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Lea la primera y segunda entrega de ‘¿Por qué los humanos asesinamos?’.

No hay cerebros idénticos y, como las huellas digitales, el de cada ser humano es singular. No obstante, las especies comparten características biológicas que identifican un funcionamiento común. Las conductas “prosociales y “antisociales” serían las acciones que ayudan o lastiman gravemente a otros, respectivamente. Las neurociencias sociales que se ocupan de comprender las bases biológicas de la conducta social han aprendido lo que sucede en el cerebro de quien exhibe un comportamiento altruista, de cooperación, justo y empático, comparándolo con el cerebro opuesto: el del psicópata.

La psicopatía o sociopatía, termino utilizado en el lenguaje popular, es un trastorno de la salud mental que identifica a aquel que carece de empatía, establece pocos o superficiales vínculos afectivos y tiene, entre otros, una conducta impulsiva antisocial, generalmente criminal.

¿El cerebro del psicópata es diferente al del sujeto común o al de aquel que no tiene un comportamiento antisocial? Los datos disponibles y derivados de la investigación sobre el cerebro social sugieren cambios significativos en áreas cerebrales que normalmente controlan las emociones, los impulsos y las respuestas sociales en estos individuos. Un asesino en serie es un típico ejemplo de alguien con un trastorno de personalidad antisocial o psicopática.

Los asesinos en serie son personas que matan por lo menos en tres ocasiones con algún intervalo entre cada asesinato. Utilizan casi siempre el mismo método, dejan huellas que siguen un patrón singular o suelen tener un modus operandi distintivo.

Los asesinatos seriales son eventos raros. Los asesinos casi nunca tienen una relación previa con la víctima, muchos tienen una inteligencia por encima de la media y habilidades de seducción. Las víctimas, por su parte, comparten entre sí alguna particularidad: el género, el rango de edad, el color del pelo, la profesión o la zona geográfica del asesinato. El asesino frecuentemente modifica la escena del crimen para dejar su firma: una carta de naipes, un trazo en la pared o cualquier detalle que identifique su autoría. La búsqueda del asesino es un reto para los profesionales de la justicia criminal, quienes intentan descifrar, en cada señal, la identidad del asesino. En la ficción, la investigación se parece al juego del gato y el ratón.

Los crímenes cometidos son, posiblemente, el resultado de problemas graves durante la niñez que impiden, muy tempranamente, establecer esos lazos afectivos que nuestra especie fue evolucionando, y aún lo hace, a pesar de su pasado depredador. En otras palabras, estos sujetos, que han cometido actos extremadamente violentos, muchas veces indescriptibles, tienen problemas graves del comportamiento o cognición social y siempre se ha dicho que son incurables.

Estudios de prisioneros tremendamente peligrosos, diagnosticados clínicamente como psicópatas, han expuesto reflexiones que permiten plantear propuestas de intervención con las personas y las sociedades extremadamente violentas. Desde las disciplinas de las neurociencias, iniciamos por preguntarnos: ¿Qué pasa en el cerebro de esos individuos? ¿Habrá una causa biológica que explique su condición? ¿Su condición afecta su cerebro?

Los sujetos que han cometido actos extremadamente violentos tienen problemas graves del comportamiento y siempre se ha dicho que son incurables.

Es más, si hubo, o hay, una causa de este tipo, ¿se podrá encontrar una cura? Resultados de esos estudios indican que estos reclusos no solo han sido víctimas de una infancia difícil o compañeros de desgracias sociales. Hay algo más.

Asesinos confinados a las penas máximas o a cadena perpetua tienen limitaciones funcionales significativas en un área del cerebro llamada la amígdala. Una estructura en forma de almendra ubicada en un sitio profundo en cada uno de los dos lados del cerebro. Entre más grande y activa es la amígdala, más empática es una persona. Una amígdala deficiente, por una lesión cerebral, no solo por un trastorno antisocial grave, conduce a dificultades importantes en el reconocimiento y expresión de emociones, a la ausencia de respuestas empáticas y a comportamientos inmorales.

Estas investigaciones no son estrategias para justificar tan desviadas conductas, ni recomiendan decisiones a partir del estudio cerebral. Es conocimiento que le apunta a buscar cómo sujetos o sociedades puedan cambiar para su propio beneficio y para el beneficio del resto.

Pero no todo es blanco y negro. No todos los asesinos seriales son psicópatas, así como no todos los psicópatas son asesinos seriales. Más complicado aún: la mayoría de asesinos no comparten las características del psicópata. En poblaciones carcelarias, una cuarta parte de los reclusos adultos, generalmente asesinos, tienen conductas psicopáticas.

Según el Informe Forensis 2016, recientemente dado a conocer por Medicina Legal, más del 60 por ciento de los asesinatos ocurridos ese año en Colombia estuvieron asociados a violencia interpersonal, buena parte de ellos por peleas sin importancia o con posibilidad de resolverse sin muerto de por medio. Otros casos que escapan a la categoría del psicópata, como los crímenes de guerra, los suicidios-homicidios de los fundamentalistas religiosos o el suicido-homicidio de los pilotos, aún no han sido estudiados.

Los niños y adolescentes transgresores sociales, los asesinos itinerantes (que en corto tiempo y en diferentes lugares matan un buen número de desconocidos) y los responsables de los mal llamados “falsos positivos” no se escapan de esta lista. Todos ellos son casos de difícil categorización. Hacen parte de un área gris, en un mundo al que no le gusta las áreas grises, como decía un guionista cinematográfico. Sin embargo, en las áreas grises se encuentra la humanidad.

En la próxima columna, expondré la manera como podemos intentar cambiar nuestro cerebro y nuestra sociedad.

 

*Diana L. Matallana E. es neurocientífica y profesora titular de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana.

 ** Este es un espacio de opinión. No compromete la posición de VICE Media Inc.

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