Foto: Nicolás Fernández @nicocinq

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A tres horas y media de Bogotá, saliendo por Usme y pasando por la cárcel La Picota, se llega al Parque Nacional Natural Sumapaz. Con más de 150.000 hectáreas, es el páramo más grande del mundo y se encuentra repartido entre los departamentos de Cundinamarca, Meta y Huila. Colinda con 28 veredas, en las que la gran mayoría de sus habitantes son campesinos.

Por décadas, nadie llegaba al páramo porque era considerado una ‘zona roja’ a causa la presencia de las Farc. Ahora la historia es diferente. Sin un peaje de por medio, más de 500 personas llegan todos los fines de semana a la famosa laguna de Chisacá, explica Gilberto Guerreros un campesino de ruana originario de la zona. Es el paseo de olla de los habitantes del sur de Bogotá, “dejan basura, desechos humanos, destruyen los frailejones, andan en motos y en camionetas 4×4”.

Por eso, actualmente los pobladores de las veredas denuncian un turismo desmedido que amenaza con destruir el frágil ecosistema. Convencidos del daño que el páramo está sufriendo,  han organizado plantones en los límites con la localidad de Usme, para manifestarse en contra de los visitantes esporádicos a quienes acusan de no tener conciencia ambiental.

Los plantones se convocan los fines de semana (que es cuando hay más visitantes), y bloquean la entrada que de Usme lleva al páramo. El acceso queda restringido para cualquier persona, pues no existe otra manera de entrar cuando se viene de Bogotá. Temprano en la mañana, buses pagados por las diferentes organizaciones campesinas recogen a los manifestantes de las 28 veredas para llevarlos a la entrada e impedir el paso de turistas.

Foto: Nicolás Fernández @nicocinq

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Más allá de las entidades oficiales como CAR Cundinamarca y Cormacarena, los campesinos hoy se atribuyen la preservación y el cuidado del páramo desde comienzos del siglo XX. Los líderes de la región cuentan que el Sumapaz los vio nacer y que por eso mismo les pertenece. “Esto debería ser patrimonio de la humanidad“, dice Guerreros cuando habla sobre los millones de frailejones plantados en las montañas.

Del lado de Bogotá, la visión es menos mística. Sumapaz representa una de las principales fuentes hídricas de la ciudad. Y para varios citadinos es, además, un espacio propicio para estar en contacto con la naturaleza. Por esta razón, los bloqueos han representado un problema.  Harold Villay, habitante de Usme, organizaba caminatas ecológicas con estudiantes, pero en dos ocasiones se ha encontrado con plantones que no le han permitido continuar con su trabajo. Villay cuenta que para sus caminatas contrataba un almuerzo con los campesinos de la zona y tenía precauciones al recorrer el páramo. A pesar de eso tuvo que dejar de hacer sus recorridos para evitar quedarle mal a sus clientes por cuenta de las manifestaciones.

También cuenta que en sus encuentros con los plantones sintió que había una “amenaza extraña”, ya que los pobladores “no lo decían directamente, pero parecía que querían dinero” de los visitantes esporádicos. Harold no está en total desacuerdo con los plantones porque cree que “es importante que los campesinos se apropien de su territorio”, pero argumenta que hay campesinos “con ideas muy radicales” y que es necesario llegar a puntos medios.

Foto: Nicolás Fernández @nicocinq

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Según un estudio de la Universidad del Rosario, los campesinos, a pesar del auge de los años del conflicto armado en la región, “siempre han persistido en no perder sus tierras“. Esto sucede, según la investigación, porque esta población no conoce otra actividad y las entidades gubernamentales tampoco se han esforzado por que ellos encuentren otras alternativas para su economía.

El sindicato de trabajadores agrarios por la paz (Sintrapaz), las Juntas de acción comunal y Asosumapaz, son tres organizaciones conformadas por líderes de la zona que aseguran que Bogotá los tiene olvidados y que en el país “no somos ambientalmente educados“, explica Filiberto Baquero, dueño de una tienda de la vereda San Juan, quién a su vez es el líder de la vereda.

Parques Nacionales, la organización encargada de regular el turismo en Sumapaz, expone en su página web tres objetivos de conservación: los arreglos ecosistémicos, las cuencas altas de los ríos y los escenarios paisajísticos. Sin embargo, hasta la fecha no se ha definido en qué partes del páramo se puede hacer agricultura, minería, ganadería o turismo.

Ante esta incertidumbre, líderes campesinos como Edwin René han sido los encargados de convocar los fines de semana a adultos y niños de todas las veredas para ir a la entrada del parque no solo para impedir el paso de turistas, sino para además a exigirle a Parques Nacionales que “por lo menos“ deje opinar a las organizaciones sociales de la región antes de que “el turismo se vuelva insostenible“ y destruya el páramo.

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José, un campesino que habita en las vecindades del páramo. Foto: Nicolás Fernández @nicocinq

Además de culpar el turismo de los bogotanos como razón del deterioro del ecosistema, los habitantes de la vereda San Juan apuntan a los militares también. Según la esposa de Filiberto Baquero, Betty Romero, el Ejército tiene la costumbre de bañarse en las quebradas y de cortar indiscriminadamente el frailejón por sus propiedades medicinales.

Pero ¿Qué proponen los líderes de Sumapaz?

Filiberto, Edwin y Gilberto están de acuerdo en que las personas deberían ir a “intercambiar conocimientos“ mas no de turismo. Es decir, la entrada de estudiantes e investigadores sería permitida, pero el turista común que quiera entrar al páramo no lo podría hacer. Sin embargo privar a los ciudadanos de disfrutar un lugar como Sumapaz, que pertenece a toda la nación, no deja de ser un problema.

Los líderes exigen que las dinámicas de acceso las propongan las organizaciones involucradas en los plantones porque ellos mejor que nadie, conocen “las necesidades de las comunidades y del territorio”, añade Gilberto. También exigen a la entidad de Parques Nacionales Naturales ayude a regular la entrada al parque e imponga sanciones a quienes dañan el páramo.

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Gilberto Guerreros. Foto: Nicolás Fernández @nicocinq

No obstante, de acuerdo con el citado estudio de la Universidad del Rosario, son los cultivos en el páramo los que causan el mayor impacto ambiental, más que el turismo. Para adecuar al terreno para la siembra, se debe quemar el suelo para reducir la acidez y que las semillas germinen. Después de la quema la composición del suelo cambia y elimina la vegetación originaria del páramo. Lo mismo sucede con la cría de ganado, porque el constante pisoteo de la vaca afecta la retención de agua.

FFoto: Nicolás Fernández @nicocinq

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Así que por el turismo, el desarrollo comunitario de las verdeas, el cuidado medioambiental y sobre todo, por el punto muerto en el que se encuentra el debate sobre el bloqueo del acceso, hoy el tema del Sumapaz parece necesitar la intervención de organismos oficiales. Campesinos, turistas y ambientalistas saben que hay un problema que necesita de una solución urgente.

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