Camilo JiménezPor: Camilo Jiménez Santofimio

Hace pocos días dejé de escuchar radio. No di más: me quité los audífonos y borré de mi teléfono la aplicación con que compulsivamente sintonizaba todas las mañanas La W, BluRadio y Caracol. Lo hice cansado. Pero no de oír malas noticias sobre Colombia, sino de tener que soportar el periodismo que muchas veces, demasiadas veces, se hace en las mesas de trabajo que supuestamente fijan la agenda del país: la improvisación, la banalización, la imprecisión, la desinformación, la manipulación, la arbitrariedad, la injusticia y la descontrolada abundancia de opiniones. Así abandoné la radio. Y hasta ahora puedo decir que no me ha hecho mucha falta.

Pero concluir esto me ha dolido. Porque soy periodista, pero también porque sé que no soy el único que tira la toalla. Como periodista y ciudadano, yo quiero que en Colombia haya un gran periodismo: independiente, crítico, influyente, audaz y creativo. Pero llevo mucho tiempo advirtiendo que en este país cada vez hacemos menos gran periodismo y que por eso estamos perdiendo al público. No soy el único que ha apagado la radio, y tampoco el único que pasa horas pegado a Netflix, Facebook, Twitter o Snapchat, en vez de prender el televisor para no perderse el noticiero. Conozco, además, a varias personas –ávidas de información, lectoras y críticas– que prefieren pagar por recibir dos semanas tarde una edición de The New Yorker a invertir dinero en una suscripción de Semana. Hecho triste para mí, puesto que yo trabajé para esta última revista durante casi una década.

Cuando el director de contenidos de VICE Colombia, Juan Camilo Maldonado, me pidió escribir una columna para ¡PACIFISTA!, le respondí de inmediato que sí. Lo hice convencido de que sin una armonía entre medios, periodistas y ciudadanos en Colombia será muy difícil que la paz de veras cuaje (y hoy, al menos para mí, es claro que tenemos unos medios, unos periodistas y una opinión pública en crisis). Sin un gran periodismo, los medios seguirán siendo abandonados, cuando deberían más bien ser abrazados por una sociedad y una generación que se alistan a enfrentar la cara más dura de la paz: hacer realidad lo acordado y refrendado en un país plagado de malestares.

Sin un gran periodismo, será difícil que nuestros potenciales lectores (o escuchas o televidentes) nos quieran leer (o escuchar o ver), especialmente aquellos que simultáneamente forman parte de la generación de la paz y de la camada de los ‘millennials’. Sin un gran periodismo, la audiencia nos tomará cada vez menos en serio y no habrá autoridad para exigir ética en las redes sociales o decencia en los debates que se aproximan, gran parte de ellos muy seguramente vinculados a la paz. Y tampoco tendremos cómo pedir más pensamiento crítico o contrarrestar la fuerza de las noticias falsas, en auge no solo en los Estados Unidos de Trump, sino aquí mismo, a la vuelta de la esquina, en la Colombia del Sí, el No y el abstencionismo.

Cada quince días escribiré una columna sobre medios y paz. Y no me referiré a los medios solamente en el sentido tradicional. Criticaré o aplaudiré lo que los periodistas hacen con la paz en las redacciones, las mesas de trabajo y los estudios, pero también lo que todos, periodistas y no periodistas, hacemos desde los nuevos medios en torno al posconflicto. Este será un espacio, entonces, sobre la generación hiperconectada y sobre su deber de hacer, y así también de exigir, un mejor ejercicio de la opinión y más responsabilidad en un momento histórico para Colombia.

@undivagus

 

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