no hay trabajos universitarios sobre eso porque las universidades en ese momento estaban en otro cuento. Unas desconectadas de lo social y otras, esperando la revolución social. Y yo quería entender qué era lo que estaba sucediendo, por qué había una implosión en los barrios, por qué eso de joven pobre matando joven pobre, por qué ese reventarse hacia adentro de la ciudad, por qué ese desprendimiento de la vida…

¿Y lo entendió?

A.S.: No del todo. Entendí que se trataba más de un problema de dignidad e identidad que de pobreza.

G.M.: Lo que pasa es que el crimen es más un fenómeno identitario. Por ejemplo, Aranjuez, mi barrio, que fue uno de los que más sicarios le dio a la guerra de Pablo Escobar, no era uno de los más pobres. Por eso hoy me da tanta rabia con Federico (Gutiérrez, el alcalde actual) que le rebajó presupuesto a la Red de Escuelas de Música y luego va y se compra un helicóptero dizque para capturar bandidos. No se da cuenta de cuántos bandidos prefieren más una guitarra.

De todas maneras, uno sí siente que cada libro muestra la foto de una Medellín que muchos prefieren ignorar, ¿Por qué nos cuesta tanto mirarnos a nosotros mismos?

G.M.: Yo pienso que lo que no nos gusta es hacer memoria histórica de esos fenómenos. Nuestro pasado lejano es diciembre y nuestro futuro lejano es el próximo diciembre. Vivimos de diciembre en diciembre y nos olvidamos de todo lo que nos ha ocurrido. Es como si el horror no nos asombrara.

¿O lo banalizamos? Ahí están los muy conocidos “narcotours” en Medellín o las series en Netflix sobre narcos…

A.S.: Yo no creo que la obsesión por Pablo Escobar genere comportamientos específicos en la gente. La gente no es más mala porque lea novelas sobre malos. Hay que recordar que lo peor en Medellín sucedió antes de las novelas sobre Escobar. Además, tampoco creo que le debamos hacer tanto eco a esas realidades como las visitas a su tumba. Medellín siempre ha sido una ciudad cerrada y, aunque nos duela, Pablo Escobar es el personaje más universal que tenemos. Eso no lo podemos negar, como tampoco la curiosidad que él despierta en ese flujo impresionante de turistas que hoy están llegando a la ciudad.

G.M.: Pienso que el arte es la llamada a hacer la reflexión.


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¿Se refiere a la reflexión que hace desde una novela como la suya?

G.M.: A la reflexión desde todas las formas del arte. En mi caso, yo tenía que salir de la escritura de eso que pasó con mi hermano y si ese libro ayuda, perfecto, pero no lo escribí con esa pretensión.

Ahora que habla de “eso que pasó con mi hermano”, una pregunta recurrente que uno se hace leyendo ‘La Cuadra’ es: ¿Por qué no siguió sus pasos?, ¿por qué no hubo una memoria vengativa de su parte?

G.M.: Cuando a él lo mataron yo tenía 13 años, una tristeza infinita y una rabia poderosa. Sus amigos sí me buscaron para seguir ese camino, pero lo que sucedió con mi hermano le destruyó la vida a mis papás. Les quebró el alma. Yo, simplemente, no quise alargarla. Esa tristeza tan honda hizo que yo me alejara de ese mundo.

¿Cree que si no lo hubieran matado, hubiera seguido ese mundo del mal que describe tan bien en el libro?

G.M.: Muy posiblemente. No lo sé.

‘No nacimos pa’ semilla’ deja en el lector una dosis de “no futuro” difícil de superar. Sin embargo, al inicio de esta conversación, usted dijo que las cosas han mejorado de manera drástica, ¿cree que llegó la hora de escribir el ‘Sí nacimos pa’ semilla?

A.S.: Cuando se publicó el libro, “Sí nacimos pa’ semilla” fue una consigna contra él y a mí no me molestó; pero pienso que el periodismo no tiene la función de contar las aleluyas de una sociedad. Sin embargo, una de las revelaciones del libro –que aún cobra vigencia– es que Medellín necesita verse a sí misma más allá de su violencia. Un poco lo que hizo Sergio Fajardo en su alcaldía, y luego en la mía (Salazar fue alcalde entre 2008 y 2011), es fruto de eso que se pudo identificar en el libro: el problema sigue siendo de dignidad, de falta de reconocimiento.

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