Ilustración por Sixo, parte del libro Marchands d’armes – Enquête sur un business français / Ediciones Tallandier.

Este artículo fue originalmente publicado en Vice News.

Por Pierre Longeray

En Francia, 160.000 personas trabajan en la industria de las armas y, en los próximos dos años, otros 40.000 podrían aumentar esa cifra. El país galo podría ser entonces el lugar donde más personas trabajan en el ramo de la defensa, superando a la industria farmacéutica o automotriz.

Justo después de los gigantes estadounidenses y rusos, se posiciona Francia en tercer lugar de los exportadores de armas más grandes a nivel mundial. Romain Mielcarek, periodista independiente especialista en temas de defensa, se ha dedicado a investigar sobre esta industria y ha escrito un nuevo libro.

¿Qué hay en particular sobre la venta de armas por parte de Francia?

Romain Mielcarek: Lo que caracteriza a Francia es la posición política y diplomática en la que se encuentra. En general, existen dos grandes vendedores de armas en el mundo: Estados Unidos y Rusia. Sin embargo, otros países buscan en nosotros una tercera opción, para no verse afectados por los intereses de los dos primeros.

Entre esos países está Francia, que tiene ventajas de peso. En primer lugar, cuando le compran armas a Francia, los otros países saben que no se impondrán grandes limitantes. Además, podemos decir que también es una de las pocas naciones que fabrica prácticamente todo.

Entonces, ¿la industria armamentista en Francia es completamente autónoma?

El Ministerio de Defensa estima que somos capaces de fabricar cerca del 97 por ciento de los materiales que necesitamos. Eso también significa que podemos exportar casi la misma cantidad, a excepción de armas nucleares y ciertas tecnologías de punta. Somos capaces de vender aviones de combate, todas las gamas de navíos, helicópteros, entre otros. Sin embargo, exportamos pocas armas ligeras, diferentes tipos de fusil y fusiles de precisión, ya que podrían acabar en las manos equivocadas. Además, las ganancias no son gran cosa.

¿Y qué hay sobre el 3 por ciento restante?
Hay cosas que no llegamos a construir, como drones que usamos con fines entrenamiento. Por lo tanto, cualquier país que quiera este tipo de armas, tendría que ir a buscar en otro lado. Tampoco podemos construir las catapultas que lanzan aeronaves desde los portaaviones, sólo los estadounidenses los hacen.

¿Eso no es un problema para Francia?
Es verdad que cuando hablamos de la industria armamentista pensamos a la exportación y en clientes problemáticos, pero casi siempre olvidamos que el primer cliente de Francia es la propia Francia. El objetivo es poder fabricar todo lo que sea posible para así no tener que depender de otro país o vernos en medio de una situación difícil en caso de crisis diplomática con alguna nación.

Esta misma pregunta ya había sido hecha en 2003, cuando Francia se negó a participar en la invasión de Irak por los Estados Unidos. Algunos tenían miedo de que el ejército norteamericano chantajeara de cierta manera a los franceses con armamento, y ese sería el motivo por el cual enviamos fuerzas especiales a Afganistán, demostrando así que seguimos siendo aliados de ellos. Si mañana tenemos problemas con Donald Trump, no podríamos seguir operando nuestros drones, comprados a Estados Unidos, sobre Sahel, por ejemplo.

Actualmente, ¿existe una ética en la venta de armas?

En la mayoría de las organizaciones, la ética es más un asunto comercial que otra cosa. Eso permite imponer ciertas limitaciones a sus competidores. Cuando los fabricantes franceses dicen: “Nosotros queremos luchar contra la corrupción y pedimos mayor transparencia en todo el mundo”, es sobre todo para imponer las mismas reglas a todos. En Francia, por ejemplo, no podemos poner un portafolios lleno de dinero sobre la mesa como medio de soborno, así como tampoco es posible contar con intermediarios. El problema es que otros, como los chinos, no respetan esas reglas éticas.

En cuanto a las personas, muchas aseguran que trabajan para un Estado democrático y trabajan para asegurar el bienestar colectivo, mientras que otros sí parecen estar más angustiados y sólo les queda esperar que dichas armas sean usadas para hacer el bien. Finalmente están aquellas personas que preferirían dedicarse a otra cosa, pero no encuentran un trabajo de aquello que les apasiona, por lo que terminan trabajando en la industria de armamento.

A pesar de este intento por respetar las normas éticas, sigue existiendo un lado oscuro…
Hay bastantes temas, especialmente sobre el uso final de las armas vendidas. Cuando se venden armas a un país, éste informa sobre el uso que le dará. Por ejemplo, los vehículos terrestres que Francia le ha vendido a Egipto tienen el propósito de combatir a Estado Islámico en la zona del Sinaí. Sin embargo, algunos han sido usados para reprimir manifestaciones de forma violenta en el país árabe. Por lo tanto, podemos decir que hemos vendido armamento militar que ha sido usado en contra de la población civil de Egipto.

En tu libro citas a un economista, quien estima que la venta de armas no es un gran negocio para la economía de Francia, ¿por qué?

Hay dos maneras de ver las cosas. Desde el punto de vista de los parlamentarios franceses, la industria y el Estado, quienes aseguran que el sector de la defensa es algo bueno porque genera un balance comercial positivo, empleos, además de fomentar la investigación y el desarrollo de tecnología.

Sin embargo, también podríamos decir que si la venta de armas continúa al mismo ritmo, Francia corre el riesgo de convertirse en completamente en un vendedor de armas, nada más que eso.

Si los recursos invertidos en armamento fueran a otro sector, Francia podría volverse un competidor en otros ámbitos. Tenemos entonces verdaderas interrogantes a nivel social: ¿Cuál es el modelo de país que queremos? ¿Queremos ser un país que vive de la guerra o de otra cosa?

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