Foto: Elsa Cabria/VICE News.

Foto: Elsa Cabria/VICE News.

Por Elsa Cabria

Nicolasa Cuxún corre contra el señor. Es el señor en minúsculas, el que menciona sin profundizar en explicaciones, el que deja en los márgenes de su conversación porque está en el centro de su desaliento. “El señor” con el que vivió 33 años, con el que no se casó porque ya estaba casado con otra mujer, el padre de sus tres hijos, el innombrable, el autor de las razones que la llevaron a participar por primera vez en una competencia de 10 kilómetros con su traje indígena y con sus sandalias típicas de la etnia maya achí. Eso fue el 16 de julio de 2015 y entonces tenía 65 años.

Fue una carrera en su pueblo, San Miguel Chicaj, a tres horas y media de Ciudad de Guatemala en carro, en el frondoso departamento de Baja Verapaz, cuna del quetzal, la huidiza ave nacional. Ni ganó esa vez ni ganó las siguientes, pero traspasó la meta. Y sus barreras personales.

Nicolasa Cuxún salió en algunos periódicos locales porque había sustituido la ropa deportiva y los zapatos para correr con su traje típico, el que usa desde que era niña. Aquel día fue la única vez que no usó la cinta —llamada punit—, un colorido y pesado rodillo rosado, azul, verde y amarillo de algodón, que simboliza que una mujer achí está casada. Aunque ella formalmente no lo está.

Nicolasa Cuxún, indígena guautemalteca, 66 años y corredora. (Imagen por Hugo Castillo/VICE News).

Mucha gente la conoce en su municipio. Es más conocida como doña Nico. Al preguntar por ella, un joven señala al final de la calle, donde hay un tuctuc [mototaxi]. Al preguntar a la altura del tuctuc, una mujer no tiene tiempo de responder porque una señora aparece por sorpresa y contesta con tono alto, indudablemente entusiasmada: “Soy yo”. La sonriente Cuxún se gira y abre rápido la puerta de su casa, saca sillas para los desconocidos y se sienta a esperar las preguntas.

Hace un año, esta vendedora de comida ambulante nunca había competido en una carrera. “Corrí porque… tantas cosas, tantos problemas”. Las cosas y los problemas tienen un solo nombre y apellido, pero ella no va a pronunciarlo. Tampoco lo hace ninguno de sus tres hijos, que la ayudan a explicarse en español, mientras conversan en la casa que comparten.

Cada hijo tiene una habitación propia. Ella duerme del lado derecho frente a la puerta, en un colchón con su nieto y su hija mediana, Floridalma, de 31 años, cuyos cachetes están tan marcados que parece que lleva rubor. Su madre duerme con ella desde hace dos años y medio, cuando el señor la echó de la casa en la que vivían, tras golpearle en el estómago y las costillas, según narran sus hijos.

Baja Verapaz es uno de los cuatro departamentos más pobres de la ya de por sí paupérrima Guatemala. Y en San Miguel Chicaj, el pueblo de Cuxún, el 84,7% de la población vive en pobreza y el 32,4% en pobreza extrema, según datos de la Secretaría de Planificación de la Presidencia.

‘Corrí porque… tantas cosas, tantos problemas’.

Nicolasa Cuxún nació el 5 de diciembre de 1950. Es menudita, tiene una sonrisa terca, un ojo derecho que parece tener cataratas, arrugas propias de alguien mayor, y una vestimenta rabiosamente colorida que alegra su aspecto, que viste su tristeza, contra la que pelea con paso ligero en cada carrera.

“Me pongo el traje para alegrar a mi pueblo”, dice sentada, apoyando el codo en la mesa, en el patio techado de la casa, rodeada de sus hijos, una nuera y dos vecinos, dueños de la televisora TV Cable Salamá, donde se trasmite Noticias de Impacto, un programa que ha seguido de cerca sus carreras. Si se pone el traje para alegrar, la sonrisa se la pone para bloquear un rostro, el de un hombre que la hace infeliz.

