Marta Lucía Ramirez observa una estantería vacía en su visita a Venezuela | Imagen vía Twitter.

Este artículo fue originalmente publicado en VICE, nuestra plataforma madre. Se trata de una columna de opinión, escrita por el editor Andrés Páramo. 

“El espejo de Venezuela”.

Esa es la categoría que elegimos los colombianos para resumir sin matices varios fenómenos: la crisis económica y social que vive el país que tenemos al lado, la migración de cientos de venezolanos a tierras nacionales, la muerte de niños por hambre en los hospitales caraqueños.

Aparte de ser todo esto, la expresión resulta también un englobe fácil para difundir ideas peligrosas, como la mentira extendida de que Venezuela era exactamente igual a Colombia antes de que el sueño bolivariano se empotrara en el poder por décadas. Y que —sigue la mentira— solo hace falta un líder para que esa realidad se consume como por arte de magia.

Una irresponsabilidad que, por supuesto, solo podía ver la luz en época de campañas políticas.

La tesis proviene del todopoderoso Álvaro Uribe Vélez, quien viene insistiendo en ella desde hace un buen tiempo. “En Venezuela nunca pensaron que iba a haber castrismo. Chávez lo negó. Y llegó y acabó la empresa privada, y al acabar la empresa privada, acabaron la política social”.

La frase se las dijo Uribe a un grupo de estudiantes en agosto del año pasado y hoy el tema está en la agenda diaria: hace poco, Mauricio Vargas, columnista de El Tiempo, aseguró lo mismo en su tribuna habitual, arriesgándose esta vez a mencionar el mal por nombre propio: “Para vacunarse contra esos temores, en uno de los pocos puntos claros de su etéreo programa, Fajardo ha dicho que no piensa tocar la propiedad privada. Suena bien, pero vale recordar que eso mismo decía Hugo Chávez en la campaña electoral que lo llevó al poder en 1998”.

Y los hechos reales ayudan a perpetuar la mentira, como es usual en la política nacional. Es cierto que Hugo Chávez le confesó a la prensa en su primera campaña que estaría apenas cinco años en el poder y que no permitiría la nacionalización de las empresas privadas. Y también es cierto que en la Colombia de hoy se respira, como en la Venezuela de entonces, una desconfianza hacia la política tradicional, hacia los partidos —muchos candidatos se lanzaron por firmas—, así como un miedo al desplome del precio del petróleo y un desprecio constante a la corrupción en muchos sectores del Estado. (Todo está mejor consignado en esta nota de la revista Semana).

A los datos se suma la realidad en carne viva: Venezuela está muriendo. La crisis que la atraviesa se extiende y perpetúa en el tiempo, tendiendo a volver a sus habitantes los residuos de un Estado incompetente que los envenena a diario con la paranoia de un futuro incierto.

Hace unos meses recorrí por tierra el camino largo que hay entre Caracas y el estado de Yaracuy para darme cuenta de que es cierto todo lo que nos dicen los medios sobre ese país. A saber: los mercados están vacíos. El temor de que el gobierno sea eterno se manifiesta a diario. En cuestión de horas cambian los precios de las cosas. Venezuela come —si es que come— el mismo plato de comida tres veces al día. Sus ciudadanos denuncian de fraudulentas las elecciones regionales. El oficialismo gana bajo el manto de la duda internacional. Los opositores se deprimen, descreen, agonizan.

Y los datos siguen: medio millón de venezolanos han llegado a este país, de acuerdo con las cifras oficiales de Migración Colombia. Un puñado de periodistas del New York Times nos cuentan que los niños se mueren de hambre en los hospitales sin que los médicos registren su muerte por desnutrición.

Todo aquello, que debería despertar en nosotros la empatía y acción diplomática de un país que también ha atravesado duras crisis humanitarias, sirvió acá para el oportunismo malsano y egoísta: Marta Lucía Ramírez posa en Venezuela para tomarse una foto con una estantería de mercado vacía, mientras Gustavo Petro —acá no se salva nadie— dice que el candidato menos parecido a Chávez es él, porque no confía, como los otros, en anclar la economía al petróleo.


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Para nosotros Venezuela no es un país en que la gente se desnutre, ni tampoco una masa migrante que requiere ayuda humanitaria. Es apenas una cifra en el rating. Algo para hablar y temer. Ni siquiera se trata de un paradigma que hay que analizar con cabeza fría, sino simplemente algo que genera miedo. Y que, por ser miedo, se manosea con la intención mezquina de ganar unas elecciones.

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