Juan Antonio Urbano. Todas las fotos por Andrés Bermúdez.

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Juan Antonio Urbano, un cacaotero que hace una década abandonó la coca, habla de sustitución, inversión rural y lo que aconsejaría a Iván Duque.

Por: Andrés Bermúdez Liévano

La Candelaria, Bogotá

“Nosotros sustituimos con Uribe y consolidamos la cooperativa con Santos”. Juan Antonio Urbano no la piensa dos veces. Para este campesino de 51 años, sonrisa traviesa y poncho en el hombro, no es fácil entender por qué se enredan tanto peleando los presidentes y los expresidentes por el tema de la coca, cuando la solución lógica es la misma que él ejemplifica: sustituir y crear empresas rurales, en alianzas entre los campesinos productores y el Estado.

Urbano es la cabeza visible de Distrito Chocolate, una colorida tienda que sirve chocolate caliente –con clavos, con cardamomo, en agua, en leche de almendra– y vende barras de chocolate a cientos de estudiantes universitarios en el eje ambiental de la Avenida Jiménez. Su pequeña tienda de seis mesas y fotos de cacaotales en La Candelaria –justo en medio del Parque de los Periodistas y la iglesia de Las Aguas- es la apuesta más avezada de la Red Nacional de Cacaoteros, una red de cooperativas que representa a más de 25.000 campesinos que cosecha y prepara chocolates finos en todo el país.

Un gran número de ellos abandonaron la coca para dedicarse al producto que mayor promesa tiene hoy para sustituir miles de hectáreas de cultivos de uso ilícito en Colombia. El propio Juan Antonio, que estudió hasta quinto de primaria, sintetiza esa transformación: primero guaquero, luego cocalero, hoy cacaotero y gerente de las tiendas. Aunque la suya es hasta ahora una historia de éxito, la sostenibilidad de Distrito Chocolate depende –en gran medida– de que campesinos como ellos logren crear cadenas sólidas de ventas con los consumidores en ciudades como Bogotá.

Su arduo recorrido, lleno de tropiezos y obstáculos, también es un recorderis del acompañamiento técnico que necesitan los campesinos que se despiden de la coca, justo en momentos en que el presidente electo Iván Duque habla de retomar la erradicación forzada y la aspersión aérea como principales estrategias contra las drogas.

¿Qué representa el cacao para ustedes?

A través del cacao hemos logrado transformar una comunidad que se había visto inmiscuida en casi todos los problemas que han vivido muchos territorios en el país. Los once municipios del occidente de Boyacá –que seguramente todos conocen como la región esmeraldera de Colombia– tuvieron muchos problemas y mucha violencia.

¿De qué problemas estamos hablando?

Primero la ilegalidad en la actividad minera: familias que se enfrentaron por el poder y el manejo de las minas de esmeraldas, llevando a que pueblos enteros se enemistaran. Mi pueblo de Pauna y San Pablo de Borbur eran enemigos y no se podían hablar, aún estando a 25 minutos de distancia. No era un conflicto político, sino un problema entre familias. Fueron diez años de violencia, hasta que en junio de 1990 -–mediante un proceso en el que interviene la Iglesia Católica– se llega finalmente a un acuerdo de agredirse menos.

Comenzó una etapa de posconflicto que tal vez fue más cruenta que la guerra misma. Después de cinco años de violencia, hubo pueblos que nos reconciliamos y los líderes de la guerra –ahora líderes de la paz– crearon empresas a las que el Estado les entregó en concesión las minas de esmeraldas. Con esa formalización de la minería se acabaron las oportunidades. En la mina de Coscuez trabajábamos 15.000 guaqueros y la empresa sólo empleó a 500. Los que quedamos por fuera, nos convertimos en guaqueros ilegales. Yo, que trabajé en las minas desde los 24 hasta los 38 años, fui uno de ellos.

¿A qué se dedicaron sin las esmeraldas?

