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María Eugenia Cruz tiene 47 años. Foto: Aitor Sáez

Por Aitor Sáez

–¡Dejen a la muchacha! –gritó un vecino desde su ventana.

–¡Cállate o te matamos! –respondieron los tipos.

“Cuando me arrastraron por el barrio mientras armaba bulla, solo un vecino hizo un gesto. Tras la amenaza de uno de mis captores, su rostro desapareció entre las cortinas”. Los chillidos de María Eugenia Cruz continuaron durante horas mientras uno de los tipos la violaba. En aquel humilde barrio de Malambo (Atlántico) nadie hizo nada.

La agresión se repitió en cuatro ocasiones. “Era la moneda de mis secuestradores para pagar favores a militares con mi cuerpo”, asegura. En ese entonces tenía 16 años. Pasó un año raptada en varias viviendas de Barranquilla y Malambo, e incluso llegó a enamorarse de su captor. “En la casa donde me tenían se reunían miembros de las Fuerzas Armadas. Lo sabía por sus conversaciones sobre el Batallón cercano a donde estaba y porque a veces venían uniformados. Las violaciones fueron de dos cabos”, denuncia por primera vez a ¡Pacifista!.

María Eugenia ignora el nombre del barrio, cercano a un monte, pero sí que aquellos tipos tenían amedrentados a los pobladores. “Podría volver con los ojos cerrados a la calle por donde me llevaban con la boca tapada”, cuenta. Ni siquiera le tiemblan los labios ni aparta la mirada.

Su historia recuerda a la reciente película de Víctor Gaviria, ‘La mujer del animal’. Su caso va más allá: “Yo fui la mujer de muchos animales”. No contó a nadie su sufrimiento hasta más de veinte años después: “Sentía miedo, vergüenza y culpa. Y así en Colombia todavía hay muchas mujeres de animales”.

Ella sintió vergüenza porque en la costa la sexualidad todavía es un tema tabú y la pérdida de la virginidad tiene mucho valor. Una mujer desvirgada pierde valor, cuenta. Sintió culpa por haber caído ella misma en ese engaño. Sintió miedo de que se repitiesen las palizas que le provocaban mareos.

“Callarlo genera mucho más daño, pero en aquel entonces todavía no entendíamos que la violencia sexual era un delito”, afirma la mujer a sus 47 años, y añade: “las violaciones son una lacra demasiado normalizada que apenas genera indiferencia”.

La misma bondad de Maru, como conocían a María Eugenia en su vecindario de Cartagena, la hizo caer en ese infierno. La joven iba a visitar a la cárcel Nacional de Ternera a un muchacho de calle que meses atrás la había defendido de un abuso y a quien habían condenado por una estafa que ni siquiera podía haber cometido porque era analfabeto. En una de esas visitas, siempre a escondidas de su familia, uno de los encarcelados le pidió el favor de pedirle unos documentos a su abogado. Aceptó sin pensarlo.

Al acudir a la cita, el supuesto abogado acabó siendo su carcelero y posteriormente, su amante: “Le mostré el billete de dólar partido para demostrar que en efecto me enviaba ‘su cliente’. De repente me advirtió de que me había metido en un lío, que se lo diría a mis hermanos, y que luego los mataría”, relata Maru: “Puro cuento. Me engañó. Quería vender mi virginidad”. Por temor a que le sucediera algo a sus familiares accedió a la advertencia del supuesto abogado de quedarse aquella noche en un hotel para ‘resolver el asunto’.

“Era mi primera noche con un hombre, pero nunca me tocó, por eso le cogí algo de confianza”, explica. Al amanecer salieron a Barranquilla con el mismo pretexto y pasaron otras tres noches en hotel hasta que la llevó a casa del supuesto hombre que les iba a ayudar: sería su primer agresor, de unos 40 años. “Por primera vez, el ‘abogado’ me empujó para meterme a la habitación del otro tipo. Entendí que ahí comenzaba algo muy largo”, recuerda Maru imitando el sonido de aquella palmada en la espalda segundos antes de su primera violación y también su primera relación sexual: “Pese a mi formación conservadora, en esos momentos no pensé en mi virginidad, ni siquiera en mí, sino en mis hermanos”.

Precisamente ellos fueron los primeros en guardar silencio. “Pensaron que estaba muerta, pero aun así, no movieron un dedo para encontrarme. Aún guardo cierto resentimiento”, asevera. En su colegio, donde era una de las alumnas aventajadas en décimo grado, pensaron que se había escapado a alguna otra parte. Nadie se extrañó ni pensó lo peor, o prefirieron no pensarlo, pese a que antes de abandonar Cartagena llamó a una amiga para explicarle lo sucedido.

