Por Andrés Bermúdez Liévano

Este artículo forma parte de nuestro Proyecto Coca II – Misión Rural. Para ver todos los contenidos haga clic acá.

 

Durante muchos años, en los ochenta y noventa, Puerto Camelias (Caquetá) fue la capital colombiana de la coca. Así le decían a este caserío que abraza una curva del río Caguán: era uno de los puntos de donde más salía cocaína procesada, dentro del municipio más cocalero del departamento con más coca de Colombia.

Todo eso está conjugado en pasado. Desde 2004 o 2005, las cosas cambiaron en este pueblo de 50 casas, al que solo se puede llegar después de cuatro horas en lancha (o “voladora”, como le dicen en la región) desde Cartagena del Chairá. Con los operativos militares del Plan Patriota no sólo se replegaron los bloques de las Farc que operaban en todo el bajo Caguán, sino que –en medio de combates y fumigaciones– desapareció la coca.  Así fue como el Caquetá dejó de ser el epicentro cocalero de Colombia, pues la planta migraría rápidamente –como siempre hace– hacia Nariño, Putumayo y Norte de Santander, donde hasta hoy permanece.

Ese también fue el momento en que los habitantes de Puerto Camelias se vieron obligados, sin ningún apoyo del Estado, a buscar una nueva actividad. Porque antes, el que no era cultivador o raspachín (los que recogían la cosecha) vivía de un comercio cuyos clientes eran ellos.

Así que desapareció la coca y llegó la ganadería, que era la última alternativa viable en una zona donde la única manera de sacar lo producido es por el río. Allí los campesinos venden, a las lanchas que pasan cada día temprano, la leche y el queso que sale de sus fincas.

No obstante, con el nuevo negocio vino también un nuevo obstáculo: para tener vacas necesitaban más potreros que antes, así que empezaron a tumbar bosque a diestra y siniestra. Así que en Puerto Camelias, y en todo el Bajo Caguán básicamente, cambiaron un problema agudo –e ilegal– por otro que, siendo legal, es igual de crítico.

Hoy Cartagena del Chairá es el tercer municipio que más pierde bosques de Colombia, tumbando 10.241 hectáreas cada año. O, para ponerlo en cifras más fáciles de imaginar, 1.300 canchas de fútbol anuales. Una hectárea cada siete horas. Todo para poder criar vacas.

El ganado de Hamilton Tapias comienza a vivir en pastizales llenos de árboles en Puerto Camelias.

De la coca a las vacas

“Acá la creencia de la gente es que para una vaca hay que tener una hectárea de potrero. Si tengo cien vacas, tengo que tener cien potreros. Y también que los potreros hay que tenerlos limpiecitos, sin árboles”, va contando Hamilton Tapias, trepado en su caballo alazán, mientras recorre la barrancosa trocha que va desde Puerto Camelias hasta la finca donde vive.

Dos horas de camino después, Hamilton frena frente a una portería de madera. El paisaje de La Hermosa Cinco Estrellas –el nombre que con orgullo le puso a su finca– es totalmente distinto al que se ve en las orillas del río Caguán y en toda la región. En medio del extenso potrero y de los altos pastizales, se asoman decenas de arbolitos de dos metros de altura.

Aquí está Hamilton, mostrándonos los árboles nativos con que está creando su modelo silvopastoril.

“Vea, yo antes tumbaba todo, pero me convertí en una persona diferente”, dice. Sonriendo de oreja a oreja, empieza a señalar sus árboles uno por uno. Recita sus nombres con la emoción de un botánico en expedición de campo: ahumados negros, achapos, cedros, flormorados, medio cominos.

Dentro de poco, cuando crezcan un poco más, ahí pastarán y dormirán las 150 vacas que tiene en compañía de su familia. Ese plan es una de las razones por las que Hamilton y su finca son parte de uno de los experimentos más innovadores para frenar el problema de deforestación en la región que muchos de ellos mismos ya están sintiendo. Uno que comienza con esos arbolitos de dos metros.

“¿Por qué es que salen los tigres y nos amenazan el ganado? Porque invadimos su territorio. ¿Y por qué los loros se nos comen las palmas de coco? Pues porque les acabamos los palos donde ellos comían sus pepas. Pero entender eso requiere un cambio de mentalidad”, explica después Víctor Garcés, el líder comunitario más respetado de Puerto Camelias, sentado en la sala de su casa.

Otro de los efectos en la región es que el río Caguán se ha ensanchado casi al doble en pocos años, por la tala indiscriminada de árboles en sus orillas y la erosión. Con ellos, muchas casas se están yendo al río. “Se ganaban unos metros en pasto, pero ahora no hay nadie que frene ese barranco. Lo que hemos perdido ya se mide en hectáreas”, dice Víctor, que llegó hace treinta años para trabajar primero como raspachín, luego cargando bidones de químicos y finalmente con su propio lote de coca.

