Desmovilización en la región de Tierralta (Córdoba). Foto: Presidencia

OPINIÓN | Les pregunté a mis conocidos sus motivos y me di cuenta de que había una diferencia de género. Me decían “a un hombre no lo contrataría. A una mujer sí”

Por: Valentina Rozo 

Desde hace años me pregunto si yo, usted, mi vecino, mi familia, mis amigos, contrataríamos a un desmovilizado. Empecé a cuestionar a personas cercanas sobre este tema y me encontré con una anécdota: un gran ejecutivo de una compañía, en medio del boom mediático de compromisos de las empresas con la paz, dijo: “voy a abrir 20 puestos para desmovilizados. Solo tengo una condición: no quiero verlos nunca”. Y les pagó el salario sin que fueran a trabajar ni un día.

Indagué sobre qué hacía un desmovilizado después de la guerra para tener plata con qué vivir. En Zimbabwe el 43 por ciento de los desmovilizados se empleó en el Ejército, al 12 por ciento lo contrató el Gobierno y solo el 6 por ciento consiguió trabajo en otro sector. La situación de Namibia, un año y medio después del fin del conflicto, era aún más crítica: el 80 por ciento de los desmovilizados estaba desempleado, más del doble de la tasa nacional que era de 35 por ciento. Y así encontré muchos ejemplos. Me dio angustia. Varios estudios han mostrado que los excombatientes que sienten que son irrelevantes en la sociedad son los primeros en retomar sus actividades criminales. ¿Qué estaría pasando en Colombia?

Busqué los datos. El año pasado la tasa de desempleo para las personas que se encontraban en proceso de reintegración era de 19,6 por ciento, mucho más alta que la nacional de 9,7 por ciento.  No me tomó por sorpresa. Vi también la Encuesta de Reconciliación y Paz, que dice que el 61 por ciento de los encuestados vincularía a un excombatiente y el 22 por ciento lo haría sin que nadie sepa su pasado. Sí, así: “sin que nadie sepa su pasado”.

Empecé a contarle a la gente sobre mi preocupación: los desmovilizados se enfrentarían al desempleo ¿y después qué? Les pregunté a mis conocidos sus motivos y me di cuenta de que había una diferencia de género. Me decían “a un hombre no lo contrataría. A una mujer sí”.


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Busqué otras fuentes para ver esta perspectiva y me topé con el Barómetro de las Américas, una encuesta representativa de Colombia, que muestra que el 57,5 por ciento de los colombianos aprobaría que en su trabajo contrataran a una mujer desmovilizada, pero este porcentaje es solo del 45,6 por ciento para los hombres desmovilizados.

Miré cómo esto se reflejaba en los datos de desempleo y tuve una gran sorpresa: las mujeres que están haciendo el proceso de reintegración se enfrentan a un desempleo de más del doble que los hombres en la misma condición: 39,1 por ciento de estas mujeres está desempleadas frente al 15,6 por ciento de los hombres. Este escenario es aterrador: primero, porque los dos porcentajes son mucho mayores a la media nacional y, segundo, porque estos datos muestran que en Colombia la situación laboral de las mujeres desmovilizadas es peor que la de un país como Mozambique. Además había otra cosa que me inquietaba: estos datos iban en contra de lo que me respondían mis amigos.

Quise entender por qué, a pesar de las opiniones recogidas y de los datos del Barómetro, en la realidad el desempleo en las mujeres era más alto. Leí y leí decenas de documentos sobre este fenómeno, que sucede en todo el mundo. Resulta que se ha mostrado que las excombatientes parecen enfrentarse a una doble marginalización: por ser mujeres y por haber sido partícipes de la guerra. Esto hace que en sociedades patriarcales, como la colombiana, se vea la participación de las mujeres en el conflicto armado como un incumplimiento de sus roles tradicionales de género. El hecho de que se piense que una mujer debe ser sumisa, ser esposa y ser mamá (papeles que no necesariamente cumplen en la guerra), hace que cuando se reintegren a la sociedad no sean aceptadas. La imagen de una mujer con un fusil, dando órdenes, con un uniforme, le choca a la sociedad.

El rechazo social suele magnificarse con la actitud que toman las excombatientes después de desmovilizarse, pues gran parte se resiste a cumplir con el rol tradicional. Entonces, la sociedad las ve como una amenaza al llamado “orden social” en aspectos como la familia y la educación sexual y reproductiva.


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Todo esto me alarmó. ¿Por qué las respuestas de la gente no comprobaban las hipótesis de la doble marginalización que había leído en tantos documentos? Dediqué un año a responder esta pregunta y encontré una respuesta muy sencilla. Imagínese la siguiente situación: alguien le pregunta si contrataría a una mujer desmovilizada. Usted ni loco lo haría pero piensa que si responde “¡no!” ese alguien dirá que usted es un machista, sin capacidad de perdón, rencoroso, etc.  Probablemente le convenga solo responder que “sí” y no ser tildado de nada. Este es un sesgo al que se le conoce como “sesgo de deseabilidad social”. Lo estudié a fondo y me permitió darle una explicación al fracaso de las encuestas, fracaso que hemos visto en el Brexit, en el plebiscito y con Trump.

Mis amigos se enfrentaban al sesgo de deseabilidad social. Las encuestas de opinión también lo hacen. Pero los datos de desempleo no. Los hombres desmovilizados se enfrentan a un desempleo mucho peor que el resto de los colombianos. Y las mujeres, ni hablar.

El censo de las Farc de la Universidad Nacional muestra que al menos 5.500 desmovilizados ingresarán a la vida civil, de los cuales 33 por ciento son mujeres. Es urgente que les brindemos los medios para poder vivir de manera lícita. Es clave que el Gobierno cree políticas públicas para promover su empleo, teniendo en cuenta la doble marginalización que enfrentan las mujeres. O les damos medios para que se reintegren o corremos el riesgo de que vuelvan a las armas.  

*Investigadora de Dejusticia

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