OPINIÓN| Ni el Acuerdo de paz en la basura ni las risas cínicas e impunes de las Farc. Es como decir “ni chicha ni limonada”. De pronto romper un poco las hojas, rayarlas, dibujarles monos encima, pero nunca volverlas trizas.

Por: David Díaz 

A Duque le gustan, de vez en cuando, las rimas y las imágenes sosas e infértiles en los debates y en las redes sociales. Me interesan, porque me irritan, las frases publicitarias y maniqueas en las que se oye una (des)cuidada preocupación por las formas y los sonidos de las palabras, aunque muchas veces digan muy poco, no digan nada o digan lo contrario. Quiero estirar (sin que se rompan) esos juegos de palabras mal jugados, con sus frases de cajón enmohecidas y slogans publicitarios lerdos, porque en ellos Duque revela más de lo esperado, a su pesar.

Comienzo con una imagen que usó en sus primeros debates presidenciales para dar cuenta de su proyección y su deseo de progreso irrefrenable. Decía, convencido, yo no voy a gobernar con espejo retrovisor. Estoy mirando hacia el futuro. Pero, como parece que nunca ha manejado un carro, y su carro lo ha manejado su chofer, no sabe la importancia de mirar hacia atrás. Porque el futuro sin historia es accidentado y causa lesiones personales y nacionales fatales. El progreso sin historia y el futuro esperanzador sin obstáculos y decidido le permitirían a Duque dejar atrás las investigaciones en contra de los miembros de su partido y de sus amigos, pero además podría ignorar a los animales atropellados y destripados en la carretera, los falsos positivos que empañan el espejo y los gritos de quienes, a sus espaldas, se quejan sin ser escuchados de no haberse podido subir al bus de la dicha irrefrenable de su gobierno.

Y si gobernar sin mirar el espejo retrovisor puede ser fatal, es también preocupante la afirmación en tercera persona, que se hace del conductor del progreso nacional: Duque es el que es. ¿No es extraño afirmar lo que no tiene por qué ser de otra manera? Si Duque no fuera el que es, no sería el que es. Como Duque es, no puede ser el que no es. ¿O sí? ¿Por qué afirmar que él es el que es? ¿Acaso podría ser el que no es? ¿No se acuerdan de que en el colegio aprendimos que el ser no puede no ser al mismo tiempo y en el mismo lugar?, ¿pero, entonces, para qué afirmar lo que no necesita afirmación?, ¿para aclararnos que él no es Uribe? Es como si del conductor del bus al que nos subimos nos dijeran “él es el que es, no es otro, no se preocupe”. ¿No se preocuparía más? ¿Afirmar eso no es sembrar una sospecha sobre su identidad?

Pero suponga que ya se subió al bus, y el conductor dice, muy serio, que al Acuerdo de paz habría que modificarlo para que los crímenes de las Farc no queden impunes, y cierra su idea con una rima aleccionadora y juguetona: ni trizas ni risas. Es una rima en la que solo se afirman dos negaciones. Se afirma lo que no se va hacer, pero no lo que se va hacer. Ni la destrucción ni la burla, ni las trizas por medio de las risas, ni risas porque nada se ha hecho trizas. Ni el Acuerdo de paz en la basura ni las risas cínicas e impunes de las Farc. Es una variante de “ni chicha ni limonada”. De pronto romper un poco las hojas, rayarlas, dibujarles monos encima, pero nunca volverlas trizas.


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Y que nadie se vaya a reír de esos dibujitos sobre las palabras. Es más, esos dibujitos le van a quitar la risa a cualquiera. No son para reírse. ¿Entonces? El conductor le ha asegurado que no se va a volver trizas lo que se ha avanzado del trayecto, y no se van a devolver (¿cómo, si no mira el espejo para nada?), y posiblemente tampoco no se vayan a volver añicos (aunque vayan a mil por hora). Listo, pero tampoco es para que se rían de a mucho, porque el que no esté de acuerdo con que él es el que es, o el que lo interpele por no usar el espejo del retrovisor, se puede (le toca) bajar. Pero se baja mientras el bus está en movimiento porque no se puede esperar a nadie en este viaje trepidante hacia el progreso.

Aunque no lo bajarán a la fuerza. No lo agredirán para que se baje, pero sería mejor que se bajara, señor. Soluciones, no agresiones. El conductor es un conciliador.  No agrede a sus contendores en los debates (la paz sí, pero no así). Es una variante de “mano firme, corazón grande”, que en la campaña de Uribe sonaba violenta, pero de una violencia bondadosa. Aquí la mano firme es también una mano suave, una mano que tiene las soluciones, no es una mano con la que se vaya a agredir al otro, es decir, no se le va a zampar un puño. Pueden ser unas garras, pero solo para disuadir desde la distancia al enemigo. No lo bajan del bus a la fuerza, pero si no se baja es posible que el viaje sea insufrible.

Y como parte de la presión del viaje, de esa sensación de ahogo por la cual usted está pensando bajarse de una vez, el conductor sale con que la política agropecuaria necesita más tecnología y menos ideología. Es un defensor de la inversión extranjera y de la necesidad de crear incentivos económicos y físicos para que el campesino tenga tierras productivas para el país. Pero incomoda la afirmación. ¿No es una afirmación profundamente ideológica? Es como si él se pensara a sí mismo como en un centro “desideologizado” o, mínimo, con la menor cantidad de “ideología”, como si eso fuera posible. A pesar de esto, ¿qué quiere decir más tecnología y menos ideología?, ¿politizar la tecnología para que sirva a la agroindustria no es ideologizar profundamente a la tecnología?, ¿de cuándo acá más tecnología puede ir de la mano de menos ideología? Usted ya está mareado en ese viaje, que le parece eterno y cada vez más bochornoso.

Pero como el conductor se da cuenta de que usted está morado, quiere bajarle la tensión al viaje y le dice, con una sonrisa picarona, esperando que usted se ría con él, que A alias Guacho se le va a acabar la guachafita. Él le explica, porque no escuchó su risa, que ese disidente de las Farc no tendrá la oportunidad de hacer más desorden. El Guacho que no se ría del Estado, pero, obvio, Duque sí puede contar un chistecito de vez en cuando. Ni Guacho ni su guachafita, ni Guacho ni su guachada. Pero a esta altura del viaje usted no tiene la capacidad de reírse de esos chistes tan serios y aburridos, y está casi que convencido de que el guache es su conductor, quien lo seguirá llevando sin mirar el espejo retrovisor durante cuatro años. Usted mira por la ventana, y no sabe si abrirla para gritar, vomitar o saltar.

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