Los insultos dirigidos a ella muchas veces son en masculino y hacen, a la vez, referencia a la raza y al hecho de ser trans: “negro maricón”. Fotomontaje: Juan Rubio | ¡PACIFISTA!

Este artículo fue originalmente publicado en Vice Colombia.

Por: Mati González Gil

Desde hace mucho tiempo quería verme con Valerie Summer, una mujer trans negra de Cali, brillantísima ella, para entender mejor cómo era la relación entre la raza y el hecho de ser trans en Colombia. Ella vino a Bogotá a unos talleres sobre feminismo trans que realizó la organización Mujeres Al Borde, y aproveché para invitarla a tener esta conversación conmigo.

Mi primera pregunta fue cómo creía que la afectaba la discriminación al ser una mujer trans negra. Me respondió que los insultos dirigidos a ella muchas veces son en masculino y hacen, a la vez, referencia a la raza y al hecho de ser trans: “negro maricón”.

Me dijo que, por esa razón, los movimientos trans no podían dejar de lado la discriminación por motivos de raza, porque la raza y ser trans son, para varias personas trans, el motivo principal para ser tratadas sin dignidad. Yo, desde mi ignorancia, le dije que no veía muy clara esa relación. Es decir, que no entendía por qué los grupos y el movimiento social afro en Colombia no podían ocuparse de los temas raciales y el movimiento trans de la categoría trans, que cuando a ella la insultaban por el color de su piel era un tema racial y que cuando la insultaban por el hecho de ser trans era por su género. Ella me enseñó cómo el racismo afectaba la transfobia y viceversa, y cómo ambas formas de opresión no actúan de forma separada, sino que se alimentan y se potencian mutuamente.

Valerie Summer. Foto: cortesía de Summer.

Valerie Summer. Foto: cortesía de Summer.

Para empezar, me explicó cómo la masculinidad o la expectativa de ser más ‘machito’ afecta de forma diferente a los hombres negros. Cuando los hombres compiten, suelen imponer su masculinidad para atemorizar a sus contrincantes y esto es visible en los deportes y a la hora de buscar trabajo, oportunidades educativas, etcétera. Por ejemplo, meter un gol o tener un trabajo que pague bien es sinónimo de ser más macho, más proveedor, más fuerte: les da un status social superior entre el resto de hombres. Como los hombres negros están excluidos estructuralmente de todas partes, esto les pone su masculinidad, de entrada, en un lugar inferior que la de los blancos.

Esto genera mayor presión para demostrar la masculinidad por varias razones. Las dinámicas de competencia pueden volverse más agresivas porque hay menos oportunidades para las personas negras. Al mismo tiempo, los estereotipos de género que hipersexulizan a los hombres negros, los ubican como ‘machitos penetradores’ y ‘vergones’: “quiero que me coma un negro con la verga bien grande y bien dura”. Este estereotipo sexual, sumado a la competencia por las escasas oportunidades que tienen los hombres negros en Colombia, genera una expectativa sobre cómo deben demostrar su género. Es decir, hay mayores presiones para los hombres negros para demostrar que son súper machos.

Dado que a las mujeres trans negras, al nacer, las identifican con un sexo masculino porque nacen con pene, éstas tienen mayores presiones para aceptarse porque tienen las mismas expectativas y presiones que los hombres negros. En otras palabras, a Valerie, el hecho de ser negra, le implicó en su vida mayores presiones que a mí para demostrar que era hombre. Solo porque tengo la piel mucho más clara. Además, no hay muchas referentes de mujeres trans negras en Colombia, mientras que cada vez hay más visibilidad de mujeres trans blancas. Esto hace que las personas negras se sientan con menos derecho o crean menos posible o más remota la posibilidad de ser trans.

Pero además de que la raza afecta la forma en la que percibimos el género de los manes, o de los que percibimos como manes pero que en realidad son mujeres trans, la transfobia se vive diferente cuando se es negra. Me contó que llevaba menos de una semana en Bogotá y que la policía ya la había parado dos veces. Las dos veces, la acusaban de esconder marihuana y en una de ellas la requisaron dos hombres. Al decir que no podían requisarla hombres porque ella era una mujer trans, le dijeron que ella estaba mal informada y continuaron con la requisa (en la cual no lograron encontrar nada). Ella me dice que no tiene claro si este perfilamiento (considerar que las personas son más peligrosas) tiene que ver con que cuando es percibida como un hombre negro inmediatamente se activa el estereotipo del “negro delincuente” o si lo que la vuelve peligrosa a los ojos de otros es que ya existe un prejuicio de las mujeres trans como “travestis peligrosas” que, al sumarse el color de la piel, lo multiplican.

