Soldado del Ejército custodia la llegada del helicóptero que trae a Pie de Pato al Intendente General de las FFMM y al Comandante de la Fuerza Titán. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!

Después de la firma del Acuerdo de Paz con las Farc, las Fuerzas Armadas necesitan una transformación. Para algunos sectores, la educación debe ser un eje en este proceso.

A 31 días de las elecciones presidenciales, con Iván Duque y Gustavo Petro punteando en las encuestas, la pregunta sobre el futuro de las Fuerzas Militares está tomando fuerza. La razón: Petro dijo, en uno de sus discursos políticos, que los jóvenes que no logran acceder a la educación superior “terminan buscando un puesto en la Policía y el Ejército”. A esta frase le sacaron provecho Germán Vargas Lleras, de Cambio Radical e Iván Duque, quien desde el Centro Democrático dijo que el compromiso de su partido con las Fuerzas Militares y la Policía “es de corazón”.

Poco a poco ha ido tomando forma la idea de que Petro odia a las Fuerzas Militares. El ministro de Defensa, Luis Carlos Villegas, calificó la intervención de Petro como “una falta de respeto” y cuestionó que, esgrimiendo esos argumentos, aspire a la presidencia: “Tratarlos como marginales, como gente que no tiene el respeto ni las cualidades para ser respetados por la sociedad colombiana, es un gran error de su parte y sobre todo desdice de la vocación de todo candidato de mandar a las Fuerzas Militares”, dijo.

Petro se defendió y explicó su idea: “En ninguna parte he comparado a los jóvenes que entran a la Fuerza Pública con delincuentes. He dicho que no habría servicio militar obligatorio y que el ejército profesional y la policía pagarán la educación superior de todos sus integrantes”. Frente a la idea recurrente de que Petro “odia a los militares”, el candidato recordó que, durante su periodo como alcalde de Bogotá, entregó alojamientos para 500 soldados del Batallón Alta Montaña que patrullan en la localidad de Sumapaz, invirtiendo 2.674 millones de pesos.

Esta pelea, a todas luces electoral, despertó una reflexión sobre el rol de las Fuerzas Militares en el posconflicto y si, en efecto, las condiciones de educación de los soldados podrían mejorar. ¡Pacifista! se comunicó con varios coroneles de la Policía y el Ejército para conocer sus opiniones sobre este debate, sin embargo, nos comentaron que, por orden de la institución, no están autorizados a dar declaraciones: “sería participar en política, ese no es nuestro trabajo”, nos dijo uno de ellos.

Otro, un coronel que trabaja en zonas de conflicto y tráfico de drogas, nos comentó que “no es apropiado hablar ahora. Pero le digo algo: nosotros sabemos quiénes somos, sabemos en qué consiste nuestro trabajo y cómo debemos hacerlo. Nuestra misión es clara: trabajaremos con el presidente que llegue”. Pero nos advirtió que era imposible ignorar que las declaraciones de Petro podrían afectar la susceptibilidad de los integrantes de la Fuerza Pública – actualmente son cerca de 485.000 efectivos, según el Ministerio de Defensa –  .


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Estas posiciones de los mandos medios difieren radicalmente de las opiniones de la Asociación de Oficiales Retirados de las Fuerzas Militares (Acore), la cual emitió un comunicado rechazando las palabras de Petro. El general (r) Jaime Ruiz, presidente de Acore, nos dijo que Gustavo Petro le resulta “un personaje lleno de contradicciones. Cada vez que tiene la oportunidad, cuestiona la esencia y la razón de ser de las Fuerzas Militares. Él insiste, por ejemplo, en que no se deben bombardear a las bandas criminales porque según él son masacres. Insiste también en acabar el servicio militar porque simplemente le resultan incómodos los militares”.

Los planteamientos de Acore son cercanos a los del Centro Democrático y, en ese sentido, no sorprende que un sector de los militares rechace por completo las declaraciones de Petro. De hecho, desde 2016 se están tomando decisiones dentro de las Fuerzas Militares que apuntan a una transformación de cara al posconflicto y estas han generado polarización. Si algo estaba claro, es que tras la desmovilización de las Farc, el Ejército debía ocupar las zonas que despejaran e impedir que las bandas criminales o las disidencias se expandieran, algo que no ha sucedido.

