Fotoilustración: Juan Rubio – ¡Pacifista!

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#ProyectoCOCA | Suena imposible, pero es lo que un grupo de colombianos propuso ante la Comisión de Estupefacientes de la ONU.

¿Se imagina que el mundo regulara la cocaína para uso recreativo en 2034? Suena imposible, pero esto es justamente lo que un grupo de colombianos propuso durante la última reunión de la Comisión de Estupefacientes de Naciones Unidas en Viena. Su argumento es que esta sería una mejor alternativa –a largo plazo- que el enorme costo humano y social que han dejado los fracasos de la política mundial de drogas.

Quien puso esta conversación sobre la mesa fue Acción Técnica Social (ATS), una ONG colombiana que lleva 10 años trabajando en reducir los daños en política de drogas. Entre las estrategias que han implementado está la realización  de los primeros análisis de sustancias psicoactivas en espacios de fiesta (el famoso Échele cabeza cuando se da en la cabeza) y la entrega de jeringas limpias a personas con problemas de consumo de heroína: una forma de ayudarles a minimizar el riesgo de transmisión de enfermedades como el VIH/Sida o la hepatitis C.

Los investigadores de ATS –junto con Raúl Trujillo y Mikel Iñaki Ibarra, dos profesores del Externado- presentaron en Viena su estudio ‘Pensando en cocaína: estudio prospectivo para la regulación de la cocaína en Colombia al año 2034’. El documento analiza todos los actores que podrían incidir en ese proceso y los escenarios, buenos y malos, que podrían ocurrir.

¿Su meta? Proponer una solución que, en 16 años, podría reducir los daños asociados al consumo problemático de cocaína y quitarle el mercado a las redes criminales que hoy la controlan.

Proyecto Coca conversó con la mexicana Zara Snapp, quien fue la encargada de presentar en Viena el informe en nombre de ATS y quien en el pasado ha trabajado con la Comisión Global de Política de Drogas que integran una veintena de expresidentes y exmandatarios de todo el mundo.

¿Por qué pensar en regular el mercado de cocaína recreativa?

Si la primera premisa en Colombia es que queremos paz, hay que abordar el tema de que la cocaína y otras sustancias ilegales son la gasolina, o el motor, que han ayudado a fomentar el conflicto acá y en toda América Latina. Sabemos que hay otros temas, como la trata de personas o el tráfico de armas, pero el tráfico de sustancias -y, en Colombia, de cocaína- es una realidad que no podemos ignorar.

¿Qué más sabemos? Sabemos que 95 por ciento de la cocaína que se consume en Estados Unidos proviene de Colombia. Sabemos que la mayoría de personas que consumen cocaína son usuarios recreativos, que lo hacen puramente por placer.

Entonces, si sabemos eso sobre el mercado y sabemos que la demanda viene de personas que, en general, son responsables y miembros productivos de la sociedad, ¿por qué no pensar en otras soluciones? Esa es la idea de nuestro estudio sobre un mercado recreativo -o de uso adulto- de la cocaína para 2034.

¿Cómo establecieron el perfil de estos usuarios recreativos de cocaína?

Empezamos haciendo una encuesta de 10 preguntas con usuarios de cocaína, para entender su relación con la sustancia. Unas 200 personas nos respondieron. Les hicimos preguntas como: ¿cuánto consumes? ¿Dónde lo compras? ¿Cuánto pagas? ¿Lo ves como un problema en tu vida?

Fue así que entendimos, por ejemplo, que estarían dispuestos a pagar un precio más alto del que hoy día pagan por un producto elaborado bajo criterios de comercio justo (fair trade), que venga incluso de un producto orgánico y que esté libre de sustancias adulterantes. Que preferirían ir a comprarlo a un dispensario, en vez de a una clínica de salud. Que no quieren registrarse ante el Gobierno.

Esto nos dio una foto de qué quieren los usuarios. Porque si quieres que una política pública funcione para el mercado -y más cuando está vinculada a un mercado que ya existe- tienes que hacer algo para que la gente sí forme parte de ese mercado. Si generamos barreras, como tener que registrarse o tener que ir a un hospital, mucha gente no va a participar. Así empezamos para tener una idea de cómo podríamos construir un mercado.

¿Usted cree que las cosas están cambiando tanto como para imaginar ese mercado?

Sí. Creemos que en algún momento algún legislador o algún presidente acá va a decir ‘Hemos regulado el mercado del cannabis medicinal. Está funcionando y está teniendo los impactos que queremos en la salud y en el desarrollo’. Creemos que Colombia terminará regulando el uso recreativo de la marihuana. Hacia allá están moviéndose buena parte de los países progresistas del mundo. En Antigua y Barbuda, el Primer Ministro lo anunció hace unos días e hizo una disculpa pública a la comunidad rastafari por la ‘demonización’ de la planta.

