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Colombia volvió a tener cifras récord de coca sembrada y el tema ya se está perfilando como un caballito de batalla en las elecciones del próximo año. Varios precandidatos – María del Rosario Guerra, Rafael Nieto, Alejandro Ordóñez– están pidiendo reactivar la aspersión aérea como la principal solución al problema de las drogas en Tumaco y otras regiones de Colombia. Por eso, ¡Pacifista! revisó seis mitos comunes que invocan los políticos sobre la aspersión aérea. ¿Cuáles son sus aciertos y desaciertos?

1. La fumigación es la mejor estrategia contra los cultivos de coca

Ni sí, ni no.

No es cierto que la aspersión de la coca haya sido la mejor solución para la coca, pero tampoco que no sirva para nada.

Por ejemplo, esta gráfica de la Comisión Asesora para la Política de Drogas –un grupo de 11 expertos colombianos que hicieron un informe con recomendaciones para la estrategia nacional- muestra que, el año en que Colombia tuvo una cifra históricamente baja de coca también fue -hasta ese momento- el año en que menos se fumigó.

La explicación de que la coca comenzara a caer es que, hacia 2007, Colombia comenzó a cambiar –o al menos combinar- estrategias: no solo se concentró en los cultivos, sino que reforzó las interdicciones de cargamentos de cocaína saliendo del país. Como muestra esta otra gráfica de la Comisión Asesora, los años con menos coca también fueron los años en que más incautamos cocaína y más destruimos cristalizaderos.

Imagen tomada del informe de la Comisión Asesora para la Política de Drogas (2o15)

Sin embargo, la fumigación sí sirve para disuadir a los campesinos de sembrarla, como le cuentan a uno en zonas cocaleras. “Acá la coca empezó a desaparecer con los operativos militares y la fumigación. La gente se dio cuenta de que en medio de esa zozobra no se podía vivir”, recuerda Víctor Garcés, un antiguo raspachín de coca transformado en líder comunitario en Puerto Camelias, un caserío del Bajo Caguán que fue cocalero hasta hace unos quince años.  

El hecho de que en los últimos años la coca se haya venido concentrando dentro de parques nacionales, resguardos indígenas y consejos comunitarios afro –que suman un 32% del total de coca- tiene que ver con que ahí no se puede fumigar: en los primeros por ser áreas naturales protegidas, en los otros porque se requiere concertarlo con las comunidades étnicas primero.

El problema entonces no es que no sirva, sino que cuesta muchísimo y logra relativamente poco. Pero ni siquiera es posible entender su eficacia porque la mayor parte de la información sobre el programa de aspersión -presupuesto, metas- no ha sido pública nunca.

 

2. Como suspendimos la fumigación, nos inundamos de coca

No, es mucho más complejo.

Esta es una perla favorita de muchos políticos, pero la realidad es que no hay evidencia de que la coca suba o baje a causa de la fumigación o de la sustitución de cultivos.

Como explican los politólogos Juan Carlos Garzón y Julián Wilches, que llevan años estudiando el tema de drogas, “muchos otros factores explican la dinámica de estos cultivos, que pasan por el mercado internacional de las drogas, las dinámicas propias de las actividades ilegales en el país, el clima y la situación macroeconómica”.

Un ejemplo de eso es que mientras el oro tuvo un precio alto a nivel internacional, muchas zonas cocaleras como el sur de Bolívar, la costa de Cauca y el nudo de Paramillo se volcaron hacia esa economía ilegal y, desde hace dos años que cayó el precio, se devolvieron. Esta foto satelital del censo de cultivos de Naciones Unidas de 2013 muestra cómo muchos cultivos de coca vetustos estaban al lado de entables de pequeños mineros, realidad que se ha ido reversando desde entonces.

Imagen tomada del Censo de Cultivos Ilícitos de 2015, de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC)

3. Coca fumigada es coca desaparecida

Falso.

Uno de los mayores problemas de la coca es que, tras las fumigaciones, hay un porcentaje muy alto de resiembra.

Por ejemplo, de 2011 a 2012 Naciones Unidas estimó que el 50 por ciento de la coca asperjada se había vuelto a cultivar con la siguiente temporada de lluvia. Entre otras razones porque, en muchas regiones alejadas, los cocaleros no tienen una alternativa económica que les permita sobrevivir. “Mientras que en términos de la política criminal la pregunta es ‘qué hacemos con la coca’, para las comunidades la pregunta es ‘qué hacemos sin la coca’”, dicen Garzón y Wilches.

