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Moisés Wassermann. Foto vía Youtube por el usuario CanalUtv

Vuelve y juega. Colombianos de 20 ciudades volverán a tomarse las calles este sábado 1 de abril, ya no para exigir un acuerdo de paz o para reivindicar derechos sociales. Ahora lo harán para protestar contra “el desgobierno”, “la corrupción”, “la dictadura” y la “entrega del país a las Farc”, según han dicho algunos de sus convocantes en varios medios de comunicación. Álvaro Uribe, Alejandro Ordóñez, Andrés Pastrana y hasta ‘Popeye’ han invitado a unirse a la movilización.

Este parecería ser un nuevo capítulo de la polarización que vive el país, dividido desde hace ya un buen tiempo entre los amigos y los enemigos de la paz, y desde hace pocas semanas también entre los más corruptos y los menos corruptos.

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¡Pacifista! buscó al académico Moisés Wasserman para tratar de entender por qué, gústenos o no, la oposición también tiene derecho a movilizarse. Hablamos con él sobre las motivaciones de la marcha, sobre la similitud de esta movilización con la campaña del No en el plebiscito y sobre la idea de si en Colombia hay, o no, una dictadura.

 

La marcha de mañana parece otra muestra de lo polarizada que está la sociedad colombiana. ¿Nos hemos acostumbrado a descalificar a nuestro opuesto ideológico?

No hemos dejado de estar polarizados en mucho tiempo. Vivimos en monólogos paralelos, no hay un verdadero diálogo, ni una discusión en profundidad de los problemas que estamos abordando, y eso creo que es de un gran peligro social, porque no da salidas razonables al conflicto, al desacuerdo. Yo no conozco ninguna sociedad que no tenga desacuerdos. El problema grave es cuando no le damos soluciones positivas.

 

Muchos han salido a condenar esta marcha. ¿Está de acuerdo con esta actitud?

El hecho de que haya protesta no puede ser condenable. Es un principio democrático gústenos o no la opinión de quien marcha. Esas descalificaciones no son convenientes para nadie y menos para quienes las hacen. Sin embargo, así como se reclama el derecho de la libre expresión, hay que reclamar el derecho a avanzar en este proceso [de paz] por mecanismos que nuestra democracia aceptó. Sería una verdadera lástima, casi una tragedia, que el proceso fracasara por las dudas que hay alrededor de él.

 

¿Cómo podemos superar esa polarización y abrir ese espacio de diálogo?

Ese es un problema central. Es la pregunta del millón. Tenemos que insistir todo el tiempo en que la discusión se dé con argumentos. Que los hechos pesen. Ahora se puede decir cualquier cosa sin necesidad de confrontarlo con hechos, basta con decirlo. La sociedad y medios de la sociedad, los universitarios serían los ideales, deberían exigirle a los líderes generosidad, tranquilidad, mucha argumentación fáctica pegada a los hechos y no deslegitimar al otro lanzando los improperios que se les ocurran.

 

¿A eso se refería The Economist en septiembre de año pasado con un artículo en el que habló de la posverdad?

La posverdad es una situación en la cual los hechos dejan de contar y la gente basa sus posiciones, sus conclusiones y sus acciones en emociones y en prejuicios y eso es lo que estamos viviendo realmente. No somos los únicos, Estados Unidos también. Es una epidemia y nosotros la estamos sufriendo mucho.

Yo no conozco ninguna sociedad que no tenga desacuerdos. El problema grave es cuando no le damos soluciones positivas.

¿Los medios estamos alimentando esta polarización?

 A veces se confunde que un medio presente todas las aristas de los problemas con que no tienen posición. Los medios sí tienen posición y no se les puede pedir que no la tengan pero lo que si se les puede pedir es apertura para escuchar a la otra parte y la capacidad de plantear una discusión profunda y propositiva que permita llegar a concreciones. Es decir, plantear las distintas hipótesis y posiciones en confrontación con los hechos reales.

 

¿Qué hay detrás de la marcha de este sábado primero de abril?

