Pablo, en el Distrito militar # 4

 

Durante décadas la libreta militar ha sido el trámite que en Colombia separa a los niños de los adultos. En teoría, al recibir nuestro diploma de bachilleres o cumplir los 18 años, todos los varones que nacimos en este país debemos acercarnos al distrito militar más cercano para definir nuestra situación militar.

Ese día, quienes tienen algún impedimento para prestar el servicio dejan constancia de ello y quienes son aptos se ven forzados a decidir entre darle a la patria 12 meses de su vida a cambio de un salario –que sigue estando muy por debajo del mínimo– o matricularse en una institución de educación superior y pagarle una cuota de compensación al país por irse a estudiar en vez de servirle al Ejército. Y esa cuota es toda una ciencia: equivale al 1 por ciento del patrimonio familiar más un 60 por ciento del ingreso que la familia tiene al mes, dividido entre el número de hermanos que estén estudiando.

Sí, suena complicado, pero al final todos obtendrán su libreta militar, un documento que es necesario para entrar a trabajar en el sector público, para conservar su empleo en el sector privado y para no ser reclutado a la fuerza en una de las temibles batidas de militares que de cuando en cuando salen a cazar remisos.

En la práctica –por miedo a ser reclutados a la fuerza, por pereza o por desconocimiento– muchos nunca asistimos a nuestra cita con la vida adulta y fue así como Colombia acabó con alrededor de 1.1 millones de remisos.  Estadísticamente, eso significa que en este país, por cada 22 hombres, hay al menos uno que no tiene libreta militar.

En ese orden de ideas, los  remisos equivalen a casi un 7% de los hombres mayores de edad que, según el último censo, viven en Colombia. Con esa tajada nada despreciable de la población en mente, el presidente sancionó el pasado 4 de agosto una ley de servicio militar que, entre otras, incluye una amnistía para los remisos mayores de 24 años.

El trato ofrecido por la ley es el siguiente: con solo acercarse al distrito militar más cercano y cancelar los 110.000 pesos que cubren los costos de elaboración del documento, los remisos de hoy pueden convertirse en los ciudadanos con libreta militar del mañana.

Ya que las oficinas de ¡Pacifista! no escapan a la estadística, decidí acompañar a Pablo David G, nuestro practicante de fotografía y remiso de planta, a pagar el trámite y recoger su libreta.

¿Será cierta tanta dicha?

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Si Pablo está aquí, trabajando y próximo a terminar su pregrado, es porque con el tiempo las condiciones para quienes nunca definieron su situación militar se han ido ablandando: en diciembre de 2014 la libreta dejó de ser requisito para obtener un título de pregrado. Ese mismo año, a través de la sentencia T-455, la Corte Constitucional prohibió el reclutamiento forzado  –cosa que no evitó que el Ejército siguiera haciendo las célebres batidas. Luego, en 2016, una nueva ley para promover el empleo juvenil tumbó el requisito de la libreta militar para acceder a un empleo formal.

“Hoy, esas personas que no definieron su situación militar siguen teniendo varios problemas”, me explicaba el senador Luis Fernando Velasco, quien fue el ponente de la nueva ley de servicio militar que el Senado aprobó en junio de este año y que el Presidente sancionó en agosto.  “El primero –continúa Velasco– es que la libreta sigue siendo un requisito para mantener el trabajo, el otro es que la mayoría de remisos acumulan multas de varios millones de pesos por no haber definido su situación a tiempo”. Por eso, fue el propio senador quien incluyó el artículo de la amnistía para remisos en el texto final de la ley aprobada en el Congreso.

A unas 100 calles de la oficina del senador Velasco se encuentra el distrito militar # 4 de Bogotá, donde Pablo llegó a reclamar su amnistía dos días después de que la nueva ley fuera oficializada por el Presidente.

Mucho había cambiado en el distrito militar # 4 desde una mañana de 2009 en la que yo me había acercado a este lugar para definir mi situación militar. En ese entonces, varias docenas de bachilleres  recién graduados debíamos aguardar en una sala de espera con menos de diez sillas durante varias horas hasta que fuéramos llamados a una oficina contigua, donde un militar tosco y grueso preguntaba por qué no nos habíamos acercado el día en que fuimos citados, rechazaba nuestras mediocres explicaciones una tras otra y dejaba en firme una multa a nuestro nombre en un enorme y amarillento libro.

