Ilustración: Juan Rubio

OPINIÓN | Quizás no se presente una segunda cita, concluyan ustedes.

Por: David Díaz

Yo creía que todos, comparados con las fotos que ponemos de nosotros mismos en las redes sociales, éramos más feos en persona. Pero ella no. Nos encontramos en un centro comercial y, cuando la vi de lejos, le pedí a yo no sé quién, en silencio, que fuera ella con la que había estado hablando durante una semana por Tinder. Y sí.

Nos sentamos a tomar un café, nos caímos bien. En un momento comenzamos a hablar sobre cine, y yo le pregunté si ya había visto Avengers, porque yo (y me señalé a mi mismo) no (y negué con el mismo dedo). Ella tampoco. Compramos las boletas y entramos a la sala de cine. A ella le dio frío, sacó de su maleta unos guantes y se los puso.

Pasaron el corto de una película sobre la naturaleza, al estilo de Earth. A una niña que estaba junto a nosotros le perecieron muy bonitos los animales que mostraban. Mi cita de Tinder, en cambio, como un robot, comenzó a decir, como para que no solo la escuchara yo, “en peligro de extinción”. Aparecía un oso perezoso -en peligro de extinción-, mono tití, -en peligro de extinción-, jirafa -en peligro de extinción-, colibrí -en peligro de extinción-. La miré, orgulloso de ella.


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Thanos es el malo de la película. ¿Qué quiere? Conseguir las seis gemas que controlan el tiempo, la realidad, el espacio, la mente y el poder, para así destruir, al azar y fácilmente, a la mitad de la humanidad. Él cree que así ayudará al universo, que se ha convertido en un lugar insostenible. Le quiere dar un respiro al universo; para él, su meta es bondadosa y justa. Es la personificación del dictador, quien no pone a votación sus capacidades como gobernante, no duda de su bondad y es soberano sobre el camino correcto para todos.

Al final de la película le pregunté que cuál de los Vengadores le había gustado, con cuál se había identificado. Con ninguno, me dijo, con Thanos. Yo me reí y le pregunté que por qué. Ella me contestó que porque tenía la razón. En ese momento le vi arrugas en la quijada y sus guantes me asustaron. ¿Crees que debe matarse a la mitad de la población porque el resultado será bueno para la vida?, le pregunté. Sí, me dijo, claro, ¿te acuerdas de todos los animales en el corto que están en peligro de extinción? La causa de ese desequilibrio, de ese peligro de muerte acelerado, somos nosotros y serán los hijos que vendrán. Cada vez hay menos agua potable, los ríos se llenan de petróleo o desaparecen.

Los animales que más garantías evolutivas tienen de sobrevivir son las gallinas, las vacas y los cerdos, y solo porque nos los comemos y hemos inventado maneras para que se reproduzcan infinitamente. Pero ¿de qué les sirve a las gallinas ser muchísimas si las tienen encerradas durante casi toda su vida, sin poder moverse? El método de Thanos, además, es imparcial. Las muertes son al azar. Él no selecciona a nadie para morir, lo hace sin distinciones sociales o culturales. Actúa, además, por el bien que vendrá, que es mejor que el bien que pueda hacerse con todos nosotros vivos. Es soberbio, pero bueno.

Oye, le dije, pero Thanos tiene que hacer sacrificios espantosos. ¿Qué pasaría si alguien a quien ames muere en esa selección imparcial y tú quedas viva? ¿No te daría vergüenza moral ser una sobreviviente? Ella me dijo: no hay que ser egoístas, debemos pensar en la vida en general, salirnos de nuestras burbujas sentimentales. Su guante ya estaba completo.


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Mientras me decía esto, yo pensaba en su cinismo, ese recurso tan frecuente entre la derecha y la izquierda extremas, desde el cual se justifican los actos presentes en pro de futuros mejores, esa manera de ver a los muertos del presente como fertilizantes del futuro. ¿No ha sido la lógica de la “legítima” defensa de los paramilitares una excusa para matar a los que interrumpen el “orden”, el “desarrollo”, la “paz” y el “buen vivir”? ¿No es la misma lógica que le encuentra más peros a la negociación con los grupos disidentes que a la intervención militar? ¿Todavía alguien piensa que la consecuencia de la guerra es la paz? ¿No es paradójico, entonces, sacrificar la vida en pro de la vida?

Es una forma del cinismo por la cual los fines justifican los medios. No es doble moral; es una moral diferida en la que lo bueno o lo malo solo tienen sentido si se miran con los lentes del futuro, es decir, no se puede decir si algo es bueno o malo en el presente. Es una moral pretenciosa y fatal. Solo las personas del futuro podrán decir si este presente ha sido bueno o malo, si las muertes “valieron la pena”, como si de alguna manera pudieran valer la pena. Es de una arrogancia gigante pensar que mis actos serán buenos para el futuro y por eso deben llevarse a cabo, y que no estoy haciendo nada malo si se mira en prospectiva.

Salimos del centro comercial. Ella me invitó a una cerveza, pero yo la rechacé. Le dije que tenía una reunión familiar. Nos despedimos, y mientras yo caminaba y pensaba, indignado, me iba desintegrando. Me fragmentaba en millones de pixeles pequeñísimos a los que parecía que se los llevaba el viento y desaparecían.

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