Desde los 90, Cali ha sido receptora de miles de desplazados. Huyendo de la guerra, estas comunidades tuvieron que rehacer su vida en tugurios donde se han reproducido las condiciones de violencia que quisieron dejar atrás.

Potrero Grande es uno de esos proyectos de vivienda para desplazados promovidos por el Estado que fracasaron pues sus habitantes terminaron marginados y estigmatizados, sin mayores áreas públicas y en medio de la violencia creada por un urbanismo sin planificación social (fronteras invisibles).

Los jóvenes habitantes de este barrio son vulnerables al dominio de las bandas criminales; y es ahí donde aparece Jazmín Cuesta, una profesora que, desde el único plantel educativo que tiene el barrio y donde confluyen las bandas, ha creado un modelo para convertir a sus alumnos en mediadores de paz, de tal forma que dejen de lado los combos y se conviertan en agentes de resolución de conflictos. La pregunta que queda es si su fuerza para cambiar será mayor que la de los violentos.

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