La antropóloga argentina Ludmila Da Silva durante su trabajo en Bogotá. Foto: Aitor Sáez | ¡Pacifista!

La antropóloga argentina Ludmila Da Silva durante su trabajo en Bogotá. Foto: Aitor Sáez | ¡Pacifista!

Entre 30.000 o de 10.000 desaparecidos forzosamente en Argentina. Cuatro décadas después, el baile de cifras todavía es una cuestión política. Ludmila da Silva Catela, antropóloga profesora de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), ha estudiado durante 15 años las atrocidades de la dictadura militar de Jorge Videla (1976-1983). A finales del pasado marzo visitó Colombia para participar en el proyecto ‘El futuro de la memoria’, que organiza el Goethe-Institut en varios países de la región.

En Colombia, la desaparición forzada ha sido también una de las constantes del conflicto armado. Desde finales de los años setenta hasta hoy, según el Centro Nacional de Memoria Histórica, 62.000 personas han desaparecido en razón o en el contexto de la guerra: como víctimas de agentes de Estado, de grupos paramilitares y guerrilleros y como parte de las alianzas entre la Fuerza Pública y organizaciones paramilitares. El tema vuelve a estar hoy en la agenda nacional, ya que el acuerdo de paz entre el gobierno y las Farc prevé la construcción de una Unidad de Búsqueda de personas desaparecidas que se nutra de datos provenientes de todas las partes del conflicto y que permita obtener coordenadas para hallar fosas y alcanzar la verdad sobre miles de casos que permanecen en silencio.

Da Silva Catela habló con ¡Pacifista! sobre la importancia de la construcción de memoria tras el conflicto.

 

¿Qué descubriste al trabajar con familiares de personas desaparecidas forzosamente?

Para ellos el mundo se derrumbó, pero todos lograron reconfigurar ese mundo: desde acciones micro hasta presionar al Gobierno para la constitución de nuevas leyes que den cuenta de lo sucedido. Durante la dictadura militar en Argentina, los militares se apropiaron de 500 bebés de embarazadas que secuestraban. Abuelas de Plaza de Mayo fue la primera gran organización que trató de reconstruir ese mundo que se desarmaba cada día. Partió de elementos muy simples como ponerse un pañuelo y colgarse la foto de sus hijos, buscar a esos niños. Pero ya cuando volvió la democracia, le demandaron leyes al Estado. Una fue la ley de identidad, que nos implica a todos como ciudadanos, no sólo los que están afectados. Me parece interesante como algo que tuvo un eje en la violencia generó una acción de bien común para toda la sociedad.

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Madres de Plaza de Mayo durante una protesta en Buenos Aires en 1982.

Madres de Plaza de Mayo durante una protesta en Buenos Aires en 1982.

¿Qué implica la desaparición de un familiar?

La desaparición de personas como plan sistemático es una herida muy difícil de sanar, ya que los familiares van a estar esperando siempre el hallazgo de los restos humanos porque son necesarios para concluir el duelo. Ni ellos pueden vivir sin una respuesta y una verdad sobre el destino de esos cuerpos, ni la sociedad puede vivir con esa huella, ese vacío, que es necesario salvar. Es una experiencia humana límite de enterrar a tus muertos.

 

La desaparición fue un método de violencia recurrente en los conflictos en América Latina…

Las desapariciones comenzaron en los años cincuenta en Guatemala, pero la desaparición fue una invención de la escuela francesa. No es un invento nuestro. La desaparición es el ejercicio de la crueldad sobre un cuerpo que ya está inerte, que ya fue asesinado, y es ese plus terriblemente extremo que un grupo armado quiere imprimirles a sus enemigos. Es innecesario, pero se ejecuta para transformar a ese ser humano en una cosa, una cosa descartable.

 

¿Cómo fue el proceso en Argentina?

En el caso argentino hay un precedente de indultos a presos políticos. Los militares consideraron que la desaparición era borrar las huellas de toda esa generación. No contaban con la fuerza del lazo primordial que es la madre. Ellas fueron quienes los llevaron a juicio. El desaparecido es también una fuerza política que impulsa a las organizaciones de derechos humanos a hacer que ese pasado no pase, y que esa memoria sea un trabajo constante no solo una consigna. Y que la noción del ‘¡Nunca más!’ tenga que ser una acción política cotidiana de todo, no sólo un eslogan. Porque todos sabemos que puede volver a pasar, porque la violencia cambia sus rostros.

En Argentina, los militares consideraron que la desaparición era borrar las huellas de toda esa generación.

 

¿Qué significa recuperar la memoria tras un conflicto?

Es un proceso constante que nace de la violencia y se va trabajando con el tiempo. La memoria siempre es el presente, no el pasado. Es lo que desde el presente necesitamos para producir nuestras identidades como individuos y como sociedad. Podemos pensar en el conflicto armado colombiano como un conflicto muy largo con relación al argentino, muy diferente por los actores involucrados. En Argentina hay una claridad de que quien ejerció la violencia fue el Estado, entonces hablamos de terrorismo de Estado, es muy clara la diferencia entre víctimas y victimarios. Tal vez en Colombia eso sea mucho más complejo. Hay muchas más capas, muchas más décadas de violencias, muy diversas, muchos actores.

