Héctor Augusto Vega Lugo, desaparecido desde el 14 de marzo de 2002. 

Por: Julián Ríos Monroy

“Hoy digo que era mejor que lo hubieran picado, era un solo dolor. Si yo lo hubiera encontrado y hubiera sabido que ese montoncito de carne era él, mis hijos y yo hubiéramos podido hacer ese duelo, pero no. Uno siempre está esperando que alguien encuentre algo: qué pasó, si lo tiraron al río, si está en un hueco, si no fue ahí, si se lo llevaron a otro sitio”, dice Cecilia Lozano con voz entrecortada.

Se refiere a su esposo, Héctor Augusto Vega Lugo, quien salió de su casa el 14 de marzo de 2002 y nunca regresó. Lo que parecía una jornada de arrear ganado y cambiarlo de potrero con ayuda de su hermano Carlos Uriel, pasó de durar una tarde a demorarse 16 años.

Héctor Augusto era lechero y a Carlos Uriel lo reconocían como el mejor coleador del pueblo. La última vez que los vieron estaban en la zona rural de Mapiripán, un municipio al sur del Meta que se levanta a la orilla del río Guaviare. Allí, en medio de una llanura con vías casi intransitables, ubicada a 13 horas de Villavicencio y a tres horas en lancha desde San José del Guaviare, los hermanos Vega comenzaron un recorrido sin retorno.

En la vereda Evaristo, ubicada a una hora del casco urbano de Mapiripán, se encuentra la finca Canaan, una sabana inmensa sembrada de pasto y regada por las aguas de los morichales, en la que se ve una que otra mata de plátano y yuca. Lo que ahora es un predio abandonado, hace 15 años era transitado por las 84 cabezas de ganado que le daban el sustento a la familia Vega Lozano.

Héctor y Carlos salieron en la mañana del jueves 14 de marzo con la intención de cambiar de potrero unas reses que se habían salido del lindero y, por la falta de lluvias, se estaban enterrando en la sabana. Sin embargo, la preocupación de los hermanos Vega no era precisamente el ganado, sino los constantes enfrentamientos armados que se daban en la zona.

Como recuerda Cecilia: “Había muchos combates por el camino. Cuando uno iba con el ganado, la guerrilla o los paramilitares lo hacían devolver, pero ese día ellos decidieron irse. Yo hice el desayuno, les empaqué el almuerzo, y se fueron a las 6 a.m. para esa finca, porque quedaba lejísimos de donde vivíamos”.

Mapiripán era un pueblo en disputa entre las Farc y las Auc. Parte de la década de los noventa, el territorio fue controlado por la guerrilla y, para esa época, la gran llanura ganadera era más bien un océano de coca. En 1997 incursionaron los paramilitares al pueblo y, durante cinco días, torturaron y asesinaron a casi medio centenar de personas que consideraban aliados del grupo subversivo. La guerrilla retomó el control entre 1999 y 2002, pero ese año regresaron los paramilitares y se recrudeció la violencia en la región.


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Cecilia se quedó con la promesa de que su esposo llegaría a las 4 p.m. Su hijo menor –que en ese entonces tenía 3 años–, lloraba por no poder ir con su padre, pero lo esperaba porque le había prometido un paseo a caballo al regreso. Ninguna de las promesas se cumplió. Solo regresó un perro que acompañaba a los hermanos Vega, y que no dejó de ladrar en toda la noche.

“El perro me daba más angustia. Salía y regresaba, me ponía las dos manos y aullaba. Yo lloraba y le preguntaba qué había pasado con ellos, y el perrito no dejaba de ladrar y aullar. Al otro día, por la mañana, fui y le dije al profesor de la vereda que estaba preocupada porque siempre que mi esposo decía que llegaba, lo hacía. Sin embargo yo todavía tenía moral, me decía ‘como hay combates, de pronto no han podido pasar porque esa gente está peleando’. Me fui al pueblo –porque ellos primero pasaban por allá– pero efectivamente no habían llegado”, cuenta Cecilia con una angustia que, pasados 16 años, no desaparece de su relato.

