Temístocles Machado, líder social de la Comuna 6 de Buenaventura. Fotos: Elizabeth Otálvaro

Un trayecto de 20 minutos en moto-taxi separa al centro de Buenevantura del barrio Isla de la Paz, ubicado al oriente de la ciudad, donde todavía se alcanza a ver un paisaje selvático, húmedo, con quebradas y extensiones de cultivos de cacao y chontaduro. El barrio hace parte  de la Comuna 6, una de las más vulnerables a la violencia. Al ser un punto estratégico para los transportadores, las Farc, las AUC y el Estado se la han disputado en el transcurso de los últimos años.

Es lunes, 20 de noviembre. Tengo una cita con Temístocles Machado, uno de los líderes que ha recibido más amenazas en el Valle del Cauca. Desde los años sesenta, “Don Temi”, como le dicen en las calles, se ha resistido a la ampliación portuaria en Isla de la Paz, a los proyectos de invasión y a la presión de los grupos armados por controlar este territorio. “En cualquier momento le pueden poner una bomba”, me dice una investigadora social de la zona que conoce de cerca su trabajo. Charlé con ella antes de mi cita, me dio algunas recomendaciones y salí con Elizabeth, la reportera gráfica, para el barrio de Temístocles. 


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Había llegado a conocer a “Don Temi” por un proyecto del Instituto Goethe. Las recientes movilizaciones sociales en América Latina, incluyendo las de Buenaventura, interesaron a los investigadores del instituto. Viajé con ellos al puerto para conocer un proyecto de visibilización de líderes y, en ese espacio, pude pasar toda una mañana con Temístocles.

Así que supe, hasta donde pude, cómo era la jornada de un líder social amenazado.

9:00 a.m. Caminando por el barrio

El barrio Isla de la Paz sufrió una fractura definitiva en el año 2006, cuando el Invías inauguró la vía alterna interna para el tránsito de vehículos pesados; esos camiones con contenedores que cargan y descargan diariamente en el puerto de Buenaventura. Con el paso del tiempo, Isla de la Paz ha ido perdiendo su esencia rural. Diferentes grupos, empresas e incluso personas naturales han intentado comprar predios para construir parqueaderos o bodegas.

La cita era a las 8:30 a.m.  pero Temístocles llegó un poco más tarde. Las reuniones con delegados del gobierno para discutir las peticiones que hicieron los líderes durante el Paro Cívico de mayo le quitaron tiempo en su agenda. “Nos vemos en la cancha, ya voy”, me dijo por teléfono. “Quiero que vea y haga fotos ahí”.

Lo esperé en una cancha de fútbol ancha, casi de tamaño profesional, con dos arcos sin redes y rellenada con piedras. Llegó en mototaxi:  “Perdón por la demora. Mire, esta cancha la logramos recuperar de unos grupos armados que trataron de derribarla. Aquí querían hacer un parqueadero y nosotros, todo el barrio, nos opusimos hasta que les tocó desalojar”.

La cancha es una de las entradas al barrio Isla de la Paz. Dejando atrás la vía alterna, los restaurantes y los talleres de mecánica se llega a un camino empedrado que conduce a un terreno que de lejos parece baldío. Detrás de la cancha se ven unas casas construidas a medias, sobre la tierra. “¡Buenos días don Temi!”, “Hola don Temi”, le dicen desde las casas, las familias , los niños y los obreros que trabajan en el lugar. 

Temístocles en la cancha de fútbol que, según él, empresas transportadoras trataron de arrebatarle al barrio.

Con una libreta en mano, vestido con camisa azul, pantalón gris y un lapicero que se asoma en el bolsillo de la camisa, Temístocles recorre el barrio. Una de sus obsesiones es hablar con la gente, preguntar si alguien está ofreciendo dinero por las casas, si algún extraño se ha asomado por el barrio, si los grupos armados han vuelto a merodear: “De este lado del barrio hay 35 familias, del otro lado de la carretera unas 65”, me explica mientras camina por las calles sin pavimentar.

