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Foto: Juan Miguel Álvarez

Liza Fernanda, la niña que en medio de la tragedia descubrió que quería salvar vidas. Fotos: Juan Miguel Álvarez

Por: Juan Miguel Álvarez

I.

En Toribío, todos recuerdan con precisión qué estaban haciendo cuando estalló la chivabomba*. Era un sábado a media mañana, principios de julio de 2011. Durante la semana había hecho sol pero esa vez amaneció ligeramente nublado y con ganas de lluvia. Era día de mercado: el parque estaba cubierto por los toldos en que los campesinos ofrecen sus productos. A un costado, frutas, verduras y granos. Al otro, ropa, utensilios de hogar y cachivaches. Y en el lado más empinado, la carne al aire libre. Nada alentaba presagios funestos. La época más dura de la guerra había tenido lugar años atrás y los habitantes del pueblo sentían o imaginaban que la violencia había menguado.

La señora Margarita Escobar, empleada en la Alcaldía, se encontraba en el segundo piso buscando un contrato en el archivador. Bajó las escaleras con el documento en la mano cuando empezaron a tronar las ametralladoras en las cercanías. Algunas personas se resguardaron en esa oficina y Margarita se encerró en el baño. «¡La guerrilla…la guerrilla!», gritaban en la calle y se escuchaban las pisadas de la gente en desbandada. Margarita se quedó de pie unos segundos, expectante. No sentía un miedo particular. Nacida y criada en Toribío, ya estaba acostumbrada a que las Farc se tomaran el pueblo, a que la policía repeliera el ataque, a que llegaran los helicópteros y comenzaran los ametrallamientos desde el aire. Pero en vez de descubrir el aleteo próximo de un Black Hawk en medio del sordo escándalo del pánico, escuchó una explosión que nunca antes había sentido, seguida de un temblor de tierra y del crujido al únisono de todas las ventanas y cristales alrededor. Luego, los gritos, el llanto de las personas, la llamadas de auxilio. Abrió la puerta y comprobó que en la oficina todos estaban tirados en el suelo boca abajo cubriéndose la cabeza con las manos, y que el cielo falso de la primera planta se había desencajado y que los estantes con los archivos se habían ido al suelo. Las paredes, como en ninguna ocasión anterior, se habían cuarteado. “¡¿Qué pasó?!”, se preguntó en un grito. En la calle, vio cuerpos en sangre arrastrándose por el suelo, gente temblorosa acurrucada contra las paredes, otros corriendo sin destino, aturdidos. Ella misma se sentía mareada y con los oídos taladrados por el pito agudo que deja un estallido. Levantó la mirada y notó una columna de humo negro que se enroscaba a manera de hongo muy cerca del comando de policía. Vio guerrilleros tomando posiciones de disparo entre las bancas del parque y vio al padre Ensio, párroco de Toribío, salir de la casa cural con un megáfono para decirle a la gente, con su acento italiano, que mantuviera la calma, que no saliera de las casas, que los que estuvieran por ahí ayudaran a levantar heridos. Y escuchó que el padre le reclamó a la guerrilla cómo habían sido capaces de estallar una bomba de semejante poder en pleno día de mercado, cómo habían sido capaces de cometer un ataque contra el pueblo sin medir los daños ni las víctimas civiles, cómo habían sido capaces de querer volar en mil pedazos el comando de policía con los agentes adentro. Y vio que el padre se agachó para ayudar a un herido, sin soltar el megáfono, tras de lo cual Margarita sintió que volvía en sí o que salía de la estupefacción y que todo lo anterior lo había procesado en cámara lenta y ya recobraba su velocidad real. Sin perder más tiempo, corrió para decirle al padre que estaba lista para auxiliar heridos.

Dos horas antes de la explosión, Otoniel Camelo vio la chiva estacionada enfrente de su casa. Notó que el capacete estaba cubierto con una lona que parecía proteger la carga de la lluvia. Por los bordes que no quedaban bien amarrados alcanzó a distinguir costales de café, de naranjas y racimos de plátano. Sin pasajeros, el conductor no se veía por ahí. Aunque no era habitual que una chiva parqueara en esa calle, ningún vecino sintió nada sospechoso. Además, era conocida en el pueblo. Cada sábado la veían bajar de las montañas cargada con los productos de los campesinos y volver a subir, a media tarde, llena de gente.