Dado que a las mujeres trans negras, al nacer, las identifican con un sexo masculino porque nacen con pene, éstas tienen mayores presiones para aceptarse porque tienen las mismas expectativas y presiones que los hombres negros.

Yo le contaba que llegué a Colombia hace un año más o menos y que nunca me había parado la policía hasta el momento, que sabía que la violencia policial era un problema para las trabajadoras sexuales trans pero que nunca había dimensionado que las personas trans en su vida cotidiana, cuando no estaban ejerciendo el trabajo sexual, también eran hipervigiladas y hostigadas por la policía. La diferencia en la forma en la que habitamos la ciudad es evidente: ella era negra y yo no y a ella la había parado más veces la policía que a mí, y eso que yo llevaba más tiempo en la ciudad. Eso me ponía en un lugar de privilegio frente a ella porque yo tenía una tranquilidad que ella no tenía.

Este lugar de privilegio también se manifiesta en la cantidad de veces que puedo ser víctima de transfobia. En un ejemplo de su vida me quedó muy claro cómo el racismo alimenta y motiva la transfobia. En el colegio ella estudiaba con varios manes muy afeminados. Ella se había dejado crecer la barba y aún no se expresaba como una mujer porque hubiera sido imposible sobrevivir al colegio. Ella veía que a ella la jodían más por ser un “maricón afeminado” que al resto de sus amigos blancos. Ella no entendía por qué le hacían más matoneo que a sus amigos y me dijo que de alguna forma entender esos episodios de transfobia, por no encajar en los estereotipos de género que se le exigían por ser percibida como un hombre, le hicieron entender mejor el racismo. Ella se dio cuenta que lo que motivaba el acoso transfóbico era su color de piel.

Otro ejemplo en donde me quedó clara la conexión entre transfobia y racismo fue cuando me explicó que la hipersexualización de las vergas de los hombres negros, sumado a la hipersexualización de las mujeres trans, hacían que las mujeres trans negras fueran vistas -tal vez más que las mujeres trans blancas- como objetos sexuales. Esto sumado a la idea de que las personas trans están para servirnos, las hacían más vulnerables a la violencia sexual ya que eran vistas como “cosas” al servicio del placer sexual del resto. El deseo en exceso resultaba discriminatorio porque deshumanizaba a las mujeres trans negras.

Aproveché para preguntarle su opinión sobre mi campaña con Sentiido de #MeGustanTrans porque uno de sus objetivos -además de que se hable de lo que sienten las parejas de las personas trans y sus historias de amor- es que ese deseo deje de ser ilegítimo o motivo de vergüenza. La pregunta se la hice porque una compañera trans me preguntaba desde México cuál era la diferencia entre decir que a mi me gustan trans o decir que a mi me gustan indígenas, o negros. Dado que el deseo puede ser en sí mismo un problema, no quería reforzar algún tipo de discriminación por no tener un enfoque interseccional (reconocer que los diferentes sistemas de opresión actúan de forma conjunta).

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Me dijo que le gustaba y que creía que hacía falta ese mensaje. Que había que decirlo hasta que se volviera irrelevante, pero que aún no lo era. Que hace unos años era terrible que una persona blanca se casara con una negra y que, aunque aún quedaban prejuicios con respecto a las parejas interraciales, eran menores a los que existen por tener una pareja trans. Que ella como mujer trans negra sentía que a ella la escondían por ser negra y por ser trans, por las dos cosas. Pero que la escondían más por trans que por negra y que por eso quería unirse a la campaña porque había que decir exactamente lo contrario al mensaje que estaba en el discurso público: no te pueden gustar trans.

De nuestra conversación quedaron muchas cosas pendientes que quiero retomar en otras columnas, pero me quedó claro que necesitamos, en sus palabras, “un activismo trans mucho más crítico” que cuestione los diferentes sistemas de opresión y que entienda que todos están conectados. Que no podemos liberarnos de la transfobia si no nos liberamos del racismo también, precisamente, porque las mujeres trans negras nunca serán libres si no desmantelamos los dos.

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