Andrea Valencia regresó a su pueblo hace aproximadamente nueve años y creó la Asociación de Mujeres Cacaoteras de la vereda Nueva Vista, que ahora tiene más de 140 miembros. Foto: Cimarrón Producciones.

#ProyectoCOCA | A punta de cambiar cacao por víveres, una líder afro y víctima de la violencia está ayudando a reemplazar los cultivos de uso ilícito en la zona con más coca de Colombia. 

Para llegar hasta Tumaco (Nariño) desde la vereda Nueva Vista hay que hacer un recorrido de tres horas. Primero hay que cruzar en lancha el río Chagüí –con 30 comunidades de afros e indígenas que habitan a sus orillas–  y luego pasar por el Pacífico hasta encontrar la cabecera municipal.

Este es el camino que cada tres días recorre Andrea Valencia, una mujer afro desplazada por el conflicto que decidió regresar a su pueblo cocalero para intentar darle un nuevo aire a punta de cacao: empoderó a sus vecinas, incentivó la sustitución de coca y levantó una tienda en donde ahora cerca de 300 familias intercambian sus granos de cacao por artículos de la canasta familiar como arroz, leche y verduras que ella trae desde el puerto.

Después, una vez los trueques se consuman, ella regresa en lancha a Tumaco cargada de bultos que le vende a la Asociación de Cacaoteros de Nariño. Ya en el puerto, y con dinero para ‘mercar’, el ciclo de Andrea vuelve a empezar.

El modelo ha funcionado y se ha logrado construir después de años de trabajo y lucha. Andrea hoy atiende con candidez a los habitantes de Nueva Vista, pero su historia, como todas, tiene un principio.

Hasta la vista Nueva Vista

Cuando el expresidente Álvaro Uribe impulsaba el Plan Colombia en el 2006, las fumigaciones de los cultivos de coca, el fortalecimiento de grupos armados en el Pacífico y la pobreza obligaron a Andrea y a su familia a salir de Nueva Vista. Cansada de la violencia que sufría esta zona –en la que hoy se concentra una cuarta parte de la coca sembrada en el país– esta mujer migró a Tumaco y solo tres años después tuvo la valentía de retornar.

“Hubo mucho encuentro de la guerrilla con el Ejército, había mucho miedo, tiroteos… Por eso muchas de las mujeres que vivíamos en el río nos desplazamos, porque también nos mataban esposos, hijos, sobrinos, líderes. Yo salí, por ejemplo, cuando dos de mis hijos se fueron a prestar servicio porque el rumor era que a las mamás de los soldados las mataban”, cuenta Andrea desde su finca en la vereda.

A mediados del 2009, de la mano de su esposo y de sus cuatro hijos, Andrea volvió expectante a Nueva Vista, a rehabitar esa tierra que comparten unas 300 familias. Sin embargo, no encontró nada diferente que cuando se fue. El reclutamiento de menores por parte de grupos al margen de la ley, la siembra y venta de coca y la miseria aún posaban cual sombras de árbol robustecido sobre Tumaco y su gente. “Cuando retorné –cuenta Andrea– vivíamos solos y muy tristes, apenados de ver que uno no tenía de qué vivir, no teníamos trabajo, ni tierras, pasábamos hambre. Por eso empecé a soñar con una organización de mujeres, para que nos tuvieran en cuenta y supieran que existimos”.

Como el Estado se ha visto a gatas para ayudar a los campesinos de las zonas históricamente afectadas por cultivos de uso ilícito, Andrea se ideó un plan para cambiar la situación, o al menos intentar cambiar la de su comunidad. Comenzó a hablar con las mujeres sobre las consecuencias que la coca le traía a sus familias y así nació la Asociación de Mujeres Cacaoteras de la vereda Nueva Vista: un grupo que hoy cuenta con 140 integrantes.

“Ella decía que quería volver a su río, a su campo, pues siempre hemos vivido de eso, de criar gallinas y trabajar la tierra. Empezó a decirles a las mujeres de la vereda que hicieran sus fincas agrícolas, que convencieran a los hombres de su casa, a sus esposos, hermanos, hijos y abuelos y que juntos empezaran a cultivar cacao, que ella les ayudaba”, cuenta Joel Quiñones Valencia, su hijo mayor.

Según dicen en Nueva Vista, para ese entonces ningún programa de gobierno lograba convencer a los hombres, quienes por lo general eran los encargados de las principales actividades agrícolas , de empezar a sustituir la coca por otros cultivos.

No obstante, poco a poco, aunque con firmeza, las fincas de Nueva Vista e incluso muchas a orillas del río Chagüi dieron el salto de lo ilegal a lo legal, pese a las dificultades que estas actividades seguían representando. “El cultivo de coca en la vereda ya es poco, lo que más tenemos es cacao”, comenta Andrea.

