Collage por Mateo Rueda.

Por: Caroline Haskins*

Hace una semana el ministro de asuntos exteriorers de Corea del Norte, Ri Yong-ho, le dijo a la agencia de noticias surcoreana Yonhap que Kim Jong-un, el presidente de su país, estaba considerando probar una bomba de hidrógeno en el Oceano Pacífico. Argumentó que esa sería una respuesta a la amenaza del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de “destruir completamente Corea del Norte”.

“Podría ser la detonación más potente de una bomba de hidrógeno en el Pacífico”, le dijo Ri a Yonhap. “No tenemos idea de qué acciones se tomarán, ya que serán ordenadas por el líder Kim Jong-un”. Al decir “en el Pacífico” y no “sobre el Pacífico”, Ri sugiere que la detonación no se llevaría al cabo en el aire, sino debajo del agua.

No es un secreto que las tensiones entre Corea del Norte y EE.UU. han aumentado a diario, Estados unidos está sobrevolando bombarderos cerca del país como demostración de fuerza.

El sábado por la mañana, Ri dijo que un ataque contra EE.UU. continental sería “inevitable”, y el domingo al mediodía, Trump volvió a amenazar a Corea del Norte en Twitter.

Si Corea del Norte detonara una bomba de hidrógeno en el Pacífico, ¿qué pasaría? ¿Deberían Hawai, California y Japón esperar tsunamis cargados de bomba de hidrógeno o tormentas radioactivas? ¿La vida marina se exterminará o se volverá radioactiva?

Hablé con algunos expertos para entender qué podríamos esperar de la detonación subacuática de una bomba de hidrógeno y cuáles serían las consecuencias.

Las olas

Oliver Bühler, un profesor de matemáticas aplicadas de la Universidad de Nueva York que estudia fluidodinámica, me dijo que seguramente podríamos esperar olas causadas por la detonación subacuática de una bomba de hidrógeno. “Una explosión subacuática, así como una explosión sobre el suelo, claramente crearía unas olas, olas fuertes”, dijo.

Esas olas ya habían sido creadas en pruebas nucleares subacuáticas anteriores pero, en esas ocasiones, las armas contenían solo una fracción de la potencia de la bomba de hidrógeno norcoreana. Aun así, las pruebas han sido extremamente peligrosas. Durante la Operación Crossroads en 1946, una distancia de seguridad mal calculada para la observación de una explosión nuclear de 23 kilotoneladas empapó a los soldados americanos de niveles tóxicos de radiación. Se estima que la exposición disminuyó en tres meses la expectativa de vida de cada testigo.

No obstante, un análisis matemático provee una imagen más segura y más clara de lo que está pasando en el agua. Después de la detonación, se puede esperar una onda de choque que irradie y levante 140 kilotoneladas de energía. Según labores de inteligencia estadounidense, la prueba más reciente que realizó Corea del Norte con una bomba de hidrógeno, el pasado 3 de septiembre, produjo aproximadamente esa cantidad de fuerza. En comparación, las bombas lanzadas en Hiroshima y Nagasaki tenían 15 y 21 kilotoneladas de energía respectivamente. Conforme ocurre la onda de choque, el plasma se libera en el agua mandando una cantidad masiva de vapor y escombros de todo tipo en el aire.

La imagen de una burbuja en formación en “Olas de agua generadas por explosiones subterráneas”, un reporte técnico para la Defense Nuclear Agency de 1996.

El agua se expande radialmente y forma una burbuja sobre la superficie del agua. Pero, dado su tamaño colosal, dentro de la burbuja se forma una grieta conocida como un “chorro reentrante” y colapsa dentro de si misma. A medida que la burbuja se cae sobre la superficie del agua, una columna de agua sale disparada hacia el aire y se desintegra en una serie de ondas.

Las ondas que irradian de una burbuja colapsada.

La onda de choque y la energía radioactiva mataría toda la vida marina del área inmediatamente. Después de la prueba nuclear de 1946, los científicos sacaron 38.000 peces muertos del agua.

Sin embargo, Bühler aseguró que esas ondas no serían capaces de crear un tsunami. “Una bomba de ese tipo funcionaría más como una tormenta”, dijo Bühler. “Crearía toneladas de ondas, pero esas ondas se dispersarían. La energía no llegaría en una explosión como un tsunami. Llegaría a lo largo de las horas, días, a veces semanas”.