10:00 a.m. Más allá de lo que dicen las familias

Temístocles escucha a las personas que se le acercan. Como si fuera un faro, las familias llegan a él buscando respuestas sobre un futuro incierto. Un poblador le pregunta por unos materiales que no han llegado para la construcción de una casa; otra mujer le habla sobre unos papeles que tiene que firmar, otra le pregunta, mientras camina, si hay reunión con la gente de Bogotá para discutir las peticiones del Paro Cívico, donde Isla de la Paz fue clave como territorio de resistencia.

En una esquina se detiene y nos explica, con otros niños que caminan detrás de nosotros con curiosidad, la organización del territorio: “Esta zona era de agricultura, allá (y señala lejos, bien lejos, hacia el horizonte) había minería, acá más cerca había cultivos de guama, coco y cacao. Antes se vivía de eso, pero hay gente que ha ido comprando los terrenos y ya casi no hay agricultura”.  ¿De dónde vienen las familias? Le pregunto. “La mayoría son familias que llegaron desplazadas de la masacre del Naya”.

El Bloque Calima, responsable de esta masacre que dejó más de 27 víctimas , llegó incluso al sector rural de Buenaventura, buscando controlar el tráfico de drogas en el litoral pacífico. De ahí se fundan muchos temores de los pobladores de Isla de la Paz, pues las bandas criminales, hoy encarnadas las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC), han codiciado por décadas el barrio.

Temístocles obtuvo medidas de protección en 2006, cuando comenzó a operar la vía alterna interna. Hoy camina sin protección. “Confío en que Dios me puede proteger, yo la verdad no le creo mucho al Estado, que tanto nos ha atropellado a las comunidades. Es que vea, las instituciones en Colombia deberían suplir las necesidades del pueblo, pero aquí las instituciones están hechas para ser voceras de las familias que se lucran de los cargos públicos”.

11: 00 a.m. La lucha por los servicios públicos

A Temístocles le entran varias llamadas al celular. Para resguardarse del sol y de la humedad entra a las casas y, parado en las entradas, atiende a las personas que lo llaman. Por estos días tiene que definir los argumentos que sostendrá durante las reuniones con los delegados del gobierno. Como líder social de la Comuna 6 tiene que llevar a la mesa de diálogo las propuestas  de la comunidad en materia de salud, educación, servicios públicos, seguridad y proyectos productivos.

Temístocles verificando las obras en el barrio.

Atiende las llamadas con naturalidad, explicando, con paciencia, lo que se tiene que hacer para llegar “fuertes” a las reuniones. ¿Cuánto tiempo lleva siendo líder? Le pregunto. “Mire, mi papá hizo parte de la primera Junta de Acción Comunal del barrio, cuando esto era un bosque. Se llama José Evangelista Machado y llegó aquí cuando acá solamente había selva, por allá en los años sesenta. Yo en ese entonces era un niño de siete años. Mi papá era agricultor, estaba desempleado y se organizó en esta zona, me enseñó a cultivar. De hecho fue él quien consiguió personería jurídica al barrio”.

 Las instituciones están hechas para ser voceras de las familias que se lucran de los cargos públicos

La lucha por la personería jurídica escaló a una exigencia continua por los servicios públicos, un tema que al día de hoy sigue sin tener solución. Temístocles recorre las casas preguntando si los del alcantarillado les han respondido, si los de la luz han pasado. “El servicio es deficiente, pero por lo menos hemos logrado en los últimos años que la mayoría de casas tengan energía, teléfono, televisión. Lo que casi no hay es agua potable. Esa es una lucha muy dura”.