Otoniel volteó la mirada y se dedicó a atender su tienda. Como era sábado de mercado, se encontraba recibiendo proveedores y ordenando pedidos. Los clientes entraban y salían con bolsas de granos, arroz, azucar, café, panela. Algunas personas madrugaban a comprar la carne en los toldos del parque y pasaban luego por la tienda de Otoniel para llevar alimentos no perecederos y enlatados. Era su éxito de más de treinta años de trabajo. De hecho, con los ahorros que le permitía el negocio, Otoniel había levantado su casa. Una esquinera con enormes espacios interiores, piso de material y paredes de bahareque. En la trastienda, gozaba de un patio en el que cultivaba aves de corral y frutales. Había criado a varios hijos y a cuatro o cinco indígenas Nasa abandonados desde niños.

A eso de las nueve, Otoniel vio a la chiva desplazándose con parsimonia hasta una cuadra más abajo y volver a quedar estacionada contra el andén, a pocos metros del comando de policía y detrás de la casa cural y de la parroquia. Parado en la puerta de la tienda, Otoniel miró hacia ambos lados de la calle. Bajó los dos escalones que lo separaban de la autovía y caminó buscando la entrada exterior al patio de su casa. Se quedó unos minutos allí, echándole maíz a los pollos, y luego se sentó en un mueble de la sala desde donde podía seguir pendiente de la tienda, en caso de que su auxiliar necesitara ayuda. Pasadas las diez de la mañana, cuando ya había terminado las horas más extenuantes en la tienda y se aprestaba a descansar, Otoniel sintió un estruendo gigante y luego un temblor. Toda la casa se sacudió. Se paró del mueble y vio las paredes cuarteadas, las puertas safadas de los marcos y vio a sus hijos salir de la casa diciéndole: “Papá, muévase de ahí, esa casa se le puede venir encima”. En el techo se había abierto un hueco y la montonera de tejas quebradas aparecían sobre un corredor. Un chorro de luz dejaba ver el baile del polvero. Otoniel supo que era la guerra cuando en seguida del estallido escuchó ráfagas de ametralladora y, segundos después, el silbido de los cilindros de gas volando en párabola desde las partes altas de las montañas hasta caer y explotar alrededor del comando de policía. Escuchó los aullidos de los perros aterrorizados. Sin perder la calma hizo lo que siempre cuando las Farc se tomaban el pueblo: cerró puertas y ventanas, y se situó en la mitad de la casa para poner paredes antes de las balas. No temió por sus hijos. Ya eran adultos y también estaban acostumbrados a sobrevivir al fuego cruzado. Se dijo a sí mismo que no iba a salir. Estaba cerca de cumplir 80 años y esa casa le había costado todo el esfuerzo de la vida. Si no había huido en tomas anteriores, si no había abandonado Toribío en la época más cruenta, no lo iba a hacer en ese momento. Si la casa se le iba a caer encima o si un cilindro la volaba en mil pedazos, él estaba dispuesto a morir adentro, con ella. “No son años para el miedo”, se dijo.

Luego de haberse jubilado, Baudelino Muñoz acostumbraba a despertar después de las siete de la mañana. Tomaba café, leía noticias, desayunaba y, en ocasiones, montaba bicicleta. En su casa, de dos plantas, residía casi toda su familia: sus hijos con sus esposas y sus hijos, y él con la suya. Como el abuelo tenía una descendencia numerosa, se preocupaba por todos, y todos en algún momento necesitaban de su consejo. Aquel sábado de la chivabomba, Baudelino se encontraba dentro de su casa, sin afanes, acompañado por su esposa. Uno de sus hijos estaba en clase de la universidad, en un centro educativo ubicado a unos quince minutos de la cabecera municipal. La hija de él, es decir la nieta de Baudelino, había ido al banco a pagar unas facturas. Todos portaban celular y acostumbraban llamarse cada vez que se prendía un hostigamiento o había una toma. Para Baudelino y los habitantes de Toribío en general, el celular se había convertido en un aparato de uso obligado. Durante los años en que no había llegado este tipo de teléfono, la gente no sabía qué era peor: si la zozobra por la posibilidad de morir en el fuego cruzado o la angustia por desconocer qué sucedía con sus familiares: si estaban seguros o en medio de las balas o vivos o muertos.