En el último año ha participado en ocho carreras. Todas entre seis y diez kilómetros. Doña Nico habla poquísimo español, pero ha interiorizado un tecnicismo del mundo de las carreras que repite mucho: “10 K”. Y eso, 10 K, es lo que ha corrido en cuatro de las competencias. Dice que ni se cansa, ni le duelen los pies, ni puede usar zapatillas deportivas y menos aún ropa deportiva. “Se siente desnuda”, dice su hijo mayor, Rosendo, de 33 años, riéndose.

Nicolasa corre sin vestimenta deportiva o tenis de última tecnología; prefiere sus sandalias y traje típico. (Imagen por Hugo Castillo/VICE News).

Nicolasa Cuxún asegura que no se enferma. Cuando mucho se toma una pastilla que le dan en el centro de salud, cuando va. Pero insiste en que se mantiene sana: “Hasta que me junte con el Señor, nada, no me enfermo”. El Señor, al que se refiere ahora, es Dios, su Señor en mayúsculas al que sí le tiene fe esta católica cristiana.

En las competiciones en Guatemala, las personas no corren con traje típico. Y menos con sandalias. Por eso, el 28 de junio de 2016, tras competir en la carrera del colegio Bautista de su pueblo, fue entrevistada en dos medios nacionales. Un mes después, en el municipio de San Juan La Laguna (departamento de Sololá), la municipalidad de San Juan, organizó una carrera contra el cáncer y muchas mujeres corrieron con sus trajes típicos tz’utujiles.

—¿No las va a usar (las zapatillas de correr)?
—No. No está acostumbrada, responde su hijo mayor.

Con sus sandalias de plástico, las mismas con las que corre, Cuxún recorre su pueblo, de puerta en puerta, todos los días. Cocina y sale a las 11 de la mañana a vender seis libras [2,7 kilos] de frijol blanco, a 5 quetzales el platillo [67 centavos de dólar]. A lo mucho, gana 120 quetzales [16 dólares]. A veces no gana nada. Camina y camina. Y a las dos de la tarde se regresa. Así todos los días. Así toda la vida.

Antes trabajó vendiendo papas, tamales y frijoles en el mercado. Antes limpió casas de ladinos (el nombre que en Guatemala usan para referirse a la raza blanca). Allí sus hijos aprendieron español y desaprendieron el achí, que básicamente entienden, pero que no hablan ni trasladan a sus vestimentas. Sólo Cuxún mantiene su ropa típica y su idioma en su familia.

Hasta hace poco cultivó la milpa. Pero el señor le quitó la tierra, dice su nuera Mónica, esposa de su hijo menor Jacobo, de 29 años.

A las cuatro de la mañana, doña Nico sube a la cumbre —como se refiere al monte que tiene frente a su casa—, como si sus 66 años no le pesaran, para recoger leña. Hace 30 años lo hacía con sus hijos, ahora lo hace sola o acompañada de su perra, la Panchita. Sus hijos, dicen, ya no tienen energía para esa caminata. Una hora de empinado camino que recorre como un circuito. Así empezó hace un mes a entrenarse para su primera carrera con su perra. El primer entrenamiento de doña Nico es una sola vez por semana.

La Pachita, mascota de Nicolasa, es la compañera habitual en la subida ‘a la cumbre’. (Imagen por Elsa Cabria/VICE News).

Sus hijos la acompañan a sus competencias cuando pueden. Sobre todo Floridalma, que actualmente está desempleada. Los varones, ambos exmilitares, tienen empleos muy de vez en cuando, como ayudante de cocinero o ayudante de albañil, cuenta el mayor, quien dice que hace ocho años fue parte de la Secretaría de Asuntos de la Presidencia, lo que significa que fue parte del cuerpo encargado de la vigilancia del primer mandatario. Después de cuatro años, regresó a su pueblo. Rosendo y Floridalma corrieron con su mamá en su primera carrera. Jacobo, el menor, lo hizo en otra ocasión. Pero tuvo dolor de pies durante tres días. Sólo Nicolasa Cuxún quiere correr en esta casa.

Unos zapatos deportivos blancos con el logo del Gobierno y un diploma fue lo que recibió el martes 9 de agosto de 2016, de manos del viceministro de deportes del Gobierno de Guatemala, en el Palacio Nacional, en Ciudad de Guatemala. La premiaron con un diploma por su esfuerzo en el Día Internacional de los Pueblos Indígenas.

