Desde el viernes han venido circulando varias imágenes por Twitter en la que aparecen Claudia López, Sergio Fajardo, Humberto de la Calle, Jorge Enrique Robledo, Roy Barreras, Armando Benedetti e Iván Cepeda, todos ellos, amordazados: cada uno con una cinta negra sobre la boca en forma de equis. Arriba y abajo del fotomontaje, dos frases: “BRAVUCONES INCONSISTENTES”, “Los callaremos en las urnas”.

Tres días antes de que las imágenes inundaran nuestras redes, había tenido lugar en el Senado de la República el debate sobre corrupción, impulsado por López y Robledo, en el que los dos senadores acusaron al fiscal Néstor Humberto Martínez y a Germán Vargas Lleras de corrupción y de haber, premeditadamente, entorpecido la justicia. También se refirieron a la supuesta financiación que Odebrecht había destinado a la campaña de 2014 de Santos, pero también a la de Óscar Iván Zuluaga: un golpe al partido del expresidente Álvaro Uribe.

A sus acusaciones les siguieron los gritos e insultos de varios senadores de Cambio Radical y del Centro Democrático, quienes acusaron a López y a Robledo de difamadores y tildaron su intervención de “espectáculo circense”. Parte de la inspiración para las imágenes que circularían unos días después, vendría de la intervención del senador Álvaro Uribe, quien aseguró en el mismo debate que la plata de sus campañas siempre ha estado en orden y que la “patria no se le puede entregar a los bravucones inconsistentes que hoy se arropan en la lucha contra la corrupción”.

La encargada de agarrar la etiqueta de “bravucones inconsistentes” y aplicársela en imágenes a los siete políticos en cuestión, sería la representante a la Cámara del Centro Democrático —el partido de Uribe—, Margarita Robledo, quien, con su equipo, creó la “publicidad” y se encargó el fin de semana de distribuirla en varios tweets.

No mucho después le llovieron las críticas. Senadores, periodistas, académicos y los mismos políticos protagonistas de sus imágenes rechazaron la campaña de la representante señalándola de violenta y amenazante. Varios incluso vieron en la iniciativa una muestra de la que creen es una actitud general del Centro Democrático: un discurso caracterizado por el odio y la falta de diálogo.

Independientemente de si las imágenes revelaban la “naturaleza” del partido o no, su violencia es innegable: la cinta negra se siente agresiva, impuesta por una fuerza a la que no le interesa lo que el otro tiene por decir, que le pasa por encima y que lo borra, quitándole la palabra. La cinta arrebata la posibilidad de participar y discutir —lo que sí hicieron los senadores del Centro Democrático que, en el debate en el Senado, argumentaron larga y libremente—. En ese sentido, la campaña termina siendo un símbolo de negación, no de los discursos ni los argumentos, sino de los individuos. Un gesto de odio personal que no escucha y no se interesa por escuchar.

La campaña además es paradójica y poco reflexiva si se tiene en cuenta que, en reiteradas ocasiones, han sido los mismos integrantes del Centro Democrático quienes se han quejado de sentirse silenciados, poco escuchados y hasta perseguidos por parte del Gobierno. Ese ha sido, hasta hoy, su más grande argumento para oponerse a, por ejemplo, la implementación de los Acuerdos de Paz —aunque sí los hayan escuchado—.

¿No se daría cuenta la representante del Centro Democrático, o su equipo, que ponerle cintas negras en la boca a sus opositores le desbarata el discurso? ¿O será que el convencimiento es tal que da para pensar, a lo Uribe, que “cuando yo lo hago está bien”?

Para rematar, las imágenes cierran con un mensaje que pretende creer y defender la democracia: “Los callaremos en las urnas”. La cuestión es que la idea misma de “democracia”, del “ser democrático”, es la posibilidad del habla, la garantía de participar abiertamente en un debate público en el que a nadie se le puede negar la palabra. Hacer una campaña que se erige sobre el símbolo de amordazar y silenciar bien podría ser una de las actitudes más antidemocráticas en una contienda política.

Y sí, es solo una imagen. Y nadie amordazó a nadie físicamente. Pero no importa qué tanto uno pronuncie o adorne discursos, partidos políticos, carteles o campañas con la palabra “democracia”, o cualquiera de sus derivados, cuando en los gestos más mínimos se acude a estrategias de violencia, negación e invisibilización.

La campaña de la representante no es, por supuesto, tan grave como los crímenes que la guerrilla pudo cometer, como sugirió cuando Kienyke la entrevistó. Sin embargo, el solo hecho de llevar la discusión a ese tipo de ideas denota ignorancia política y mediocridad argumentativa

Si esto ocurre cuando apenas está empezando la carrera electoral, solo queda imaginar de cuántas maneras los senadores, representantes y las campañas políticas podrán pelar en los meses que quedan por delante. Alístense.

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