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ROTADOR CUBA

Juan Camilo Cruz. Foto: Daniela Echeverry (Iris).

Juan Camilo Cruz, documentalista y director del festival de cine documental Ambulante Colombia, dice haber sido detenido en Cuba y luego deportado el pasado 23 de febrero. Había llegado cuatro días antes a reunirse con Rosa María Payá, una de las más importantes disidentes de la isla. Rosa María, de 27 años, ha seguido los pasos de su padre, Oswaldo Payá, quien lideró la movilización ciudadana por la democracia en Cuba. La idea de Juan Camilo era documentar pero fue expusado de la isla. 

I

En mayo de 2016 acompañé en Oslo, Noruega, a un grupo de periodistas sirios sobre los que hacíamos un documental. Estaban invitados al Oslo Freedom Forum, un evento que reunía a los activistas más importantes del mundo. Durante una rueda de prensa, una chica, la primera mujer en manejar un carro en Arabia Saudita, mencionó al Che Guevara como una figura inspiradora. El moderador le pidió entonces su opinión a otra mujer presente en el auditorio: Rosa María Payá, la cubana con la que empezó todo esto.

Payá respondió que el Che era una figura construida desde la ignorancia, que la mayoría de las personas no sabían nada sobre él, sobre Fidel o sobre Cuba, y que quienes lo admiraban no habían vivido el régimen cubano en carne propia. Fue un momento muy tensionante en la sala que a mí me despertó el interés por Rosa.

Después nos conocimos. Ella me contó su historia. Más bien, la de su papá. Hace más de 50 años no hay elecciones populares en Cuba. En los años noventa, su padre, Oswaldo Payá, había liderado el Proyecto Varela para cambiar la situación. La idea era recoger firmas suficientes para un plebiscito y así conseguir elecciones democráticas. Pero eso no es como firmar hoy en Colombia la petición de Claudia López contra la corrupción. En Cuba, poner tu firma, cédula y dirección en contra del régimen es ponerte una pistola en la cabeza. Aún así lo lograron. Recogieron más firmas de las necesarias.

El Proyecto Varela tuvo apoyo internacional. A Oswaldo Payá lo nominaron cuatro años seguidos al Nobel de Paz. Aun así no se logró nada porque el régimen rechazó tajantemente la recolección de firmas y reprimió luego los reclamos de Payá y su gente. Después, según fuentes oficiales cubanas, Oswaldo murió a bordo de su carro al salir de la carretera a alta velocidad y estrellar contra un árbol. Según Rosa y la mayoría de los críticos del régimen, se trató de un homicidio orquestado por el régimen.

En diciembre de 2016, Rosa me escribió y me dijo que iba a organizar algo especial en Cuba. Era la oportunidad de empezar algo, me dijo. Yo realmente no sabía a qué me iba enfrentar, pero uno tiene que arriesgarse. Solo me dijo que iba a hacerle un homenaje a su padre, nada más. Yo tenía tiempo libre en esas fechas y planeé con mi novia un viaje, en parte investigación y en parte paseo. Unos días antes de partir, Rosa me contó que se trataba de una entrega de un premio en nombre de Oswaldo y que no sabía cómo iba a reaccionar el gobierno.

II

Cuba es un lugar precioso. La Habana es cautivante y los cubanos son amables, despiertos y joviales. Desde la perspectiva del turista, la primera impresión es que la gente está feliz y que siente a Cuba y a Fidel Castro como algo propio: los hoteles, las calles, los taxis y las ventanas de las casas están llenas de revistas y anuncios con su rostro y la bandera de Cuba.

En Cuba nadie habla de política porque nadie confía en nadie. Según cuentan en voz baja los cubanos, al menos una de cada tres personas es un agente encubierto del régimen.

