Activistas acudieron a la transmisión y dibujaron en el suelo un mandala por la cosecha de la paz. Fotos: Pablo David Gutiérrez | ¡Pacifista!

Hoy iba a ser un día muy importante: con unas excepciones muy puntuales, la guerrilla más antigua del continente dejaría sus armas, sus 7 .132 armas, en unos enormes cajones de metal de la ONU para no volver a levantarlas nunca.

La noticia del desarme comenzó a rodar desde la noche anterior. Desperté oyendo a los protagonistas del proceso hablar en la radio y vi toda la catarata de historias, opiniones, análisis y hashtags rodar por la pantalla durante la mañana.

Pero nada de eso tuvo eco en la calle. No en esa dimensión.

Esta fue la pantalla en la que se transmitió la ceremonia de Mesetas. La concentración a su alrededor no fue masiva, como podía esperarse. 

Al salir a la carrera 7 con calle 7, dónde una pantalla gigante transmitía en vivo los discursos del presidente Juan Manuel Santos, del comandante de las Farc, Rodrigo Londoño y del jefe de la misión de la ONU, Jean Arnault, me encontré con una “concentración” que no era mucho mayor a lo que una banda de rock pesado,o los humoristas que se presentan unas cuadras más aldelnate logran atraer un sábado en la tarde.

Al evento acudieron caras conocidas: gente del campamento por la paz, estudiantes de la universidad pública, cuenteros, líderes comunitarios y algunos funcionarios del gobierno recién salidos de sus despachos. No fue la presencia de los activistas la que se hizo extraña, sino la falta del curiosos.

Hace casi exacatmente un año, cuando se anunció la firma del acuerdo de paz de La Habana, asistí a un evento parecido, pero más ruidoso. Uno en el que, frente a la pantalla gigante estaban las caras de siempre, pero además oficinistas y peatones que se detuvieron solo para mirar de que se trataba todo el alboroto.

Sin embargo, esa vez la sensación de que en esa pantalla sucedía algo relevante no pudo con la apatía. La entrega de armas de las Farc se hizo realidad,  pero fue recibida como una noticia mucho menos trascendental. Mucho menos que la de hace un año, por ejemplo. Hoy pareció un día normal.

A parte del desgaste natural que comienza a mostrar una historia que se desarrolla desde hace más de setenta meses, esa apatía que sentí hoy en el centro puede tener otras explicaciones: Esta vez el anunció no se dio en medio de un clímax emocional como el de la campaña del plebiscito (2 de octubre de 2016), que movía pasiones más parecidas a las del futbol y que tras el triunfo del ‘No’ dejó a más de uno desanimado.

También tuvo que ver, quizá, la decisión de las propias Farc, que en su afán de no dejarse ver entregando sus armas de mano propia, llevaron a que la difusión de imágenes de la dejación fuera escasa. El recuerdo del desarme, al final, fue el de un señor delegado de la ONU, vestido de azul, cerrando fríamente un contenedor.

La concentración tuvo lugar cerca a la Plaza de Bolívar. Al frente del edificio Murillo del centro.

Es cierto que el desarme es solo un primer paso hacia la paz y no el día para salir a celebrar que la conseguimos. Aún falta que los acuerdos de paz sean ratificados por el Congreso, falta crear la Justicia Especial para la Paz, y falta ver qué forma toma, en especial, una palabra: reconciliación.

Tal vez el proceso de paz no necesite en este momento más entusiastas ni entusiasmo, pero ahora que se acerca la hora de llevarlo a la práctica, seguro que le caerían muy bien algunos curiosos. Algo que nos haga sentir en una época histórica y no en una época cualquiera.

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