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P_C NEGRO SOBRE BLANCO

Por pícaro y por astuto, el rey Sísifo fue condenado por los dioses del Olimpo a empujar una pesada roca hasta la cima de una colina. El castigo de Zeus y su combo era cruel e inteligente: cuando el antiguo rey de Corinto creía que había logrado su cometido, la roca volvía a caer hasta las faldas de la colina. La efectividad de la pena residía en su repetición: Sísifo fue condenado por los siglos de los siglos a repetir una tarea absurda.

El mito de Sísifo es el emblema del quehacer sinsentido. “Ese suplicio indecible”, escribió Camus, “en el que todo el ser se dedica a no acabar nada”. Un relato tan poderoso que, como otras figuras de la mitología griega, se ha convertido en lenguaje: en inglés (por solo nombrar un idioma), el adjetivo sysyphean es utilizado para calificar esfuerzos que son “ingratos, fracasados e interminables”, según el Merriam Webster Dictionary.

Un fracaso que se vuelve aún más hondo y más trágico por el simple hecho de que el rey de Corinto hace conciencia de ello. Sísifo, escribió Albert Camus en su reinterpretación del mito griego, sabe que su esfuerzo nunca tendrá éxito. “¿En qué consistiría su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito?”, se pregunta el filósofo francés.

Como Sísifo, la política global de drogas atraviesa su más honda tragedia en sus 45 años de existencia. Tras invertir miles de millones de dólares en el combate a algunas plantas y sus derivados psicoactivos, la comunidad internacional se está viendo gradualmente obligada a reconocer, como se evidenció en la pasada Asamblea Especial de Naciones Unidas sobre las Drogas (Ungass), que un “libre mundo de drogas” no es posible.

Como el Sísifo de Camus, asistimos hoy a un acto de toma de conciencia: la prohibición ha fracasado, dejando a su paso una estela de daños colaterales que aún se cuentan por miles. En las cárceles del mundo, donde pasan sus días los correos humanos y los cultivadores, por lo general pertenecientes a sectores pobres y excluidos; en las calles de los barrios periféricos, donde caen a diario las víctimas de la guerra entre combos y mafias; en las salas de los hospitales, adonde llegan los consumidores intoxicados por sustancias de variable calidad, que no contaron con el acompañamiento idóneo que previniera el abuso y mitigara la adicción. Esto sin contar con los miles de muertos producto de la violencia que ha conllevado la prohibición, y que solo en Colombia puede ser rastreada hasta los atentados perpetrados por Pablo Escobar a comienzos de los ochenta, para luego proseguir con el accionar de guerrillas, paramilitares y bandas criminales que se han financiado de estas actividades en los tiempos recientes.

La guerra contra las drogas ha fracasado. Y contrario a Sísifo, que no tiene más remedio que aceptar abnegadamente la imposibilidad de su tarea, nosotros sí podemos detenernos un momento tras esta toma de conciencia y revisar la historia de nuestra relación con aquellas plantas y sus derivados psicoactivos. En especial, con la coca y la cocaína, dos palabras que han determinado prácticamente cada segundo de la historia de los Andes, y toda América, durante las últimas décadas.

Hoy lanzamos en ¡PACIFISTA! el Proyecto COCA, una iniciativa que busca hacer uso de la investigación y el periodismo para repensar nuestra relación con una planta ancestral, entender las dinámicas que se tejen alrededor de su explotación lícita e ilícita, poner a prueba las verdades que por tanto tiempo han servido de justificación a las políticas represivas en contra del cultivo de la coca y la producción y el consumo de cocaína, y abrir un espacio de discusión sobre el futuro de la política de drogas en Colombia, los Andes, América Latina y el resto del mundo.

Durante los próximos meses, nuestros editores y periodistas se estarán haciendo preguntas y buscando exhaustivamente sus respuestas. ¿Qué valor tiene la hoja de coca para el individuo y la sociedad? ¿Qué lugar puede ocupar hoy en la vida cotidiana de nuestros países? ¿Quién se beneficia con su prohibición, quién se afecta? ¿Qué sabemos sobre la cocaína? ¿Qué factores determinan la adicción a ella? ¿Por qué hay consumidores no problemáticos de cocaína? ¿Cómo transcurren los universos sociales involucrados en cada  eslabón de la cadena de producción y exportación? ¿Cómo abordamos al consumidor: como un criminal, un adicto o un hombre libre? Si la prohibición ha fracasado, ¿qué debemos tener en cuenta para pensar escenarios de regulación? ¿Vale la pena hablar de legalizar la cocaína?

Nuestras preguntas parten de la certeza de que la prohibición ha fracasado y nos ha costado muertos y recursos. No sabemos, sin embargo, si la legalización nos evite otros males. Lo que sí sabemos es que, a diferencia de Sísifo, nosotros sí tenemos la posibilidad de detener nuestra condena, y dejar de repetir insensatamente una tarea que ha demostrado ser inútil. Al periodismo, no le queda más que abrir los ojos y hacerse nuevas preguntas, y comenzar a indagar por todos aquellos sectores que en nuestra región están dando pasos para imaginar y construir nuevos modos de relacionarnos con la planta y su más temido derivado.

Esperamos que Proyecto Coca sea un espacio de encuentro para curiosos. Para todos aquellos que, como nosotros, se preocupan por el efecto del abuso de sustancias en el mundo, pero también se preocupan por los abusos que se comenten a la hora de combatir estas sustancias. Aquí esperamos encontrarnos con aquellos que comienzan a entender los matices que existen en el mundo de la producción y el consumo de cocaína. Y al mismo tiempo, con aquellos que están descubriendo nuevos modos de entender y relacionarse con una planta que durante milenios fue la gasolina de los imperios precolombinos andinos.

Los invitamos a seguir este proyecto periodístico que quiere entender la complejidad de este ciclo ‘sisifico’ y escuchar las alternativas que se abren para romperlo.

 

Si quiere ver más contenidos del Proyecto Coca, haga click aquí.

 

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