Botero en la selva, conversando con la guerrilla. Foto: ‘El Fin de la Guerra’

Jorge Enrique Botero es reconocido como el primer periodista en grabar los campamentos de las Farc y ganarse la confianza de sus altos mandos de la guerrilla. Adentrarse en el monte en el momento de auge del conflicto armado en el país le costó serios señalamientos, como cuando en 2009, el entonces presidente Álvaro Uribe lo tildó de ser un “publicista” y “cómplice del terrorismo”. Después de las acusaciones, la figura de Botero, su reputación y carrera, pasó a ser parte de la polarización propia del conflicto, con resultados que aún hoy pueden verse en las redes sociales, en donde sus críticos lo tildan de ser “un muñeco de las Farc” y sus admiradores, “un hombre de hierro”. Un traidor o un valiente.

En el documental El fin de la guerra, del director Marc Silver, que se estrenará este jueves en Colombia, la visión de Botero es uno de los tres pilares que sostienen el relato del Proceso de Paz en Colombia y los otros dos corresponden a los puntos de vista tanto del Gobierno como de las Farc. Por eso, en  ¡Pacifista! nos pareció un buen momento para conversar con él sobre cómo la polémica ha acompañado su trabajo cubriendo el conflicto y acerca de sus opiniones de la coyuntura actual.

¿Cómo se ganó la confianza de las Farc? ¿Cómo llegaba a los lugares recónditos donde se escondían?

El secreto de la confianza radica en algo elemental: fui un periodista equilibrado, no aproveché las puertas que se abrieron para hacer propaganda contra las Farc, fui a la profundidad de las cosas, quise entender mucho más allá de lo que la propaganda decía y me interesé por los seres humanos que habitaban aquellos territorios recónditos. Creo que el hecho de haber actuado de una manera distinta a como lo hacían mis colegas, llamó la atención de las Farc y eso me siguió abriendo puertas por años.

Es importante subrayar que además de mi comportamiento como periodista, jugó un papel muy importante el hecho de que yo era amigo de varios de los jefes guerrilleros desde mi juventud, con quienes me encontré luego en las conversaciones del Caguán. Yo había sido compañero de luchas estudiantiles de Alfonso Cano, había conocido a Carlos Antonio Lozada, a Marcos Calarcá, y a decenas de jefes guerrilleros en mi vida universitaria.

¿Qué se siente ser acusado públicamente por Álvaro Uribe de ser un “publicista del terrorismo”?

Cuando el presidente Uribe me acusó públicamente de ser publicista del terrorismo, lo primero que se me vino a la mente, además de un cierto temor, fue “mierda, me quedé sin trabajo de por vida en Colombia”, porque esta es una acusación de la que todos los medios de comunicación del país iban a tomar nota. Mi mercado laboral quedó bastante reducido. También sentí que quien había hablado era un irresponsable, porque sabiendo toda la incidencia que tiene en sectores violentos, en esa época era como tener una lapida colgando de mi cuello.

¿Sintió que el gremio de los periodistas no lo apoyó lo suficiente?

Yo creo que hace unos años yo ejercía el periodismo de una manera muy ingenua, creía en el periodismo por sobre todas las cosas. Creía que el periodista podía llegar, explorar, conseguir la verdad y ser equilibrado. Cuando fui censurado por el canal Caracol en el año 2001, de una manera muy violenta y brusca, impidieron que saliera al aire un reportaje que acababa de hacer sobre los 500 miembros de la fuerza publica que tenía las Farc en su poder. Yo esperaba que mis colegas y mis jefes se volcaran a apoyarme, me imaginé una situación de solidaridad, pensé que iba a haber varias voces reclamando por la censura.

Sin embargo, lo que me encontré fue todo lo contrario. Muchos de mis viejos amigos usaban cualquier pretexto para no saludarme, para salir corriendo. No volví a recibir ninguna instrucción u orientación de mis jefes, hasta el punto de que un par de días después fui despedido del canal sin que nadie haya dicho nada. Había atravesado una línea que no se podía atravesar y comencé a valorar la posibilidad de ser un periodista independiente, con mis propios equipos, temas y gente, haciendo las cosas que un medio de comunicación tradicional sería imposible hacer.

¿En algún momento sintió que estaba poniendo en riesgo su seguridad y la de su familia?

El ejercicio del periodismo me convirtió en un corresponsal de guerra y me tomó un poco de tiempo darme cuenta que mi trabajo se había convertido en un problema de seguridad. Todo el tiempo había personas siguiéndome, tomándome fotos, me tenían los teléfonos intervenidos, me dejaban mensajes agresivos en el contestador, varias veces me llegaron sufragios a mi casa anunciando y lamentando mi muerte. También mis hijos fueron objeto de seguimientos y amenazas, lo cual nos tomó por sorpresa e hizo que cambiaran mucho nuestras vidas. Tuve que sacar a mis hijos del país, eso fue muy duro.