En la isla, sin embargo, sucede algo extraño. Desde que llegué en el taxi vi por todas partes carteles con el mismo mensaje: una foto de Fidel encabezada por los valores sobre los que el régimen ha construido durante décadas su imagen en el mundo: “antiimperialismo” y “patriotismo”. Así uno pronto se da cuenta de que la bandera más grande del régimen ha sido siempre oponerse a una sola cosa: al imperialismo yanqui. Eso ya es curioso. Pero luego, progresivamente, uno va notando también que hay una cultura del miedo. La vi en los taxistas, que hablaban más de la cuenta cuando el recorrido era largo (estaban cansados, se querían ir). También en quienes, ya con dos tragos en la cabeza, confesaban sus miedos de decir una sola palabra o de que sus vecinos los denunciaran. Temían a las casas de tortura.

En Cuba nadie habla de política porque nadie confía en nadie. Según cuentan en voz baja los cubanos, al menos una de cada tres personas es un agente encubierto del régimen.

Al principio, las historias me parecían exageradas. Pero días después, cuando yo mismo debí vivirlo, entendí la magnitud del poder del régimen.

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Llegamos el domingo 19 de febrero. Ese día nos encontramos con Rosa. Ella me había dado la dirección de su casa, pero me había pedido no llamarla ni intentar contactarla. Cogí un taxi con mi novia, y llegamos a una casa humilde como todas las casas cubanas, excepto las del régimen, donde es común ver Mercedes.

Ahí estaba ella con otros activistas: todas personas distintas que tal vez no se habrían encontrado si no fuera porque comparten la lucha por la democracia. Me mostró una cámara instalada frente a su casa que vigilaba cada uno de sus movimientos. Nos dijo que probablemente ya nos habían identificado y que teníamos que ser cuidadosos. Estábamos fichados.

Su idea era organizar un evento de paz y entregar dos premios en nombre de su padre: uno al Secretario General de la OEA, Luis Almagro, y otro a Patricio Aylwin, el primer presidente de Chile tras la caída de la dictadura de Pinochet. Aylwin ya había muerto, por lo que el premio lo iba a recibir su hija, Mariana Aylwin. También estaban invitados al evento varios líderes políticos de todo el mundo, incluido el expresidente mexicano Felipe Calderón.

Payá es muy inteligente. La idea era provocar porque en el fondo ella sabía que el evento no iba a suceder. Era evidente que el régimen iba a ser lo posible para impedirlo. Y ahí estaba lo poderoso, ya que justo eso sucedió. Si el régimen no hubiera intervenido, habría sido un evento cualquiera. Pero como terminó obstruyéndolo, Rosa María logró su cometido: levantar una polvareda a nivel internacional y así revelar el nefasto sistema de control del régimen.

Al día siguiente, la acompañamos a varias sedes de la iglesia en las que repartió invitaciones. Caminamos por el centro. Yo a veces hacía algunas tomas o capturaba imágenes de las calles o de los carros. Ella llevaba gafas oscuras. De pronto empezó a decir que nos estaban vigilando. Yo no notaba nada, solo veía gente normal. Pero luego me llegó la paranoia, el punto en que uno no sabe qué es real y qué no. Los disidentes, en cambio, sí tienen claro qué es real.

Yo filmaba sin miedo.

Por la noche empecé a sentir el peso de lo que sucedía. Al parecer, no iban a dejar a los invitados llegar a Cuba. Es más, muchos disidentes cubanos que iban a ir al evento no podían salir de sus casas porque la policía los tenía sitiados. Estábamos en la sala de la casa de Rosa María, un lugar pequeño con algunas bancas, la bandera de Cuba al lado de un espejo, una foto de su papá y un par de premios sobre una mesa.

…frente a nuestro hotel. Vimos una camioneta gris totalmente polarizada. Era extraño. Sobre todo en una ciudad donde los carros modernos son raros. Podía ser simple paranoia, pero el miedo era cada vez más real.

Al otro día los temores se volvieron reales. Ni a Almagro, ni a la hija de Aylwin, ni a Calderón, ni a los periodistas internacionales convocados los dejaron montarse al avión. A los reporteros locales tampoco los dejaron llegar. Es más, a Henry Constantín, un famoso periodista independiente y hoy vicepresidente regional para Cuba de la Sociedad Interamericana de Prensa, lo detuvieron cuando se dirigía al evento y, por supuestamente “participar en una provocación internacional en La Habana”, le dijeron que enfrentaba ocho años de cárcel. Tras hurgar en su computador le encontraron documentos que calificaron de “material contrarrevolucionario”. Le anunciaron luego que por eso pagaría en total 15 años de cárcel. Días después, sin embargo, lo dejaron libre.

