Foto: Lucía Romero.

OPINIÓN |Esta es mi primera columna para la gente de ¡Pacifista!. No me salió muy pacífica que digamos, a ver cómo me va en la próxima.

Adolfo Zableh Durán

No sean pilos, al menos no al estilo de María Fernanda Carrascal, por nombrar a la primera persona de ese estilo que se me viene a la cabeza. Y hablo de ella porque me llamó la atención cuando la vi entregándoles un color diferente de la bandera a Fajardo, Petro y De la Calle para que se unieran en las elecciones y lograran así el bienestar del país. Qué ganas de figurar, la verdad.

Todo en ella se antoja falso: mucha pose, poco contenido. Pero repito, no es solo ella, lo que pasa es que encarna un perfil de personaje que es difícil de tragar independientemente del lado que venga. Se trata de esa gente que tiene intensos deseos de ser líder pero carece de carisma y talento para lograrlo. Le pasa a Petro cuando se compara con Gaitán o Galán, y a los seguidores de Duque cuando lo igualan a Justin Trudeau y Emmanuel Macron. Aquel que esté llamado a destacar lo hará con trabajo y será el resto de la sociedad la encargada de reconocerlo como tal, no es necesario graduarse a los palos autoproclamándose el nuevo Mandela.

Como su deseo es liderar, hacen todo lo posible por destacar. Unos falsean títulos, otros optan por mostrarse excesivamente sensibles y sufridos. Se hacen víctimas, perseguidos y siempre tienen que dejar claro lo mucho que les cuesta pelear por los derechos de lo que sea que defienden. A veces hablan con voz comprensiva para lucir inteligentes e incluyentes, a veces se vuelve quejumbrosa para que los demás entiendan lo duro que les toca. Usan expresiones como que les duele el país y aquí recuerdo a Lina Luna, la pareja del famoso Hacker de la campaña de Óscar Iván Zuluaga, a quien en una entrevista le preguntaron en qué andaba y ella respondió,  cerrando los ojos, frunciendo el ceño y poniendo cara de preocupación “Acá, trabajando por Colombia”. Una especie de “Defendiendo la democracia, maestro” de nuestros días. No les creo a las personas así, no me inspiran confianza.

También se definen como ‘activista’, que viene siendo lo mismo que rotularse como ‘gestor cultural’, y son fundadores o directores de organizaciones que en teoría lideran grandes causas ciudadanas. Son raros ellos, interesados en política desde los 12 años, participando en simulacros de la ONU donde un puñado de niños juegan a solucionar los problemas del mundo. Se les descubre también porque sus biografías en redes son larguísimas e incluyen un listado de cargos que han ocupado y premios que han obtenido. He ahí otra gente en la cual desconfiar: la afanada en exhibir sus logros.

Iván Duque y Carrascal no están solos, meta ahí con ciertos rasgos a Inti Aspilla y a Carlos Carrillo, pero sobre todo a Hollman Morris. ¿Hacen más que yo para mejorar al mundo? Sin duda. ¿Son totalmente altruistas? Sin duda no. No son imparciales (nadie lo es) pero disfrazar sus intereses de preocupación por las causas sociales me parece un poco raro. Todos en su discurso repiten de alguna manera la idea de darle la soberanía al pueblo, cuando eso no ha pasado ni va a pasar a gran escala, en ninguna época ni bajo ninguna forma de gobierno. Igual, se les abona que hagan su lucha desde la paz y las ideas y no desde las armas.

Y no es que no los soporte, yo puedo sentarme con cualquiera sin importar su ideología. Lo que pasa es que una cosa es interactuar con gente que piensa diferente, y otra es lidiar con radicales que no soportan la diferencia y no pueden hablar de cine, música, sexo, la vida misma, sin meter política en la mitad.  ¿Usted quiere ayudar a que esto mejore? Haga lo que tenga que hacer sin escándalo, sin afán de sonar. Si suena, que sea por las repercusiones de su obra, pero que no sea ese su fin. Los que salvan en mundo trabajan en silencio.

Esta es mi primera columna para la gente de ¡Pacifista!, que muy amablemente me dio este espacio para escribir. No me salió muy pacífica que digamos, a ver cómo me va en la próxima.

ARTÍCULOS RELACIONADOS