Quien convoca es el Centro Democrático y lo que quieren es medir fuerzas. En esas marchas no se consiguen adeptos, el que no es adepto no marcha, lo que realmente se hace allí es una exhibición de músculo.

 

¿Para la campaña presidencial del 2018?

La campaña del 2018 ya comenzó. Y aunque todo el mundo diga que eso no es campaña, sí lo es, como también lo son las declaraciones en prensa que han hecho algunos. Eso no está prohibido y creo que entre más explícito sea mejor. De esa manera, la gente entiende que ya empezó la campaña y que están avanzando para demostrar fuerza.

 

La principal causa de esta movilización ha sido la corrupción. ¿El Uribismo y el exprocurador Ordóñez son interlocutores válidos para hablar de ese tema?

Yo no lo vi como el tema central, vi más el proceso de paz. Sin embargo, en el asunto de la corrupción es ‘a ver quien tira la primera piedra’. Y si se siente un poco incómodo que lo usen personas que tienen sospechas serias de haber estado involucrados o de haber permitido hechos de corrupción.

 

¿La corrupción va a desplazar el tema del proceso de paz como el principal argumento de campaña para el 2018?

Sí, eso está pasando. Es muy infortunado porque es pasar de una polarización a otra. Es plantear unas discusiones políticas en forma demasiado estrecha. Creo que es un gran peligro entrar nuevamente en esa discusión monotemática, unidimensional en la que el único tema que nos interesa es eso. Ojalá la próxima campaña sea de ideas, en la que se le exija a los candidatos proponer algo sobre educación, salud, ciencia, cultura, economía, que fueron temas desaparecidos en la última contienda.

 

Los convocantes a la marcha han hablado, en varias oportunidades, sobre procesos dictatoriales en Colombia. ¿Estamos en una dictadura?

No estamos viviendo en una dictadura, estamos lejos de eso. Tampoco estamos viviendo en una democracia perfecta, pero estamos muy lejos de ser una dictadura. Ahora, hay muchos mecanismos sobre los que entiendo las objeciones. El fast track está muy lejos de ser un procedimiento ideal, ni siquiera sus partidarios lo consideran así. Es un mecanismo que solo vale la pena usarlo en situaciones excepcionales.

 

¿La marcha del sábado vuelve a apelar a la indignación, como ya lo hizo la campaña del No en el plebiscito?

Si. Y este es otro de los males que está muy relacionado con la posverdad. La posverdad tiene terreno fértil en la indignación y no es un fenómeno únicamente colombiano, en Estados Unidos Trump fue elegido por un electorado indignado y furioso, el Brexit ocurrió por el mismo fenómeno. La indignación es un sentimiento muy fácil de inculcar, todo el mundo tiene quejas sobre algo entonces es muy fácil llevarlo al extremo de un flechazo de ‘todo me parece espantoso’.

Ojalá la próxima campaña sea de ideas, en la que se le exija a los candidatos proponer algo sobre educación, salud, ciencia, cultura, economía

Para convocar a la marcha, Alejandro Ordoñez dijo que “cada vez somos más los colombianos de bien, los colombianos de fe” ¿Están apelando a una especie de superioridad moral?

La superioridad moral se refiere a la gente que se cree moralmente superior y no lo es realmente. Creo que esa posición lo que genera es intolerancia y rechazo; y no inclusión o comprensión. Todas esas posiciones morales son muy negativas porque asumen tener un derecho especial, una comunicación directa con los constructores de la moral y no sé de dónde sacan eso.

 

¿La apelación a la superioridad moral moviliza?

Sí, esos son argumentos emocionales. Sobre todo cuando además se introducen argumentos de carácter religioso o una identificación con un grupo. Esos son argumentos que movilizan pero lo hacen en el sentido de excluir al otro, discriminar. Eso me parece profundamente negativo.

 

¿Qué tiene que entender el país de quienes marcharán el 1 de abril?

El gobierno, en la campaña del plebiscito, perdió una oportunidad. Debió haberse abierto mucho más a un diálogo en lugar de criticar. Por lo menos la mitad del país votó de No, y no engañados como dicen algunos. Hay mucha gente que piensa así y la única manera de convencer es a través del diálogo.

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