Por Daniel Pacheco*

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Le di muchas vueltas a esta invitación de VICE para darle una mirada al tema del consumo de coca y cocaína, y lo que significa para Colombia. Lo haré en cuatro entregas en este espacio titulado: ‘Cocalombia’.

Parte del problema es que no hace mucho había hecho algo similar en este mismo espacio. Ese artículo (‘El perico y yo’, 29 de junio de 2016) fue un acto de exhibicionismo político, una salida del clóset del perico con un título escandaloso para alimentar un debate sobre cómo pensar en el futuro de la regulación de la cocaína.

Se los recomiendo porque cuando lo vuelvo a leer me da cosa, lo que me hace pensar que tiene algo de carne. Además, desde entonces tengo nuevo trabajo, y con él un ligero decaimiento de ese arrojo. Pero bueno, tampoco me volví un ejecutivo de corbata ni me hacen pruebas de drogas. Lo que no quiero es ser repetitivo. Del exhibicionismo a la payasada hay un línea delgada, fácil de cruzar y difícil de descruzar.

Entonces viene la segunda parte del problema, y al mismo tiempo el lado más interesante de esta invitación. Es amplia, en un buen sentido, y para empezar siento la necesidad de trazar un plan ambicioso para hacerle honor a esta serie sobre consumo de coca y cocaína en Colombia.

Lea aquí la primera parte de ‘Cocalombia’.

Lea aquí la segunda parte: ‘Cocaina: el polvo de los tiempos modernos’.

Lea aqui la tercera parte: ‘Del poporo indígena a la pipa basuquera’.


Parte 4: A raspar el espejo para un pase final

Es hora de recoger.

De raspar al final de la fiesta el libro, la revista, la mesa, el espejo donde se han regado todas las líneas de la noche, para intentar consolidar, entre los restos dispersos, un pase final.

Es hora de hurgar entre el poporo casi vacío, hundiendo el palito babeado para capturar los últimos rastros de cal y untar la jugosa bola de hoja de coca medio mascada dentro del cachete.

Llegó el momento de recalentar esa pipa. De recocinar los residuos de bazuco sobre el papel aluminio, de inhalar hasta sentir que es el PVC el que se quema y ya no hay ni rastro de base.

Esta es la última entrega de la serie de cuatro artículos sobre el consumo de hoja de coca, cocaína y bazuco en Colombia. Aquí recojo del bouquet de este viaje por pipas, poporos y pitillos unas conclusiones más concretas sobre cómo podríamos nutrir nuestra mirada política sobre la forma en la que entendemos, luchamos y intervenimos en el consumo de la coca y sus derivados. Más que un resumen, este será un intento por sacar hipótesis, argumentos provocadores, uno que otro rastro de evidencia y unos principios políticos para construir una república más independiente de Cocalombia.

Unidos por una mata

Si después de este viaje les queda algo, que sea esto: Colombia tiene y tendrá una larga y particular historia alrededor del uso estimulante, constante y compulsivo de la coca. Una historia que precede a Pablo Escobar y la guerra contra las drogas lanzada por Estados Unidos, una historia que se remonta, de formas aún poco exploradas, a ancestros precolombinos y sus valores casi olvidados.

Una historia atada a nuestros predecesores occidentales que llegaron a tierras de poporos sin imaginar que al cabo de unos años serían tierras de laboratorios. Un relato que en ese diluido mestizaje se ha reproducido hoy en ciudades y barrios con las mismas aspiraciones modernas de Nueva York y Chicago, con chicos ricos de perico y pobres diablos de bazuco, pero en tierra de indios y de narcos: en tierra de coca.

Y es precisamente de un nuevo relato acerca de nuestra historia con la coca que se pude hacer mucho para darle forma al futuro inevitable que tendrá la hoja y sus polvos en el país. Ese futuro tiene que pasar por una reinterpretación del papel de la coca en el pasado lejano y, también, en el pasado más cercano.

Si después de este viaje les queda algo, que sea esto: Colombia tiene y tendrá una larga y particular historia alrededor del uso estimulante, constante y compulsivo de la coca

Acá vuelvo sobre una idea de la primera columna de ‘Cocalombia’: la idea de Alberto Lleras Camargo en 1979, cuando escribe una réplica a la portada de la revista Time desde un artículo en El Tiempo. Lleras dice, a propósito del artículo de portada del semanario estadounidense que denunciaba por primera vez el ingreso de drogas de Colombia a Estados Unidos, que “la coca, que solía masticar una minoría indígena en nuestras montañas aisladas, se convirtió en un artículo de lujo gracias a la política del gobierno norteamericano. Poco tuvimos que ver con ella, ni en sus orígenes, ni en sus fatales resultados. Pero ahora somos ‘The Colombian Connection'”. Este último era el provocador título que llevaba la publicación original.

