Iván Duque sosteniendo la mano de su fórmula vicepresidencial, Martha Lucía Ramírez, en la concentración del Centro Democrático el pasado domingo 11 de marzo en Bogotá. | Foto vía Twitter @mluciaramirez.

Este artículo de opinión fue publicado inicialmente en VICE, nuestra plataforma madre. Puede encontrar el original aquí

Por: Nathalia Guerrero Duque

El pasado domingo en la noche, en el hotel Bogotá Plaza, la voz de Iván Duque, ahogada por los gritos de una multitud al borde del frenesí, que coreaban un apellido distinto al de él, anunciaba lo pactado: Marta Lucía Ramírez, la tercera candidata en la llamada Gran Consulta por Colombia, iba a ser ahora su fórmula vicepresidencial. “Trabajaremos de la mano para que Colombia construya un mejor futuro”, decía Duque, mientras le alzaba la mano a una Marta Lucía lacónica. “Ojo con esto: ¡espero cumplir con ustedes el sueño de darle a Colombia su primera mujer vicepresidenta!”.

Durante todo el discurso de Iván Duque, Ramírez permaneció a su lado, impertérrita. Aplaudía cuando tenía que hacerlo, ponía cara amable cuando era necesario tenerla y sonrió cuando el candidato ganador finalmente anunció que iba a cumplir su promesa con ella. Marta Lucía recordaba la figura de la tradicional primera dama en Colombia: siempre bien vestida, pero sin llamar la atención; siempre impasible, pero no tanto; siempre sobria, pero no lo suficiente como para parecer frígida o insensible.

Esta vez las mujeres no solo éramos primeras damas sino que habíamos logrado la Vicepresidencia de la República. O mejor, nos habían dejado serlo. Bien lo había dicho Duque: el sueño era tener una vicepresidenta mujer, porque nos estaban dando la licencia. Nuestro lugar ya no era estar al lado como la esposa, o abajo, representando al voto femenino. Ahora nos tocaba atrás, como la ‘vice’, y por eso teníamos que estar agradecidas, emocionadas. Quién sabe, quizá la mayoría de los gritos esa noche en el hotel eran de mujeres que celebraban desaforadas el anuncio de su macho líder.


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La cosa con Claudia López fue diferente. El pasado 28 de febrero, escoltada por integrantes del Partido Verde, como Sergio Fajardo y Jorge Enrique Robledo, la candidata vicepresidencial llegó a la casa de su mamá, doña María del Carmen Hernández, para darle el anuncio a ella y al país.

En la sala de la casa que la vio crecer, con la mujer que la crió al lado suyo, López tuvo una celebración íntima y emotiva, donde le dio las gracias a su mamá, que se dedicó a ser maestra, por “la fortuna de estudiar”. Sergio Fajardo le aseguró a doña María del Carmen que estaba seguro de que su hija era la mejor candidata: “estoy seguro de que logrará a futuro ser la primera presidenta de este país”, añadió.

Fajardo pudo haber sido más sincero con doña María del Carmen. Pudo haberle dicho que su hija, que tanto había estudiado y tanto se había preparado para esto, había decidido, empezando la carrera electoral como precandidata presidencial junto a él y a Robledo, dar un paso no al lado sino atrás, para cumplir sus órdenes, volviendo real ese dicho que más parece una sentencia para nosotras: detrás de cada gran hombre hay una gran mujer.

Pudo haberle dicho también que no, que él no quiso ceder y que su tiempo era ahora, no el de su hija. Pero que estaba convencido de que en un futuro, allá, ese futuro al que muchos se refieren cuando hablan de los derechos de las mujeres y de la igualdad de oportunidades, allá en ese tiempo su hija sí iba a ser presidente.

La comodidad con la que Marta Lucía Ramírez aceptó este contentillo de cargo quizá fue un sapo más duro de tragar que para López. No lo sé.


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A ambas ya se les había adelantado Clara López a finales de enero, anunciándose como fórmula de Humberto de la Calle, o, más bien, dejando que él la anunciara a ella. “Este es un hecho político extraordinariamente importante”, dijo a varios medios en su momento el candidato del Partido Liberal. “Que la fórmula a la vicepresidencia sea una mujer que defiende los derechos de la mujer y que tiene una visión de cambio, pienso que efectivamente debe generar una reacción positiva para la opinión pública”.

Quizá de la Calle fue el que marcó la tendencia, la modita, de poner a las ‘vices’. Claro, un cargo que se ve importante pero que no lo es tanto, un puesto que acompaña a la presidencia, pero en función de ser la subalterna, de estar a disposición de lo que ordene el presidente.

“¿Cómo no vamos a celebrar y estar agradecidas?”, pensarán. Nos pusieron esta vez en un escalafón más alto del que podíamos aspirar; y ellos celebran más, porque nuestra presencia ahí, aunque relegada, reviste las tres campañas con una delgada capa de inclusión y de política para la mujer, apenas para que sea visible ante los ojos de todos.

En fin. El cargo vicepresidencial como un reflejo de qué tan en serio nos estamos tomando la equidad de género en la sociedad colombiana. Ahí por los laditos, como quien, todavía, no quiere la cosa. “No me siento perdedora”, dijo al otro día Marta Lucía Ramírez. Y cómo no decirlo: en este país lo que nos boten a las mujeres, y más en cargos públicos, es ganancia.

Dato: Sisma publicó un reporte sobre las mujeres elegidas este año en el Congreso. El Partido Mira (cinco curules), la Coalición lista de la Decencia (seis curules) y el Partido Verde (19 curules) fueron los partidos con mayor porcentaje de mujeres: 80%, 50% y 31,58%, respectivamente. En total tuvimos una participación del 20,5%.

Aún nos falta. Mucho.

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