Hoy, en cambio, el distrito militar # 4 estrena unas instalaciones que se parecen más a las de un banco – y uno bonito, además– que a las de un batallón. Varias pancartas decoran el lugar y en ellas, caricaturas sonrientes explican los pasos a seguir para obtener la libreta militar.

Sin embargo, ninguna de ellas hacía referencia a la nueva amnistía.

Al llegar a la ventanilla y explicar su propósito, un soldado joven y amable le explicó a Pablo que, a pesar de estar al tanto de que la amnistía para remisos había sido incluída en la nueva ley, él aún no había recibido instrucciones acerca de cómo llevarla a la práctica: “Mejor dicho, la ley ya está aprobada pero falta que nos enseñen a aplicarla”, fueron las palabras del soldado de la ventanilla.

En lugar de una libreta militar por la módica suma de 110.000 pesos, esa tarde Pablo encontró un enorme abismo entre la ley la realidad.

Quiero dejar constancia de que, como generación, no todos los millennials nos gastamos la juventud esperando nuevas y mejores formas de sacarle el cuerpo al servicio militar. Detrás nuestro, esperaba un chino trigueño, con pinta de buen futbolista y tenis Nike nuevecitos. Al llegar su turno frente al soldado, dio un paso adelante y dijo: “buenas tardes, vengo para prestar el servicio militar”.

Unos minutos después, me acerqué y le pregunté al chino por qué quería pasar los próximos 12 meses de su vida en el ejército:

“Siempre me ha gustado la idea de irme allá y aprender todas esas estrategias, el rigor. Yo no quiero que manden a la guerra, ni tener que matar a nadie. Para mí es más como un juego ¿sí?”

Detrás suyo, esperaba la otra cara de la moneda. Otro chino: este gordito, con gafas, cachetes colorados y un ligero temblor en el labio superior, quien se acercaba para averiguar una manera para salvarse del servicio.

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“Voy a desmontar el servicio militar obligatorio”, dijo Juan Manuel Santos al aire en La Cariñosa de Ibagué, durante su campaña para la reelección.

De haber cumplido su promesa en ese entonces, el candidato presidente habría puesto a Colombia tras los pasos de Ecuador, donde el servicio militar obligatorio se eliminó en 2008 y de Argentina, donde fue desmontado en 1995.  En otros países de la región, como Chile y Brasil, el servicio obligatorio sigue existiendo en la ley, pero el Ejército rara vez ejerce esta potestad.

Ahora, desmontar el servicio militar no es necesariamente la tendencia dominante en la región

También hay países que lo están retomando: en Venezuela, donde el reclutamiento forzoso fue prohibido en 1999, registrarse para el servicio volvió a ser un deber desde 2009, aunque prestarlo aún no es una obligación. Perú también eliminó el servicio militar obligatorio en el 1999, pero el gobierno volvió a imponerlo con un sistema de sorteos desde 2013.

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“Te quiero decir que me das un buen elemento para mandarle una carta al ministro de Defensa (Luis Carlos Villegas) y pedirle que comience a capacitar a su gente”, me dijo el senador Velasco cuando le conté la experiencia que Pablo tuvo el día que fue a reclamar la amnistía.

Antes de que el senador mandara la carta, me puse en contacto con la Dirección Nacional de Reclutamiento del Ejército para averiguar si, en efecto, la amnistía para remisos se había quedado en el papel por falta de capacitación de su personal. Al teléfono, el teniente Correa, me explicó que la amnistía sí existe en el mundo de carne y hueso y ya se está comenzando a aplicar. Sin embargo, me dejó claro que eso no será cuándo y dónde le dé la gana al millón de remisos que hay en el país.

Para hacer efectiva la amnistía, el Ejército ha creado un calendario de jornadas especiales a las cuales deberán asistir los remisos mayores de 24 años que estén interesados. Por ser de Bogotá, Pablo tendrá que volver al distrito militar # 4 entre el 25 y el 29 de septiembre próximos. Si no asiste, tendrá una segunda oportunidad en noviembre próximo; una tercera en enero de 2018; una cuarta en mayo de ese año; y una quinta en junio. Y si llegara a fallar de nuevo, se jodió: la amnistía solo estará vigente hasta agosto del año entrante.  Aquí está el calendario completo. El primer cuadro corresponde al semestre que acaba de arrancar en septiembre y el segundo al del año entrante.

¡Y luego no digas que no te avisamos!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para todos los demás, los menores de 24, quedan las opciónes de toda la vida: prestar el servicio, pagar la cuota de compensación o esperar a que otro candidato prometa eliminar el servicio militar. Y luego incumpla.

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