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La protagonista de la historia a sus veinte años. Foto: Cortesía María Eugenia Cruz.

Después de varias semanas de violaciones, la trasladaron a Malambo –municipio del Atlántico de unos 100.000 habitantes por entonces. Al comienzo obedeció las órdenes de quedarse quieta ante las amenazas de matar a su familia. En su habitación apenas tenía un ventilador. Por las tardes veía televisión en casa de una vecina, a la que nunca contó nada por temor de ponerla en riesgo.

En la casa donde vivía se reunían a diario militares del Batallón cercano. A veces entregaban los uniformes a mis captores. “Después de muchos años, tras entender el conflicto, comprendí que los que me tenían retenida eran paramilitares”. Fue en alguna de esas reuniones cuando vendieron su cuerpo a un par de cabos que la violaron hasta en cuatro ocasiones.

–¡Ayuda! ¡Sálvenme! ¡Me están pegando! –gritaba Maru por aquella calle hacia la otra casa donde se cometieron los abusos.

Incluso hasta en la situación más extrema, nunca vociferó que la estaban violando. “Con el tiempo me di cuenta que la conciencia que nos inculcaron estaba por encima de la propia integridad física. Me hubiesen podido matar antes que gritar que me estaban violando. Sin quererlo”, considera.

A medida que pasaba el tiempo y las reuniones de militares, su vida corría mayor peligro. la amenazaban diciendo “Usted no va a salir viva porque tiene demasiada información”. Maru solo arriesgó su vida para salvar a un vecino cuando le advirtió a la esposa de este que lo iban a matar por escuchar conversaciones ajenas. Por eso recibió una de las muchas palizas que sufrió: “Yo era muy rebelde y a veces cuando me molestaban con acostarme con alguno o cualquier otra cosa, yo discutía. Entonces me golpeaban con patadas, pero cuando me hacían moretones en la cara, me encerraban varios días en el cuarto”.

Pese a los incidentes, sus captores trataron de sobrellevar el secuestro con normalidad. El 25 de mayo de 1986 le entregaron una cédula falsa y la llevaron a votar en un bus junto a otros vecinos en las elecciones presidenciales en las que salió elegido el liberal Virgilio Barco Vargas. En algunas ocasiones la llevaban a pasar el día con ellos a otras ciudades costeras. En uno de esos trayectos se produjo su primer intento de fuga.

“Me escondí durante tres horas en una terraza hasta que me encontraron. La paliza fue de las peores”, asiente la mujer, quien durante los golpes reclamaba a sus agresores por qué no la mataban de una vez. Tras el episodio, la trasladaron a casa de los tíos de su carcelero, el hombre que la engañó desde inicio. Tampoco sospecharon nada. En ese periodo se produce el segundo intento de fuga. Tras esconderse varios días en casa de una mujer en El Concorde, en el mismo Malambo, descubren su paradero y amenazan a la dueña de casa. Maru se entrega: “¿Por qué iban a morir otras personas por mi culpa”.

De vuelta al hogar de los tíos de su captor, se entera que durante esos días han matado al señor de la casa. Sus secuestradores la obligan a realizar un seguimiento a la esposa, con quien vivía, para averiguar lo que estaba indagando. Nunca delata a la mujer, quien en efecto estaba investigando el asesinato de su marido. Motivo que le cuesta a Maru repetidos maltratos físicos.

Por esos días, el arrepentimiento de su carcelero dará un giro en su destino. “Se puso a llorar y me pidió perdón por todo. No sé si como medida de protección sentí compasión y en cierto modo me enamoré. Esa noche estuve con él”, narra. Tras un año de cautiverio, Maru experimentó el Síndrome de Estocolmo, en el que la víctima desarrolla un fuerte vínculo afectivo con quien le ha hecho daño.

La sacó de Malambo para Barranquilla. Desde entonces mantuvieron una tormentosa relación hasta que Maru se fugó definitivamente. “Corrí durante mucho tiempo, a mí se me hizo una eternidad, hasta llegar a un abasto. Después de convencer a la dueña, me acogió en su casa durante un par de meses hasta que me pagó el pasaje para regresar a Cartagena”, cuenta sobre lo que imaginaba iba a ser el final de su calvario.