El clima

Si las ondas y las tormentas se dispersan desde el lugar de la explosión, ¿nos debe preocupar una lluvia radioactiva sobre las islas del Pacífico? Según el oceanógrafo Matthew Charette, quien estudia los efectos de los radioisótopos sobre la química marina, unas lluvias así no son muy probables como resultado de una prueba nuclear.

Según él, cuando la energía nuclear se mezcla en el agua con oligoelementos, como el sodio y el cloruro, los elementos se vuelven radioactivos. Sin embargo, el daño que pueden causar esos elementos depende de su comportamiento químico. Charette dijo que, dado el tremendo volumen del océano, los elementos radioactivos se concentrarían de una manera demasiado enclenque para causar una amenaza climática seria. “No me preocuparía mucho con una prueba subacuática”, dijo. “Los factores de disolución serían inmensos”.

No obstante, Ken Buessler, un científico senior del Instituto Oceanográfico Woods Hole, confesó una de sus preocupaciones: “la radiación no se quedaría en un solo lugar como sucede en un accidente de reactor, se movería con las corrientes del océano”.

Sin embargo, diferentes corrientes circulan en escalas de tiempo que varían desde semanas hasta milenios, por lo que Buessler afirma que es prácticamente imposible predecir cuándo esa agua podría tocar tierra.

La vida

Charette y Buessler me contaron que este mismo año fueron al atolón Bikini, un subconjunto de islas dentro de las islas Marshall que habían sido el lugar de 23 pruebas de detonaciones nucleares estadounidenses entre 1946 y 1958. Más de 70 años después, el atolón Bikini no se ha recuperado completamente. Los niveles de radiación en una de las islas de Bikini todavía exceden los estándares de radiación segura.

Aunque los resultados de su estudio aún no se han publicado, Charette afirmó que estaba gratamente sorprendido con lo que encontró. “Estaba impresionado con la recuperación de las islas”, dijo. “Al menos en términos de flora y fauna”.

Otros científicos están de acuerdo en que la vida marina resurgió desde la lluvia radioactiva. Stephen Palumbi, profesor de la Universidad Stanford y Elora López descubrieron que los corales incluso llegaron a adaptarse a los altos niveles de radiación. No obstante, la adaptación tardó década.

“Si se repitiera la perturbación hoy en día, no se esperaría una recuperación tan alta”, dice el estudio.

“Lo que nos debe preocupar son los productos radioactivos en el abastecimiento de los mariscos”, afirmó Charette. “Como humanos consumidores de pescado, internalizaríamos los isótopos radioactivos”. No obstante, según cree Buesller, el riesgo humano más alto de una prueba nuclear es psicológico.

“Si uno pone la radiación en algún lugar, la gente va a cambiar sus hábitos inmediatamente, desde los peces que comen hasta los lugares a dónde van a nadar”, dijo. “Esas cosas a lo mejor no se confirman científicamente, pero causan pánico. Y luego, claramente, hay ansiedad de que la próxima vez pueda pasar en un área habitada”

En nuestras conversaciones, Bühler, Charette y Buessler enfatizaron la dificultad de predecir las consecuencias de una prueba de detonación nuclear a largo plazo.

“En la época en que Estados Unidos realizaba pruebas de bombas con frecuencia, estábamos preocupados por todo tipo de cosas”, dijo Bühler. “Si causarían tsunamis, o si incendiarían la atmósfera. Básicamente, todos los estudios mostraban que eso no iba a pasar. Eso, de cierta forma, respaldó a que simplemente se soltaran bombas para probarlas”.

 

 

Según Bühler, después de que la ciencia sugiriera que no había riesgos de violencia o catástrofe inmediata, la gente se volvió indiferente hacia las pruebas nucleares. “Lentamente nos fuimos dando cuenta de que lo que no podemos controlar es lo que va a pasar años más tarde”, dijo. “Esa es la razón principal por la que no es responsable llevar a cabo este tipo de pruebas. La gente puede descifrar las consecuencias a corto plazo. Pero lo que pasará el año que viene, y el año después, es algo sobre lo que nadie tiene control”.

*Este artículo fue originalmente publicado en inglés en Motherboard, la plataforma de tecnología de VICE.

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