La preocupación no la dejaba vivir tranquila. Buscó ayuda en la Personería, pero “dijeron que no, que ellos qué iban a ir para que los desaparecieran”. En medio del desespero, Cecilia contactó a uno de sus cuñados y decidieron ir ellos mismos a buscar a sus familiares.

El ganado estaba en la finca, lo que descartaba la posibilidad de que fuera un rapto por hurtar las reses. En una casa desvencijada y abandonada, el cuñado de Cecilia encontró los enceres del almuerzo que los Vega se habían llevado ese jueves. Salió de allí para continuar la búsqueda y, al regresar, los objetos habían desaparecido. Solo dejaron una fumigadora vieja, pero nada que tuviera que ver con Héctor ni Carlos.

Días después, Cecilia llegó hasta esa casa para intentar buscar señales. Al recordarlo su voz vuelve a quebrarse, quizá del mismo modo que, en aquel momento, se quebraba la posibilidad de encontrar a los hermanos Vega: “Yo me quedé esa noche, yo grité, yo lloré, yo los busqué, yo recorrí la finca”.

Incertidumbre, preocupación, llanto. Inquietud, zozobra, rabia. Impotencia, confusión, dolor. Desaparecimiento. El desespero se apoderó de Cecilia, que no solo estaba devastada, sino también cansada de plantear preguntas sin obtener respuestas y de recorrer caminos sin encontrar huellas.

Sin más opciones, acudió directamente a quienes tenían que saber sobre la suerte de su esposo y su cuñado: los grupos armados. “A mí ya no me importaba mi vida, no me interesaba nada, solamente saber qué había pasado con ellos”, recuerda.

Dio primero con los ‘paras’, quienes señalaron que “habían tenido un combate con la guerrilla a eso de las 9 a.m. en esa finca”. En efecto, en el sitio que los paramilitares indicaron, Cecilia encontró un campamento, pero no había guerrilleros ahí. Lo que sí halló fue el veneno que usaba su esposo para cuidar a las vacas de las picaduras de los mosquitos y los lazos con los que las amarraban.

De ahí Cecilia salió en busca de las Farc, la última opción que le quedaba. “Cuando los encontré les pregunté si sabían algo de Héctor y Carlos, porque había encontrado esas pistas en su campamento. Al final, la guerrilla dijo ‘no sabemos’ y los paramilitares ‘no fuimos’ ”.

Para Cecilia ese fue el final de la búsqueda: “hasta ahí pude saber, porque no hubo nada más, nadie me dijo nada y yo no encontré más nada”. Tres meses después, las constantes amenazas de los ‘paras’ la hicieron desplazarse de Mapiripán hacia Villavicencio.

La vida antes de la desaparición

Un recuerdo de la boda de Cecilia y Héctor.

Pese a que estos últimos 16 años han estado cargados de preguntas, sufrimiento y desafíos para Cecilia, los tiempos que precedieron la desaparición de su esposo y cuñado no fueron fáciles.

Tampoco fueron años sencillos para sus paisanos de Mapiripán. Allí, en el límite entre el Meta y el Guaviare, grupos guerrilleros y paramilitares en complicidad con la Fuerza Pública dejaron a los pobladores en medio de un fuego cruzado que derivó en masacres, asesinatos, desapariciones y desplazamiento.

La situación fue tal que, en algunos sitios, al sol de hoy es imposible reconocer el nombre “Mapiripán” si no le antecede la palabra “masacre”, que se convirtió en prefijo a causa del ataque que perpetuaron hombres de las Autodefensas Unidas de Colombia entre el 15 y el 20 de julio de 1997. Aunque no se logró establecer la cifra exacta de víctimas, se presume que el paso de los paramilitares por el pueblo dejó más de 49 asesinatos y desaparecidos, y provocó el desplazamiento de miles de personas, entre ellas la de Cecilia. De hecho, esta semana y por cuenta de avances de las investigaciones sobre esos hechos, una fiscal de la Unidad de Derechos Humanos dictó medida de aseguramiento contra el general (r) Rito Alejo del Río, acusado de posible apoyo a las autodefensas y de los delitos de homicidio agravado, secuestro agravado, concierto para delinquir agravado y terrorismo.