Pasadas las diez de la mañana, Otoniel sintió un estruendo gigante y luego un temblor. Toda la casa se sacudió.

Apenas sonaron las ráfagas, lo primero que pensó Baudelino fue en su nieta. El banco quedaba a pocos metros del comando de policía y siempre era el objeto de los ataques. Por celular, la niña les hizo saber a su abuelo y a su papá que estaba bien, dentro de la sucursal junto con los oficinistas y clientes, todos tirados en el suelo y arrinconados en un pequeño cuarto trasero. El papá le dijo a la niña que no fuera a salir de ahí, que lo esperara, que él iría por ella. Baudelino seguía la conversación por celular y apretaba el corazón con el puño para que nadie de su familia fuera herido o muerto. Luego supo que su hijo bajó raudo en la moto desde el centro educativo pero lo frenaron en la entrada del pueblo. Una barricada humana formada por varios integrantes del cabildo indígena evitaba el ingreso de personas al casco urbano. Las balas iban y venían. Cualquiera que se acercara al parque podía morir acribillado. Supo que su hijo le seguía diciendo a la niña que lo esperara, que él ya estaba a punto de llegar, que no fuera a salir del banco, y de repente: un estallido que lo ensordeció por segundos, seguido del temblor de tierra, del resquebrajamiento de las hojas del techo y de los cristales de las ventanas. Miró para la cocina y vio a su esposa sostenida de una viga de la pared. Volvió a ponerse el celular en la oreja y se dio cuenta de que la señal se había cortado.

A Baudelino le había tocado toda la violencia de las Farc contra el pueblo desde que en 1983 se lo tomaron la primera vez. Y aunque no llevaba registro escrito de los hechos de guerra, calculaba que en todo ese tiempo se contaban más de seiscientos hostigamientos y más de veinte tomas. Tenía el oído tan adiestrado a los combates que distinguía cuándo disparaba la fuerza pública y cuándo la guerrilla, cómo sonaba el vuelo de un cilindro de gas, cómo se escuchaba el estallido de una granada de mortero. Se dijo, entonces, que aquella explosión no tenía antecendente. Nunca antes, nada parecido. Que podía ser la suma de cien cilindros de gas explotando al mismo tiempo o una bomba de un tamaño inimaginable. Lo único que pudo hacer al darse cuenta de que el teléfono móvil estaba mudo fue esperar.

II.

Fotos: Iván Valencia y Gabriel Herrera.

Toribio es un pueblo que ahora, en medio de la implementación de los acuerdos de paz, vive más tranquilo. Foto: Iván Valencia.

La nieta de Baudelino Muñoz se llama Liza Fernanda. Su primer recuerdo de la guerra tuvo lugar por los días en que recién ingresó a la primaria. Como su abuelo era profesor y director de la escuela, todos los días la llevaba de la mano y, en ocasiones, regresaba con ella a mediodía. Cierta mañana del 2004, justo en el momento en que se aprestaban a salir para clase, la guerrilla atacó el pueblo: estallaron cilindros de gas y candelearon ráfagas de fusil. La gente apenas desperezaba los párpados y debió aceptar que el día no tendría lugar. A las tres horas de combates, Liza Fernanda escuchó la explosión de un cilindro cerca de ahí y, casi enseguida, gritos desesperados. Uno de sus amigos de cuadra, niño como ella, había sido alcanzado por las esquirlas. Luego vio a los vecinos corriendo despavoridos hacia su casa y vio que entraron al primer piso y que su abuelo no cerró la puerta, aun cuando ya parecía que no cupiera nadie más. Vio a su abuela servirle agua de hierbas a todos los que estaban ahí para que calmaran los nervios. Esa mañana, Liza Fernanda comprendió qué es la guerra. Tenía 6 años y se dio cuenta de que todas las veces que había jugado en la calle, que había corrido por el frente de su casa en tardes soleadas, había estado expuesta al peligro de un combate repentino. Entrevió que su mundo era de juguetes, pero también de fusiles.