Así se ve actualmente la orilla del río Caguán, ensanchado a causa de la erosión que sigue a la deforestación.

Echarle la culpa a los cocaleros –o excocaleros– es fácil. Pero la verdad es que nadie les enseñó una actividad distinta, nadie les ayudó a volverla viable y nadie les ha mostrado cómo hacer las cosas de una manera diferente. Por eso, el Bajo Caguán es un buen ejemplo de lo que puede suceder cuando las actividades después de la coca no son ambientalmente sostenibles y cuando el Estado no acompaña a los campesinos que, como Hamilton, están en proceso de cambiar su vida.

“Esto se llama silvopastoril. Significa que las vacas viven con los árboles”, explica mirando los terrenos de su finca Hamilton, quien –en medio de la bonanza coquera y la ausencia de escuelas en la región– solo estudió hasta tercero de primaria.

Cuando era un adolescente se fue a vivir como raspachín de coca a Llorente, en las costas de Nariño, con el sueño de ganar suficiente para comprar una finca. Volvió sin un peso unos años después. Y, a punta de trabajar en fincas de otros, ahorró para comprar una propia de 50 hectáreas, que completó hace poco con otras 50.

Hoy, los árboles en la mitad de los potreros son apenas una de las cosas ‘extrañas’ que está empezando a hacer en su finca: ya cercó con alambre los caños cercanos, para que sus vacas no se metan y contaminen el agua. Subdividió varios potreros con cercas hechas de árboles nativos, para que los pastos puedan volver a crecer mientras el ganado rota entre ellos. Y, como aprendió que el secreto para tener potreros más pequeños es que las vacas coman mejor, hizo una especie de corral lleno de plantas.

“A esto es a lo que yo le llamo mi cuadro nutricional. Vea, este es el botón de oro. Este otro es el matarratón. El de acá es king grass, ese de allá gólgota. El de la hoja grandota, bore”, dice, orgulloso, mientras va caminando por el corral y señalando una veintena de especies que –deshojadas, secas, trituradas– se convierten en suplementos alimenticios. Son lo que los científicos llaman un banco mixto de forraje.

Como sus vacas ahora comen mejor y necesita menos pasto, hizo un compromiso que no piensa romper: va a mantener intactas las 25 hectáreas de bosque nativo que rodean el potrero donde está construyendo su casa de madera. Además, está dejando que se recupere un corredor de ‘cañero’ –como bautizaron en el Caguán al bosque que está intervenido y que los científicos llaman ‘secundario’– para que los animales puedan cruzar de un lado a otro y reproducirse tranquilos.

Son acciones pequeñas, pero que –sumadas– tienen un alto impacto ambiental.

Vivir del bosque, vivir con el bosque

A quince minutos de la finca de Hamilton, Juan Esteban Rodríguez y su esposa Cristina López acaban de sacar una ahuyama de dos arrobas y casi 70 centímetros de largo.

Justo pasando el pequeño caño que cercaron para proteger el agua de los cerdos y las vacas, hay una huerta casera donde siembran tomate, cebolla, zanahoria, repollo y pepino que consumen y que también venden a los vecinos. Unos metros más allá, hay un estanque cercado por láminas de zinc donde, desde enero hasta Semana Santa, crían tilapia para la venta.

“Acá antes no se veía plátano siquiera, solo coca y pasto. Y véalo ahora”, dice Cristina, una vivaracha joven de 22 años, hija de una familia cocalera que vino del Quindío buscando fortuna antes de que ella naciera. Juan Esteban, que nació en el mismo pueblo en Quindío, llegó como adolescente y también empezó recogiendo hojas de coca. La finca donde hoy viven fue, en otra época y con otros dueños, un enorme cocal.

De hecho, todavía hay recuerdos de esa época. En un punto loma arriba se ven restos de tinajas, latas y hormigón: hace veinte años, era uno de los cientos de cristalizaderos donde de la hoja de coca extraían –con la ayuda de ácido clorhídrico y otros químicos– la pasta base de cocaína que luego compraban los narcos en el río Caguán. Hoy es donde Cristina y Juan Esteban van a sembrar plantas para alimentar al ganado.

Juan Esteban Rodríguez, con su ahuyama de dos arrobas plantada donde en otro tiempo solo hubo coca.

La única manera de que este tipo de proyectos sean sostenibles en el tiempo es que esas pequeñas acciones sean un doble gana-gana.