Al no haber ingreso libre a las minas, en los años siguientes empezamos a buscar alternativas. Muchos, que queríamos volver a nuestro origen campesino y a vivir de la tierra, empezamos en 1997 a hablar de cacao como una posibilidad económica para la gente que se había quedado fuera de la mina.

Lastimosamente a alguien se le ocurrió hablar de llevar la coca al territorio y esa iniciativa de hablar de cacao terminó en una actividad ilegal. Tristemente la mayoría nos pusimos a sembrarla. Tal vez el 99% de la población campesina se vio involucrada -directa o indirectamente- en procesos del narcotráfico. En dos o tres años llenamos casi toda la región de coca y, como es muy montañosa, creímos que era imposible para el Estado llegar a erradicar nuestros cultivos.

Fueron cinco o seis años donde hubo mucha plata, pero donde también se profundizó la problemática social y de violencia del territorio. Al haber un negocio ilícito como el narcotráfico, llegaron los grupos armados al margen de la ley: primero la guerrilla –que hacía presencia desde hacía mucho tiempo con el Frente 11 de las Farc y que quiso hacer parte del negocio– y luego los paramilitares con la consigna de eliminar a la guerrilla. Eso agravó la violencia. Muchas diferencias originaron muchos muertos.

¿Qué hicieron entonces con la coca?

Para el año 2004, un grupo de campesinos comenzamos a pensar que nuestra región no podía seguir yendo hacia el abismo. En mi caso hubo una muerte de unos amigos campesinos, que por causa del narcotráfico se vieron involucrados en problemas y terminaron siendo asesinados. Eso originó que nos reuniéramos y pensáramos, “Hombre, ¿qué vamos a hacer?” Nos hizo recapitular.

En 2005, por fin apareció el Estado –a través de las Fuerzas Militares– hablando de sustitución forzosa de cultivos y de que tenían que cumplir con su tarea de erradicar la coca del territorio. Eso originó mucho malestar y enfrentamiento con la población.

Ahí nos volvimos a reunir los campesinos que habíamos hablado de un cambio. Ahí apareció como una posible alternativa el cacao, que ya había sido parte de la economía de nuestros padres y nuestros abuelos. Un programa del Sena nos invitó a una capacitación, donde nos animaron a que creáramos organizaciones de productores. De la mano de ellos, de Corpoica y de la Universidad Pedagógica y Tecnológica, se conformaron 10 organizaciones de productores de cacao en todo el occidente de Boyacá: en Pauna, Borbur, Otanche, Quípama, Muzo, Maripí, Coper.

¿Y comenzaron a cultivar?

No, no aún. El Sena no acompañó con unos cursos pero, como eran muy cortos, uno quedaba con una expectativa y no alcanzaba el tiempo para entender suficientemente el tema empresarial. Entonces vino un año donde la coca persistió, donde la erradicación forzada y los enfrentamientos continuaron. Hubo muchas dificultades para las organizaciones. No sabíamos qué íbamos a hacer, ni siquiera para qué nos habíamos organizado. El Estado no aflojaba ni ofrecía nada a cambio.

¿Entonces qué hicieron?

En el 2007, la Iglesia Católica, los mismos esmeralderos y los campesinos convocaron foros para hablar de cómo empezar un proceso responsable de sustitución de cultivos ilícitos. El Estado finalmente propone que la región entre en el programa de Familias Guardabosques, comenzando en el municipio de Otanche y parte de Puerto Boyacá. Con el tiempo se ve la necesidad de que otros municipios también sean beneficiarios.  

Los campesinos, ya de manera organizada, empezamos a interactuar con el Estado y llegamos a un acuerdo en el que se compromete con unos apoyos y los campesinos nos a comenzar a erradicar y sustituir de manera voluntaria. En dos años la sustitución forzosa no había generado la más mínima disminución y, después del acuerdo, en tan sólo un año la coca empezó a desaparecer. Según Naciones Unidas en el occidente de Boyacá se erradicaron de manera voluntaria más de 7.000 hectáreas de coca entre 2007 y 2009. Los resultados fueron instantáneos.