“Mi cuñada, la que más me apoyó, lloró de la alegría cuando me vio aparecer”, recuerda sobre un efusivo regreso en que no contó nada de lo sucedido y que se empañó por el acoso de su carcelero-amante: “Me seguía a todas partes, me amenazaba. A temporadas vivía con él, luego me fugaba”, cuenta. Durante ese complejo romance, Maru vertió todo su odio en él, a quien humillaba por haberla dejado perder la virginidad con otros hombres, poniendo en duda su masculinidad. Dos años después empezó a dejarla tranquila.

Aquella experiencia quebró todos los planes de Maru de ser abogada o periodista. Aun así, nunca desistió de estudiar y terminó su Bachillerato tras regresar a Cartagena. Abrió su propio almacén de ropa. Su vida se estabilizó durante los siguientes años, a comienzos de los noventa, cuando empezó a salir con otro hombre. Sin embargo, su traumática experiencia le seguiría persiguiendo.

“La violación es la expresión más salvaje de violencia. Uno nunca la supera”, advierte sobre la causa de su comportamiento durante su relación posterior con un hombre. “Me negaba a tener relaciones sexuales, a tener una vida normal. Sentía asco por mi novio. Él me cobraba no ser virgen. Todo desencadenó una violencia intrafamiliar. En una ocasión, terminé hospitalizada psiquiátricamente y los médicos me obligaron a pedir perdón a mi marido y comprometerme a cumplir con mi deber de esposa”, relata sobre sus diez años en pareja con el padre de sus dos hijas.

Tras separarse de él en el 2003, comienza a implicarse en el activismo por los derechos de la mujer a través de la Coordinadora Nacional de Desplazados en Cartagena. Por esa lucha ella y sus compañeras reciben amenazas de paramilitares que culminan en 2007 cuando hombres armados se presentaron en su casa. Decide abandonar su ciudad para mudarse a Bogotá, donde llegó de la mano de las organizaciones de mujeres con las que venía trabajando y se instaló en el barrio Patio Bonito.

Ya en la capital inicia una encarnizada lucha por el cumplimiento del Auto 092 para la protección y atención de las mujeres. En esa llegada fue cuando Maru se armó de valor para contarle a una de sus compañeras su historia, quien le respondió que mejor no dijera nada sobre el tema por haber militares implicados. Entre nosotras hablábamos temas de derechos de las mujeres, pero a pesar de nuestra mentalidad feminista, todavía era bastante tabú la violencia sexual, aunque muchas la habíamos sufrido. El grupo donde también participaba Angélica Bello, reconocida líder feminista, se enfrenta al Gobierno de Álvaro Uribe y su sucesor Juan Manuel Santos en una batalla en la que ella y sus hijas sufrieron la persecución del Estado.

“En 2012 entraron a mi casa para robarme el computador y amedrentaron a mi hija Kerly, de entonces 15 años que estaba con su bebé de seis meses”, cuenta Maru, quien en ese momento se encontraba en un acto por la visita de Michelle Bachelet, actual presidenta de Chile y que aquel 11 de setiembre aterrizaba en Bogotá como Directora Ejecutiva de ONU Mujer.

Maru sostiene que con el robo del computador el único objetivo era obtener información, porque uno de los ladrones le pidió el número de teléfono a su hija y no dejaban de repetir que no me dijese nada. “Si alguien entra a robar, coge el computador, dinero, y si quiere algo con mi hija no le pide su número. No actúan con esas formas”, argumenta.

Varios meses después, otros hombres asaltaron a la salida del colegio a su otra hija menor, Natalia, entonces de 13 años, junto a una amiga. “Ustedes están metidas en esto por culpa de la hijueputa defensora”, les reclamaban los asaltantes. De nuevo silencio: las niñas recorrieron seis cuadras con la cara tapada, por donde podían escuchar pitidos de carros pasando cerca, y nadie reaccionó. “Uno de ellos quiso manosear a mi hija y otro lo paró pidiendo que respetase que ese no era el trato”, detalla Maru. Finalmente soltaron a las niñas en un callejón tras demorarse el carro en que iban a escapar.

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La activista durante una marcha por la defensa de las mujeres. Foto: Cortesía Rommel Rojas Rubio

En ese momento de las tres horas de entrevista, Maru aparta la mirada y se acaricia las manos. “Hace apenas dos años que le conté a mi hija menor toda mi historia, mi otra hija todavía no lo sabe. No me he atrevido”, reconoce casi disculpándose. La reacción de Natalia fue agarrarse el cabello de rabia para luego entender la sobreprotección de su madre.

