Foto: Cortesía de Sintrasexco.

Fidelia Suárez, la presidenta del sindicato de trabajadoras sexuales en Colombia, lleva un delfín plateado colgado en su cuello. “Es un regalo que me hizo una amiga de Ipiales para que me trajera mucha suerte”, cuenta.

– “¿Y le ha traído suerte?”, le pregunto.

– “Fíjese que sí. Llevo más de 25 años siendo trabajadora sexual y con mucho honor. Dios me puso la vagina en el medio, para mi remedio”, dijo sonriendo.

Fidelia Suárez, presidenta de Sintrasexco.

Fidelia, en representación de las más de 600 mujeres que hacen parte del Sindicato de trabajadoras sexuales de Colombia (Sintrasexco), expusieron esta mañana un informe hecho por ellas en 2016. Entre otras denuncias, cuentan en detalle cómo han sufrido la violencia institucional en el país.

Sintrasexco encontró que los intentos de homicidio y la violencia sexual, verbal y física son las principales amenazas para las trabajadoras sexuales. Asimismo, dice el estudio, los principales agresores son los miembros de la fuerza pública (policías en su mayoría). Sin embargo, es preocupante que 93 por ciento de las mujeres encuestadas no hicieron denuncias formales al respecto, en gran medida por miedo a las represalias o por vergüenza.

“Marica, que me cogieron y que me iban a llevar y el hijueputa ese me dijo que me soltaba pero que yo fuera con él a la pieza. Yo le dije que si me pagaba y él me dijo que solo pagaba la pieza.  «Me da cuquita y yo la suelto», me dijo”. Testimonio en el Barrio Santafé, Bogotá.

466 trabajadoras sexuales se le midieron a hacer parte del estudio para denunciar y dar testimonios sobre los momentos en los que han visto vulnerados sus derechos. La mayor parte de las encuestadas (72 por ciento) se encuentran entre los 18 y los 30 años, de las cuales más de la mitad trabajan en las calles.

Lina Mena, la trabajadora sexual y mano derecha de Fidelia en el sindicato, viene del Chocó, tiene tres hijos y lleva 15 años ejerciendo la profesión.

– “Cómo llegaste a Sintrasexco”, le pregunté.

– “Antes de llegar a Bogotá, trabajaba como trabajadora sexual en Barbacoas, Nariño, en un establecimiento donde era pura explotación laboral, no había ni un día de descanso, se trabajaba desde las 10 de la mañana hasta las tres de la mañana. Decidí enfrentar al dueño de la casa y pedirle, por lo menos, un día de descanso. Me dijo que yo tenía que trabajar todos los días de la semana y yo le respondí: «yo tengo que morirme y nada más, pero en todo establecimiento hay un día de descanso para las compañeras. Además los horarios son muy extensos y no son lógicos. Ponga su horario y nos da un día de descanso»”, recordó.

Desde ese entonces, Lina decidió empezar a trabajar por los derechos de su comunidad y en 2008 conoció a Fidelia, con quién se alió. En 2015 se sindicalizaron junto con otras 30 mujeres.


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Al igual que Fidelia y Lina, las mujeres que hicieron parte del estudio explicaron que una de las causas por las que sucede la violencia sexual es por “la falta de empoderamiento y el poco conocimiento sobre los derechos que tenemos como trabajadoras”, dice el estudio. Esta también es una de las razones por las que prefieren “irse a trabajar a otros lugares de donde provienen, porque la estigmatización empieza desde la misma familia. La mayoría de trabajadoras son flotantes migrantes”, cuenta Lina.

El estudio explica que “la confianza en la policía está fuertemente asociada al tipo de interacción establecida entre ésta y las trabajadoras sexuales, aún más que a la efectividad para combatir la inseguridad o a factores socio demográficos, y de acuerdo a lo encontrado en las encuestas, las constantes vulneraciones a los derechos humanos de las trabajadoras sexuales han afectado fuertemente este elemento”.

Sí, están desprotegidas

“A las más viejas nos piden plata, una multa para poder trabajar en la calle, ellos van viendo cuántos puntos hemos hecho y, a veces, por cada cliente nos cobran de cinco mil a 20 mil pesos. A las más jovencitas se las llevan para el CAI móvil y allá tienen relaciones sexuales con ellas gratis, la que se niegue se tiene que ir”. Testimonio en La Mariposa, Santafé, Bogotá.

“A mi el tombo me iba a llevar a la URI que porque era grosera y no debía estar parada ahí, yo le traté de hablar y le dije que no me hiciera eso. Entonces él me empezó a tramar que iba a ser buena gente conmigo, que se lo mamara y ya no me hacía nada, ahí si me le emputé ¿qué tal el hijueputa? Es que él creía que no conocía mis derechos, pues no pasó ni lo uno ni lo otro, pero eso si donde me ve, me la monta”. Testimonio en Engativá, Bogotá.

Otra de las asistentes al evento fue Alejandra, proveniente de Carabobo, Venezuela. Ella decidió venir a la capital por recomendación de una amiga a causa de la situación económica en su país natal. Después de mandar sus fotos vía Whastapp, Alejandra llegó directamente al barrio Santafé a trabajar en un establecimiento llamado Texa. Allá puede cobrar desde 30 mil pesos en adelante.

Sin embargo, explica que en la localidad “no hay compañerismo entre las venezolanas, el trabajo es difícil y lidiar con los policías también”. De hecho, a finales de noviembre, a Alejandra le robaron su bolso con todas sus pertenencias, lo que ocasionó que arreglara su viaje de vuelta a Venezuela.

84,1 por ciento de las encuestas afirmaron haber tenido un trato negativo con la fuerza publica. Denunciaron extorsión, manipulación o pedir sexo gratis por parte de la Policía Nacional.

Con respecto a esto, la presidenta del sindicato recuerda que cuando inició su “trabajo sexual era sometida por un agente de policía. Nunca se me olvidará. Me sacaba del establecimiento a la hora que él quisiera y me llevaba a una residencia. El mantenía su revólver al lado de la almohada donde yo tenía la cabeza ¿me entiendes? ”, me dijo Fidelia agarrando su delfín de la buena suerte.


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“Era un tipo de Cali, un negro alto y tales. Dure así seis meses y no tenía conocimiento sobre como denunciar. Además el uniforme me ocasionaba miedo, hoy en día ya no”.

– “¿Qué pasó a los seis meses? ¿Denunciaste?”, me interesé.

– “Supe que lo habían asesinado en un enfrentamiento en la Calera y ahí terminó mi pesadilla”, me sonrió.

– “¿Te pasó algo más con los policías? ”, le pregunté.

– “Cuando trabajaba en la 13 con 49 -teniendo mi documento de identidad y mi carnet de sanidad- nos alzaban en los camiones y nos llevaban a la estación de La Perseverancia. Nos llevaban desde las 11:30 de la mañana, y a las dos o tres de la mañana nos hacían que les prestáramos servicios sexuales sin protección, nos ponían a lavar toda la estación y a lavar los baños. Además, nos quitaban los zapatos y nos robaban los bolsos. Nos mojaban con las mangueras”, denunció.

Así pues, con este estudio, el sindicato de Sintrasexco quiere visibilizar y dignificar a las trabajadoras sexuales. Buscan comprometer al Estado para que las reconozca y les de los incentivos laborales que tiene cualquier trabajo en Colombia. Así también se construye paz, señor presidente.

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