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El 2 de agosto de 2012 Enrique Peñalosa publicó en su cuenta oficial de Twitter: “Vendedores ilegales, carros en aceras, grafiti, mugre, avisos desordenados y mala iluminación traen inseguridad”. Hace tan solo unos días, Peñalosa, hoy alcalde de Bogotá, pronunció unas palabras similares cuando pintaba unas rejas de blanco y limpiaba unos ladrillos con guantes negros y esponja. En esta ocasión, dijo: “Donde hay desorden, donde hay grafiti, eso trae criminalidad, porque es un mensaje de que cualquiera hace lo que quiera, de que no hay reglas, de que no hay orden”. Nuestro alcalde volvió a sentar la postura higienista de ciudad que imaginaba en sus Sueños del 95.

Esta alcaldía ha entarimado una política llamada “recuperación del espacio público”, cuyas primeras acciones fueron sacar de los lugares visibles de la ciudad a aquellas poblaciones que no desea ver, aunque su lema sea “Bogotá mejor para todos”. La esponja encontró el mugre en la diferenciación sutil entre un ciudadano legítimo y uno de cartón, y en la indeseable manera en que la disonancia estética puede destemplar los sentidos de los privilegiados.

Las primeras acciones del alcalde en pro de este plan de recuperación fueron sacar a los ‘chirris’ de la renovada e internacional carrera séptima y de otros sectores alternos del centro histórico de la ciudad; a las putas de la grandiosa escultura del maestro Negret en el sector comercial de San Victorino, donde solo debe ser permitido el “comercio de buena fe”, y a los ‘chaceros’ de la cosmopolita calle 72, con sus hoteles, edificios y salas de juntas. Restringió los tránsitos de las personas “indeseadas” sin una planeación seria para cada zona, actividad e identidad. Buscó reconquistar los espacios ignorando que ya le pertenecían a la ciudadanía y que ya existían en ellos ecosistemas de subsistencia ensamblados y gente que dependía de ellos.

Este repetido discurso de higiene estética trasladado a los cuerpos “no deseados”, que migran constantemente en la ciudad alrededor de zonas de reclusión, no solo legitima la violencia contra estas poblaciones, sino también alimenta el silencio cómplice cuando son borradas del espacio: ¿A quién le importaron los ‘ñeros’ que arrastró un caño cuando la policía los cercó en la carrera 30 con calle 6 después de la intervención del Bronx?

Los derechos fundamentales son imperceptibles para estas poblaciones y el Estado solo hace presencia en sus vidas cuando el policía levanta al ‘chirri’ a patadas, se lleva a la puta al camión o le quita las mercancías al ‘chacero’. Estos nómadas urbanos se ven obligados a huir constantemente de las fuerzas del Estado. Los muchos nombres que les son atribuidos para pasar por alto el hecho de que son ciudadanos son una muestra de la negación sistemática a su derecho a la ciudad. El mensaje que sale de los esfuerzos institucionales comprometidos en una guerra contra la “suciedad” es que no es solo necesario limpiar la calle de tinta, mugre y basura, sino también de “putas, ‘ñeros’ y maricas”.

No en vano, los ‘ñeros’ de la calle suelen decir que la noche es el momento en que hay que andar en parche para protegerse: “No se le haga raro que mañana no amanezcan,  dicen que por Guadalupe votan cuerpos, eso supe: ellos hacen la limpieza, espero no me dejen tiesa.” Acabar con esos Errantes, como Aterciopelados cantó en su segundo álbum, El Dorado, es algo que el burgomaestre ha dejado claro desde siempre: “No le hagamos la vida fácil al habitante de calle”.

Muchas veces se oye por ahí que en la noche “pasan motocicletas bajándose a los ‘ñeros’”, que la “limpieza está fuerte por el centro” o que a fulanito “le mandaron ‘la serenata de mariachis’ porque no se abrió del parche”. Y es que la mal llamada “limpieza”, esa práctica de asesinar a quién “estorba”, no es ajena a las calles de Bogotá. En muchos barrios de la ciudad se publican listas con nombres propios de la gente a la que quieren “abrir del parche”, que incomoda a quienes mandan o quieren mandar en determinado sector.

Pero esta forma de matar gente, a la que mal llamamos “limpieza”, no solo se presenta de manera ilegal y clandestina. Por el contrario, existe un aparato discursivo que la sustenta, la defiende y la justifica. “Esa gentuza”, como es vista desde el discurso de la renovación, es agrupada, cercada, limpiada, desplazada, golpeada, encarcelada, asesinada. La “limpian”, textualmente, del espacio de la renovación urbana. La esconden de los visitantes extranjeros, no la mencionan, ni la hacen partícipe de esa moderna “Bogotá para todos”.

El hecho de que esta alcaldía, que busca recuperar zonas deterioradas o poco aprovechadas para convertirlas en espacios de explotación económica, utilice este lenguaje “revitalizador” y “recuperador” no puede ser pasado por alto. Estas palabras comienzan a inseminar en la conciencia social de la ciudadanía la idea de que los lugares objeto de intervención están muertos, deshabitados. Revitalizar es, por definición, volver a dar vida a algo que no la tiene, a un lugar donde nadie habita o donde habita alguien que no le importa a nadie. La recuperación del centro de Bogotá se ha vislumbrado con Candela, con quemas de cambuches en los que los habitantes de calle han visto perder sus hogares como un Bolero falaz: en donde el Estado les ha recordado una vez más que son Siervos sin tierra.

Una Bogotá administrada por la política de las “ventanas rotas” es una Bogotá gobernada por la búsqueda del colonialismo: con sus malecones, sus pasajes y sus senderos al estilo vienés; una Bogotá gobernada por la búsqueda de El Dorado.

“Algo no se ve bien en Bogotá”, se dirá en el Palacio Liévano: “Algo está sucio en el centro, algo huele mal, y ese algo está ocupando espacios que pueden tener rentabilidad económica. Por eso, a ese algo hay que sacarlo, limpiarlo y repararlo: hay que recuperarlo porque es un No futuro”.

Pero, en realidad, ese algo seguirá siendo un no futuro hasta que no sea leído como un alguien, adquiera una voz que sea escuchada, pueda acceder a espacios y sea reconocido como un ciudadano legítimo. ¡Y ojo, Palacio Liévano!: todo esto debe hacerse sin comprometer la identidad de la gente, su forma de habitar la ciudad o sus libres decisiones de vida.

 

*Alejandro Lanz es el director ejecutivo de Pares en Acción-Reacción Contra la Exclusión Social (Parces ONG).

**Esta columna está dedicada al Palacio Liévano y fue escrita al son del álbum El Dorado de Aterciopelados.

*** Este es un espacio de opinión. No compromete la posición de VICE Media Inc.

@AlejandroLanz11

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