Jaime, alias ‘Calabazo’ y Andrés, alias ‘Pato’ son guías turísticos y fundadores de ‘Breaking borders’. Foto por: Sara Gómez.

“Aquí no queremos contar la historia patria, sino nuestra historia ”, anuncian Andrés y Jaime, dos guías turísticos que nos llevarán a mi y a otras cinco personas a recorrer uno de los barrios más violentos de Bogotá. Salimos del Chorro de Quevedo y caminamos hacia el viejo acueducto de La Candelaria, ese camino nos llevará hasta la iglesia Nuestra Señora de Egipto. Una vez en el templo, los guías nos señalan un palo de unos veinte metros. Nos cuentan que, durante las fiestas de Reyes Magos, como una tradición que data de más de un siglo, los hombres que habitan el barrio tratan de treparlo. Para hacer la tarea más difícil, lo engrasan y el que logre subirlo se lleva un premio.

“Al barrio solo lo conocían por dos cosas”, dice Jaime. “Por las fiestas de los Reyes y porque si uno venía acá, lo atracaban”.  Y es que Jaime y Andrés no son los típicos guías que uno encuentra en los recorridos turísticos. Jaime, alias ‘Calabazo’,  recibió 11 balazos en su vida. Andrés, alias ‘Pato’, siete. Los dos pertenecen a ‘Los Pilos’, una de las pandillas del barrio Egipto.

Jaime muestra las cicatrices que le dejaron las balas. Foto por: Sara Gómez.

Egipto, según sus habitantes, ha sido un guardián de la historia de Bogotá. Ubicado a los pies del cerro de Guadalupe, vio a la ciudad crecer y transformarse a lo largo de los siglos. A la vez, las calles de este montañoso barrio guardan su propia historia: la de un conflicto que han presenciado varias generaciones. Los guías me cuentan que los problemas empezaron más o menos a mediados del siglo XX –durante la época del Bogotazo–, cuando por los cerros orientales  se traficaba aguardiente, también conocido como ‘chirrinche’ o ‘mataburro’.  El tráfico de ese licor, presuntamente, trajo consigo una ola de criminalidad, que aumentó tras la construcción de la Avenida Circunvalar.

La vía trajo la separación entre la parte alta y baja de la localidad de La Candelaria. Los barrios Belén y Egipto  –ubicados en la parte alta– concentraron la mayor cantidad de personas en situación de vulnerabilidad. Los mismos caminos del tráfico de aguardiente han sido reutilizados “por unos personajes del barrio” para atracar a los visitantes del cerro de Guadalupe, cuenta Andrés.

A raíz de esta pelea el grupo se separó en dos bandas: ‘Los Gasolinos’ y ‘Los Gallinazos’. Así empezó la mitosis de las pandillas. Como explica Andrés: “El sobrino mayor de Juan Edilberto se llamaba ‘Pilo’, y de ahí salen ‘Los Pilos’. Cuando mataron a Juan Edilberto y al ‘Gasolino’, los cabecillas del ‘Gasolino’ empiezan a expandirse por el centro-oriente y la parte del sur del barrio. Había problemas entre ellos, entonces se fueron formando más bandas.”

Faltó la comida, pero nunca las armas

“Han muerto muchos muchachos de aquí para allá,” dice Andrés señalando las calles del barrio. De acuerdo con los datos de la Universidad Externado –que ha hecho jornadas de intervención en el sector–, entre el año 1990 y 2004, fruto de la guerra entre las pandillas, murieron más de 1.400 personas. Jaime confirma estas cifras. En los últimos años el panorama parece haber cambiado: según informa El Espectador en 2013 en la localidad de Candelaria no se asesinó a ninguna persona; en 2014, dos fueron víctimas de homicidio.

No obstante, hallar cifras de la problemática histórica no es tarea fácil pues, hasta 2004, el barrio Egipto no pertenecía oficialmente a ninguna localidad de Bogotá. En ese año, el concejo de Bogotá anunció la adhesión del Egipto a La Candelaria.

Llegamos a la carrera 5ª este. Allí hay un mirador adornado por un altar improvisado. Dentro de él se encuentran varias imágenes de Cristo, figurillas de la Virgen, angelitos y del “médico santo” José Gregorio Hernández. Además, una vela, un vasito de aguardiente y monedas. Lo montaron las abuelitas del barrio, para orar por el descanso en paz de las almas que murieron a tiros en ‘el monte’, un pequeño bosque que pertenece al Egipto.

