Sandra Inés Henao de Flórez. Foto: Mateo Rueda | ¡PACIFISTA!

Sandra Inés Henao se pasea por las instalaciones militares con la soltura de quien se siente en casa. Habla, pregunta, se ríe y organiza sin perder el hilo de la conversación que mantiene conmigo.

Yo trato de seguirle el paso, le pregunto por su esposo, el general Javier Flórez, por la soledad que puede implicar ser la esposa de un militar, por lo que ha visto en los más de treinta años que lleva siendo testigo de la guerra y sus estragos.

Ella responde a veces con lágrimas, de dolor y de alegría. Y responde sin perder el ritmo de su rutina: la de una mujer que se ha dedicado a los voluntariados y al cuidado de los soldados heridos y de sus familias. Se pasea entre hombres uniformados a los que llama “hijos”. Ellos la saludan, le cuentan de sus vidas, de sus recuperaciones, de las labores que ella acompaña y dirige. Todos le responden con el cariño y la autoridad que inspira una matriarca consagrada en un mundo de camuflados, virilidad y fusiles.

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‘Chao, me voy a la guerra’

Cuando conoció a Javier Flórez, ella tenía dieciséis años. Él, veinticuatro. No mucho tiempo después se casaron. La vida militar no era ajena a ella, pues su papá era militar. Henao, sin embargo, confiesa que el verdadero peso de compartir la vida con un hombre cuyo campo de acción es la guerra le llegó solo hasta ese momento, con el matrimonio.

“Uno sueña que se casó y piensa en la escena romántica en que el marido va al trabajo y vuelve, en que uno va a cine”, dice. “No. Es muy distinto cuando te casas con un militar. A mi marido lo trasladaron a Bucaramanga, yo me fui con él por amor. Llegamos al apartamento, instalé las cositas que tenía. Yo tenía diecisiete años, estaba embarazada. Unos días después él me dice: ‘Chao, me voy a la guerra’. Lo habían trasladado a una compañía de contra guerrillas. Y se fue”.

Henao me habla sentada en el asiento trasero de una camioneta blindada. Los dos militares que la escoltan van adelante. Se le inundan los ojos mientras el carro avanza por la carrera 30 de Bogotá rumbo al Batallón de Sanidad, un centro de rehabilitación que acoge a los soldados heridos desde 1989.

Unas horas después me dirá que “seguramente” está muy sensible por el retiro de su esposo, quien hace apenas unas semanas —el pasado 2 de octubre, exactamente un año después de la victoria del No en el plebiscito por la paz— solicitó la baja: el fin de un ciclo que Henao acompaña hace ya casi cuarenta años.

Por eso es que ha estado llorando tanto, me dice. “Me ha dado muy duro, porque ha sido toda una vida. Pero estoy muy feliz de que él vuelva al hogar, entero, vivo, sano, cuerdo”. Su alivio tiene peso e historia. Ella sabe lo que es ver cómo el que se fue vuelve incompleto, mutilado, con la cordura perdida en el campo de batalla. Los ha visto en Caquetá, donde pasó una parte de su vida en una base militar en Larandia, también los ha visto en el Hospital Militar Central y en el Batallón de Sanidad. Y ha sido testigo de la ausencia de los que no vuelven, del dolor de las mujeres que por tanto tiempo los estuvieron esperando.

Instalaciones del Batallón de Sanidad donde se atienden sobre todo casos de leishmaniasis, psiquiatría y ortopedia. Hoy el pabellón de Psiquiatría es el que aloja a más soldados. Foto: Mateo Rueda | ¡PACIFISTA!

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La paz: un cambio de visión

El general Javier Alberto Flórez llevaba ya treinta años en el mundo militar cuando el presidente Juan Manuel Santos le encomendó liderar la Subcomisión Técnica para el Fin del Conflicto, el brazo de los diálogos de paz en La Habana encargado de resolver el desarme de las Farc y las zonas en que se concentrarían los excombatientes.

El cambio no fue fácil, Flórez llevaba años en el frente de batalla participando en operaciones decisivas del conflicto armado: la muerte del Mono Jojoy, la de Raúl Reyes, la de Alfonso Cano. Pero aceptó la solicitud del presidente y a mediados de 2015 asumió la labor. “Mis hijos le dijeron que él iba a hacer historia si eso se cumplía. Y yo les decía: ‘¿Pero cuál historia?’. Ese día yo dije: ‘No’. Me parecía horrible”, me dice Henao, la voz dulce y tranquila contrasta con el peso de las palabras que pronuncia.