Yo no entendía cómo podía pasar algo así, y cómo podían impedir que el Secretario General de la OEA entrara a la isla. Pero Cuba es un país poderoso y al parecer enviaron una circular que prohibía el acceso de todos los que tuvieran algo que ver con el evento. Sobre quienes se encontraban en la isla ya tenían control.

Esa noche antes de la cita, alrededor de la 1 de la mañana, llegué con mi novia al ‘parque del internet’ frente a nuestro hotel. Vimos una camioneta gris totalmente polarizada. Era extraño. Sobre todo en una ciudad donde los carros modernos son raros. Podía ser simple paranoia, pero el miedo era cada vez más real.

III

Ahora que conozco un poco más de cerca la realidad de Cuba, he entendido el papel fundamental de la propaganda en el establecimiento del régimen y la construcción de la imagen del país. Así, con propaganda, los hermanos Castro llegaron al poder y lo mantienen hasta hoy. Durante la revolución, él y otros 82 hombres lograron vender una imagen a punta de fotos y videos que los hacían parecer un ejército muy grande. Así asustaron al régimen de Batista. Así lo tumbaron. Desde entonces, Cuba parece sostenida por ilusiones y hologramas.

Por eso, por la importancia de la propaganda y por lo bien que la entienden, la libertad de expresión es tan difícil en la isla. Ellos conocen el poder de las imágenes, el poder de una cámara y los efectos que tienen en la gente. Por eso no dejan entrar fácilmente a ningún periodista de afuera. Necesitan cuidar su imagen a nivel internacional y local.

Seguro: la apertura va a generar cambios y la isla va a tener un futuro próspero en términos de turismo y de capital. Pero la libertad para el pueblo cubano es lo que, por ahora, no parece cambiar. La represión sigue viva.

Pero lo más curioso es que, justo ahora, Cuba parecería vivir un cambio. La apertura, el levantamiento del embargo por parte de Obama y la muerte de Fidel parecerían condiciones perfectas. Uno al principio puede llevarse esa impresión. Cuando saqué la visa, por ejemplo, el proceso fue sencillo: 40 dólares, y me la dieron en una agencia de turismo.

Pero ver lo que sucedía me hizo darme cuenta de que la realidad es completamente diferente para los cubanos, o para quienes logran ir más allá de la superficie sobre la que se mueven los turistas. Uno ve extranjeros comiendo helado, gente bailando salsa en el malecón o tomando Cubas Libres de 20 dólares. Pero si uno mira con atención, detrás de este nuevo Disney cubano se oculta una durísima realidad: la supuestamente nueva libertad de la isla está reservada a los extranjeros, a aquellos que están dispuestos a cerrar los ojos frente a las arbitrariedades del régimen. Seguro: la apertura va a generar cambios y la isla va a tener un futuro próspero en términos de turismo y de capital. Pero la libertad para el pueblo cubano es lo que, por ahora, no parece cambiar. La represión sigue viva.

IV

El evento estuvo vacío. Nadie pudo llegar y, en principio, nosotros parecíamos los únicos asistentes. La cita era a las 11 de la mañana. Cogimos un taxi y paramos en una cafetería a tomar algo. Cuando nos bajamos vimos llegar dos carros detrás del taxi: uno de migración con unos tipos en uniforme, y otro blanco polarizado con otros dos tipos vestidos de civil. Estos daban más miedo. Se acercaron y nos pidieron el pasaporte. Uno que estaba de civil miró a los demás y dijo: “Sí, son ellos”. Solo eso. Y partió.

Los oficiales de migración nos pidieron acompañarlos a un “proceso de rutina”. Nos llevaron en el carro a la oficina de migración, lo que de cierta manera me tranquilizó. Otra habría sido la historia si nos hubieran llevado a un cuartel de policía.

