Fotos vía Majo Siscar/Vice News

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Por Majo Siscar

Es mediodía en una de las veredas de Pueblo Rico y el calor se escurre por las sienes de una decena de mujeres. Conversan bajo un techo de lámina sostenido por madera de los frondosos bosques de la cordillera occidental colombiana. Van ataviadas con vestidos de colores chillones y joyas de chaquiras que las caracterizan como emberas chamís, un pueblo indígena que habita los márgenes del Río San Juan, allí donde las montañas empiezan a descender hacia el Pacífico.

Las dos más jóvenes, reemplazaron su vestido tradicional por ropa sintética.

En las veredas y aldeas alejadas de los centros urbanos, son las mujeres las que cocinan, tejen, muelen el maíz y velan por la salud de su comunidad; y quienes tienen mayor autoridad son las parteras.

María Alina Canizales tiene 63 años y los primeros bebés que ayudó a llegar al mundo ya son abuelos. Como ella, las parteras emberas también han sido las encargadas de mutilar los genitales de las niñas recién nacidas durante años. A esa práctica le llaman “curación”.

En el mismo cuarto de madera donde las madres dan a luz, apenas unas horas o días después, las parteras o abuelas estiran a la niña sobre algunas toallas y con un cuchillo afilado o una hoja de afeitar arrancan de cuajo el guisante de carne rosada que sobresale en la vagina, el clítoris. Lo practican la primera semana de vida, así la niña no recodará nada de la amputación: ni el dolor, ni la ausencia.

‘A mi desde niña me lo hizo mi abuelita [la ablación] y ella me enseñó a hacerlo’.

Con esta mutilación se limita el placer femenino durante las relaciones sexuales. Así aseguran la fidelidad de las esposas e incluso que no opten por otras preferencias amorosas. Para justificarlo han construido una serie de mitos que se han difundido entre las mujeres por décadas: ‘curan’ a las bebés porque si no lo hacen, el clítoris sigue creciendo hasta emular un pene y las mujeres se vuelven lesbianas o ‘brinconas’ [tendrán múltiples parejas sexuales]. También dicen, por ejemplo, que las mujeres no deben moverse durante el coito o no se producirá la fecundación.

—A mi desde niña me lo hizo mi abuelita [la ablación] y ella me enseñó a hacerlo, pero yo nunca lo ordeno, siempre que lo he hecho es porque la madre ha querido. Ahora ya no lo hago porque cuando llevan al bebé al hospital lo revisan y si el médico ve la ‘curación’, le echan la culpa a las parteras —se sincera María Alina Canizales en un castellano precario.

La ‘curación’ de las mujeres emberas no es muy diferente de la que se sufre en África o el sudeste asiático. Aunque varía en cada lugar, la ablación refiere a cualquier extirpación quirúrgica, ya sea total o parcial, de los genitales de las niñas sin justificación médica.

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Las mujeres emberas chamís cocinan, tejen, muelen el maíz y velan por la salud de su comunidad.

Según los últimos cálculos del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), 200 millones de mujeres de más de 30 países viven hoy con genitales mutilados. La mitad viven en Indonesia, Egipto y Etiopía. El otro centenar se reparten en 26 países de África y Oriente Medio.

Desde 2011, en los informes de la ONU, el mapa de la mutilación genital femenina se extendió a América Latina. Colombia, un país de aplastante mayoría católica y con culturas originarias sin contacto alguno con el Islam, apareció teñido de rojo.

La sexualidad femenina se ha intentado controlar prácticamente en todas las religiones. La mutilación es el método más extremo porque no sólo elimina el órgano de placer sino que, depende del corte, puede amenazar la vida de las mujeres y tener impactos severos en su salud sexual y reproductiva, según ha reconocido la Organización Mundial de la Salud (OMS).

En Occidente se ha querido identificar con el Islam, pero la académica y activista egipcia Marie Assad demostró que varias momias encontradas en el Egipto de los Faraones presentaban ablaciones practicadas hace 4.000 años, antes que existiese cualquier religión monoteísta.