“Acá faltó la comida, pero nunca las armas, y mucho menos las balas. Esto era el Harvard del mal”, dice Andrés, “nosotros nacimos con el conflicto en la sangre”. “Con la primera bala que recibes por nada, te involucras”, añade Jaime. Andrés continua: “Es difícil ver a los amigos morir, ver cómo sufre una mamá porque tiene que enterrar a su hijo. Eso le hace a uno ponerse en la piel de otra persona”. Algo que une a los habitantes del barrio, es que todos tienen familiares muertos.

El altar que montaron las abuelas del Barrio Egipto para rezar por las almas de los muertos en los tiroteos. Foto a la izquierda: Sara Gómez. Foto a la derecha: Michalina Kowol.

Jaime y Andrés tienen su objetivo muy claro: no quieren que los chinos se involucren en la guerra que no es de ellos, así como lo hicieron ambos en el pasado. Los dos están de acuerdo: lo que pasa en el barrio, solamente lo pueden cambiar ellos.

Los primeros intentos de conseguir la paz entre las pandillas se remontan al periodo entre 1998 y 2001. No obstante, esas negociaciones entre las bandas del Parejo, la décima, la novena y la veintiuno – los sectores del barrio divididos por las invisibles fronteras – fracasaron porque, según cuenta Andrés, se habló de paz pero nadie aportó ideas de cómo conseguirla. Andrés y Jaime dicen que también les falló el Estado: “Los políticos no tomaron parte en las negociaciones. Llegaron a hablar de paz pero lo hicieron solo para conseguir votos.”

Les pregunté a ambos si volverían a negociar  “Usted, ¿qué cree?” me contrapregunta Jaime. “Yo soy buen jugador de ajedrez, ¿cómo no voy a aprender de las lecciones?”. Pese a las circunstancias, la idea de lograr los cambios se quedó ahí, solo se debía buscar una solución diferente.

Se pueden arreglar los problemas sin matarse

La idea del tour nació al rededor de 2012, cuando Jaime, recluido en la cárcel por delitos relacionados con hurto, conoció a un hombre de Medellín. El paisa le contó sobre los cambios que se estaban logrando en la capital de Antioquia a través de un recorrido turístico que se realizaba en la Comuna 13.  Cuando Jaime salió, le contó la idea a Andrés; así se organizó el primer tour en 2016, con el apoyo de la Universidad del Externado, que les brindó cursos de capacitación en áreas como el acompañamiento turístico, fauna, flora, patrimonio nacional y cultural.

Próximamente, Andrés y Jaime empezarán un diplomado en administración. También están aprendiendo inglés, para poder comunicarse libremente con turistas de todo el mundo. Mientras nos comemos un ponqué casero les pregunto cómo les va con el idioma. Ellos contestan “So, so” y se ríen a carcajadas.

El barrio mezcla la arquitectura colonial, las casas de adobe y las ‘invasiones’. En la cancha de fútbol juegan juntos niños cuyas familias antes eran enemigas. Foto por: Sara Gómez.

Hoy en día la iniciativa Breaking Borders está conformada por 30 personas: hombres, mujeres, niños y adolescentes. Lo único que tienen que hacer los muchachos que quieran unirse al proyecto, es seguir estudiando. “Acá no se discrimina a nadie: No es fácil conseguir trabajo si uno tiene antecedentes judiciales, entonces nosotros queremos brindar oportunidades de trabajo y educación”, dicen los guías. La violencia y la delincuencia han bajado mucho en los últimos años, afirma Andrés, pero la labor todavía no termina.

“Nosotros hoy en día no podemos hablar de paz pero sí, la estamos construyendo”, sentencia Andrés. Las pandillas todavía existen y la guerra entre ellas ha durado años. Es difícil cambiar la realidad de un día al otro. El objetivo de Jaime y Andrés es transformar la mentalidad de los niños, para que crezcan pensando que nunca tienen que matar a otra persona. En Breaking Borders fomentan la idea de que existen otras maneras de arreglar los problemas más allá de la violencia. Por ejemplo, en la cancha de fútbol, que orgullosamente Andrés describe como la “única cancha sintética y gratuita en Colombia” (que él administra),  hoy los niños juegan juntos, así en otro época sus familias fueran ‘enemigas’.

“Sí, fuimos creadores de mucha violencia, pero también podemos ser el ejemplo del cambio”, agrega Jaime mientras nos dirigimos de vuelta al barrio La Candelaria. Al tiempo que salimos de Egipto, Andrés me dice con orgullo:  “Cuando usted esté viejita, y tenga un nieto, usted le va a contar lo de Breaking Borders, créame, porque esto se va a hacer mundial, señorita”.

El tour Breaking Borders empieza en el Chorro de Quevedo a las 11 de la mañana, cada martes y jueves.

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