Por David González

Fotos Sebastián Abondano

Ejercito Tumaco

 

Brilla el sol del medio día en el Barrio Nuevo Milenio, no se ven ni por asomo las sombras refrescantes de la tarde. Hace calor y no hay agua potable a orillas del mar Pacífico. A treinta metros de la casa de nuestra guía, nacen del barro que deja la marea baja cientos de casas palafíticas de madera, habitadas por desplazados del conflicto armado: familias que huyeron del Charco, de Magui, de la Tola, de Barbacoas y de las veredas del mismo Tumaco.

 

-“No podemos ir a los manglares, hay tres muertos allá”- Me advierte la guía, una niña de 19 años, afro como el 92% de la población de Tumaco, que habla con la naturalidad de alguien que creció en medio de las balaceras, los muertos y las bombas. –“No se sabe quién los mató, pero nadie va a reclamar esos cuerpos, acá le tienen mucho miedo a los grupos”. –

 

Con “los grupos” la niña se refiere a cualquiera de los grupos armados ilegales que han controlado el barrio. Es tan largo ya el repertorio de nombres, que de verdad a veces no saben quién es el que manda. Hace nueve años cuando se construyó el barrio sobre unos terrenos baldíos, a unos pasos de la planta de Ecopetrol, no había ninguno. Luego llegaron las pandillas ofreciendo trabajo, esas pandillas se volvieron los Rastrojos, pero ellos perdieron la guerra con la guerrillas. Hoy el barrio lo controlan las Farc.

 

Unos días atrás esa guerrilla mató a dos policías motorizados que se adentraron demasiado en el barrio, la respuesta fue la militarización intermitente. Es común ver en medio de las calles polvorientas a escuadras del Ejército fuertemente armadas, caminan con sigilo, en alerta continua, sin soltar sus fusiles, sin hablar con nadie.

 

-“ Yo personalmente no me siento segura con ellos. Hace poco me asomé a la puerta de mi casa y habían cinco soldados. Uno siente pánico. Porque en el lugar donde ellos permanecen, es donde atacan”-, dice Martha*, la guía.

 

En medio de las casas de madera que se levantan sobre lo que en otro lugar sería una playa, juega fútbol un grupo de niños casi desnudos. Juegan en medio de las basuras que no se llevó la marea alta. –“De un barrio así salió Pablito Armero”- cuenta Martha, orgullosa. Desde ahí no se oye el mar, no a esa hora del día.

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Nuevo Milenio 1

 

 

-“Yo veía la marimba y decía cómo harán para tocar esa cosa tan inmensa. Empecé a cogerle cariño. Empecé a sentirla. Le aseguro que sé como suena cada tabla. La marimba es como el mar. Son las olas que bajan y suben, es el agua que canta”, cuenta entre sonrisas Pedro, marimbero central del grupo Cueros y Chonta que ganó hace dos años el Petronio Álvarez, el festival de música más importante del Pacifico.

 

Es un joven de 17 años, que dice que hace música desde que nació. Él también llegó al Nuevo Milenio huyendo de la guerra hace varios años. Vivía con sus papás y sus hermanos en Tablones Dulce una vereda de Tumaco. –“Era terrible allá, porque como habían cultivos ilícitos cada vez que llegaban las avionetas o los helicópteros, nos teníamos que esconder ¿Qué más hacíamos? No estábamos acostumbrados a tener esas maquinas en el campo. Yo veía esos aparatos, diminutos en el aire, y pensaba en como será volar”-.

 

Cuando Pedro toca la Marimba no está en Nuevo Milenio, no está en Tumaco, vuela. En su mente aparecen aves, los ríos de Tablones Dulce, notas; por eso cierra los ojos mientras le saca los sonidos del mar a la marimba. –“Cuando llegué a Nuevo Milenio fue difícil adaptarme. Donde vivo, no es tan conflictivo, a diferencia de la parte de adentro. A mi me da pánico entrar allá, uno no sabe que pensamientos o intenciones tendrán las personas que uno ve allá”-.

 

En la entrada del barrio hay un complejo de Ecopetrol fuertemente custodiado por el Ejército, rodeado de cercas, retenes y cámaras de vigilancia. Unos pasos más allá, luego de la única calle adoquinada del barrio, empiezan a aparecer las casas de madera de Nuevo Milenio. En su entrada queda una casa de ladrillo de una planta, pintada con colores vivos y con un letrero: “Centro Juvenil Afro”.