¿Esa vivencia de ustedes aplica para abordar el problema en el resto de Colombia?

Eso es lo que considero yo que se debe hacer en todo el país: mientras la erradicación sea forzosa, la coca simplemente se traslada. Si se pone duro, yo simplemente me voy más para abajo o monte adentro. Mientras al campesino no se le ofrezca una alternativa real, va a ser muy difícil que logre erradicar la coca de su pensamiento y de su vida. Porque a pesar de ser ilegal, es un negocio que deja una rentabilidad y que por eso persiste.

Familias Guardabosques nos prestó asesoría empresarial y social. Nos correspondió un equipo de profesionales muy jóvenes que le metieron muchísimas ganas al tema, que se quedaba en nuestras fincas a enseñarnos por qué la ilegalidad no valía la pena y por qué apostarle a la legalidad. Terminando el 2007 como organización empezamos a montar viveros, se establecieron 3600 hectáreas de cacao (una parte importante con apoyo del programa Midas de Usaid) y generamos un sueño alrededor del cacao para la comunidad.

Mientras la erradicación sea forzosa, la coca simplemente se traslada.

¿Cuáles fueron los hitos de ese proceso?

Nuestro territorio fue declarado como la primera región de Colombia libre de cultivos ilícitos en Colombia en 2010. Eso para muchos de pronto no es importante, pero para un territorio como el nuestro sí lo fue: nos mostró habíamos hecho una tarea, que valía la pena continuar, que lo que estábamos haciendo lo estábamos haciendo bien y que el Estado reconocía el inmenso esfuerzo que estaban haciendo las comunidades.

El cacao fue el que tomó la delantera. El país estaba comenzando a ver el cacao como una posibilidad: el país en ese entonces importaba porque no suplía su consumo nacional. Además viene acompañado de un tema ambiental muy interesante, porque la coca nos había enseñado a ser muy irresponsables con el medio ambiente. Uno fumigaba y lavaba la fumigadora en las zanjas, botaba los desechos en la quebrada. Para sembrar los cultivos de pancoger era muy común la costumbre de la quema. Gracias a todo esto aprendimos que no valía la pena seguir haciéndolo.

¿Usted había visto cacao antes?

Claro que sí, desde que nacimos. Nuestros abuelos habían sido cultivadores de cacao. Mucho antes de la minería, nuestra región había sido una de las grandes despensas alimenticias, especialmente de Bogotá: de cítricos, de café, el mismo cacao. El patrón era el que más trajera cargas de naranja o de aguacate. Después los patrones eran los que más sacaban esmeraldas.

En el caso mío mi abuelo tenía seis hectáreas de cacao y entre eso me crié. Por eso le apuntamos: sabíamos que era ambientalmente sostenible, que en nuestra tierra se daba, que es fácil cultivarlo, que es resistente, que no le dan plagas. Le puede dar monilia o carmenta pero no mata las plantas si haces un control adecuado y simple, mientras que la roya te acaba el cafetal.

¿Ustedes fueron los primeros proyectos de sustitución de coca por cacao?

Iniciamos procesos muy afines con Tumaco, Catatumbo, Arauca o sur de Bolívar. Hoy se entristece uno de ver esos territorios que siguen con problemas. Nosotros aprendimos mucho del sur de Bolívar, que nos llevaba unos meses de delantera. El referente eran Aprocasur o Asocati en el Catatumbo, empresas que venían dando unos resultados extraordinarios y que hoy en día persisten pero son regiones que no lograron ganarle al narcotráfico. Faltó algo allí.

Pero sí es la solución en cacao: ese premio nos permitió dirigirnos directamente al Presidente como líderes. Para el Estado es gratificante ver que donde ha invertido sus recursos sí se generó un cambio social.