Y esa mañana, Liza Fernanda también comprendió qué es la solidaridad. Entendió por qué en su casa sólo cerraban la puerta en la noche y la volvían a dejar de par en par al día siguiente. Supo que la casa de su abuelo era la única del sector con un techo alzado sobre plancha de concreto porque las demás continuaban con tejados de barro y esterilla, y todos creían que si algún cilindrobomba les iba a caer encima, el único lugar seguro era la casa de su abuelo porque la plancha de concreto serviría como escudo antimisiles. En las siguientes veces que las Farc atacó el pueblo, Liza Fernanda fue descubriendo que su familia nunca se arredraba y que mantenía pendiente de darle la mano a quien lo necesitara. A los heridos los llevaban hasta la entrada de la casa de su abuelo para que sus tíos los ayudaran a subir en el carro que los sacaba de Toribío para transportarlos hasta hospitales de municipios cercanos. Si los hostigamientos se prolongaban durante la noche, los vecinos se refugiaban en esa casa hasta que fuera necesario. Y todos —abuelos y tíos— se desvivían por atender a los refugiados, sin que les importara el cansancio y la tensión.

Tenía 6 años y se dio cuenta de que todas las veces que había jugado en la calle había estado expuesta al peligro de un combate repentino.

El día de la chivabomba, Liza Fernanda no se despertó temprano. Como era sábado, aprovechó para quedarse en la cama lo que no podía entre semana. Hasta que su mamá la hizo levantar para que le pagara unas facturas en el banco. Se vistió con un pantalón de sudadera, sandalias y una camiseta blanca. Cogió el celular y salió. En la caja ya había cola de unas diez personas. A los pocos minutos de estar allí, Liza Fernanda escuchó el primer intercambio de disparos de fusil. La reacción de todos fue tirarse al suelo. Arrastrándose unos y gateando otros, se situaron en un pequeño recinto que dejaban las gradas para subir al segundo piso. Los hombres se formaron en línea, delante de las mujeres, para servir de escudo en caso tal.

No tardaron en sonar los celulares. Y cada quien respondía según su miedo: “Estamos acá adentro…”, “No podemos salir…”, “Suenan tiros por todas partes…”, “Qué vamos a hacer…”. Liza Fernanda habló con su papá. Le describió la situación. Lo tranquilizó. Que no fuera a ir por ella. Miró a su alrededor: las personas lloraban, otras rezaban en voz alta, otras permanecían en silencio como absortas por el miedo. Fijó su mirada en una mujer embarazada ahogada en lágrimas. Liza Fernanda se sentía fuerte y de buen ánimo. Se le acercó y trató de calmarla: “Tranquilícese, señora, piense en el bebé. No va a pasar nada”. No eran palabras gratuitas. En realidad, Liza Fernanda sentía que nada grave iba a ocurrir, por lo menos a ellos que estaban ahí dentro. En años anteriores había sobrevivido a tantos ataques de las Farc y en situaciones de más riesgo, que lo que pasaba en ese momento no le despertaba mayor temor. Recordó una vez en que la guerrilla entró al pueblo disparando a diestra y siniestra, y ella junto con sus compañeros se encontraba recibiendo clase en un salón apenas dividido por una estopa. Si esa vez nadie había muerto —se dijo acariciando a la futura mamá—, pues menos ahora que estaban protegidas por las paredes de un banco.

En eso estaban, cuando un policía entró despavorido. Liza Fernanda vio en la cara de ese hombre el gesto del terror: los ojos desviados, la mirada picada de izquierda a derecha, los músculos de la cara flexionados a punto de reventarse en gritos. El policía les dijo que lo ayudaran a esconderse. La gente no se quería arriesgar. Si los guerrilleros se daban cuenta de que habían escondido a un policía, podían vengarse y matarlos a todos. El policía rogó y rogó. La gente ya no se pudo resistir y lo guiaron hasta el baño. Al minuto, irrumpió un guerrillero. Ardido, preguntó a gritos por dónde estaba el policía. La gente le dijo que ahí no había ningún policía. Que se fuera, que los hacía blanco de las balas. El guerrillero miró una a una la cara de las personas y se dirigió al baño. Vio la puerta cerrada y se agachó para mirar por la hendija que dejaba el contacto con el suelo. Al ver que el guerrillero se incorporó sin intentar forzar la puerta, Liza Fernanda creyó que el policía se había parado sobre el sanitario para que no le vieran las botas.