 

¿Podría haber algún elemento común entre Argentina y Colombia?

Somos sociedades que no podemos vivir en la impunidad de lo que ocurrió. La memoria tiene que servir de trabajo para llegar a la justicia, a la justicia con minúscula en el sentido de reparar socialmente lo que pasó, de poder dar un perdón a las víctimas. Pero también hay que llegar la Justicia en mayúsculas: que el Estado juzgue a aquellos que cometieron crímenes de lesa humanidad, en los que todos estamos involucrados, porque nos afectan a todos, no sólo a aquellos que vivieron la violencia en primera persona.

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¿Y qué diferencias hay entre Argentina y Colombia?

Sin duda, en Colombia la definición de la víctima y las ambigüedades de muchas personas que tal vez empezaron el conflicto como víctimas y luego como victimarios, o viceversa, hace que sea mucho más complejo. Pero la manera de procesar la memoria no es diferente. Es diferente el tiempo. Argentina hace 41 años que fue una dictadura militar, y en el caso colombiano todavía es muy cercano. En Colombia también hay mucha cercanía entre las víctimas y quienes cometieron las atrocidades, y en el caso argentino fueron las Fuerzas Armadas, los implicados no se conocían y eso quizá hace más fácil la resolución de los casos. De todas maneras, en Argentina son los juicios los que llevaron a que podamos seguir construyendo hacia futuro una sociedad menos violenta. Creo que los juicios son centrales porque es donde el Estado reconoce los crímenes que él mismo cometió o que permitió. En el caso colombiano, con la variedad de agentes violentos, también hubo una permisión por parte del Estado.

El caso colombiano puede ser mucho más complejo que el argentino, pero la manera de procesar la memoria no es diferente.

 

¿Qué puede aprender Colombia de ustedes?

No daría ningún consejo. Colombia está transitando un proceso positivo. Por ejemplo, en Argentina tenemos que aprender de los colombianos el trato en cuanto a la violencia sexual, que en Argentina todavía es muy poco tratado. Aquí la violación se aplicó como un arma de guerra. En ese sentido, creo que todos los países de América Latina nos retroalimentamos de las experiencias vecinas. La gran potencialidad de Argentina fue nunca bajar los brazos. La memoria se produce por oleadas. A veces la memoria de los desaparecidos tiene mucha visibilidad y logra tener un impacto público y en otros momentos, por las coyunturas políticas, pasan a ser memorias subterráneas, y luego vuelven a imponerse en el espacio público. Tal vez una de las cosas positivas en el caso argentino es que los familiares de desaparecidos nunca dejaron de luchar por la justicia, la memoria y la verdad. Esas banderas nunca se bajaron pese a que a veces la coyuntura política hizo retroceder ciertos avances. Parecía que era imposible juzgar a los militares en Argentina, pasaron dos décadas antes de que se sentasen en un banquillo. La tenacidad de las Madres de Plaza de Mayo tal vez sea algo de lo que nutrirse.

 

¿En qué punto se encuentra Colombia en el proceso de construcción de la memoria?

Colombia está haciendo un proceso. Siempre hay una parte de la sociedad que es indiferente y como antropóloga me pregunto ‘¿cómo es posible que sean indiferentes a lo que nos pasó?’. Quizá esa sea la gran deuda que todos tenemos con las víctimas. Sin ir más lejos, la coyuntura actual se opone a la política de Derechos Humanos y el Gobierno vuelve a poner en duda el número de desaparecidos. No saben que la memoria se da de una vez y para siempre. Desde mi punto de vista las memorias más poderosas se construyen de abajo hacia arriba, desde la sociedad hacia el poder. Uno de los peligros que se construya de arriba hacia abajo es que la sociedad sea indiferente, no se involucre, no lo tome como un deber y un derecho. La memoria es un derecho pero también es un deber que todos tenemos. Cuando se impone desde arriba a veces no tiene impacto social. Muchos de los procesos de paz fracasaron porque no tuvieron un trabajo desde las comunidades. Lo que demuestra también que los problemas de violencia de nuestros países son muy estructurales y entonces hay que cambiar nuestras relaciones que nos constituyen como comunidad.

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¿Hay reconciliación sin memoria?

Vengo de un país donde la reconciliación no es una palabra bien vista. El perdón es algo individual que cada uno puede decidir. La reconciliación no se puede decretar, todas las reconciliaciones decretadas fracasaron. De hecho, los dos intentos de reconciliación en Argentina fracasaron. La sociedad civil se reveló contra una reconciliación impuesta, que no se puede pedir en términos colectivos. Lo que sí que los gobiernos y la sociedad civil debe trabajar en cómo reconstruir el tejido social. Eso es un trabajo de muy largo plazo donde si no hay Justicia nunca habrá reconstrucción del tejido social, y para eso son necesarias comisiones de la verdad y juicios.

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