 

El espacio fue construido por la comunidad con el apoyo de los padres combonianos de la Diócesis de Nariño y el edificio es un respiro para cientos de jóvenes que van a leer los libros de su biblioteca, a cantar, a aprender a andar en zancos, a bailar o a hablar con Uli, una alemana de un pequeño pueblo de la parte oriental de su país, que desde hace tres años vive con los jóvenes de Nuevo Milenio.

 

Centro Afro

 

 

Cuenta Uli que en ese barrio de 1.500 casas y 8.000 personas no hay ninguna infraestructura, no hay un puesto de salud, no hay una tienda mayor, y cuenta que lo que sí se ve del Estado es la Fuerza Pública omnipresente. –“Acá el mar llega debajo de las casas cada 12 horas y como el barrio y la ciudad no tienen agua potable, ni canalización de las aguas negras, se lleva todos los excrementos. Ni en Cali, ni en Bogotá se imaginan que existan zonas así“-.

 

Uli trabaja con los jóvenes, les dice que esa guerra que viven no es normal en otros países, los convence de que ellos tienen derecho a tener un proyecto de vida, aún en un municipio donde hay un desempleo del 70%, una tasa de necesidades básicas insatisfechas de 48,5% según el DANE y dónde solo el 4% de los jóvenes logran llegar a la Educación Superior. Cifras que están lejos, muy lejos, de la media nacional.

 

Pero lo peor, dice, es que la guerra se normalizó. Incluso ella que no creció en ese ambiente, ya se adaptó. -“Cuando llegué, una balacera me daba mucho susto.”- Ahora, cuenta Uli, como a todos los tumaqueños, no tanto. –“Es triste que los seres humanos nos acostumbremos a eso. Mira, niños de seis o siete años hablan de bombas y eso me duele en el alma”-

 

Junto a Uli camina Lina, una niña de 19 años con su hijo de brazos, Samuel. Ella terminó primaria y bachillerato. Es una mujer hermosa, segura y alegre como la mayoría de gente con la que hablamos allá. No parece haber en Tumaco nadie que se eche a la pena por su situación. Cuenta Lina que espera poder estudiar Trabajo Social. Uli la inspiró. Sabe que es muy difícil. Igual de difícil como conseguir empleo. “Las únicas opciones son: para los chicos, mototaxiar, y para las chicas, vender minutos o trabajar en casas de familia. Uno se enfrenta a la frustración de no poder hacer lo que realmente quiere“-.

 

La otra opción para los jóvenes son las armas, las legales o las ilegales; en un barrio como Nuevo Milenio son para muchos la mejor alternativa. De eso da cuenta el padre Daniel, un italiano que llegó a Tumaco hace 6 años. Dice que los jóvenes del barrio son una población de alta vulnerabilidad. Son jóvenes que vienen de familias pobres, que estudiaron en colegios que no los prepararon en nada, mucho menos para entrar a una Universidad. “No tienen ganas de soñar, porque soñar para qué. Piensan que se les llena la cabeza de ilusiones que después no pueden realizar”-.

 

Dice el padre que por eso muchos jóvenes sienten que el uniforme les puede dar una identidad y buscan entrar a la Policía o al Ejército. –“ Sabemos que si un negro entra al Ejército es para que lo metan al monte, no al despacho. Es para que sea carne de cañón. Fíjense quienes son los que mueren en los enfrentamientos, de donde son. Nuestros jóvenes, acá, se preparan para morir temprano”-.

 

Ejercito 2

 

Si no es el Ejército, la otra posibilidad son los grupos armados ilegales, un paso que quienes lo dan, entienden que no tiene reversa. Si salen es muertos o para ir a prisión. Los jóvenes de Nuevo Milenio son una carnada de la guerra.

 

Uli agrega que los muchachos que entran a apoyar esos grupos no saben nada de ideologías, van con ellos porque no tienen alternativa. -“Les ofrecen plata, poder, reputación y eso para cualquier muchacho de 15 o 16 años es atractivo.”-

 

Cuando uno pregunta a cualquier persona en Nuevo Milenio por las Farc, la gente se pone muy nerviosa. Nadie los ve, pero todos saben que están por cualquier lado. Casi tan omnipresentes como la misma Fuerza Pública. –“Para nadie es un secreto, cualquiera en Tumaco le va a contar que las Farc tienen control sobre todo el territorio”, afirma José Luis, director de la Casa de la Memoria de Tumaco.