Recorrer las calles destapadas solo es peligroso, él lo sabe. “Me pueden matar, si quieren”, confiesa. Este temor lo conoce desde niño, cuando a su papá también lo amenazaron por ejercer como líder social. “Ser líder es como meterse en una leonera porque en barrios como este hay muchos intereses, hay muchas personas de afuera que llegan a dividir. A la gente aquí la han dividido, la han confundido para que venda sus casas, pero yo no tengo miedo a salir y decir las cosas”.

“¡Don Temi!” “¡Don Temi!” “¿Y la cancha?” , le preguntan unos niños. “Ahí se queda”, dice él, sonriendo. Luego me explica que hace unos meses llegaron unos hombres extraños con máquinas. “A una familia que no quiso vender le metieron una retro (retroexcavadora) por la noche y le tumbaron la casa. Es que acá tratan de sacar a la gente a las malas, incluso si se oponen les dicen que les dan cuatro millones de pesos y que ya, que con eso se vayan. ¿Todo lo que luchó mi papá para permitir esos abusos? No, no…”

12: 00 p.m. El pasado y la muerte

Dando la vuelta al barrio, llegando de nuevo a la cancha, está la única tienda de ese sector de Isla de la Paz. Nos sentamos y una vecina, al ver a Temístocles, saca jugo de curuba y nos ofrece algo de comer. Él acepta y entra a la tienda para tomar una silla. Atiende una llamada laboral: “un señor me quedó mal con unas cosas que le pedí, eso da rabia”, me dice refiriéndose a un parqueadero que él mantiene.

Diagonal a la tienda hay una casa que ha sido codiciada por otras personas ajenas al barrio. Temístocles convenció a los dueños de no venderla. “Vea”, me dice mientras toma jugo, “ yo les dije a ellos: si yo sé que esto  —y señala el celular—  es mío, si sé que me costó mucho esfuerzo comprarlo, tengo derecho a reclamarlo cuando alguien me lo intente quitar. Créame que si estoy es mío voy a hacer lo que sea por recuperarlo. Lo mismo le digo a los vecinos sobre el territorio”.

En el transcurso del día Temístocles recibe cientos de mensajes; de sus familiares, de sus amigos, de vecinos…

¿Y qué le dijo la vecina? Le pregunto. “Pues que reclamar era peligroso”, me dice. ¿Y no es así? “Pues sí, claro, es que a mí me han querido matar por temas asociados a titulación. Es algo muy delicado. Aquí nos mataron a dos compañeros que defendían el territorio: Albeiro Osorio en 2005 y Wilber Rodríguez en 2006. Ellos defendían las tierras, estaban en contra del despojo. A mí me han llegado amenazas directas, me han dicho que baje la guardia, que no me meta en las cosas. Me han mandado gente a que me diga que me vaya de aquí, desde ‘paracos’ hasta mensajes anónimos. En mis 58 años he vivido eso muchas veces”.

1:00 p.m. La llamada de un hijo

Temístocles tiene 11 hijos. Uno de ellos trabaja con él. Al mediodía lo llama a contarle cómo van las cosas en el parqueadero, quiénes lo han llamado, quiénes lo han preguntado. El liderazgo social, lo admite, aleja a la familia, a veces por seguridad. “Ay, si le contara (…) antes de morir mi mamá lloraba, lloraba y lloraba, suplicándome que me retirara de estas cosas de la comunidad, que no me expusiera, que me hiciera al lado, que pensara en los niños, que pensara en los hermanos”.

Nos quedamos caminando en silencio, un silencio prolongado. Temístocles observa las casas de madera y saluda de lejos, con un gesto, a los niños que corren. “Yo le decía a mi mamá que este territorio está mezclado con mi sangre, que no me podía desarraigar. Es que una cosa es que a usted le digan: ‘Santiago, su papá pasó por aquí’, a que usted mismo acompañara a su papá a construir el barrio, a defenderlo. Yo estaba en la primaria como esos niños (y señala a los del fondo) y ya me conocía este territorio”.