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Algo más de un año después, Sandra lloró frente a los resultados del plebiscito del 2 de octubre. Había votado por el Sí, al igual que sus hijos que también la acompañaron en el llanto.

Pensó en el esfuerzo de su esposo, quien por teléfono le contaba desde La Habana que poco a poco lograban negociar con la guerrilla. Pensó en la guerra que para ella no era tanto una cuestión de ideologías políticas como una de dolor y de cuerpos mutilados. Pensó en quién se haría responsable de los estragos de esa guerra, ¿los que votaron por el No? Sintió que el país retrocedía.

Vertió su dolor en lágrimas y en textos que escribió en Facebook, a los que muchos respondieron con rabia y críticas. Sintió lo absurdo de que muchos pensaran que la guerra se trata de preferir “a un señor o a otro”. Fue uno de los momentos más dolorosos en una historia de amigos que se fueron, de conocidos que le dieron la espalda y de familiares que le reclamaron desde que el general Flórez aceptó ser parte del equipo que negociaba la paz con las Farc.

Para Sandra Henao el tránsito de ver el enfrentamiento militar como la forma de acabar la violencia en el país a creer que la paz era la solución no fue rápida.

Le tomó tiempo, algo más de un año. Ella recuerda la fecha exacta: 15 de enero de 2016.

Estaba en el Hospital Militar mostrándoles las instalaciones a unos extranjeros cuando le preguntó al ortopedista cuántos amputados tenían por combate. “Ninguno”, fue la respuesta. Ella, incrédula, le repitió la pregunta. “Ninguno”, le dijeron. En ese momento, dice, vino el cambio. “Todo lo que había hecho Javier, todo el proceso de pasar de la guerra a la paz, los insultos, los odios, todo valía la pena por ver un amputado menos, una viuda menos, un huérfano menos”.

Una nota en el diario El Tiempo cuenta que hasta el pasado julio habían llegado apenas doce soldados heridos al Hospital Militar. La cifra es ínfima si se considera que en 2011 hubo 424 registros.

El cese al fuego entre las Fuerzas Militares y la guerrilla de las Farc se sentía en los pasillos del hospital y lo sentían también Henao y otras mujeres que, como ella, son esposas de militares y dedican su tiempo a acompañar a los soldados heridos. Se hacen llamar las Damas Protectoras del Soldado, llevan treinta y tres años como organización dedicada a cubrir algunas de las necesidades de los soldados heridos y sus familiares, una labor que financian con la elaboración y venta de manualidades en que participan otros soldados.

Soldado trabajando en el taller de las Damas Protectoras del Soldado. A la derecha, algunas de las manualidades que fabrican. Foto: Mateo Rueda | ¡PACIFISTA!

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La última generación

A dos de Damas Protectoras del Soldado, Sonia de Monsalve y Sara de Plazas, las conocí en el Hospital Militar, un edificio verde enorme en Chapinero, en Bogotá, custodiado por soldados de camuflados verdes, cafés y grises con los fusiles en las manos y la juventud en la cara.

Ese día, ambas estaban encargadas de hacer la ronda por el piso de Pediatría, donde eran atendidos los hijos de lo que tal vez será la última generación de soldados que vivieron lo más sangriento del conflicto armado. En una de las habitaciones conocí a Sayra, una joven de no más de veintisiete años, de ojos verdes y pelo largo. Acompañaba a su bebé, una niña de nueve meses con síndrome de Down. Llevaba más de una semana hospitalizada. Solo Sayra la acompañaba.

“Todo lo que había hecho Javier, todo el proceso de pasar de la guerra a la paz, los insultos, los odios, todo valía la pena por ver un amputado menos, una viuda menos, un huérfano menos”

Mientras las dos Damas Protectoras le pasaban pañales y un kit de aseo a Sayra, ella me contó que venía de Ibagué y que tenía otro hijo al que cuidaba su suegra mientras ella estaba en el hospital. También me dejó saber que el papá de los dos era un soldado con que había tenido una relación, pero del que se había separado por culpa de la guerra.

“Él tuvo un accidente en combate. Se le incrustó un palo por el ojo y le partió el cerebro. Se le salvó el ojo, pero perdió la movilidad en la parte derecha de su cuerpo y quedó con un problema psiquiátrico”.

El problema, me dijo, lo hace perder la memoria, pero también ser agresivo. Una vez la golpeó, y Sayra, con miedo de que pasara de nuevo, se separó. “Él me dice que me ama, pero a mí ya me da miedo intentarlo nuevamente. Aunque trato a veces de llevarle la idea, porque pues igual por la condición de él… Aún siento algo por él y siempre va a ser el papá de mis hijos”.

Esos son los alcances de la guerra.