Liza Fernanda no recuerda si el guerrillero se fue y volvió a entrar, o si se quedó. Lo que recuerda es que estalló la chivabomba. Todo a su alrededor se movió. Las paredes del banco se agrietaron de la manera en que se agrieta una tostada a punto de desmoronarse. Los cristales de las puertas y de las ventanas se hicieron polvo de vidrio sobre el suelo. En pie, quedaron solamente los marcos de aluminio. Liza Fernanda pensó en su familia, que nadie hubiera estado en el parque durante la explosión. Escuchó que enardecieron los gritos. En algún momento, y como si emergieran de entre el humero, dos guerrilleros les gritaron que les daban veinte segundos para salir de ahí, tras de lo cual se pusieron a pegar en las paredes unas bombas planas como arepas, rectangulares y oscuras. Liza Fernanda detalló que los guerrilleros no necesitaban pegantes o cintas, que tal como las iban sacando de un maletín las adherían a la superficie.

Si los guerrilleros se daban cuenta de que habían escondido a un policía, podían vengarse y matarlos a todos. El policía rogó y rogó. La gente ya no se pudo resistir y lo guiaron hasta el baño.

La gente corrió en estampida. Dos mujeres se desplomaron y Liza Fernanda vio cómo les pasaron por encima. En el forcejeo, ella también se cayó y sintió las pisadas de la gente en su espalda, en sus brazos, en las piernas. Los fragmentos de vidrio le hicieron pequeñas cortadas en la piel. Cuando pudo erguirse y quedar en la boca de la salida, Liza Fernanda dudó si cruzar en diagonal para buscar refugio en la parraoquia o si correr agachada hacia la derecha del banco recostada contra las fachadas de las casas. Además, seguía pendiente de la mujer embarazada. ¿Qué decisión tomar? Si buscaban la parroquia quedarían inermes en la autovía ante el intercambio de disparos, por unos segundos. Recordó que su papá le mantenía advertido que si en algún momento sucedía algo como eso y él no estaba con ella, ella debía situarse en el medio de varias personas para anteponerle cuerpos al cualquier amenaza. Pero ella no se sentía capaz. No soportaba la idea de que les pasara algo a los demás y que ella sobreviviera. Le dijo a la embarazada que doblaran a la derecha y se fueran pegadas a la pared hasta que encontraran una casa con la puerta abierta, tal como hacía su abuelo. Eso hicieron pero al llegar a la siguiente esquina se dieron cuenta de que nadie tenía las puertas abiertas. Pasaron junto a un guerrillero, que con toda la tranquilidad del mundo, sacaba granadas de una maleta, les quitaba el seguro y las lanzaba contra el parque. Con cada explosión, el guerrillero sonreía. Liza Fernanda volteó su mirada y se dio cuenta de que no había nadie en el parque, que el guerrillero lo estaba destruyendo por puro placer. Siguieron corriendo hasta que llegaron a una casa que daba contra una falda de la montaña, donde pudieron resguardarse entre el vértice vacío que dejaba la juntura del piso con la inclinación del suelo. Pasados unos minutos, se restableció la señal de celular porque a Liza Fernanda le volvió a entrar una llamada. Era su papá. “Me decía que ya venía por mí. Y yo que no, que era muy peligroso. Que esperara que se calmara todo y ahí sí viniera por mí. Pero no a ese lugar donde estábamos sino a donde llegáramos luego”. Liza Fernada y la mujer embarazada se internaron en un cafetal y corrieron en medio de los surcos. Asustadas de que el helicóptero de la fuerza pública les disparara creyendo que eran guerrilleras. Finalmente, dieron con una casa de un pariente lejano de la mujer embarazada. Entraron y esperaron que terminara la toma. En la noche, Liza Fernanda se reunió con toda su familia en la casa de su abuelo.

III.