¿Cuánto se demora un proceso de transición exitosa desde la coca a otro cultivo?

Yo le había puesto 20 años y nos tomó en realidad 10 años. Todo depende de la aceptación de la comunidad y del esfuerzo del Estado. Y también del trabajo de los líderes. Estamos hablando de procesos de mínimo 10 años cuando es con cacao, donde 4 o 5 años se necesita que el Estado haga un acompañamiento masivo en el tema social.

¿Usted cree que el Estado tiene hoy esa mirada de largo plazo con la sustitución?

Hoy sí. Si tú miras el Acuerdos de paz –la reforma rural integra–- busca precisamente eso: consolidar procesos a mediano y largo plazo. Tiene que haber un apoyo a largo plazo porque la coca está ahí esperando.

Nosotros llevamos 12 años: ya generamos la sustitución y una legalidad. Nos falta consolidar la generación de ingresos, la propiedad de la tierra y la innovación en lo productivo.

¿Y sí tiene el Gobierno esa mirada integral?

Tal vez nunca en la historia del país se había generado un documento tan completo como es la reforma rural integral del Acuerdo de paz, que mira a todos los sectores: a la mujer campesina, al hombre rural, a los jóvenes, el rol del Estado dentro del tema empresarial como un aliado que nos ayuda a conocer del mercado y del negocio. Es eso en el fondo: el Estado es un facilitador.

¿Usted qué le diría al presidente electo Iván Duque?

Yo le diría a Duque que mantenga esa mirada social del acuerdo rural. Colombia hoy tiene una gran oportunidad en su ruralidad. El país se construyó sobre lo rural y tenemos que recuperar esa prioridad para tantos millones de colombianos que viven allí.

Yo le diría a Duque que mantenga esa mirada social del acuerdo rural.

Usted sustituyó con Uribe y creció la cooperativa con Santos, en medio del Acuerdo de paz. ¿Defiende lo que hicieron ambos?

Y más que defenderlos, les agradecemos mucho. El Presidente Uribe con el programa Familias Guardabosques sabía lo que estaba haciendo para sacar una comunidad adelante.  De hecho no sé por qué el Presidente Santos no lo siguió.

Necesitamos una línea continua así en todo el país, como la que nos permitió a nosotros salir de la coca y salir adelante. Más que plata, la gente necesita que le abran los ojos a una oportunidad y que hagan un trabajo social mostrándole que la legalidad vale la pena. Porque. ¿que usted uno escondiéndose? El día de mañana lo matan y, ¿qué le va a dejar a sus hijos huérfanos?

Eso es: sembrar cacao ya lo hacían los indígenas. Nosotros no descubrimos nada. Pero le dimos un uso distinto.

Colombia nunca había tenido el boom de cacao que hay ahora…

Seguramente sí lo había identificado hace mucho tiempo, porque hace 50 años se creó la Federación Nacional de Cacaoteros.

Simplemente hubo un fenómeno –el narcotráfico– que desfiguró a la sociedad colombiana. La violencia seguramente siempre va a existir porque naturalmente somos violentos y el ser humano viene con un diablo por dentro, pero eso se supera con educación, valores y principios. Hubo una generación que perdimos el rumbo: el ídolo ya no era ese campesino que tenía un mejor mejor cultivo, sino el que se había ido a traquetiar y volvía con carros finos, mujeres y un ejército detrás. Los más pobres terminamos sembrando coca, los más ricos traficando.

¿El cacao es una oportunidad para salir de ese círculo vicioso?

Hoy Colombia quiere recuperar sus procesos de legalidad para responder a esta gran oportunidad histórica que tenemos en el agro. Yo siempre pregunto, ¿cuál es el mayor negocio en el mundo? Pues los alimentos, porque el ser humano trabaja primero para comer. No lo puedes evadir.