Sara de Plazas le dio consejos, le dijo que estaba joven, que se cuidara. Sonia de Monsalve, por su parte, le preguntó si ella, Sayra, estaba comiendo bien. “A veces ellas no tienen recursos para comer y las apoyamos con unos vales de comida”, me dijo De Monsalve. Los pañales, el jabón, el champú cubrieron las necesidades inmediatas de Sayra, la compañía le ayudaba con la necesidad de contar su historia.

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El hospital del fin de la guerra

“Aquí llegábamos y había 500 personas en silla de ruedas”, me dice Sandra Inés Henao cuando llegamos al Batallón de Sanidad. Me muestra cuatro edificios de una planta frente a los que circulan soldados en sudadera. Algunos de ellos en sillas de ruedas. Me dice que para quien no haya ido unos años antes el Pabellón parece solo una instalación más. Así es para mí. Para ella, el paisaje pone en evidencia el fin de la guerra.


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“Tú no imaginas, yo he visto las imágenes más dantescas del mundo acá y en el Hospital Militar Central. Allá vi llegar muchachos de diecinueve, veinte, veintidós años amputados, llenos de sangre y oliendo a gangrena. Yo salía de ahí con ganas de tener una aspirina para el alma. Me quería morir. No es fácil ver llegar a las personas sin piernas, sin brazos. Para mí ya no es raro, pero la primera vez que lo ves es horrible. Y aquí en el batallón de sanidad teníamos 500, 700 soldados en recuperación. Yo decía: ¡Ya no más!”.

También los veía cuando los bajaban de helicópteros frente a su casa en Larandia, Caquetá, heridos o muertos. Los vio en el Hospital de Florencia donde, cuando tenía veinticuatro años, vio a un soldado con los órganos por fuera y lloró al lado de otro que le pidió que no lo dejara morir. Vio llegar a los que conocía con alguna extremidad menos.

Otras veces los vio llegar en ataúdes.

Por eso, cuando los heridos dejaron de aparecer, Sandra pensó que los diálogos y la paz podrían ser el fin del sufrimiento. A pesar del odio que por años acumuló hacia las guerrillas y de la herida que sentía cuando entregaba alguna de las maletas que les cuidaba a los soldados y que le pedían cuando su dueño moría. A pesar del trauma de pasar una noche entera encerrada en un baño con sus dos hijos, de cuatro y seis años, con un arma en la mano pensando si sería capaz de disparar si un guerrillero entraba mientras afuera trataban de tomarse la base militar.

Los pabellones de ortopedia para recuperación de soldados mutilados hoy están casi vacíos. No son más de 30 los soldados que actualmente se alojan allí. Hace unos años, los pabellones estaban totalmente llenos. Foto: Mateo Rueda | ¡PACIFISTA!

“Nunca pensé, en mi vida, en paz. Ni pensé que mi esposo llegara a hacer algo por la paz sino hasta el día que se lo dijeron. Nunca antes. Yo soy poeta y creo en la paz pero no podía perdonar cuando iba al Hospital Militar y veía a la gente deforme, a la gente que se tragaba los dientes y les quedaban en los pulmones, con la cara deforme. Yo salía de ahí y quería ir a matar a alguien, de verdad”.

Henao dice hoy que ya perdonó. Hace una pausa, piensa, dice que sí, que perdonó en el fondo de su corazón.

Pero hay algo que aún le cuesta y que se le escapa en el lenguaje: cada vez que habla de guerrilleros se refiere a ellos como “esos señores”. No suena despectivo, solo se le escucha la dificultad remanente de haber apoyado y creído en la guerra por tantos años desde uno de los bandos. Me cuenta sobre la vez que saludó en La Habana a varios de “esos señores” sin saber que eran guerrilleros, y lo duro que le dio cuando le contaron.


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Yo le sigo los pasos.

Es la única mujer que se pasea entre los pasillos del Batallón de Sanidad. Eso no la cohibe. Le pregunto y me dice que lo siente natural, toda su vida ha estado en instalaciones militares. Tantos hombres uniformados no la intimidan. Le pregunto que si a pesar de no llevar uniforme y de estar, digamos, en la escena trasera de la guerra siente que ella y otras mujeres llevan un peso que ellos no cargan.

“Claro. Nosotras somos las guerreras incógnitas. No somos las heroínas, ni recibimos medallas, ni nos dan una prima. Siempre estamos atrás apoyándolos a ellos en las partes más difíciles: cuando vuelven de la guerra enfermos, tristes. Nosotras hacemos una labor que es muy desagradecida a los ojos de cualquiera. Pero es una labor muy necesaria”.

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