El de Lleras es un argumento lleno de buenas intensiones que se reproduce en nuestras facetas menos halagadoras. Entre los círculos nacionalistas de izquierda y de derecha que denuncian en la cocaína el imperialismo o libertinajes extranjeros. Entre la dominante cultura cristiana de sentir “el flagelo de la droga” como un azote externo que Dios quiso ponernos a soportar como una prueba de resistencia o como una retribución por nuestro pecado original.

Pero nuestra culpa (y hablo de culpa porque esta forma de pensar es inevitable por estas tierras) es haber comprado el relato completo de la maldad de la coca. Un relato que es muy reciente, en comparación con el tiempo que ha convivido esta tierra con la hoja, pero que en sus más nuevos habitantes llegó desde el inicio con una riqueza y una violencia tan estrambóticas que arrasó cualquier otra narrativa al respecto.

Y aquí uno está tentado a coger el camino de Lleras. De hablar de Nixon, de la guerra contra las drogas como propósito de control de hippies y negros en Estados Unidos, con un enorme daño colateral en Colombia, Perú, México, Vietnam, etcétera. Pobres y puros pueblos contaminados por una guerra ajena.

Así, la mata que nos une, a la nación vieja y la nación nueva, se volvió la mata que la mata, en droga que la envenena. Así, librarnos de la coca, arrancarla del todo, se presenta como la única forma de librarnos de los males que con ella vinieron solo hace poco: la muerte, la corrupción, la cárcel, el desplazamiento, la guerra ya no tan ajena.

Una tercera línea

El cóndor que pinta el caricaturista Chócolo mira a su Cocalombia. Balas y perico. Ni libertad, ni orden. Y mira desahuciado. Mira las balas y mira el polvo. Y nosotros también. Medimos las hectáreas con satélites, con aviones y las calculamos varias veces al año. Pesamos los kilos y los organizamos mejor de lo que organizamos cualquier otra cosa. Con tanta exactitud, con tanto empeño, que parece que hubieran traído a policías japoneses para arreglar los paquetitos y los hubieran sacado antes de tomar la foto.

Y así, como se repiten los bloques, nos seguimos repitiendo que la culpa es nuestra por hacer el polvo por el que afuera se mueren los niños y se destruyen las familias. Vamos y venimos entre esas dos líneas: entre lo malos que somos acá por propiciar una destrucción externa y lo malos que son los de afuera al traernos los problemas de la lucha por evitar que el polvo llegue a sus tierras.

Pero hay otra línea, la tercera línea. Y no es para hacernos menos malos acá, ni para hacerlos más malos afuera. La tercera línea es la vía en la que nos olvidamos de lo mala que puede ser la coca de hoy, que sí puede ser muy mala, y nos concentramos en lo malos que son los motivos y las formas que hemos aceptado ahora para desterrarla.

Hay una tercera línea: la vía en la que olvidamos de lo mala que puede ser la coca de hoy y nos concentramos en lo malos que son los motivos que hemos aceptado para desterrarla

Sobre las formas creo que se ha hablado bastante de la prohibición, de sus pocos éxitos y muchos fracasos, de por qué choca tan profunda y estúpidamente con una sociedad que acepta y promueve cada vez más la libertad personal y la libertad de mercado.

Entonces, me concentro en los motivos. Son de los que hablé en la segunda columna de esta serie. Los motivos equivocados para insistir que es la sustancia la que explica su uso, y no el uso el que explica la sustancia. Y en ese punto tal vez yo mismo me equivoqué al decir que la cocaína es la droga de los tiempos modernos, cuando son los tiempos modernos los tiempos de la cocaína. Los tiempos de poder y de plata, de acumulación, de egos inflados e ínfulas de poder ilimitado.

Repensar con seriedad esa relación, entre la sustancia y su consumo, está en el corazón de lo que he llamado la tercera línea y de lo que podría llamar un movimiento de liberación nacional de Cocalombia, si la rebeldía aún estuviera de moda. Porque implica, por un lado, aceptarnos como un país parecido a otros países: capitalistas, modernos y egoístas. Con jóvenes como los nuestros que añoran el poder del perico, y otros jóvenes, también nuestros, que sucumben ante el poder extremo y sórdido del bazuco.

Por otro lado, implica negarnos a dejar que nos arranquen del pasado especial, el viejo y el nuevo, de indios y narcos, que nos ata a la coca de formas distintas, que hace de esta tierra una tierra unida por una mata, así permanezca fraccionada entre cosas tan distintas a veces y similares en otras, como son la hoja de coca, el perico y el bazuco.

* Daniel Pacheco es periodista, columista de El Espectador y director del programa Zona Franca.

** Este es un espacio de opinión. No representa la posición de Vice Media Inc.

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