Colombia tiene un potencial inmenso, pero tiene que prepararse para competir y tiene que preparar a sus pequeños productores rurales para competir. Necesitamos modernizar la agricultura y generar la infraestructura que nos permitan sacar lo que producen los pequeños. No es que salga más barato traer el maíz de Estados Unidos, es hacer las vías para que nuestro maíz sea competitivo con el que viene de allá. No es proteger el agro, es incentivarlo.

¿Qué tan bueno es el momento del cacao colombiano en el mundo?

En el mercado hay una potencialidad inmensa para los cacaos colombianos, por su calidad y por la diversidad de sus sabores y aromas.

Aparte tiene unas condiciones idóneas para las zonas apartadas de Colombia: son granos secos (garantizando que no pierdes la cosecha), los precios no son los mejores pero son estables, hay un mercado garantizado (siempre te van a comprar el cacao), genera un tema ambiental muy positivo (reemplazas el daño de la coca y ganadería por bosques productivos de cacao) y genera arraigo hacia la tierra (es un cultivo de largo aliento y tú no siembras cacao para irte en un año). Es un proyecto de vida.

Es un mercado que está creciendo en el mundo. En los últimos 10 años su consumo viene aumentando a unos márgenes increíbles, con la población de Asia -un continente que no consumía chocolates- descubriéndolos. Además, sus cualidades alimenticias nadie las pone en discusión y está considerado como un superalimento.

¿Cómo se consolida esa inmensa oportunidad? A veces pensamos que es un problema de precios, pero lo que tenemos que hacer es modernizar el cultivo y generar mayores productividades. La forma de contrarrestar los precios bajos es mayor productividad.

¿De dónde sale la Red Nacional de Cacaoteros?

En 2010, cuando fuimos declarados zona libre de cultivos ilícitos, nos preguntó el Estado, ¿por qué no se unen? Así que primero creamos una pequeña red regional -la Fundación Red Colombia Agropecuaria o Funreagro- integrada por 10 organizaciones de productores del occidente de Boyacá. Somos 1456 productores (222 de Pauna) y unas 3600 hectáreas sembradas.

De ahí empieza a sonar a nivel nacional la idea de crear una red de todo el país. También había un descontento con el gremio, porque en Colombia los gremios tienen que despolitizarse un poco y tener un contacto mucho más real con las comunidades. Hoy Fedecacao nos ha dado ejemplo de eso: todo eso fue un corrientazo para la Federación y lo están haciendo muchísimo mejor que en 2010. Sus servicios sí están llegando al territorio,  en gran parte debido a la demanda de los productores desde abajo.

En junio de 2013 se consolidó la Red Nacional de Cacaoteros, gracias al apoyo de Naciones Unidas, con 62 organizaciones de productores. Hoy somos 125 asociaciones en 23 de los 32 departamentos. Representamos a más de 25.000 familias indirectamente. Somos un articulador más que ayuda en su contacto con el Estado y con la cooperación internacional, para que tengan más en cuenta la voz de los productores. Porque plata no es que no haya habido. Ha habido mucha, pero no se ha invertido teniendo en cuenta las necesidades reales de las comunidades y la cultura de los territorios.  

¿Y cuándo nace la idea de tener tienda?

En el 2013 presentamos una iniciativa con Asocacao de San Pablo de Borbur al premio Emprender Paz, que no da premio pero sí un reconocimiento. Lo ganamos y decidimos avanzar en la cadena. Ya tenemos el cacao, pensemos en cómo agregarle valor.

Poco después, en 2014, una muestra de Pauna (Boyacá) se ganó el premio al mejor cacao de Colombia. Nosotros nunca habíamos figurado por nada bueno y en sólo tres años habíamos tenido tres reconocimientos: la primera zona libre de cultivos, el premio Emprender Paz por la paz y el mejor cacao de Colombia.

¿Ahí comenzaron a agregarle valor?