‘Me pongo el traje para alegrar a mi pueblo’.

El sonido de sus ocho medallas repiquetea en sus manos mientras Cuxún coloca su diploma y sus zapatos deportivos en la mesa. Todo lo muestra como un trofeo, aunque el Gobierno no se fijó en que los zapatos son del número 39 y ella usa un 35.

Por participar en cada carrera, ha recibido entre 100 y 200 quetzales, es decir, entre 13,3 y 26,6 dólares. Y con cada participación, se ha hecho un poco más conocida: hace unas semanas, cuatro jóvenes de su pueblo que viven en Estados Unidos le mandaron 400 quetzales [53.2 dólares], el monto más alto que ha obtenido hasta la fecha. Y una señora de Salamá —la capital de Baja Verapaz, a diez minutos de San Miguel Chicaj— le envió unas zapatillas deportivas rosas y moradas desde Estados Unidos. Había visto su caso en la página de Facebook de Noticias de Impacto, y quiso mandárselas. Aunque Cuxún no las va a usar, la señora de Salamá sí acertó en la talla.

La pregunta que bordea la historia reciente de Nicolasa Cuxún salta reiteradamente sin respuesta clara. A veces el cuándo lleva directo al por qué. ¿Cuándo empezó a correr? “Como 33 años sufrió… y tantos problemas. Aguanté todo”, dice Cuxún.

Jacobo Morales, el menor de sus hijos, interrumpe a su mamá para explicar lo que ella en español no puede, lo que ella en achí tampoco puede: interrumpe para ser el traductor del dolor de Nicolasa Cuxún.

Ella está de pie, apoya sus codos en su silla, en medio del patio techado. Observa a su hijo menor, sentado frente a ella, al lado de su hermano mayor, abrazado fuerte por su esposa Mónica en la otra silla. Las risas de la casa, la alegría de esta tarde de septiembre, mutan en silencio alrededor de Jacobo quien decide explicar por qué corre su mamá: “(El señor) Nunca la apoyó con los gastos de la casa y malgastaba el dinero. Esos 33 años fueron una pesadilla, el maltrato psicológico la llevó a buscar una salida dedicándose a correr. Él le decía que no servía para nada, ella se dio cuenta de que sí”.

Nicolasa Cuxún muchas veces se duerme con la incómoda cinta, el punit, en la cabeza. (Imagen por Hugo Castillo/VICE News).

Dice que su padre obligó a su hermana a casarse. Hoy está separada. Dice que su padre sacó a su hermano mayor a la calle en el año 2000. Dice que su padre le amenazó con una escopeta y le dijo que no era su hijo en 2014. Lo dice un joven exmilitar de aspecto rudo y ojos llorosos, en cuya playera pone: Jehová es mí estandarte.

Nicolasa Cuxún deja la silla con las zapatillas blancas de gobierno, sale un momento del patio y entra a la casa. Reaparece unos minutos después y se apoya en el marco de la puerta, más cerca de su hijo. La narración de Jacobo es su herida, la de la corredora del traje típico, la de la necia sonrisa pese a todo.

Jacobo cuenta que hace seis meses, el señor se enfermó y ella regresó a su casa para ayudarlo. Pero seguía enojado. El 16 de septiembre, Cuxún fue a correr a la carrera nocturna de la aldea San Gabriel. Jacobo se pregunta si era viernes o sábado. “Viernes”, responde rápida su madre, que lleva casi veinte minutos callada escuchándole. Cuando llegó, a las nueve de la noche, el señor había cerrado con llave su habitación y ella tuvo que dormir en el corredor de la casa. Al día siguiente regresó con sus hijos, que quieren construirle una casita, pero no tienen dinero.

Nicolasa Cuxún muchas veces se duerme con la incómoda cinta, el punit, en la cabeza. Dice que ni le pesa ni le duele. Los colores simbolizan el nawal kon, que en la cultura maya representa la serpiente, imagen de la fuerza y la energía.

Esta historia fue publicada originalmente en VICE News, la plataforma de noticias de VICE.

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