Pronto tendremos resultados de la regulación de cannabis. En algún momento también habrá una regulación de MDMA (éxtasis) para uso terapéutico en Estados Unidos. Y, dentro de poco, también tendremos que pensar, ¿qué hacemos con la cocaína?

Es decir, ¿la cocaína sería el siguiente?

Sí. Lo que va a ser triste para Colombia es que el país ya habrá visto mucha violencia vinculada a la producción de cocaína: actores nuevos -muchos mexicanos, por lo que oigo- que habrán entrado al mercado y lo habrán cambiado. Entonces puede ser más difícil hacer la regulación que estamos imaginando, pero por eso justamente pensamos en una política pública anticipatoria.

El mundo está cambiando y nosotros tenemos que decidir qué queremos proponer para que esos cambios sucedan. No es que uno diga ‘yo voy a cambiar el mundo’ sino, ¿cómo vamos a ayudar a que eso suceda?

Este es un estudio que busca ayudar a pensar esa política pública. Si queremos que algún día los políticos lo piensen, tenemos que generar evidencia.

¿Por qué regular el mercado de cocaína?

Porque los gobiernos son justamente la entidad que hemos creado en esta sociedad democrática para poder regular comportamientos que conllevan riesgos. El gobierno sabe cómo regular productos: le hemos dado ese poder y ese control. Y la historia demuestra que la regulación ha tenido muchos más resultados que la prohibición.

Te doy un ejemplo: manejar bajo la influencia del alcohol. No puedes regular si la gente ha estado tomando pero sí la cantidad, podemos reducir este comportamiento con alcoholímetros. Eso es reducir el daño, porque entonces tú piensas ‘tomemos un taxi o me ponen una multa’. No prohíbes consumir, ni siquiera manejar y consumir (porque puedes tomarte hasta una cerveza), pero creas un control social que dice ‘por encima de esta cantidad, es un comportamiento riesgoso’. Creo que podemos aprender de la regulación del alcohol y del tabaco, tanto de lo bueno como de lo malo.

Pero hemos visto muchos casos de prohibicionismo.

Claro, ¿pero a qué costo? ¿Encarcelar a todos los usuarios y a todas las personas que están trabajando en este mercado informal? ¿La pena de muerte? En México no tenemos la pena de muerte de jure, pero -con la violencia que genera la producción- para hombres jóvenes y de bajos recursos tenemos una pena de muerte de facto. La esperanza de vida ha bajado en los últimos años por la violencia. Todo esto es impensable dentro de cualquier política pública razonable.

Los gobiernos saben regular, lo que no saben es prohibir.

Una de las reflexiones que salió de la asamblea especial de Naciones Unidas sobre drogas (UNGASS), en 2016, es que es utópico pensar que habrá un mundo sin drogas. ¿Esto abre el espacio para nuevas soluciones?

Sí, lo que salió de UNGASS fue el reconocimiento de que no deberíamos buscar un mundo libre de drogas, sino uno libre de abusos de drogas. En Naciones Unidas las victorias son de apenas unas palabras, pero esas palabras son muy importantes porque permiten que cada país pueda interpretar las cosas a su manera y buscar nuevas rutas.

Eso mostró, por fin, que el consenso global en torno al prohibicionismo de las drogas está roto. Vimos esa fractura y la vamos a ver cada vez más. Hay una canción de Leonard Cohen que habla de que ‘hay una grieta en todo y por ahí entra la luz’. Y como dijo Donald MacPherson, el director de la Coalición Canadiense para una Política de Drogas, así es la reforma de la política de drogas: vamos poquito a poquito viendo las grietas, yendo hacia la luz.

Lo importante es que esto no lo decimos sólo nosotros desde la sociedad civil: cuando hablas con funcionarios del gobierno, no solo de Colombia sino de muchos países, ellos reconocen que esto no está funcionando. Que la mayoría de las veces estamos empleando la misma estrategia disfrazada de otra cosa.

Hablando de Canadá, donde se regulará este año el mercado de marihuana recreativa, ¿ese caso es una de esas grietas?

Lo que estamos viendo en Canadá -el papel que está jugando en foros internacionales y a nivel nacional- será algo muy importante para toda nuestra región. Será el primer país del G-7 y el primer país grande en hacerlo. Eso hace que la regulación se vea como una oportunidad para otros países.

Cuando tienes países que cultivan, que trafican y/o que consumen, como los nuestros, tienes que regular para que se convierta en una oportunidad de desarrollo económico. Como la regulación de cannabis medicinal en Colombia que -a diferencia de la de México- está pensada hacia una exportación fuera del país.