Esas fueron las represalias contra Maru. Otras de sus compañeras sufrieron mayores consecuencias. “Al principio nos hacían seguimientos, amenazas telefónicas, panfletos con nuestros nombres… hasta que empezaron a violar a algunas de nosotras. Entre otras, a Angélica Bello”, cuenta Maru.

Durante una audiencia abierta Ángelica pidió auxilio psicosocial al presidente Santos, quien se comprometió a garantizar atención para las mujeres víctimas de violencia sexual. A las pocas semanas, Angélica se disparó por desesperación en el Cesar con el arma de su escolta, mientras realizaba una de las numerosas giras por las regiones para empoderar a las mujeres.

A partir de ese suicidio, que todavía guarda misterios, Maru y otras once compañeras decidieron crear en 2013 la Corporación Mujer Sigue Mis Pasos en homenaje al incansable camino de Angélica Bello. La organización ya ha atendido alrededor de 800 mujeres víctimas de desplazamiento y violencia sexual en todo el país, que luego en su mayoría se han articulado en la corporación. Su trabajo se ha centrado en la visibilización de la problemática –según ella, registraron más casos de mujeres que la Unidad de Víctimas– a través de la creación de un modelo de denuncia colectiva que las protegía.

Su ardua labor, valentía y la difusión en varias ONGs internacionales llevaron a Maru a ser escogida para viajar a La Habana y dar testimonio de su caso a finales de agosto de 2015. “Soy optimista en que el Proceso de Paz ha generado un escenario importante de participación para la mujer. Si luego el Gobierno no cumple, nos sentiremos utilizadas”, afirma sobre la diferencia con el proceso de Justicia y Paz que, según ella, las violaciones ni siquiera se contemplaron y dejaron a los violadores impunes conviviendo con sus víctimas.

La Habana fue una oportunidad de contar “el caso de todas”, como denomina a la violencia sexual. “Casi nunca pienso en mi caso, cada vez que conozco una nueva historia, me parece más dura. Todavía no se ha podido dimensionar la magnitud del problema porque no existen garantías”, reconoce.

Al regresar de Cuba, se redobló la estigmatización y la persecución. “Algunas me conocían como ‘la mujer violada de La Habana’. También recibí amenazas por Internet tachándome de guerrillera”, explica sobre unos hechos que le hicieron acceder a aceptar la protección de dos escoltas, que tres años atrás había rechazado: “Con el Acuerdo de Paz, me siento incluso más amenazada. Ahora están matando más que nunca”, afirma Maru, quien prefiere salir lo menos posible de su casa para evitar que la vean con hombres armados.

Su madre sufrió esa misma violencia de adolescente. Se lo contó a Maru con los años. Su padre siempre fue tierno y a la vez estricto con su educación. Ambos formaban una familia campesina humilde en Neiva (Huila). Fruto de la “injusta desigualdad” que vivió en su casa frente a los terratenientes, como recuerda, Maru se reveló desde los diez años cuando comenzó a participar en sus primeras protestas.

Su infinita sensibilidad la sumergieron en las tinieblas. Por las noches todavía sufre pesadillas. Se emociona al escuchar ‘Con Nombres de Mujer’, de Sole Giménez, una canción que entonó junto a la cantante española durante un acto benéfico de Oxfam Intermón, ONG para quienes escribió un texto titulado ‘Esta no es mi guerra’. Fue víctima de un conflicto a las puertas de superarse, pero sobre todo, víctima de un machismo lejos de vencerse. Todavía desconfía fuertemente de los hombres.

“Tuve muchos deseos de venganza pero con el tiempo me di cuenta que no servía de nada. No quería transmitir ese odio a otras mujeres. Eso sólo perpetúa la sed de venganza sin solucionar nada”. Entre el perdón y el castigo prefiere escoger ambas como remedio porque siente que responde por todas las mujeres y cada una tiene su proceso.

“No me gusta que me llamen sobreviviente. Se sobrevive a un terremoto, pero no a un delito que se pudo prevenir. Si me presento como sobreviviente renuncio a que se haga justicia y aquí tanto el Estado como la sociedad tiene responsabilidad”, concluye. Su valentía la sacó del pozo y la llevó a representar a centenares de mujeres. María Eugenia nunca fue mujer de nadie, menos de un hombre. Tan sólo fue mujer de animales.

 

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