El geógrafo griego Estrabo también reportó la infibulación de las niñas egipcias 25 años antes de Cristo. En la Europa del siglo XIX hay registros médicos de que se prescribía para tratar casos de histeria, migraña y epilepsia, a las mujeres victorianas. En Etiopía, según la UNFPA, los cristianos coptos y los judíos falashas también la practican.

‘Hay algunas que tenían mala mano con la puntilla [hoja de afeitar] y la niña se moría’.

En 2006, en Egipto, el Consejo Superior de Investigación Islámica de la Universidad de al Azhar –la escuela suní más prestigiosa del mundo– condenó la mutilación genital y desmintió que se basase en la ley islámica. Sin embargo en el país con más musulmanes del mundo, Indonesia, el gobierno la volvió a legalizar en 2010. Más recientemente, un informe de Human Rights Watch, señala que desde 2014 no se puede practicar, pero tampoco está penalizada.

En Colombia hay registros etnográficos de la mutilación genital femenina entre los emberas desde los años 70. En los 90 se habló públicamente y en el 2005 la Defensoría del Pueblo y la Procuraduría recibieron denuncias por parte de funcionarias de salud de la región embera. Pero era un problema de mujeres indígenas, a lo sumo de un pueblo de 250.000 personas (según los documentos de la UNFPA) en un país agobiado por una guerra interna.

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En 2007, el asunto saltó a los medios, por la llegada a un hospital urbano de tres recién nacidas con una infección severa debido a la amputación del clítoris, y no fue hasta 2009 que el gobierno colombiano se planteó la necesidad de discutir sobre la clitoridectomía.

La discusión provocó una tensión de poderes. Desde 1991 Colombia reconoce la autonomía de los pueblos originarios y su derecho consuetudinario, pero la mutilación genital es una vulneración de los derechos y la salud de las mujeres, injustificable bajo el paraguas de la ancestralidad. Las propias mujeres emberas se habían cuestionado ya la ablación, y en 2006 el Consejo Regional Indígena de Risaralda, al occidente de Colombia, había reconocido públicamente su existencia, pero ellas mismas se sintieron atacadas cuando a partir de 2007 algunos medios llegaron a criminalizarlas.

‘Hay prácticas ancestrales que son violentas y perjudiciales’.

—Hay algunas que tenían mala mano con la puntilla [hoja de afeitar] y salía mucha sangre y alguna niña se moría… —explica sin pudor la partera María Alina Canizales. “Mala mano” es su explicación a la causa de la muerte de entre tres y cuatro emberas recién nacidas cada año, según los cálculos de la delegación colombiana del UNFPA.

Y continúa, refunfuñando: —La ablación, esa palabrita…. Esa palabrita la publicaron en la Asamblea General. Llegó una mujer lideresa y por ella se enteraron los hombres. ¡Por una sola mujer ya echaron la culpa a todas las parteras! Una niña murió en Santa Teresa y se soltaron los rumores. Entonces empezaron a reunir a las parteras, hubo reunión de meras parteras solas, como 200 personas de Pueblo Rico y Mistrató– explica la comadrona Canizales levantando el mentón y con el gesto digno.

Esas reuniones desataron una campaña de sensibilización. Ahora, la más pequeña de sus 19 nietas y nietos conserva su clítoris. Es una bebé que descansa en el regazo de su madre, mientras sus hermanos y primos corren nerviosos entre la ropa tendida delante de la casa de madera.

—Hay prácticas ancestrales que son violentas y perjudiciales. Pero sólo empiezan a cambiar cuando las mismas mujeres indígenas son conscientes de que hay usos y costumbres en sus comunidades que las reprimen, y que cambiarlas no te hace menos india —señala la doctora en antropología por la Universidad de los Andes, especializada en género y multiculturalismo, Vivian Martínez, desde su despacho en Bogotá.

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En Colombia hay registros etnográficos de la mutilación genital femenina entre los emberas desde los años 70.

Francy Siagama pertenece a la nueva generación de madres emberas que no practican la ablación. Tiene 17 años, ojos negros rasgados, mofletes acolchados y una negra cabellera que le rebasa el pecho. Carga una bebé de ojos achinados que apenas cumple tres meses cuando la conozco.