   

Después de cada toma guerrillera, los habitantes de Toribío acostumbraban recorrer las calles para ver los daños, identificar a las víctimas mortales, a los heridos y a las personas que perdieron su casa u otras cosas materiales. Las familias que tenían manera ayudaban a cuanta gente les fuera posible. Liza Fernanda caminó de la mano de su papá por el parque principal. Vio un hueco gigante en la vía de entrada al pueblo que hacía imposible el paso de vehículos, orificios de tiros en las paredes que quedaron en pie y, en lo que antes eran ventanas y puertas de vidrio, sólo se notaban vanos sombríos de formas rectangulares. El parque era una colección de huecos, tierra removida y bancas destruidas por las granadas. Los árboles, con ramas caídas, y algunos toldos y carpas del mercado, con perforaciones y en hilachas. Liza Fernanda vio un pila de escombros en la esquina donde se suponía quedaba el banco. Supo que el policía que se había encerrado en el baño sobrevivió a la toma, que cuando explotaron las bombas adheridas a las paredes todo le cayó encima pero nada lo hirió gravemente, y que ese policía se hizo el muerto muchas horas, hasta la madrugada siguiente, y luego se paró de ahí y fue socorrido y se dieron cuenta de que las explosiones de esas bombas lo habían dejado sordo. Liza Fernanda y su padre se detuvieron junto a lo que quedaba del comando de policía. Era la imagen de más intensa destrucción que el pueblo había sufrido jamás: en el piso, el cráter dejado por la explosión de la chivabomba, y toda la coraza del fortín, derruida; las trincheras de sacos de arena ya no estaban y en vez de ello, cascotes de ladrillo y concreto desperdigados por doquier, entreverados con hierros, metales y cauchos de motos y carros. En una pared verde militar del fortín, Liza Fernanda distinguió un manchón grueso de color ocre, como un efecto similar al que deja el frenazo de una llanta sobre el asfalto. La gente lo señalaba, estupefacta. Y en el suelo, al pie de la pared, los restos de un policía. El manchón era el rastro impreso del cuerpo de ese policía al ser arrojado por la onda de la explosión y desintegrado por la ola incandescente. A lo lejos, se notaban los huecos en los tejados de barro de las casas de familia. Ya no había gente llorando ni gritando, pero Liza Fernanda leyó el gesto del desconsuelo en todos los que estaban por ahí: la mirada caída, los brazos cruzados sobre el pecho, los músculos de la cara tensados.

Nunca se supo con exactitud cuántos explosivos cargaba esa chiva —entre otros de ese día, es un dato que las Farc deberá revelar en su proceso de desmovilización—. Fue un “ataque indiscriminado” en medio del conflicto armado que puso en riesgo la vida de la población civil, es decir, una grave infracción al Derecho Internacional Humanitario. Se supo que dejó dos civiles y un policía muertos, 99 heridos, 500 viviendas destruidas por completo y fragmentos de la chiva esparcidos hasta en un radio de un kilómetro de distancia. Incluso, en frente de la casa del abuelo Baudelino cayó un metal retorcido con gomas fundidas que humeó por varios minutos. Entre la parroquia y la casa cural se incrustó el motor de la chiva. Y una vez atendido lo urgente, el padre Ensio elaboró con ese motor un rincón de recordación, rodeado de velas e imágenes sacras, al interior de la casa cural y de acceso libre para la gente. En la casa de Otoniel Camelo no pasó nada más, por fortuna. Sus hijos regresaron a salvo y los daños de la estructura no fueron de extrema amenaza. La señora Margarita Escobar y su familia también salieron bien librados: todos se reunieron al final de la jornada y, aunque se sentían aterrados, fueron del grupo de familias que pudo ayudar.

Era la imagen de más intensa destrucción que el pueblo había sufrido jamás: en el piso, el cráter dejado por la explosión de la chivabomba, y toda la coraza del fortín, derruida

Luego de este ataque, nadie en Toribío fue el mismo. Sus habitantes, por adaptados que estén a la guerra, hablan de ese día como el más aterrador de sus vidas. Fue un momento axial para las comunidades del norte del Cauca. Muchos leyeron este episodio como una declaración de guerra total: si la guerrilla se había resuelto a hacer eso, en adelante podía atreverse a más. No fueron pocas las casas que tardaron meses en ser levantadas. Y aunque también fue por falta de dinero, la razón principal fue la pérdida de fe en el futuro. “¿Para qué reconstruyo mi casa, si nadie sabe cuándo me la volverá a tumbar la guerra?”.