Un primer gana-gana para los campesinos: si no les ayuda a vivir mejor en una región donde la ausencia del Estado ha sido casi completa y donde nunca llega un veterinario o un agrónomo, difícilmente se le medirían.

A Hamilton le dio una finca más manejable, que le permitió elevar su productividad, mantener a su esposa y su hija de seis años, y empezar a construir la casa de madera que diseñó él mismo buscando en Google ejemplos de ‘casa campestre’.  A Juan Esteban y Cristina les permitió crear dos ingresos adicionales aparte de las vacas.

Solo si esos beneficios están ahí se abren las puertas para que haya cambios reales en el medio ambiente (un segundo gana-gana), que también gana por punta y punta.

Primero, porque este modelo puede ayudar a frenar la pérdida de bosques en el Caquetá, que es considerado una de las regiones más vulnerables del país y que –como puerta de las selvas de la Amazonía– es un muro de contención para preservar el mayor ‘pulmón del mundo’. Que haya esos fragmentos de bosque en las fincas permite que haya conectividad, que es como llaman los biólogos al hecho de que los animales puedan moverse libremente, que las semillas circulen y que haya flujo genético entre las especies.

Y segundo porque es una solución al problema del ganado, que es el sector que más pone gases de efecto invernadero –que causa el cambio climático– en Colombia, incluso por encima del petróleo, los carros o las fábricas. Al haber más árboles donde están las vacas, pueden convertir el metano que ellas emiten en oxígeno y neutralizar el efecto dañino.

Este es el mapa que Hamilton sueña con llevar a la realidad en su finca, con corredores de conectividad.

Sumado el efecto es grande. Junto con Hamilton, Juan Esteban y Cristina hay otras 48 familias campesinas en Puerto Camelias haciendo pequeños cambios en sus fincas, como parte de un proyecto piloto de la ong Fondo Acción, llamado ‘Paisajes conectados’, con recursos de cooperación internacional.

Cada una de esas 50 familias firma un acuerdo de conservación, en el que se compromete a ciertas actividades a cambio del apoyo técnico para realizar esos cambios. Por ejemplo, el alambre que les permite hacer las cercas o las semillas de árboles nativos. Luego un técnico del Fondo Acción los visita cada determinado número de semanas para ver cómo van avanzando.

Aunque apenas están iniciando esos nuevos modelos en sus fincas, entre todos los que participan en el proyecto suman más de 5.500 hectáreas. Si cada una consigue mantener intacta su cuarta parte de bosque, ya se habrá evitado la pérdida de una décima parte de la deforestación anual de este municipio, que es tan grande como Sucre.

Eso muestra el potencial de hacer este tipo de trabajo con los campesinos de las regiones más taladas del país, como Caquetá, Guaviare, el sur del Meta, el norte de Chocó, el Catatumbo, el sur de Bolívar o el Bajo Cauca, donde la deforestación ha sido disparada en gran medida por la ganadería extensiva.

De hecho, una investigación publicada en la revista científica BioScience por la bióloga colombiana Liliana Dávalos -que enseña en la Universidad de Stony Brook en Estados Unidos- demostró que esa ampliación sin control de la frontera agropecuaria ha sido uno de los mayores factores de pérdida de bosques en la Amazonía, aún más que la coca.

Hamilton Tapias, montado en su caballo mostrando los árboles en el bosque nativo de su finca que decidió preservar.

En todo caso, los campesinos de Puerto Camelias, podría decirse, han hecho todo solos. Salieron de la coca, pasaron a la ganadería y ahora empiezan a pensar en otros modelos sin ningún apoyo del Gobierno, por lo que su caso es un campanazo de alerta de los problemas que podrían surgir en las regiones donde hoy está arrancando la erradicación y la sustitución de la coca.

“La presencia del Estado acá es epiléptica: no hay servicios públicos, hay niveles bajos de educación y el único médico, en Remolinos río abajo, se fue hace un año y no ha vuelto”, cuenta Rodrigo Velaidez, un agrónomo que trabaja con los campesinos de la zona desde las épocas (años noventa) del famoso Chocaguán, un proyecto para sustituir coca por cacao que ganó el Premio Nacional de Paz en 2008 pero que en la actualidad está paralizado por falta de recursos.

“Si el campesino hubiera tenido el conocimiento que tiene hoy, esas tasas de deforestación jamás se habrían dado. Que la gente hable de conservación, fuentes hídricas, aislamientos y conectividad –todas palabras que nunca se oían en el léxico de acá– ya es un logro importantísimo”, asegura Víctor.

Y remata: “El tema no es solo decir que tengo dolor de cabeza, sino ¿qué voy a hacer para quitármelo?”.

ARTÍCULOS RELACIONADOS