Antes de la desaparición y durante dos años, los Vega Lozano intentaron despegar en Villavicencio, pero en 1999 Héctor decidió regresar solo. Ya no había rastro de las 60 reses que tenían antes de la masacre y su casa estaba casi destruida. Cecilia, por la presión de los gastos en la ciudad, tuvo que regresar a Mapiripán con sus tres hijos y reiniciar desde ceros.

Volver a comenzar en un pueblo que se disputaban los grupos armados les costó. “El día que llegué estaban el Ejército en Mapiripán. En el 99 regresó la guerrilla, que duró 3 años operando en el pueblo, y luego llegaron los paramilitares en 2002. Empezó la situación difícil para los campesinos que estábamos en medio de ellos, porque hacían retenes y uno no sabía ni quién era quién. Lo cierto es que uno iba por el camino y había combates, todos los días se oían disparos en ese pueblo”.

Luego de eso vino la desaparición de los hermanos Héctor Augusto y Carlos Uriel Vega Lugo, que, para Cecilia y sus hijos, marcó también un nuevo desplazamiento.

El duelo en medio de la guerra

Apenas tres meses después de la desaparición de los hermanos Vega, en Mapiripán comenzó a rondar el cuento de que a Cecilia la iban a matar los paramilitares, supuestamente por “ser informante de la guerrilla”. No solo tuvo que lidiar con la impotencia de no encontrar a su marido, sino con el flagelo de tener que abandonar nuevamente sus tierras, su casa y sus animales.


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Con sus tres hijos, que para entonces tenían nueve, cinco y tres años, atravesaron el Meta hasta llegar a Villavicencio otra vez. Allí Cecilia volvió a transformar su vida. Pasó de ser la campesina que podía darle empleo a sus vecinos, a trabajar en casas de familia haciendo aseo, en panaderías como vendedora, o como trabajadora informal ofreciendo tamales y comidas rápidas.

Aunque comenzó un proceso ante el juzgado de Mapiripán por la desaparición de su esposo y cuñado, nunca recibió noticias de las investigaciones. Lo ultimo que supo fue que se archivaron.

Estando en la capital del llano logró vincularse a una organización y hoy es reconocida como víctima de desplazamiento y desaparición forzada. En 2004, la sentencia T-025 la incluyó en su registro y, por fortuna, ha logrado recibir algunos beneficios y subsidios por parte del Estado.

En 2007 Cecilia decidió fundar la Asociación de Mujeres Desplazadas del Meta (Asomudem), que acompaña a más de 300 familias en procesos de restitución de tierras, reparación colectiva y planes de retorno. En la actualidad, precisamente, está liderando el proceso de regreso colectivo a Mapiripán.

Cecilia reparte su tiempo entre ayudar a otras víctimas del conflicto armado y rebuscárselas para sus hijos, que ahora tienen 25, 20 y 19 años . Uno es contador, el otro estudia Ingeniería Electrónica y, la mujer, “ya le regaló” a Cecilia su primera nieta.

Dieciséis años después de la desaparición de Héctor y Carlos, la familia intenta que el tema no se toque. “Ellos al principio lo esperaban. Mi hijo mayor hacía cartas y decía que no las destapara hasta que su papá no llegara, y no le escribía nada por fuera, solo las sellaba. Yo también le escribía cartas esperándolo”, cuenta Cecilia, esta vez con la voz más entrecortada que en cualquier otro momento.

Pese a que es una mujer con temple que intenta transmitir valor y empoderamiento a las personas de su organización, el flagelo de la desaparición la persigue. En sus palabras: “Uno siente que eso nunca pasa, que se queda ahí en el subconsciente. Ese ‘¿qué pasaría?’, son como unos signos de interrogación, pero realmente está ahí, quieto, y uno no halla a quién preguntarle. Ese dolor se vive dentro. Eso es lo peor que le puede pasar a un ser humano: que le desaparezcan un familiar”.

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