Esta columna forma parte de nuestro proyecto #NiUnMuertoMas, de la estrategia latinoamericana de reducción de homicidios Instinto de Vida de Open Society Foundations e Igarapé. Para ver todos los contenidos haga clic aquí.

Lea aquí la primera, la segunda y la tercera entrega de ‘Violencia homicida’.

Siendo esta la última entrega de mi serie de cuatro columnas titulada “Violencia homicida”, publicada en ¡Pacifista! durante los últimos cuatro meses, no quisiera dejar este espacio sin tocar el tema de la mal llamada “limpieza social”, que atemoriza a los habitantes de los barrios de estratos bajos o sitios hostiles. Allí, como se sabe, existe una justicia diferente a la formal.

Esa “justicia” alterna implica que grupos al margen de la ley, o incluso amparados por la ley, dictaminen quién debe vivir y quién debe morir. Situaciones en las que, además, ha terminado involucrada gente inocente, únicamente por estar en el lugar y la hora equivocados.

Es usual enterarse, voz a voz o por titulares de prensa, de denuncias de la ciudadanía sobre estos atroces crímenes. Una muestra de que algo camina mal, porque las intimidaciones, los homicidios y los panfletos muestran la ineficiencia de un sistema penal incapaz de cumplir con el trabajo por el que le pagamos con el erario.

Aprovechando estas falencias y vacíos, personas o grupos de personas han decidido tomar la justicia con las armas. Con ellas en mano, subyugan a los jóvenes que, por distintas razones, han caído en la delincuencia. Esta juventud, que algunos consideran “perdida”, es víctima de amenazas y muerte. Si a estos chicos los matan por los crímenes que cometen en sus barrios o entornos pobres, el que los mata está respondiendo de una manera igualmente criminal. Parece que, a amplios sectores de la sociedad, se les olvidó que nadie tiene licencia para matar.

Es así como, con frecuencia, en campos y ciudades de Colombia circulan panfletos con la marca de la muerte, que infunden terror  y atemorizan a las madres que perdieron el control sobre sus hijos. Pero la mano homicida de la “limpieza” no solo se ensaña contra los chicos de barrio, sino también contra los líderes que piensan contrario a las políticas del sistema y que pueden influir socialmente para crear inquietud en la población.

La cuestión no es tomarse la justicia o la superación de los conflictos por mano propia y con violencia. Empecemos, al menos, por dejar de crear cárceles que sean escuelas del crimen y por promover la resocialización de los delincuentes. Al tiempo, presionemos para que caiga todo el peso de la ley sobre los responsables de estas prácticas criminales.

La vida debe ser inviolable y, de ninguna manera, los errores se deben pagar con la muerte. En Colombia, estas formas de “limpieza” llevan practicándose desde hace décadas, pero lo único que han conseguido es alimentar el ciclo de los asesinatos y el mundo del crimen. Para empezar a cambiar esto necesitamos abolir la ignorancia y dejar de pensar que con la fuerza bruta se solucionan las cosas.

Hagamos un llamado para que los funcionarios encargados de manejar los temas de criminalidad se aprieten el cinturón y ejerzan sus cargos al nivel que esta sociedad les exige. No puede ser que, a falta de un sistema judicial y penal eficiente, haya quienes se crean con el derecho a ejercer la justicia de una manera desproporcionada y atroz. Pongamos fin a la violencia homicida.

 

*Kany 5-27 es uno de los tres fundadores del legendario grupo de rap bogotano La Etnnia. 

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