Marcela camina por los senderos enfangados de la, para ese entonces, Zona Veredal Mariana Páez, durante la celebración del último cumpleaños de las Farc. Foto: Julián Ríos

Por: Julián Ríos

La guerra le otorgó el alias de ‘Yareli’, pero su nombre es Marcela. Estuvo en las filas de las Farc durante 15 años y se encargó de las comunicaciones radiales de su frente durante los últimos tres. Ahora, hace parte de los alrededor de diez mil excombatientes que esperan reincorporarse a la vida civil en los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación (ETCR).

Quienes la conocen le dicen ‘Peque’, lo que probablemente se debe a sus 156 centímetros de estatura. Calza botas pantaneras, las únicas que resisten el barrial de los ETCR, los mismos que hasta agosto del año pasado se llamaban Zonas Veredales Transitorias de Normalización (ZVTN). Marcela pasa sus días en el espacio Mariana Páez, de su natal Meta, que es el lugar donde se concentra el mayor número de exguerrilleros.

A sus 28 años, esta mujer es tan risueña como una pequeña de 12. Esa fue la edad que tenía cuando se integró a las filas de las Farc, hoy desmontadas como grupo armado y transformadas en partido político. Pero para 2001, cuando Marcela ingresó, las negociaciones del Caguán estaban en crisis y tanto la guerrilla como Ejército intensificaban sus acciones. “En el monte la cosa estaba caliente”, recuerda Marcela.

Después de media vida en la subversión, Marcela –junto a otros 15 exguerrilleros del campamento– cambió los fusiles por la danza. Siendo las 5:57 p.m., camina con afán para llegar a tiempo a su ensayo. Aunque la línea de mando se quedó en la selva, la puntualidad sigue siendo innegociable entre los excombatientes.

El horario militar también se mantiene. A “las 18:00” se encuentran los miembros del Colectivo Cultural Paz y Folclor para dar inicio a sus ensayos. Hasta septiembre de 2017 el escenario –al igual que las caletas (dormitorios), ranchos de cocina y aulas de reunión de este Espacio– se levantaba austero sobre el suelo arcillado, y se resguardaba bajo plásticos negros sostenidos por vigas de madera.

Hasta la primera semana de octubre, esta fue el aula de ensayos del grupo de baile de los excombatientes. Foto: Laura Becerra.

Aunque la infraestructura debía estar lista para enero del año pasado, solo hasta principios de octubre se supo qué era el concreto y la teja en el campamento, situación que se replicó en las 26 zonas de concentración del país.

En las reuniones del grupo de danza Paz y Folclor, retumban melodías con cantos que hablan de comandantes, de revolución, de anécdotas de guerra, de mundos diferentes. Son letras que surgieron en la selva, en medio del conflicto, pero que ahora se reproducen en celulares y cobran vida con los movimientos de los excombatientes.

Pese a las demoras en la implementación del Acuerdo, los estruendos de las balas se reemplazaron por las melodías de sanjuanero, salsa, bachata, bailes urbanos y el joropo típico del llano, la tierra que vio nacer a Marcela a finales de los ochenta.

Dos excombatientes bailan en el espacio Mariana Páez (Meta). Foto: Julián Ríos.

Oriunda del municipio de Acacías, era la segunda de cuatro hermanos. Uno de ellos, paradójicamente, resultó siendo soldado del Ejército Nacional. Su madre se fue un día sin dejar rastro. Su padre, ante la difícil situación económica, se los llevó para Guaviare en 1999.

Allí, entre cultivos de plátano, yuca y chontaduro, Marcela comenzó a prepararse para la guerra. La primera en ingresar a las Farc fue su hermana, que estaba próxima a cumplir 15 años. Hacia 2001 Marcela decidió seguirle los pasos.

“En esos días pasaba mucho la guerrilla por el Guaviare y lo invitaban a uno a unirse. Yo me cansé de que me pegaran en la casa y me integré”, recuerda mientras deja escapar otra risa. Por su corta edad estuvo a punto de ser expulsada de la guerrilla, pero luego de seis meses de entrenamiento demostró que podía quedarse.