“Las declaraciones de Petro han causado mucho revuelo en las Fuerzas Armadas”, nos dijo Giancarlo Mejía, quien fue decano durante cinco años de la facultad de Derecho de la Universidad Militar. Para él, el candidato de la Colombia Humana está ignorando algunos avances que se han presentado en materia de educación: “El Sistema de Educación de las Fuerzas Armadas cumplió 10 años y ha permitido mejorar los programas de educación para soldados y policías. Los integrantes de la Fuerza Pública pueden acceder a la Universidad Militar, por ejemplo, institución que está regulada por el Ministerio de Educación y está acreditada como de alta calidad. Con sus declaraciones, Petro terminó lastimando a las personas que han recibido diferentes oportunidades gracias a las Fuerzas Militares”.

La otra cara de la moneda

Pese a que pareciera existir un consenso entre el Ministerio de Defensa, Acore y diferentes expertos en que las declaraciones de Petro fueron desacertadas, existe un sector que en efecto ha solicitado una transformación del Ejército de cara a posconflicto. En ¡Pacifista! hablamos con un integrante de la Fuerza Pública que, por orden de sus superiores, no puede revelar su nombre. Sin embargo, nos contó lo que opinan él y algunos de sus compañeros sobre los problemas en la educación para integrantes de la Fuerza Pública. Esto fue lo que nos dijo:

“En los últimos años se han generado avances significativos en ‘calidad académica’ para la Fuerza Pública: han buscado reconocimiento en sus programas por medio de procesos de certificación. Sin embargo, a veces estos procesos de certificación no trascienden por cuestiones burocráticas (se quedan en el papel o en la formulación estratégica). De allí que las instituciones universitarias no tengan reconocimiento por su calidad.

Todos los procesos de formación (para patrulleros, soldados u oficiales) corresponden a una capacitación supuestamente especializada, pero la exigencia académica es prácticamente nula, pues a la hora de evaluar la continuidad de un estudiante, la insuficiencia académica no es un criterio de valoración de peso.

En muchas ocasiones, algunos oficiales de estos centros de entrenamiento o escuelas carecen de herramientas para evitar que personas que no cumplen con los estándares de calidad académicos culminen sus procesos de formación. Así, estas personas salen a desempeñar un servicio público para el que claramente no están preparados. Digo herramientas porque algunos profesores me han señalado que existen indicadores de medición internos que los coartan a la hora de tomar decisiones sobre, por ejemplo, un estudiante con bajos resultados académicos.

A esto se suma que gran parte de la planta docente de estos centros de formación corresponden a personas que tienen un vínculo estrecho con la institución (familiares de oficiales, personas cercanas a los directores de escuelas de formación “amiguismo”, entre otros).


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Tampoco existe una línea de formación crítica dentro de la Fuerza Pública. Es tan inaudita la calidad de la educación que hoy en día los procesos de formación no establecen líneas de aprendizaje sobre el entendimiento del conflicto armado colombiano. Los miembros de la Fuerza Pública salen a defender unas instituciones bajo una concepción patriótica (desde el ámbito romántico) pero carecen de entendimiento real sobre los orígenes y motivaciones reales del conflicto que vivirán en carne propia.

A pesar de que existen programas de técnico profesional, pregrado y posgrados en la Fuerza Pública, los mismos carecen de utilidad o demanda en el mercado laboral. Es decir, la capacitación no es atractiva para el policía o militar cuando ya no sea miembro de la Fuerza Pública. Por ello, muchos optan por realizar programas académicos en instituciones reconocidas.

Existen algunos miembros de la Fuerza Pública que por iniciativa propia buscan profesionalizarse, otros ingresan a la Fuerza Pública con un pregrado en una carrera liberal y/o posgrados. Sin embargo, estos esfuerzos a veces son en vano, pues en algunas unidades militares no se valora el conocimiento especializado. Muchas veces desprecian al que tiene una especialización y le ordenan desempeñar otro tipo de labores.

No existe un reconocimiento monetario o de otro tipo (para el caso de la Policía Nacional) para aquellos que tengan un nivel académico superior: si usted estudia o no, va a ganar lo mismo y esto no influye en sus ascensos.  Existen convenios e incluso becas para acceder a beneficios académicos, pero están sometidas a la validación de oficiales de altos grados, y claramente estos beneficios circulan y habitan entre muy pocos que tienen la capacidad de influenciar sus decisiones (hijos de oficiales generales, personas con buena ubicación laboral). Por esta razón es recurrente ver militares y policías con la más baja preparación en zonas de orden público donde es difícil la interacción con la comunidad.

En conclusión, a pesar de que el comentario de Gustavo Petro ha generado indignación, si se hace una lectura reflexiva sobre nuestra educación, debemos reconocer que carece de calidad. A pesar de los esfuerzos, no existe un deseo generalizado por aprender por parte de los policías y militares. Los manejos internos de los recursos y oportunidades hacen que sea muy poco probable mejorar sustancialmente la preparación académica de los policías y militares de Colombia”.

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