Como son zonas de dificil acceso, no hay vías para el transporte de los cultivos, el traslado en lancha para vender su producción en la cabecera del municipio es sumamente costoso (80 mil pesos ida y vuelta) y la falta de educación aún hace que decenas de familias vulnerables se desplacen con el fin de buscar mejores oportunidades por fuera. Es decir, su tierra sigue reuniendo todos los problemas históricos (que en varias oportunidades hemos relatado en Proyecto Coca) que han tenido los esfuerzos de sustitución, magnificados además por la complicación que supone el acceso fluvial a la zona.

“Por muchos años nos han tenido olvidados. En la vereda no hay ayuda a la gente, ni tampoco colegio para los niños. Solo contamos con una escuelita que va a hasta quinto primaria y luego los niños o les toca ponerse a trabajar o le toca a uno desplazarse con ellos lejos del campo si quiere sacarlos adelante”, cuenta Joel, quien vive en Tumaco y solo se comunica con su madre cada cuatro días, por lo difícil que resulta la comunicación desde Nueva Vista.

Andrea empoderó a las mujeres de su vereda y ahora, con la tienda que administran, los campesinos de zonas de difícil acceso pueden intercambiar sus cultivos de cacao por productos de la canasta familiar. Foto: Cimarrón Producciones.

Una tienda en el río Chagüí 

El ahorro y el emprendimiento que Andrea impulsó desde su regreso, la han ayudado a transformar veredas que antiguamente vivían solo del cultivo de hoja de coca. En su tienda comunitaria los campesinos pueden intercambiar su cacao cultivado por artículos básicos. Un trueque que, de manera imprevista, a la vez que facilita que las personas de territorios alejados puedan satisfacer sus necesidades sin  gastar una fortuna en transporte y tiempo, promueve la sustitución voluntaria de cultivos.

Una pesa plateada y con bordes raspados de tanto uso es la herramienta que hace magia en la ‘Tienda de paz del río Chagüí’: en ella todos los días pesan los kilos de granos de cacao que traen los agricultores y, de acuerdo a cómo esté su precio según el mercado internacional y la Tasa Representativa del Mercado (TRM), las personas cambian su producción por aceite, arroz, verduras, pollo, lácteos y hasta elementos que puedan necesitar para la actividad de siembra como abono y botas.

Cuando la Fundación Bavaria y la Corporación Interactuar lanzaron el proyecto ‘Tiendas de paz’ a principios de 2017, con incidencia inicial en Antioquia, La Guajira, Sucre, Nariño y Bolívar, Andrea y su grupo de mujeres líderes se postularon. Para su fortuna –y ahora la de 3.000 campesinos más–, su asociación cacaotera fue escogida para administar la primera tienda de paz en Nariño y, desde entonces, este negocio ha ayudado a reactivar la economía local de 27 veredas a las orillas del río.

“Yo lloré, sentí mucha alegría, se me salían las lagrimas a cántaros de ver que mi sueño de cambiar el nivel de vida de mis compañeras poco a poco se iba cumpliendo. Para la gente del río ha sido una motivación muy grande, siempre me dicen que nunca deje terminar la tienda, que eso les devolvió la vida en el río”, cuenta Andrea cuando recuerda el día que inauguró su tienda.

La Tienda de Paz del río Chagüí está ubicada en zona rural del sur de Tumaco y abastece a más de 30 veredas que habían a la orilla del afluente. Foto: Corporación Interactuar.

“Sin vías de acceso y sin medios de transporte, cuyo costo por la lejanía sumen más a esta gente en la pobreza, la sustitución voluntaria en estas zonas se convierte en una labor prácticamente imposible. Tal vez utópica”, explica Leonardo González, investigador y coordinador de proyectos de Indepaz, quien conoce a Andrea porque desde el instituto han trabajado con esta comunidad. En Tumaco, como en muchas regiones del país, el problema es que la hoja de coca tiene compradores en la puerta de la casa mientras que otros productos agrícolas están sujetos a los problemas logísticos ya enunciados.

“Por eso ese recorrido tan largo que hace Andrea cada tres días en lancha para abastecer su tienda y mantener el trueque de cacao resulta tan impactante. Tanta fuerza han cogido las mujeres y su trabajo en esta zona rural de Tumaco, que ahora ellas son las que le dan trabajo a los hombres. Ellas administran la tienda, las capacitaciones de los cultivos de cacao y su comercialización, y los hombres por su lado ayudan a descargar y organizar los víveres que Andrea trae desde la capital del municipio y con todo lo demás que ellas necesiten para sus actividades”, añade González.