Éramos una familia unida, éramos un parche, cómplices, amigos, y de un momento a otro nos vimos separados, pero ya no había reversa. De alguna manera las amenazas y la perdida de seguridad lo hace a uno tomar fuerzas, pero ahí seguí a pesar de todo. Parece que logramos sobrevivir.

¿Qué le hace falta al relato periodístico colombiano? ¿Cómo se debería contar la historia del conflicto?

Al relato político colombiano relacionado con el conflicto le hace falta ponderación, desactivar los adjetivos, desactivar los prejuicios. Sigue detenido en el tiempo. Ya las Farc se desmovilizaron, entregaron sus armas, sus bienes, tienen un partido político y todavía la gran mayoría de los medios de comunicación siguen refiriéndose a ellas como si siguieran en el monte. Los medios son muy agresivos, no ha variado ese espíritu de deformar la realidad, de generar odio, de provocar ánimo de venganza. Yo siento que los medios colombianos deberían hacer una autorreflexión definitiva, poner una raya y dejar la guerra mediática por la paz mediática.

Yo decía que los medios colombianos durante los años noventa y 2000 se dedicaron a tocar los tambores de la guerra, aquí había un coro en el que cantaron todos bajo la misma batuta, y les está costando mucho trabajo ponerse a tono con la nueva realidad que vive nuestro país. Ahora que va a haber una Comisión de la Verdad, a los medios de comunicación les va a ir muy mal en el informe final. Su responsabilidad en la violencia y en la degradación de la guerra es infinita.

Foto: El Fin de la Guerra

¿Es optimista con la reconciliación de la sociedad colombiana, hoy tan polarizada alrededor del proceso de paz? 

Ni siquiera después de la visita del Papa soy optimista con la reconciliación colombiana. Las heridas que dejó la guerra están demasiado abiertas y calculo que en tres generaciones podremos conseguir los niveles de convivencia de cualquier sociedad civilizada. La tolerancia y el respeto a los demás llegarán durante muchos años. El daño que hicieron todas las guerras en Colombia es difícil de reparar, el ambiente político está exacerbado, hay gente que añora y suspira por el sufrimiento del país, pareciera que hay demasiados colombianos que le copian a esa gente.

¿Qué piensa de Uribe y de Santos?

Creo que Uribe es un hombre que cargado de odio, tomó un camino sin retorno. Ve en el horizonte sin remedio la posibilidad de la cárcel, sabe que su pasado y su vida política está llena de delitos y violaciones a los derechos humanos. Esa vida llena de atajos que él escogió, lo tiene en estado de irracionalidad en el que sabe que la única manera de escapar de lo que le espera es a los tiros, como los vaqueros. Creo que es un hombre del pasado remoto que no va a tener mayor incidencia en el futuro de Colombia y pareciera estar tratando de salvarse.

Santos es un hombre muy cerebral, un político magnifico y de muy buena formación. Calcula muy bien cada uno de sus pasos, es un hombre que pensó muy bien lo que sería el proceso de paz y su resultado. Desactivó uno de los factores de violencia que más incidían sobre la realidad. Pienso que va a quedar muy satisfecho con cumplir buena parte de los dos acuerdos que firmó.

Ninguno de los dos me parece un personaje con grandeza, a pesar de que Santos haya obtenido el Nobel de Paz, eso no le da el lugar en la historia. Su propósito fue solamente desmovilizar a la guerrilla, pero no es el protagonista de un cambio derivado de este hacia el futuro. Santos no está pensando en un nuevo país.

¿Cómo ve el nuevo partido de las Farc?

Están haciendo un decoroso ingreso a la escena política legal, han llamado la atención de sectores urbanos que antes los veían con mucha prevención. Estuve en la Plaza Bolívar el día de la clausura del Congreso de las Farc y pude ver en vivo la enorme cantidad de jóvenes de barrios populares que llegaron y me llamó mucho la atención que hubiera tanto fervor entre ellos. El futuro político del partido de las Farc está en aprovechar la base social que construyeron durante los años de guerra, es decir que pueden conseguir muy buena votación en zonas periféricas del país, hasta pueden llegar a ser actores muy importantes a nivel regional. Si son coherentes con su discurso de desarrollo social, cero corrupción, salud y educación, pueden ser verdaderos ejemplos para el resto del país. Su presencia en el Congreso va a ser muy notoria, tienen gente preparada para los debates que se dan en ese escenario y vamos a tener una voz distinta.

¿Usted siente que periodísticamente ha contribuido a la construcción de paz en Colombia?

Contribuyo a la construcción de paz mostrando la realidad con todos sus matices, con luces y sombras. Contándole al público que los protagonistas del conflicto eran seres humanos que tenían expectativas, sueños, preocupaciones, tropiezos, defectos y virtudes que puede tener cualquier colombiano. También le he dado voz a quienes habían sido excluidos históricamente de las pantallas de televisión, micrófonos de radio y de las páginas de los periódicos.

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