Y se quedó. Las extensas marchas y entrenamientos que le costaron trabajo al principio, la convirtieron en una mujer fuerte, de caderas anchas y espalda torneada, de estatura corta pero contextura gruesa.

A los 15 años Marcela no recibió unas zapatillas para bailar el vals –como la mayoría de mujeres–, sino un radio para cargar en la selva. Su ingreso a las columnas móviles también marcó su entrada al grupo de “radistas”, los encargados de cifrar y descifrar mensajes para comunicarse con las demás compañías y frentes guerrilleros.

Cuando asomaba el 2006 y el país reelegía a Álvaro Uribe como presidente, apoyando también la Política de Seguridad Democrática que preocupaba a las Farc, la prioridad de Marcela fue otra. Quedó embarazada, lo que configuraba una falta grave para el movimiento subversivo en tiempos de guerra.

A diferencia de muchas compañeras que debían interrumpir sus embarazos, Marcela logró dar a luz a una niña. Hablar del tema parece opacar su sonrisa por primera vez. No solo por lo que significó dejar a su hija para regresar al monte, sino porque al buscar a su familia para entregársela, fue informada de que su padre había desaparecido en poder de los paramilitares.


‘Las manifestaciones contra la Farc comienzan a rayar con la violencia’


“En un operativo militar nos quitaron el equipo, y ahí estaba mi tarjeta de identidad y datos de mi familia. Esos papeles pasaron de los ‘Paisas Locos’ (como según Marcela se le conocía a la brigada del Ejército), a manos de los paras. A mi papá lo estaban siguiendo, en un retén lo pararon y lo desaparecieron. Nunca se supo dónde había quedado”, recuerda, con un leve quiebre en la voz que intenta disimular sonriendo.

La muerte de su padre sirvió para que apareciera su madre, a quien entregó la recién nacida cuando apenas tenía un mes. En los 11 años que pasaron desde el parto hasta la firma del Acuerdo de Paz, Marcela pudo ver a su hija solo en tres ocasiones. Ahora hablan por teléfono todos los días.

Aunque el proceso de reincorporación a la vida civil va a paso lento, las expectativas de los exguerrilleros marchan a otro ritmo. En los Espacios Territoriales de todo el país se fomenta la creación de proyectos productivos. El de Marcela, en conjunto con 20 antiguos ‘camaradas’, es de piscicultura.

Sin embargo, ella tiene otras aspiraciones. Quiere ser ingeniera de sistemas, algo que invadió su cabeza tras más de 10 años comandando las comunicaciones en el monte.

Desde 2013 estuvo a cargo del radio del Frente Primero de las Farc, compuesto por más de 1.000 guerrilleros. Solo ella tenía la información para decodificar los mensajes provenientes de otros grupos.

Pese al clima de indignación y desconfianza de los excombatientes contra el gobierno, muchos no cambiarían la tranquilidad con que viven ahora. “Así se haya demorado lo de la infraestructura o los subsidios y hayamos tenido inconvenientes, vivimos mejor que en el monte. Podemos salir a visitar a la familia. Ya no es como cuando tocaba apagar la luz temprano pa’ que los helicópteros no nos vieran y acostarnos con el fusil al pie. Ahora, por lo menos, podemos dormir tranquilos”, dice Marcela

Las banderas blancas con palomas ilustradas son tantas, que parecieran puestas a propósito para mantener la esperanza a cada paso que se da por el Espacio Territorial. Entretanto, la vida de casi diez mil exguerrilleros transcurre entre la incertidumbre del futuro y la ilusión de un trabajo que asegure una vida distinta. Y, mientras eso llega, después de pasar la mitad de su vida en la guerra, el cuerpo de Marcela continúa a la espera contoneándose al son de los ritmos revolucionarios de paz y folclor, junto a su grupo de danza que alguna vez fue de guerra.

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