Ella es una excepción entre las mujeres de su etnia, estudió en la ciudad, a un centenar de kilómetros de su pueblo, y recibe ingresos propios como auxiliar de enfermería. Se encarga de vacunar a los niños de las aldeas vecinas y de hacer llegar a las parteras y médicos tradicionales los insumos que llegan esporádicamente de las campañas de Salud del Gobierno o de las Naciones Unidas. Su marido también estudió en la ciudad y al igual que ella es auxiliar de enfermería.

Francy Siagama descubrió el clítoris como casi cualquier mujer, por casualidad. Es un órgano que no aparece en los libros de texto escolares ni en los manuales de salud sexual y reproductiva que estudia un auxiliar de enfermería. La primera vez que escuchó hablar de la “curación” fue en un taller sobre salud reproductiva con otras mujeres emberas que organizó una ONG foránea. Luego le preguntó a su madre. La respuesta fue la que se temía. Se lo habían amputado a los pocos días de nacer, como dictaba la costumbre.

–Así ha sido siempre —recuerda que fue la única explicación que logró sonsacarle a su madre.

Hasta que se hizo revuelo mediático, la “curación” era de conocimiento casi exclusivo de las parteras y, a menudo, hasta las mismas mujeres que la habían sufrido no se enteraban hasta que alumbraban hijas y la abuela o la partera les inducía a hacerla. Ahora, jóvenes como Francy, o como la hija de María Alina Canizales, se están sensibilizando.

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La ‘curación’ de las mujeres emberas no es muy diferente de la que se sufre en África o sudeste asiático.

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En 2009, dos años después del escándalo mediático, el Consejo Indígena de Risaralda y los Cabildos de Mistrató y Pueblo Rico, donde conversan las mujeres, anunciaron la Resolución 001 donde se establecen sanciones para quienes vuelvan a practicar la ablación y la suspensión de las actividades de las parteras que lo realicen.

—Eso no significa que no pase, es una práctica tan íntima que se queda en lo privado, como muchas de las decisiones sobre nuestro cuerpo, desde un aborto hasta un tatuaje. Además si tú estás tan convencida de esa práctica que la ves normal, no sientes la necesidad de denunciarlo —recuerda la antropóloga Vivian Martínez.

Francy Siagama recibe un apoyo del UNFPA para recorrer las comunidades embera y concienciar a las parteras. Las reúnen con la excusa de entregarles material para su trabajo: guantes, botiquines o linternas para recorrer de noche las sendas pedregosas ante el llamado de una parturienta. Y hacen talleres sobre enfermedades de transmisión sexual y violencia de género donde las conciencian contra la curación. En la conversación en el tropical Pueblo Rico retoma algo de los talleres y les empieza a contar a sus compañeras:

—Uno siente muy feo de cortar el clítoris, es parte del ser humano, es cortar la mitad de la vagina. Pero el cuerpo de una no puede quedarse a la mitad, una queda muy aburrida, por eso ya no cortamos el clítoris. Nunca en la vida de los hombres se les corta, solo el ombligo. Por eso el hombre sí siente haciendo el amor, pero la mujer no siente —explica Francis Siagama con un castellano prestado. Es mucho más convincente cuando habla, fuera de grabación, en lengua embera.

—La transformación de esta práctica es un proceso de muchos años, de generaciones —recuerda Dana Barón, consultora sobre Género, Derechos e Interculturalidad del UNFPA. Según un cálculo hecho por los mismos emberas, en sus comunidades aún se realiza la mutilación genital a dos de cada cinco niñas que nacen.

La hija de Francy conserva su clítoris. Cuando sea grande deberá aguantar un mayor escrutinio de su comunidad y demostrar que puede ser fiel a su marido, aún cuando sienta placer sexual. Eso mismo no se exige a los hombres, de los que cuentan una retahíla de engaños y problemas de alcohol asociados a infidelidades.

***El 20 de diciembre de 2012, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó una resolución, en la cual exhorta a los Estados, al sistema de la ONU, a la sociedad civil y a todas las partes implicadas a seguir observando el 6 de febrero como el Día Internacional de la Tolerancia Cero contra la Mutilación Genital Femenina, y a aprovechar la ocasión para mejorar las campañas de sensibilización y tomar medidas concretas contra la mutilación genital femenina.

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*Este artículo fue publicado originalmente en VICE News.

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