Foto: Wikicommons

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La máxima figura del paramilitarismo colombiano es aún un referente admirable. 

“Que me juzgue el mundo por guerrerista” le decía Carlos Castaño a sus tropas en 2002, momento en el que llevaba cinco años al mando de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y estas tenían un poder militar y bélico considerable en el país. Su ideología, que justificó el uso de la violencia excusada en un discurso supuestamente anti-insurgente, parece vivir todavía en algunos sectores de la población colombiana.

En su lucha “antisubversiva” (como él mismo la llamaba), Castaño logró reunir 12.000 hombres armados que se enfrentaron con las distintas guerrillas de izquierda y el Estado, ejecutaron homicidios selectivos y perpetraron masacres multitudinarias. Hoy, más de diez años después de su muerte y de la desmovilización de los grupos paramilitares, aparecen en redes sociales sentencias como estas, incluyendo una que marcó una de las grandes controversias de la semana:

Fuente: Twitter

Fuente: Facebook

Fuente: Youtube

Aunque el tuitero Ariel Ortega aseguró que se refería a un Castaño diferente a Carlos, este tipo de comentarios confirma que, en el contexto actual de un país que apenas empieza a salir de su conflicto armado, a algunas personas les hace falta un personaje al que no le tiemble la mano para ejecutar o planear la muerte de alguien que represente, como Matador, una ideología contraria.

“Él es solo un eslabón de una cadena de mafiosos o de bandidos que en Colombia han sido y son idolatrados”, opina Luis Trejos, profesor de Ciencia Política de la Universidad del Norte. “Son personas que se colocaron por encima del Estado. Defendieron unos intereses particulares, pero en sus discursos los encubrieron al abanderarse de la protección y la defensa de un colectivo. Carlos Castaño, supuestamente, representaba la defensa de la propiedad privada frente a la amenaza guerrillera”.

La lucha de Castaño se configuró a partir del secuestro y muerte de su padre, Jesús, a manos de la exguerrilla de las Farc. Esto lo hizo representante de aquellos colombianos que, al haber sido afectados también por este grupo, justificaron la toma de las armas a mano propia, por encima de ese rol natural del Estado. De hecho, un estudio que realizó el Centro Nacional de Memoria Histórica arrojó que el 40 por ciento de los encuestados consideraban a los paramilitares como “un mal necesario”.


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Incluso Fernando Londoño, exministro del Interior y de Justicia –cargo del que fue destituido–, escribió en 2006 una columna que tituló Lo que murió con Castaño, en la que lo describió como un “intelectual hecho a pulso” y calificó su causa como “limpia”. El texto termina así: “Es hora de que resucite su elemental pero preciso ideario, la única manera de recuperar el alcance y la legitimidad de la paz que se viene discutiendo”.

Pero: ¿Cómo es que alguien que lideró un grupo al que se le atribuyen 1.166 masacres –de acuerdo con datos del Centro Nacional de Memoria Histórica– puede ser admirado?

Para Ómar Rincón, profesor de Comunicación de la Universidad de los Andes e investigador en un tema que define como ‘narcoestéticas’, Carlos Castaño “representa el paramilitar que cada colombiano lleva adentro”. Esta afirmación la sustenta en que “somos sujetos que queremos imponer la ley a las malas, como sea. La moral popular colombiana es que si alguien me toca mi propiedad y mi familia, pues me tengo que vengar. Castaño representó eso. Fue un ídolo de la venganza y defensor de la propiedad”.

Recordemos además que, en la época del auge paramilitar, la posición del Estado hacia la exguerrilla de las Farc era de una ofensiva militar total, y esto también influyo en la imagen pública que se generó en torno al paramilitarismo. Según Emmanuel Vargas, asesor de la Fundación para la Libertad de Prensa, “se trataba de una época en la que la política estatal promovía el combate de un enemigo, y en ese momento el enemigo eran las Farc. Para muchas personas, alguien que actuara contra ese enemigo, aunque fuera un criminal o una persona cuestionada, podía llegar a ser visto como una persona admirable”.

El papel de los medios de comunicación

Para Vargas, otra razón de la imagen favorable de Castaño se debe a las distintas apariciones que hizo en medios de comunicación: “Castaño dio entrevistas en medios de alta circulación en el país y en ese momento tuvieron mucha difusión. Hay personas que consideran, incluso, que este pudo haber sido un cubrimiento parcializado por la oposición generalizada hacia la guerrilla”.

Algo similar opina Alexandra García, lingüista de la Macquarie University de Australia , quien realizó un seguimiento del cubrimiento que los principales medios escritos del país le hicieron a los sucesos relacionados con los pararmilitares y las Farc entre 1998 y 2006. García contrastó titulares, comparó el tratamiento que le dieron los medios a hechos violentos y analizó las palabras que se utilizaron para calificar a ambos grupos. Su conclusión fue que “es evidente que la prensa recurre a estrategias lingüísticas para aminorar u ocultar la responsabilidad de los paramilitares en los hechos violentos y resaltar la de la guerrilla”.


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A esto se suma, además, la novela de RCN Tres Caínes, que para algunos más que una reconstrucción histórica de las actividades de los hermanos Castaño, se trató de una apología. Luis Trejos piensa que “estos personajes, culturalmente, se terminan convirtiendo en una especie de productos de consumo: las novelas, las camisetas, los libros… esto hace que no se proscriban socialmente. Aquí no hay sanción social, ni normas ni leyes frente al estímulo de estas personas, ni al uso de estas imágenes”.

Para algunos colombianos, la violencia y la muerte representan un conflicto que quieren dejar en el pasado. Sin embargo, para miles de usuarios de internet y de las redes sociales la solución de las disputas se sigue resumiendo en el siguiente meme viral:

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