Primero nos quitaron los celulares y nos metieron a una especie de calabozo que solo tenía una banca de cemento. Al frente estaba la foto de Raúl Castro. Ahí pasamos cerca de dos horas. Luego nos llevaron a otro cuarto con un letrero que decía ‘Protocolo’. Ahí estuvimos más de dos horas. La siguiente parada fue el hotel, teníamos que recoger nuestras cosas. La recepcionista nos recibió con una sonrisa. Pero se le borró apenas vio a los oficiales del ejército. Se le notaba el pánico que sienten los cubanos cuando saben que están lidiando con el régimen. Sacamos nuestras maletas y nos devolvimos al lugar.

Encerrado empecé a pensar que nadie sabía dónde estábamos, nuestras familias no tenían noticias de nosotros, no sabíamos en realidad qué iba a pasar. Estábamos sometidos a la voluntad de los oficiales.

Ahí empezaron las entrevistas, los cambios de cuarto, las discusiones sobre si podíamos cambiar el tiquete. Yo siempre dije la verdad: que era documentalista, que era amigo de Rosa y que ella me había invitado al evento. Fui honesto porque no sentía estar haciendo algo ilegal. Creo que esa ingenuidad al final jugó a nuestro favor. Siento, aunque no puedo estar seguro de ello, que solo ahí ellos se enteraron de que yo era documentalista. Antes no lo sabían. Nos dijeron que la razón por la que estábamos detenidos era porque nuestras visas eran de turista y habíamos ido a hacer una labor periodística para la que necesitábamos otro tipo de visa.

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Pero esa explicación tiene un problema. Ese permiso, esa visa especial para hacer una labor periodística, ellos jamás se la darían a alguien que fuera a cubrir un evento organizado por Rosa María Payá. De pronto si vas a contar la historia de la música cubana te la dan sin problema, pero no si vas a hacer una historia que se oponga a la versión de la realidad que defiende el régimen.

Finalmente, nos dijeron que teníamos que pasar la noche allí, que no nos iban a meter en el espacio en que estaban los otros migrantes prisioneros, sino en un “motelito” (así lo llamaban los agentes) que tenían al lado. Antes de eso nos hicieron un inventario de nuestras pertenencias, como los que hacen antes de entrar a la cárcel, y nos dijeron que como siempre estaríamos juntos podían hacer un solo inventario a mi nombre. Aceptamos. Pero cuando llenaron el inventario de mi novia, pusieron en letras grandes “INSOLVENTE”. El problema es que como turista la insolvencia es una razón para deportarte, y solo así ellos podían sacarla a ella del país. Entonces, cuando nos presentaron los documentos, mi novia advirtió la trampa, se negó a firmarlos, me impidió hacer lo mismo y así evitó darles una razón justa para deportarnos.

En ese punto la Cancillería ya conocía nuestra situación: no porque los agentes cubanos que nos habían detenido le hubieran avisado (a pesar de que nos dijeron lo contrario durante nuestra detención), sino porque el anuncio en Twitter llegó por fortuna hasta mi familia y mis amigos.

Pasamos la noche en el “motelito”, en un cuarto descuidado y putrefacto que olía a muerto, con colchones sucios y todas las puertas y ventanas enrejadas. Ahí estuvimos encerrados, con candado, desde las 7 de la noche hasta el mediodía del día siguiente. No nos volvieron a hablar, y la angustia empezó a crecer. Encerrado empecé a pensar que nadie sabía dónde estábamos, nuestras familias no tenían noticias de nosotros, no sabíamos en realidad qué iba a pasar. Estábamos sometidos a la voluntad de los oficiales. Nadie en el planeta entero sabía que estábamos ahí, y eso inevitablemente nos hizo recordar los capítulos más negros del régimen cubano: las detenciones clandestinas, las torturas, las desapariciones forzadas.

