A la derecha, Hernando Chindoy muestra uno de los productos: el aromático café Wuasikamas.

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Por Andrés Bermúdez Liévano

Una de las cosas más difíciles para los campesinos que toman la decisión de despedirse de la coca o la amapola es vender los nuevos cultivos legales que siembran. Ese es uno de los cuellos de botella más difíciles de superar y, a largo plazo, uno de los riesgos más grandes para que sus cambios de vida puedan ser definitivos.

Por eso, si aún no ha encontrado sus regalos de Navidad, ¡Pacifista! lo invita a conocer la tienda y la historia de una de las comunidades más admirables de Colombia en haberlo logrado.

Municipio de Tablón de Gómez, Nariño.

De la amapola al café

Hernando Chindoy y su pueblo saben lo que es la bonanza y la tragedia de los cultivos ilícitos. Por años, esta comunidad de indígenas inga cultivó amapola en su montañoso resguardo en el norte de Nariño. Luego, al completar 125 muertos en una comunidad de apenas 951 familias y vivir en medio de las amenazas y los ataques permanentes de las Farc, el ELN y los paramilitares, tomaron una decisión radical. Se reunieron y dijeron ‘no más’.

En 2003, ellos solos comenzaron a eliminar toda la amapola de sus tierras y se convirtieron en el primer caso de éxito de la sustitución voluntaria de cultivos ilícitos en Colombia y en un modelo para el camino que están comenzando a recorrer unos 115.000 campesinos en todo el país. (Aunque muy lejos de las 142.000 hectáreas de coca, Colombia todavía tiene 462 hectáreas de amapola repartidas entre Nariño y Cauca, según el censo de cultivos ilícitos que hace todos los años Naciones Unidas).

Su resguardo de Aponte, en el empinado municipio de Tablón de Gómez, completa ya casi 14 años libre por completo de cultivos ilícitos. Los mismos 14 años en que, como parte de ese mismo proceso, recuperaron su lengua y escribieron el manual –‘mandato integral de vida’– que reúne sus reglas de comportamiento. Hoy viven de la granadilla, la trucha, las gallinas ponedoras y, sobre todo, de un aromático café especial que bautizaron Wuasikamas.

Nariño, como tantas regiones que han visto la bonanza cocalera y amapolera, sigue siendo un departamento pobre y con escasas oportunidades económicas. Por eso, los inga de Aponte decidieron empezar a vender sus productos primero en Pasto y ahora en Bogotá. De hecho, este lunes inauguraron Café Wuasikamas en La Candelaria (Carrera 4 no 12B – 27), a dos cuadras de la Biblioteca Luis Ángel Arango y del Chorro de Quevedo. Un lugar que, además, es atendido todo el tiempo por miembros de la comunidad.

¡Pacifista! conversó con Hernando Chindoy, quien fue gobernador del resguardo en la época en que erradicaron la amapola y uno de los ingas que sacó adelante el proyecto del café.

¿Hace cuánto tuvieron la idea de montar el café?

Surgió el año pasado. Estuvimos al frente de un proyecto con cinco pueblos indígenas y empezamos a pensar cómo fortalecer la economía propia de los pueblos.

Es una pena porque encontramos, por ejemplo, en el pueblo eperara –en la costa de Nariño–, que la gente tenía varios productos pudriéndose en el campo, por la distancia –la falta de vías- y porque nadie les ayuda en nada con temas empresariales. Es distinto si yo cargo el plátano procesado y ya empacadito, que si yo intento cargarlo así fresco.


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¿Qué va a encontrar la gente que venga al café?

Van a encontrar huevos, café, artesanías, panela y algunos frutales. Todo de cinco pueblos de Nariño: los inga de Aponte, los kofán y nasa de Sucumbíos, los eperara en la costa y los awá en Tumaco. La idea es traer todos esos productos y entregarle a la gente, de manera directa, lo que vendamos.

¿Quién les ayudó a montar el café?

No, ha sido un esfuerzo propio. No teníamos el recurso para todas estas costas, pero nos hizo un crédito el Banco AV Villas. Todo ha sido cultivado y preparado por nosotros: el café, por ejemplo, lo producimos en nuestra propia fábrica en el resguardo. La empresa, Hatuniuiaipa, también se constituyó en el resguardo. Significa ‘el pensamiento de Dios’ en lengua inga.

¿Qué significa Wuasikamas?

Significa ‘guardianes del territorio o de la tierra’. Cuando nos ganamos el premio internacional (el Premio Ecuatorial de 2015, el premio más importante que otorga Naciones Unidas en temas de desarrollo sostenible local), lo hicimos como ‘Wasikamas: el modelo del pueblo inga de Aponte’. El nombre remite a la alianza con los derechos de la tierra, que nos interesan muchísimo.

