El alcalde Enrique Peñalosa y el exalcalde Gustavo Petro han protagonizado esta semana una guerra virtual en torno al manejo del esquema de recolección de basuras en Bogotá. | Montaje: VICE Colombia

Este artículo fue originalmente publicado en VICE, nuestra plataforma madre. Se trata de una columna de opinión, escrita por el editor Andrés Páramo.

La crisis de las basuras, que lleva ya cinco días sumando impaciencia ciudadana e indulgencia mediática, es el resultado de un capricho. Las calles abarrotadas de residuos, de olores, de obstáculos a cada esquina son el reestreno de una película estrenada hace unos años: la de un gobernante que quiere imponernos una ideología a la brava.

El turno esta vez fue para Enrique Peñalosa, el supuesto “alcalde gerente” (¿todavía alguien lo llama así?), quien, más que gobernar, ha enfilado todas sus fuerzas para echar atrás las políticas de su antecesor, Gustavo Petro, el “alcalde mamerto” (a él sí, supongo, mucha gente lo sigue llamando así).

Y en esa guerra por crear una nueva Bogotá, por hacerla un modelo a su capricho y acomodo, se les han ido los años a ambos.

Lo peor es no darnos cuenta de ello por pasarnos nuestra vida útil lanzando fuego por la boca, defendiendo al uno o al otro como en concurso, como si alguno de los dos estuviera realmente interesado por el destino íntimo de la ciudadanía. A ellos dos, a sus formas de concebir el mundo, se debe en parte nuestra polarización. Una polarización de cierta forma paradójica: nos peleamos por un par de desinteresados. Les repetimos sus discursos calcados. Aunque nos pasen por encima, los respetamos al punto de ponerlos en un pedestal.

Y para terminar, la joya por la que peleamos: el modelo de recolección de basuras.


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Es decir, en medio de todo esto nos ha tocado ver a trabajadores uniformados con un “Bogotá mejor para todos” o una “Bogotá Humana” a las espaldas, explotados por jornadas dobladas para atender rondas de 24 horas en toda la ciudad y también a personas ahogadas en medio de la basura que se les acumula en Chapinero, en San Cristóbal, en Fontibón, en Engativá.

¿Que uno de ellos quería un mejor modelo? ¿Que uno de ellos quería hacer las cosas eficaces, favorables, mejores? Eso dicen.

Petro, por ejemplo.

El exalcalde quiso abarcar mucho: incluir, por orden de la Corte Constitucional, a los miles de recicladores que hacían su labor sin recibir paga. También a personas en condiciones vulnerables y otros trabajadores de las empresas privadas en un esquema de beneficios laborales mucho más favorables. También, de pasadita, arrebatarles de las manos el negocio de las basuras a quienes llamaba en sus discursos “las mafias” —encabezadas por William Vélez, quien se quedó sin negocio—.

Quiso abarcar mucho, decía yo, pero a las carreras. El hoy candidato presidencial terminó los contratos con los privados el 18 de diciembre de 2012, ocasionando una crisis sanitaria de tres días que desembocó en la renegociación posterior con las mismas empresas que había querido expulsar, con camiones que llegaban en malas condiciones y volquetas que recogían la basura a tientas. Entre destituciones de la Procuraduría y sanciones de la Contraloría, terminó por fin de prestar el servicio. Y luego fue destituido.

Una sumatoria de intenciones que solo suenan bien en el papel.

Ah. Y Peñalosa.

Pese a que una sentencia del Consejo de Estado hubiera indicado que lo hecho por el exalcalde Petro no violaba la Constitución, ni la ley, ni la libre empresa, el hoy gerente se ancló en unas multas impuestas por la Superintendencia de Industria y Comercio y una sanción por parte de un Tribunal al Acueducto de Bogotá para echar a rodar todo, pero hacia atrás. Al no tener una aseguradora detrás, Aguas Bogotá no podía presentarse a una licitación. Por eso, y para revertir los efectos del esquema “socialista”, el negocio volvió a los privados: y dice el alcalde que mucho ojo, señores empleados de Aguas Bogotá, se avispan, pues, mandando sus hojas de vida a las empresas de recolección a ver qué les sale.


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Enrique Peñalosa, igual que su predecesor —porque en eso sí parece haber continuismo en Bogotá— sacó la misma carta que oímos los ciudadanos hace tres años, cuando la basura estaba regada por todas las calles. Algo así como “no, qué pena con todos, tengan paciencia, es que me sabotearon”.

Al uno, a Petro, lo sabotearon los privados, como sostiene con irritante insistencia hasta el día de hoy. Y al otro, a Peñalosa, le entorpecieron la labor unos sindicalistas vándalos y líderes de izquierda, como no duda en repetir a diario.

Aparte del cubrimiento de los medios —la benevolencia inexplicable frente a la crisis de basura de Peñalosa—, no entiendo, en ambos casos, cómo este problema no era previsible para un gobernante serio.

Si el alcalde Peñalosa le echa tanto la culpa a Petro, si este problema viene “desde la pasada administración”, ¿no era el lío de los contratos laborales uno previsible? Y del mismo modo, en el sentido contrario: ¿no podía Gustavo Petro en su momento asegurar el cumplimiento de un servicio que quería cambiar a las patadas?

La respuesta en ambos casos parece ser no.

Antes de tomar bando uno debería quizás hacer preguntas, que les caben por igual a Petro y Peñalosa: ¿es este talante de gobernantes los que nos merecemos? ¿Estos? ¿De verdad? ¿Esas bolsas de basura desparramadas por las calles? ¿Esos empleados trabajando a destiempo? ¿Esas excusas levantadas en debates políticos? ¿Ese manoseo ideológico de “los pobres” o del “comunismo”?

No. Es demasiado. Es insoportable. No hay derecho a que el destino de la capital de un país esté en el tire y afloje de dos personas que conciben al Estado de formas distintas y que, solo por eso, irrespetan la inteligencia de quienes pretenden gobernar. Que se tiren de cabeza a dar botes llevándonos a todos nosotros a su paso.

Yo estoy convencido de que ellos no piensan en nadie salvo sí mismos. El resto es invisible.

No hay lugar a tanta irresponsabilidad.

 

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