El premio nos llevó a conocer Europa: fuimos ocho campesinos que estuvimos el Salón del Chocolate en París, en Ferrero y Nestlé en Suiza, Felkins en Bélgica. Descubrimos que detrás de los granos de cacao que nosotros producimos hay un negocio multimillonario y mundial. Y que allá sí lo hacen valer.

Al ver que teníamos una excelente calidad de cacao, nació la iniciativa de Distrito Chocolate. Ahí arrancó el sueño de crear una tienda y, por qué no, una pequeña cadena de tiendas.

¿Cómo les fue en el inicio?

La verdad es que hemos tomado varias malas decisiones. Arrancamos acá en La Candelaria y luego abrimos una en el centro comercial Gran Estación, otra en Jumbo (en Paloquemao) y una más en Santa Fe. Terminamos metidos en un chimbombo allá, pagando unos arriendos de locura y sin tener nosotros una marca consolidada.

Con esa plata habríamos podido desarrollar nuestra marca. Fueron errores administrativos y en la toma de decisiones que nos costaron muchísimo, al punto que pensamos seriamente liquidar el emprendimiento y desistir de la idea. Pero los mismos hijos nos dijeron, ¿cómo van a dejar una iniciativa tan linda? Nos reconciliamos y queremos continuar.

¿Entonces ya llevan tres años?

Tres años en que pasamos el valle de la muerte como cinco veces. Emprender en Colombia es muy difìcil y se vuelve más difícil aún cuando tomas malas decisiones, más con emociones que un tema serio de planeación. Y, claro, para eso necesitamos más acompañamiento del Estado.

¿Qué representa la tienda para ustedes?

Como campesino representa muchísimo: es una vitrina para todo lo que hacemos. El cacao, como planta y como cultivo, está jugando un papel determinante en cambiarle la historia a muchas regiones. Hoy el país entero tiene que avanzar en agregación de valor y en cadenas de comercialización, porque si marcas como éstas se quedan en el territorio jamás van a tener la oportunidad de crecer.

Por eso nosotros como campesinos necesitamos una vitrina. Hoy vendemos acá unas 12 marcas de todos los orígenes y de todas las regiones. Y que eso se refleje en los territorios con mejores ingresos para esas familias.

El secreto para solucionar el problema de la coca es escuchar la voz de las comunidades.

¿Qué tan importante es conectar a los colombianos urbanos con estas cadenas de valor que lograron la sustitución de coca?

Ese es uno de los principales objetivos de esto. Hace apenas un mes, el Día de la Tierra, vinieron 150 estudiantes de una universidad y, de ellos, 140 no conocían ni el fruto del cacao. ¿Usted puede creer eso? Tenemos un país cuyas ciudades no han descubierto las zonas rurales. Hay una generación que se olvidó de media Colombia que vive en la ruralidad.

Entonces, si logramos no enfrentar -sino integrar- esa sociedad que está en el campo con esa ciudad donde está el consumidor, habrá más oportunidades para todos. Esta marca Mestiza -que es de mi pueblo- produce 50 libras al mes porque el pueblo tampoco es más grande. Yo no puedo venderte una libra hoy y volverte a buscar mañana para que me compres.

¿Usted siente que está creciendo el aprecio en Colombia por el chocolate?

Hoy hay un boom de chocolatería en Colombia. Ve uno muchos jóvenes interesados en el tema –con muchas equivocaciones también– pero es la forma de crear una cultura del chocolate. Nos hemos convertido en un destino que los chocolateros del mundo están mirando. Estoy seguro de que en 10 a 15 años vamos a tener una cultura impresionante.

Si logramos transferir una parte del conocimiento que está en Europa y en Estados Unidos al país, vamos a tener chocolateros colombianos de altísimo nivel, con productos extraordinarios y este oficio se va a convertir en un arte y una profesión. Todo eso constituirá una oportunidad aún más grande para el país.

¿También puede impulsar el turismo, igual que hizo el café?

