oto por Andrea D. Sandoval De Lima

Foto por Andrea D. Sandoval De Lima

Por: Humberto José González Bustillo*

Fui la última persona en ver a mi abuelo vivo. Después de pasar por una guarimba y otra y otra, llegamos a la clínica. Y después de haberlo levantado una y otra vez, primero desde la cama de mis padres hasta la silla de ruedas y luego hasta el carro y luego del carro a otra silla de ruedas, lo pasamos a la camilla de la emergencia.

Estaba hecho mierda. Era un viejo de 92 años, y murió en su propia mierda, ahogándose, con sus pulmones hechos trizas y los riñones en peor estado. Era mi abuelo y era uno de los hombres más sabios que voy a conocer en mi vida. Un mes antes de esto, te podía contar cuando Carlos Gardel se presentó en la ciudad, y la gente le abucheó. Te podía contar las mil y un anécdotas sobre cómo fue su vida de joven. Que compraba trajes a la medida y que se iba de novia en novia, conquistando corazones para quedarse, al final, con mi abuela.

Cuando entré en la sala de emergencias, lo más curioso fue ver que el personal no estaba demasiado metido dentro de su trabajo, sino afuera, en lo que sucedía en la oscura ciudad de calles llenas de basura atravesada, vidrios rotos y cauchos encendidos. Esa noche no solo se estaba muriendo mi abuelo de un paro respiratorio. Aunque al final, el reporte indicó que fue un shock séptico.

Aparentemente el país se moría de lo mismo. De una putrefacción innegable de pies a cabeza.

Se consumaba la Asamblea Nacional Constituyente, en unas elecciones que al caer la noche y después la madrugada, se configuran como el mayor fraude en la historia de nuestro país. Una preocupación más que agregarle a la psique. Un familiar menos en la familia, un país menos dentro de la lista de lugares en el mapamundi en donde la felicidad se extingue, poco a poco.

Mi abuelo extinguió poco a poco de su cabeza la idea de una guarimba, de un gobierno dictatorial. Extinguió de su cabeza la idea de maldecir al hijo de puta de Nicolás Maduro o al hijo de puta de Hugo Chávez Frías, cuya muerte es una de las más celebradas mundialmente. Sus pensamientos se fueron extinguiendo. Perdiéndose en un abismo que nunca existió. Uno llega a pensar en tantas cosas, y al final no pensamos en nada. Pero la enfermedad llegó al viejo cuerpo de mi abuelo, y con eso se fue la última gota de su esencia. ¿Quién era para el final? Ni yo sabía. Era un conjunto de huesos largos cubiertos por una piel que se caía como si se tratara de una serpiente mudando su vestimenta. La respiración era acelerada, inexplicable.

Y yo me senté allí a su lado, tomándole la mano que temblaba, que no tenía idea de dónde estaba y que aún pedía que llevaran a su propio cuarto. Lo próximo que sé es que me están sacando de la sala y que el ritmo cardiaco es la de un toro enfadado. Diez minutos después ya no estaba allí. Nada. Ni ese pedacito que aún quedaba de él. Solo quedaba el saco de huesos envueltos en la piel rancia y seca.

Sin megas en el teléfono, me doy cuenta que mientras se esperan los papeles para poder enterrar con tranquilidad a nuestro muerto, que el país también se extingue. Que en la capital se da por sentado el mayor terror que jamás imaginamos tener de cara al futuro.

Mi abuelo estuvo hospitalizado durante dos semanas en dos clínicas diferentes, gracias a que mi padre tiene un buen seguro. Sin embargo, ha tirado la casa por la ventana por mantener vivo al viejo. Los tratamientos, las medicinas, el cuidado personal, los pañales, las sondas, los guantes…

Todo es una fortuna que no pudo salvar a mi abuelo. Probablemente ninguna fortuna pueda salvar a nadie.

Quizás en una lugar diferente, con más organización y menos mentiras y corrupción, mi abuelo pudiera haber vivido un poco más. El hecho es que en este lugar, no se pudo. En este nuevo país.

Hacía unas horas lo movíamos desde la “comodidad” de su casa hasta la inquietud de mi casa. Porque en las afueras de donde solía dormir se desenvolvía una guerra civil entre la resistencia y los hampones de la Guardia Nacional Bolivariana. Los asesinos que se han cobrado más de 100 vidas en Venezuela desde el inicio de las protestas.

Mi abuelo se murió en un país en donde no hay medicinas. En el cual las madrugadas para un enfermo son de correr, de arriesgar el pellejo por asomarse en una farmacia a las 3:00am de la madrugada y preguntar por el antibiótico que le recetó la clínica pero que no lo tiene. En donde la arepa con queso y mantequilla es un lujo. En donde el malandro reina desde el barrio más bajo hasta el puesto más alto (ahí donde se sienta el del bigote). Mi abuelo se murió en un país en donde el exilio, la huida, el desertar, es más factible que cualquier otra posibilidad. Se murió minutos antes de que todo esto se convirtiera en la legalidad. En el venidero pero seguro día a día. Tan seguro como la muerte.

No estoy ni seguro de que mi abuelo se haya muerto en un país. Ni siquiera estoy seguro de si se murió en su propia mierda, o es que este lugar que ahora llamamos patria la genera del aire de putrefacción y corrupción.

*Soy periodista de Maracaibo. Escribo sobre cine, y cuando aprenda a ver y escuchar las películas, intentare hacerlas. Mis textos han salido en Revista Tendencia, Revista Ojo, GuideDoc, OtrosCines y DesistFilm. Soy programador y director artístico de la muestra internacional de cortos Fronteras. Dirijo el blog F For Frames.

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