En 2015, miembros de la comunidad recibieron el reconocimiento de la ONU.

¿Este es un paso más en el proceso que arrancó con la sustitución?

Nosotros ya dimos el primer paso, que era tener productos. Nosotros estábamos muriendo de hambre cuando teníamos coca y amapola, porque uno tenía producto pero todo lo demás era comprado. Ahora tenemos la chagra fortalecida, con alimentos, pero tenemos que sacar lo sobrante al mercado. Hay que mover la economía para encontrar los espacios que no tenemos.

¿Es una manera de agregar valor?

Más que eso, es que los intermediarios se aprovechan mucho del buen producto. Este es un café especial, porque se produce entre los 1.800 hasta los 2.300 metros sobre el nivel del mar y tiene unos aromas y sabores únicos.

La libra de café acá nos la pagan alrededor de 4.500 pesos cuando está bien pagada. Aprendimos que un kilo de café pergamino seco –que, procesado, da 625 gramos– lo pueden pagar en Europa a muchísimos euros. Sabemos que llevarlo cuesta, pero también sabemos que ese valor estaba quedando en los intermediarios. Empezamos a pensar ‘miremos el tema empresarial a ver cómo nos va’.

¿Con qué sueñan?

Queremos tener café en las principales ciudades de América. De aquí a seis meses queremos tenerlo en Santiago de Chile y estamos en los procesos de legalización de la marca. Es nuestra esperanza: que el año entrante.

¿Ustedes se ven a sí mismos como un modelo?

Yo creo que no, porque ser ejemplo implica muchísimas responsabilidades y nos hemos caído muchas veces para llegar a donde estamos. Y, más bien, creo que la gente tiene que aprender a caerse y a levantarse. Ahora, si somos modelo o no, lo dirá la otra gente y hay muchísimos grupos –indígenas, campesinos– que nos han visitado. Ellos dirán si nos aprendieron cosas.

¿Qué sucedió con el derrumbe en marzo del 2015?

Nosotros lo perdimos todo, ni siquiera quedamos con un pedacito de lote. Mis papás también lo perdieron todo. Somos 951 familias, de las cuales unas 650 viven en la cabecera del resguardo. De esas, se cayeron 520 viviendas. Por eso, también estamos trabajando para recuperar nuestras casas.

La comunidad inca de Aponte sufrir un fuerte deslizamiento de tierra en 2015, que afectó a buena parte de su gente.

Ustedes fueron la primera comunidad en sustituir de manera voluntaria. ¿Usted siente que su experiencia está recogida en lo que propone el Acuerdo de paz?

Yo creo que sí, aunque hay un error: partir de que el narcotráfico se resuelve con temas económicos (como subsidios). Nosotros no creemos que el país vaya a resolver el problema así, porque no va a haber dinero que alcance. Si uno ve la inversión del Estado, los recursos que llegan del Sistema General de Participación, no dan las cuentas.

¿Entonces cuál es el cambio que se necesita?

Es un tema de actitud, de valores, de principios y de espiritualidad si se habla de los pueblos indígenas. Nosotros, para llegar al momento de decidir si salíamos de eso o no, acudimos a la espiritualidad y al rescate cultural. Si no hubiera sido así, creo que no habríamos salido.

¿Cómo es eso?

Mira no más con el narcotráfico la cantidad de muertes que se producen. Nosotros no nos dábamos cuenta, pero con las 2 a 3 toneladas de morfina o heroína que salían por cada cosecha de seis meses, ¿cuánta gente que consumía, moría? No sabíamos, pero éramos cómplices de un tema de muerte y eso es lo que no queríamos. Porque el mandato de vida nuestro, que viene de nuestra ancestralidad, no está dado para eso.


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¿El apoyo de la gente en las ciudades es importante para que en el campo puedan despedirse de los cultivos ilícitos?

Casi que no les hablaría de la sustitución, pero yo sí les diría: ‘Mira, tú vives en la ciudad, tú tomas agua, tú respiras también. En nuestros territorios nosotros cuidamos el agua, el bosque, la selva, lo que produce lo que tú necesitas. Entonces ayúdame a cuidar esta casa, esta tierra. Nosotros estamos conservando para nosotros y para tus hijos. Nosotros estamos trayendo productos que traen vida.’

Quisiéramos que no nos dejen solos, porque si nos dejan solos, tal vez no podremos seguir caminando.

Visite Café Wuasikamas

¿Dónde?

Carrera 4 no 12B – 27, La Candelaria, Bogotá

¿Cuándo?

Abre todos los días, de 7 am a 7 pm.

Puede seguirlos:

En Twitter: @cafewuasikamas

En Facebook: https://m.facebook.com/Cafewuasikamas/

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