Hay todo un país que no habíamos podido descubrir por estar agarrados. Hoy esas regiones están abriendo sus puertas para que el citadino pueda ir a ver muchas cosas bonitas, desde las aves y los paisajes hasta el proceso del cacao. Hay muy bonitas oportunidades para el turismo rural, que ya está comenzando a llegar –poco a poco– a nuestras regiones.

Todo eso redunda en más oportunidades para nuestros campesinos y más orgullo para el país.

¿En qué nos toca mejorar?

Tenemos que seguir mejorando. Yo siempre digo que el cacao lo sembramos quienes no teníamos donde irnos, nos tocó hacer empresa con los más pobres. Eso ha generado una gran dificultad en transferir conocimientos. Hoy cambiarle el chip a una persona mayor de 60 años -decirle ‘deje de hacer esto así y mejor hágalo así’–es casi imposible. Por eso estamos intentando generar la cultura con nuestros jóvenes, para que ese proceso que hay detrás mejore y podamos acceder a los mercados internacionales.

Colombia se ha convertido en uno de los mejores exportadores de muestras de cacao, pero todavía nos falta para llegar a ser proveedores.

¿Y desde el Estado?

Desde la misma institucionalidad se cometen errores. Los países andinos tenemos un problema que son los niveles de cadmio en el suelo, que el cacao absorbe y lleva al grano. Pero desde el 2010 la Unión Europea dijo ‘A partir del 1 de enero del 2019, no vamos a recibir cacao con más de 1,5 partículas de cadmio por millón’. Eso fue hace nueve años y hasta hace seis meses nos preocupamos por el cadmio.

Es uno de los retos grandes del sector: ¿cómo vamos a mitigar eso? Quizás estamos confiados en que la Unión Europea nos va a dar dos añitos más, pero es que nos avisaron a ocho años.

 

¿Qué lecciones puede sacar el gobierno que viene de procesos de sustitución como el de ustedes? ¿Qué les puede aprender?

El secreto para solucionar el problema de la coca está en incluir a los comunidades en la toma de las decisiones y en la planeación. Es escuchar a la voz de esas comunidades. De nada sirve todo lo que haga el Estado si el campesino no entiende, sabe y quiere.

Parte de la tarea es casi más de psicólogos que de agrónomos. ¿Cómo pudimos cambiar el chip? Una vez le preguntamos a un campesino, ¿qué es la coca para usted? Y él me respondió: es el mercado que llevo a la casa, el pan de mis hijos, lo que me permite llevarlos a la escuela y al médico. La coca era todo. La gente no estaba ahí porque le gustara tener coca, sino porque necesitaba unas cosas. Entonces, ¿qué teníamos que generarle? Otra cosa que le permita llevar el pan.

Hay todo un país que no habíamos podido descubrir por estar agarrados.

Si el próximo presidente le diera por las opciones forzosas, como la aspersión aérea y la erradicación forzosa, ¿usted qué le diría?

Es muy difícil. La erradicación forzosa lo que hace es trasladar el negocio. Para nadie es un secreto que la crisis venezolana está trasladando el negocio hacia el sur, hacia Guainía. ¿Por qué? Porque el narcotráfico se muta y se traslada a donde haya territorios abandonados.

¿Qué es lo que más lo anima a usted?

El gran sueño y lo que lo anima a uno es que hay una generación nueva, de hijos de agricultores que siguen amando la tierra y respetando el trabajo de sus padres, pero que quieren hacerlo de una manera moderna.

Yo tengo cinco sobrinos, de veinte, estudiando agronomía. Mi hijo se gradúa en septiembre de ingeniero agroindustrial. Todos están yendo a la universidad, algo que mi generación no pudo hacer. ¿Y qué van a hacer ellos? Vivir del campo, mejorar la calidad de lo que hacemos y traer más oportunidades a sus comunidades.

Si está en Bogotá, puede pasar a tomar un chocolate caliente en Distrito Chocolate, en la Carrera 2a # 17-60. En Las Aguas, sobre el Eje Ambiental.

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