¿Qué otras grietas ve?

Ya hay nueve estados en Estados Unidos -más el Distrito de Columbia- que regularon el mercado recreativo de marihuana y 30 el de cannabis medicinal. Y seguramente más estados la regularán en las próximas elecciones. Está Uruguay que reguló el mercado de marihuana recreativa con un argumento de derechos humanos. Está Jamaica que está hablando de un uso ancestral y religioso de la marihuana; esa es la primera vez que se habla de lo religioso.

También estamos viendo grandes innovaciones en el terreno médico: los estudios sobre psilocibina para tratar la depresión en Inglaterra o los estudios de MAPS (la Asociación Multidisciplinaria de Estudios Psicodélicos) en Estados Unidos sobre uso terapéutico de MDMA (éxtasis).

¿Por qué en 16 años?

Para ser realistas. Para entender los tiempos políticos bajo los cuales estamos trabajando. Seguro los holandeses, cuando abrieron los coffeeshops, pensaron que en dos años sería legal y aún la producción no lo es. Hay que entender la estructura internacional que nos rige y cuánto tiempo va a tomar para que ese régimen pueda ser mejorado. Por eso hay que ser propositivos.

¿Y qué tiene que pasar para que esto suceda?

Necesitamos voluntad política. Necesitamos evaluación y monitoreo de los mercados que se están empezando a regular y que van a seguir siendo regulados, así como de todas las innovaciones que están sucediendo. Necesitamos que la presión venga desde abajo y no sólo desde arriba.

Necesitamos que las personas salgan del ‘clóset psicoactivo’, para que se vea que las y los usuarios somos personas productivas y que existe un consumo responsable. Que se vea que un aumento en el consumo no significa algo malo, sino que -por ejemplo- puede haber una sustitución de consumo: que suba el consumo de marihuana pero baja el del alcohol, que suba el consumo pero bajen los comportamientos riesgosos. O, como muestran ya varios estudios en Estados Unidos: que cae la prescripción de opiáceos en lugares donde hay  marihuana medicinal.

Todo esto tiene que suceder, pero desafortunadamente tendremos que seguir sintiendo las consecuencias de la prohibición antes de que la sociedad sienta la urgencia de regular.

¿Qué valor tiene que haya sido una organización colombiana y de la sociedad civil que haya puesto sobre la mesa esta discusión?

Tenía que ser Colombia el que lo trajera a la mesa por el impacto que ha tenido la producción de cocaína en el país. Creo que a la sociedad civil nos corresponde el papel de innovar y llevar nuevas propuestas a los gobiernos, que muchas veces no tienen ni tiempo ni interés de pensar en nuevas soluciones. Nos toca a nosotros ser propositivos, pragmáticos y prospectivos.

Y acá en Colombia vienen haciendo un gran trabajo en proponer soluciones. El programa Échele cabeza -de análisis de sustancias psicoactivas en espacios de fiestas- es importantísimo en este contexto de prohibición, pero si tuviéramos un mercado regulado de todas las sustancias no lo necesitaríamos. El año pasado ATS llevó el tema del chequeo de drogas a ese espacio a Viena, esa fue la primera vez que alguien lo hizo.

 A la sociedad civil nos corresponde traer innovación y propuestas a la política de drogas.

En Colombia, el Acuerdo de paz marcó una estrategia para abandonar la coca y sustituirla, de la mano de las comunidades. ¿Esto riñe con esa alternativa?

Sí, son alternas. Pero creo que debemos partir de la realidad: en Colombia, la realidad es que será muy difícil erradicar y sustituir del todo. De hecho, creo que es imposible. Por eso me parece interesante hablar, no de sustitución de cultivos, sino de usos.

¿Este estudio cualifica la discusión sobre una mejor política de drogas?

Este es un primer insumo. Vamos a necesitar todos los factores que hemos identificado en el estudio: presión desde abajo, más investigación, encuestas reales de prevalencia y del tipo de consumo (porque no todo consumo es abuso).

Pero creo que se va a ir socializando la idea y se irá volviendo menos ajena. Será menos tabú. Y estoy segura que en unos años, cuando esto sea una realidad, hay gente que recordará ‘Yo oí en Viena hace 15 años, ¡cuánto nos demoramos en hacerlo realidad!’’. Estamos completamente convencidos de que estamos del lado correcto de la historia al llevar esta propuesta.

Por último, ¿usted cree que se cumplirá la meta de 2034?

Sí. Quizás en 2034 no esté regulado del todo, pero sucederá poco a poco. Yo espero que no normalicemos la situación en la que vivimos hoy en día y que podamos hacer las cosas mejor, que podamos reducir el daño, generado por la política actual, con una regulación responsable.

Si quiere leer el informe, haga clic aquí.

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