Tanta fuerza han cogido las mujeres en esta zona rural de Tumaco, que ahora ellas son las que le dan trabajo a los hombres

Andrea es la que más vende de todas las ‘tiendas de paz’ que hasta el momento hay en Colombia aunque, paradójicamente, no es ni de cerca la más rica. Su negocio mueve alrededor de 30 millones de pesos al mes, pero sus ganancias son casi nulas si se tiene en cuenta que los precios de los víveres los mantiene prácticamente iguales a como los consigue en cada recorrido hacia Tumaco. “No le gano mucho porque el transporte nos da duro. A mí lo que me interesa es que a los que vengan a comprarme, el pesito que traigan les rinda. La situación es muy dura y a mí me da pena que lleguen y no les alcance”, dice.

La tienda de paz de la vereda Nueva Vista funciona en medio de enfrentamientos entre grupos armados que se disputan el negocio del narcotráfico en la zona. Foto: Cortesía Indepaz.

Entre la prudencia y el silencio para seguir

Desde la llegada de la primera ‘Tienda de Paz’ en Nariño, los habitantes de Río Chagüi reciben capacitación y los agricultores locales han tratado de hacer sustentable su producción. Sin embargo, para que el negocio pueda abastecerse sin inconvenientes se necesita un esfuerzo mancomunado que no resulta tan fácil en un lugar que donde por años los grupos armados se han disputado el control del territorio y el negocio del narcotráfico.

Hoy en Nueva Vista, que es un punto de ubicación clave para el transporte de coca hacia la frontera ecuatoriana, se mueven los disidentes de las Farc de alias ‘Guacho’ y alias ‘David’, así como una banda criminal –o bacrim– que se hace llamar ‘Nueva Generación’. El miedo se siente desde el silencio ruidoso que emana cuando se le pregunta a Andrea o a sus cercanos por posibles amenazas a razón de su trabajo.

Por eso, muchos líderes como Andrea sobreviven a punta de prudencia y sin mostrar de a mucho las bondades que sus actividades le traen a sus comunidades. “Ellos no se han metido con nosotros gracias a Dios pero uno mantiene ese recelo y ese miedo porque uno no puede confiar”, asegura la líder.

“Ellos siempre han convivido con grupos armados, sean las Farc antes o ahora las disidencias y los grupos paramilitares. Sin embargo, la gente de la vereda afirma que con ‘Guacho’ no saben qué esperar, porque lo que se ha evidenciado es que, a diferencia de las Farc, él no tiene una disciplina o una estructura bien organizada. En cualquier momento temen que haya una masacre o que los saquen. Hasta el momento los han dejado trabajar con su tiendita porque con toda la coca que se siembra en Tumaco, que esta pequeña vereda deje de cultivarla no representa una afectación importante a las finanzas de los grupos armados. No les afecta sus intereses pero hoy tienen más temor que antes”, cuenta el coordinador de Indepaz.

Además, desde finales de 2017, la Policía Antinarcóticos alertó sobre la presencia de integrantes de carteles mexicanos en al menos 10 departamentos del país, tras la salida de las Farc de esos territorios: Antioquia, Cundinamarca, Norte de Santander, Valle del Cauca, Nariño, Cauca, Meta, Guaviare, Vichada y Córdoba.

Ellos no se han metido con nosotros gracias a Dios pero uno mantiene ese recelo y ese miedo porque uno no puede confiar.

Hoy, de acuerdo con la comunidad, en Nueva Vista solo un 10 o 15 % de los campesinos todavía continuan con la siembra de hoja de coca. Andrea no les cierra la puerta a su tienda, pero deben pagarle a la tienda con dinero. El trueque es un lujo del que solo disfrutan los cacaoteros.

Cada vez que Andrea regresa de sus trayectos semanales, con los que surte su tienda, parece un Papá Noel. O al menos así la ven los niños que la ven llegar desde lejos en dos o tres lanchas repletas de mercado.

Algunos le dicen a esta tiendita entre risas el “nuevo centro comercial de Tumaco”, por la cantidad abrumadora de personas que se reunen a su alrededor cada vez que llega con comida y la acomoda en las repisas de aluminio que rodean sus paredes blancas. Entre tanta gente que no tiene más que su río y su campo, la tienda de Andrea también es un lugar para reunirse, compartir y reconstruir historia en medio de un abandono estatal que ha convertido los problemas en paisaje.

“Es una recreación, una alegría tremenda para el río. Aquí juegan dominó, juegan naipes, juegan parqués, las muchachas fritan, se venden empanadas, tortillitas, fritanguita… ¡Esto ha revivido a la vereda porque estaba acabada! Prácticamente estaba en el monte, pérdida en la violencia, pero ya la gente esta haciendo más casitas, las personas están regresando a su campo”, comenta emocionada Andrea, antes de despedirse.

 

Sobre Andrea y el trabajo en general del proyecto de tiendas de paz en Colombia Discovery Channel realizó un pequeño documental. Acá lo compartimos. 

Si conoce o hace parte de iniciativas para la construcción de paz o transformación social como la de Andrea y quiere compartir su historia, puede escribir al correo silvia.mendez@pacifista.co

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