Por eso, en el mejor de los casos, la fumigación no es sino un pañito de agua tibia que no resuelve problemas como el abandono estatal, la falta de asistencia técnica -como veterinarios y agrónomos- para cambiarse a otros productos, a falta de vías para sacarlos de sus fincas o la falta de redes comerciales para venderlos.

Esa resiembra explica los costos tan altos de la fumigación. El economista Daniel Mejía –que hoy es secretario de seguridad de Bogotá- calculó que erradicar una hectárea de coca para siempre implica fumigar 30. Es decir, si fumigar una sola hectárea cuesta aproximadamente 2.600 dólares, eliminarla de manera definitiva no bajaría de 72.000 dólares.

 

4. A más hectáreas de coca fumigadas, menos narcotráfico

No, es más complejo.

Desde hace 20 años, en Colombia medimos el éxito de la lucha contra las drogas por el número de hectáreas de coca que tenemos sembradas y el número que son fumigadas. Esos dos números, sin embargo, no son buenos indicadores de si se está reduciendo la droga que sale o si está mejorando la salud de quienes la consumen, que son –en últimas- las grandes metas.

Por eso, desde hace años los expertos en drogas dentro y fuera de Colombia vienen pidiendo cambiar la manera cómo medimos el éxito de la lucha contra las drogas.

En vez de pensar en cuánta gente se arresta, cuántas hectáreas se fumigaron o cuánta droga se incautó, proponen pensar más bien en entender si están bajando los índices de violencia (que son los que demuestran si se le está reduciendo el margen de maniobra a las organizaciones criminales que controlan el negocio) o qué está pasando con las muertes por sobredosis o los casos de VIH/Sida y hepatitis C (que muestran si está aumentando o disminuyendo el riesgo entre los consumidores).

Y, en el caso de los cultivadores, entender si los proyectos con los que están sustituyendo la coca están funcionando y están encontrando mercados. Es decir, medir si algo está realmente cambiando.

 

5. Las Farc ordenaron al Gobierno suspender la fumigación

Falso.

Este ha sido un caballito de batalla de varios políticos como la uribista María del Rosario Guerra, pero es en realidad una interpretación que confunde varios hechos.

Primero, sí es cierto que en sus propuestas iniciales sobre el punto de drogas en La Habana en 2013, las Farc pidieron suspender las fumigaciones. Sin embargo, el Gobierno siempre se opuso a ese punto y en el Acuerdo de paz no apareció ninguna mención al tema, con lo que se mantuvo intacta la posibilidad del Gobierno de usarla.

Después de ganar el plebiscito, los líderes del ‘No’ -sobre todo el Centro Democrático y Andrés Pastrana- pidieron que esa posibilidad quedara explícita para lugares donde la manual y la voluntaria no funcionaran. Como resultado, el Acuerdo Final dice que “el Gobierno, de no ser posible la sustitución, no renuncia a los instrumentos que crea más efectivos, incluyendo la aspersión, para garantizar la erradicación de los cultivos de uso ilícito”.

En octubre de 2015, el Gobierno suspendió las fumigaciones aéreas de coca, pero por otras razones. Esa decisión se tomó después de que la Organización Mundial de la Salud –que depende de la ONU- decidió reclasificar el glifosato como una sustancia que puede causar cáncer, tras una investigación científica que detectó una relación directa con el cáncer del sistema linfático.

Ahí fue cuando en Colombia, el ministro de Salud Alejandro Gaviria recomendó suspender la fumigación como medida preventiva. Y la Corte Constitucional avaló esa decisión, condicionando que regrese la fumigación a que se pruebe que no representa un riesgo para la salud y el medio ambiente.

 

6. El glifosato es malo para la salud

No hay consenso aún.

Este es uno de los debates más ácidos y hay muchas posturas. En primer lugar, porque el glifosato -la sustancia con que se rociaba la coca- es el herbicida agrícola más usado en el mundo.

Después del informe de la Organización Mundial de la Salud, varios países han restringido o prohibido su uso. En Europa ya lo hicieron Malta y Holanda, con Francia anunciando hace un par de semanas que también buscará prohibirlo. En Estados Unidos, California lo prohibió en julio. Sri Lanka, en Asia, lo hizo desde 2015. Y en Argentina, varias provincias han prohibido su aplicación aérea.

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