Al otro día nos llevaron al aeropuerto. Nos devolvieron los celulares, todas nuestras cosas y un par de discos duros que yo tenía. Yo no sé si eso lo revisaron, pero lo que sí sé es que desde entonces mi teléfono y el de mi novia están raros. El mío se traba, se escucha mucho más pasito, y hoy es el día en que me sigo cuidando con lo que digo por teléfono.

Una vez en el aeropuerto nos llevaron a la oficina de migración. Ahí, mientras esperábamos a ser deportados, vi que me tomaban fotos desde lejos. Era Rosa María, que de pura casualidad había ido a despedir a alguien y nos había visto. Fue un alivio ver que al menos ella sabía que estábamos vivos. Le hice señas y le dejé saber que mi novia estaba en el baño para que fuera a hablar con ella. Luego Rosa nos contó que un taxista le había avisado que nos habían cogido y que ella inmediatamente había publicado un tuit con la noticia. En ese punto la Cancillería ya conocía nuestra situación: no porque los agentes cubanos que nos habían detenido le hubieran avisado (a pesar de que nos dijeron lo contrario durante nuestra detención), sino porque el anuncio en Twitter llegó por fortuna hasta mi familia y mis amigos. Así en Colombia, y en varios medios de comunicación, nuestro caso fue noticia. Lo último que le pedí a Rosa fue llamar a mi casa y decir que ya íbamos para allá en un avión. Que todo estaba bien.

V

En toda esta historia, nosotros no somos nadie.

Al final no nos pasó nada y lo que viví es algo minúsculo comparado con lo que deben experimentar quienes no pueden salir de la isla. Pero yo creo que lo que hizo que todo se agrandara fue el hecho de que yo tuviera una cámara. Eso les dio miedo. Creo que el hecho de que yo pudiera sacar su historia fue lo que los espantó. Esa es la razón por la que nos sacaron. Y esa es en realidad la razón por la que nosotros hacemos lo que hacemos. Yo hago documentales porque es la forma más poderosa de poner en evidencia la mierda en la que vive mucha gente, la forma más poderosa de denunciar y darles voz a quienes no la tienen, la forma más poderosa de hablarle duro a la gente que necesita que le hablen duro. Eso ellos lo saben y por eso tienen ese control mediático. Porque saben que una cámara tiene mucho poder, a veces incluso más que un arma.

Espero que un día pueda volver a una Cuba en la que el pueblo cubano tenga la posibilidad de decidir, donde las libertades sean una realidad para todos y no solo para los turistas, que, hoy por hoy, son los únicos capaces de disfrutar de esta bella isla.

Por ahora no sé qué va a pasar. Mi interés en hacer algo con esta historia es cada vez mayor, pero al mismo tiempo me da miedo pensar en los peligros. A veces siento que no es mi lucha y que no debería arriesgar tanto. Pero luego siento que sí es mi lucha porque todo esto al fin y al cabo tiene que ver con la libertad de expresión, es decir con algo fundamental que me define a mí y mi oficio.

En este momento, no se están contando las historias sobre Cuba que van en contra de lo que el régimen quiere que sepa. Yo creo que cada vez es mayor el reto de sacar historias de allá, historias reales, sobre todo porque la gente en Cuba no se atreve a hablar, menos a grabar y mucho menos a sacar el material. Cada vez que un cubano se atreve a contar una historia que se opone al régimen, arriesga su vida.

Por el momento Rosa María Payá sigue con su lucha. Ahora está en Miami y cada vez recibe más apoyo de la comunidad internacional a favor de un cambio hacia la democracia en la isla. Creo que ese apoyo y su persistencia pueden hacer que lo que ella busca sea una realidad. Y yo espero que así sea. Espero que un día pueda volver a una Cuba en la que el pueblo cubano tenga la posibilidad de decidir, donde las libertades sean una realidad para todos y no solo para los turistas, que, hoy por hoy, son los únicos capaces de disfrutar de esta bella isla.

* Este texto es producto de una entrevista hecha a Juan Camilo Cruz. Con autorización del autor, ha sido editado para VICE Colombia por la periodista Tania Tapia Jáuregui.

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