 

El problema, dice, va más allá de las Farc. Antes ya ha habido muchos otros grupos: los paras de las AUC que mataron a Yolanda Cerón en el centro del pueblo y que lanzaron cientos de cuerpos al río en un sitio conocido como el Tigre, los Rastrojos que controlaban parte de la ciudad y que causaron miles de desplazamientos, el Frente Comuneros del sur del ELN, que en días pasados pintó muchas fachadas del centro de Tumaco, y por supuesto las Farc. Hoy a esa guerrilla la combaten miles de soldados de la Fuerza de Tarea de Acción Conjunta “PEGASO”, una inmensa maquina militar que articuló tres brigadas del Ejército Nacional. Y con todo eso, el fin de la guerra parece lejano.

 

José Luis cuenta que en Tumaco hay bombas todos los días. En el 2012 hubo una que hirió a 70 personas, mató a siete civiles y a dos policías. Eso nunca salió en los medios de comunicación nacionales, como ahora que todo el mundo habla de Tumaco. Dice que hoy importa porque hay un proceso de paz en La Habana y hay gente que necesita poner la lupa en la guerra. –“Antes Tumaco no le llamaba a nadie la atención, eran bombas en un departamento marginal, en un municipio marginal, pobre y afrocolombiano. Ahí hay un grado de racismo”-.

 

Aún así, espera que haya avances en el proceso de paz. Cree que si no hay acuerdos, regiones como Tumaco van a seguir sufriendo. –“Las Farc no están castigando a Bogotá, están castigando a las regiones más apartadas. Así que esperamos que la salida sea el diálogo, porque la otra alternativa es la guerra y eso acá no nos ha dado buenos resultados”.

 

Tumaco

 

La tradición de Tumaco no era la violencia. La tradición eran los pequeños palenques de esas comunidades de esclavos africanos que conquistaron su libertad y se organizaban democráticamente para defenderla. Quizás por eso a pesar de su pobreza, no se ven en situación de indigencia. Uli dice que eso le sorprendió cuando llegó de Centroamérica: no importa cuantas personas desplazadas lleguen, siempre encuentran una casa donde son acogidos. Es una larga familia extendida, en la cual sus miembros más jóvenes son el blanco de la violencia.

 

Al fondo del barrio Nuevo Milenio, en medio de los zancudos, del ruido de la música popular, del sofoco que retuerce la madera que alza las casas sobre el mar, hay una serie de puentes que conectan las calles del barrio. Los puentes los construyeron los hombres de la comunidad, incluso con ayuda de los jóvenes.

 

Los niños que juegan fútbol, ven la cámara de fotos y hacen sus mejores poses. Andan en calzoncillos y con camisetas sucias, saltan de puente a puente con una agilidad admirable. Mi guía nos había advertido que había que tener cuidado con las fotos, nadie toma fotos sin autorización de los que mandan. Aún así no hubo ningún problema. El barrio respiraba tranquilo la tarde de domingo.

 

Nuestra guía nos dice que los jóvenes que pasan por el Centro Afro son los pacifistas dentro de sus familias: “Si bien crecen con las bombas de Tumaco, también crecen con unos valores distintos. Creo que esta generación de jóvenes son los que van a empezar a construir la paz”-.

 

En el Centro Afro nos alcanza James. Es un muchacho robusto, de pelo chuto corto, que viste una camiseta negra, una cadena plateada y tiene los brazos tatuados. Es el líder de una banda, pero de cantantes de hip hop, salsa choque y reggueton romántico. Su banda se llama ARS por Autonomía, Resistencia y Sabiduría. La música le permitió resistir el reclutamiento forzado y la violencia de su barrio. “Es triste, pero desde la visión de los jóvenes, el estudio se ve como algo no rentable. Ahí es cuando llegan los grupos a lavarte el cerebro y, claro, atrapan a los que no tengan claro un proyecto de vida.”-

 

Cuenta que algunos amigos de su infancia, amigos que eran muy sanos, se fueron para los grupos ilegales o para la Fuerza Pública y ya están en “la paz del señor”. Añade que va a cantar un pedazo de su canción Grito de un Pueblo, una canción que nació de las bombas, de los atentados, una canción que es un grito de ¡Basta ya!.

 

“Estoy cansado de vivir en este mundo de maldad,

la guerra me lastima,

mi cuerpo se envenena

y no quiero que corra sangre por mis venas”

 

La voz de James se pierde en el murmullo del mar. Llega la tarde con la brisa caliente del Pacifico y con sus sombras. Es hora de irnos.

Nuevo Milenio

*Nombre cambiado por razones de seguridad

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