El calor del mediodía nos obliga una vez más a refugiarnos en el balcón de una casa. A Temístocles lo llaman del instituto, necesita que vaya a firmar unos papeles. “Ya en un rato voy”, dice, y se sienta en una silla, con los pies apoyados en la baranda del balcón. ¿Usted sigue en la Junta de Acción Comunal?, le pregunto. “No, la verdad es que me retiré para que personas más jóvenes continuaran. Vea que en el Paro Cívico los jóvenes fueron muy importantes, defendieron sus cosas como lo hacemos nosotros. La idea es que si uno se muere, las causas y los motivos de defender el territorio sigan ahí presentes en los jóvenes”.

– ¿Usted de qué vive, Temístocles?, le pregunto.

– Yo trabajé 17 años en Acua Valle, soy administrador de empresas. Los mismos dirigentes de siempre acabaron privatizando la empresa, acabando con la ilusión de muchas familias, entre esas la mía. Con la indemnización logré rescatar un 10 por ciento de la tierra que nos habían quitado en el barrio y tengo un pequeño negocio, un pequeño parqueadero.

– ¿Va con frecuencia a la Alcaldía?

– No (se ríe), eso es perder el tiempo. Cuando uno deja de creer en algo, después no lo busca más. ¿Allá a qué voy si sé que ellos son cómplices del despojo de tierras? Yo solamente creo en Dios”.

2:00 a 3:00 p.m. Fortalecer lazos de amistad y orar, la única salida

Salimos de la casa con prisa. Temístocles debe reunirse con los funcionarios del instituto para firmar unos papeles. “Por aquí hay un atajo”, dice y camina entre los árboles. “No me puedo demorar con ellos, tengo que irme a estudiar para la reunión de mañana con el comité del Paro Cívico. Yo quería ser abogado –me dice mientras camina– pero me tocó ser administrador y por eso trato de ilustrarme para defenderme cuando llegan funcionarios de Bogotá a tratar de engañarme con leyes”.

Temístocles se disculpa porque tiene que irse antes de tiempo, a estudiar y socializar con otros líderes lo aprendido. “Solo así podemos crear consciencia, con la amistad”, me dice. Cuando habla de consciencia habla de reconocer que durante muchos años, como dice, “la comunidad actuó como si fuera inferior a la gente de Buga o de Cali, y por esa actitud también es que nos han quitado la educación, la salud, el territorio. En el Paro Cívico todos, los que incluso teníamos diferencias, salimos a protestar y pusimos al gobierno a negociar. Eso es crear consciencia”.

De fondo, el barrio que fue dividido por la vía alterna interna de Buenaventura.

Rodearse de las personas que visita todos los días y orar son las únicas medidas de protección que puede hoy puede tener. Estar rodeado de escoltas, seguido por camionetas blindadas, como si fuera uno de “ellos”, como él dice, uno de los “despojadores”, sería una contradicción. “Yo creo en Dios, hablo con él, leo la Biblia, de ahí salen muchas cosas que me ayudan en mi trabajo como líder. Todos los que estamos aquí somos hijos de Dios, por eso encontramos amor y solidaridad en el vecino. Usted ve y todas nuestras protestas son pacíficas”.

Antes de despedirnos le pregunto por algunos lotes vacíos, donde hay huellas de casas o por lo menos algunos intentos de construcción. “Mucha gente se ha ido a Chile, buscando mejores oportunidades, buscando fraternidad en el vecino”, me dice mientras sigue caminando. ¿Ha pensado en irse, don Temi? “Irme sería como olvidarme de mí mismo, de mi historia. Las necesidades las he padecido desde niño, no se lo niego. Así también le tocó a mi papá y él nunca se fue, siempre estuvo en el territorio, no le dio miedo. Si yo me llego a ir, los jóvenes que me escuchan dirán que me ganó el miedo a las amenazas, a los grupos armados. Nunca lo haría”.

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