En esa fecha, Liza Fernanda tenía 13 años. Andaba por la mitad del bachillerato buscando entre sus certezas qué carrera estudiar. Desde los 5, Liza Fernanda jugaba a ser médico de sus muñecos y ponía especial énfasis en atender bebés. Cuando nació su hermanito, con un soplo en el corazón, añadió una razón más: si estudiaba medicina podía ayudarlo en el futuro. La decisión definitiva la tomó tras haber sobrevivido a la chivabomba. A partir de ese día, comenzó a unir en su memoria todos los hechos de guerra que ella y su familia habían soportado. Las imágenes de las víctimas fueron flashes emocionales que la empujaban a decir: “Si hubiera más médicos en mi pueblo, más gente se hubiera salvado. Si hubieran mejores centros de salud, más gente hubiera sobrevivido”. Liza Fernanda veía en YouTube los videos de las tomas de las Farc a Toribío, combates con la fuerza pública, momentos de la guerra en el norte del Cauca. No podía deshacerse de las expresiones de miedo y dolor y los gritos de auxilio de las personas en medio de los tiroteos y las explosiones. Y no podía dejar de pensar que en esos videos no veía a casi nadie ayudando a las víctimas de la manera en que sus abuelos y sus tíos lo hacían. Y se decía: “Si yo hubiera estado ahí, hubiera hecho algo”.

Pues bien.

Liza Fernanda terminó el colegio y se inscribió en programas de becas. Dos universidades le abrieron las puertas. Una privada en Cali. Y una pública en Popayán. En las entrevistas a las que debió someterse para ser elegida, le hicieron la pregunta más elemental: “¿Por qué quiere estudiar Medicina?”. Y ella contestó: “En mi pueblo necesitan muchos más médicos y gente pendiente de la comunidad. Mi plan es ser muy buen médico, aprender mucho trabajando en hospitales de tercer nivel y volver allá y ayudar de todas las maneras que pueda, como no pude hacerlo antes”.

Ya no había gente llorando, pero Liza Fernanda leyó el gesto del desconsuelo en todos los que estaban por ahí: la mirada caída, los brazos cruzados, los músculos de la cara tensados.

Hoy en día, Liza Fernanda tiene 18 años, vive en Popayán y va en segundo año de la carrera. Cuando habla del conflicto armado no envilece el gesto ni ensombrece sus recuerdos. Mezcla el tono neutral de su relato con pequeñas señales de optimismo: una sonrisa espontánea de dientes blanquísimos, los ojos alegres, las manos abiertas en signo de entrega. Las veces que se lo han preguntado, ha respondido lo mismo: “volver a mi pueblo”. “¿En serio volver a tu pueblo, cuando puedes volverte una médica exitosa en una ciudad grande?”. “En serio. Volver a Toribío a ayudar la comunidad”.

Su abuelo, Baudelino Muñoz, y su abuela, Adiela López, esperan que para el día en que su nieta regrese como toda una doctora, Toribío no sea más un lugar subyugado por la guerra. Después del cese al fuego entre las dos partes, la gente volvió a creer en el futuro. Levantaron las casas que antes no querían y comenzaron a habitar el espacio público como llevaban décadas sin poder hacerlo. Las noches ahora son de juegos y deporte en el parque, de bicicleta en las vías y de copas en las tabernas. Baudelino dice que ahora la gente tiene vida después de las seis de la tarde. Margarita Escobar dice que la vida ahora es otra cosa, que muchos ya habían olvidado lo que es la vida sin la zozobra de la guerra. Otoniel Camelo, contento y dicharachero, abre su tienda todos los días convencido de que Toribío es el mejor lugar del mundo para vivir. Baudelino todavía se pregunta cómo fue posible que una parte de los colombianos hubiera votado No en el Plebiscito. “El deseo de todo colombiano —dice— es que esto llegue a un feliz término”. Sabe que si alguien prefiere seguir en guerra es porque no la conoce, porque no ha visto un cuerpo destrozado por la explosión de una granada, porque no ha sentido los gritos de dolor que produce una esquirla al astillar una pierna, porque no le ha tocado tener que correr de pavor con las balas pegando en las paredes, porque no ha escuchado el vuelo parabólico de un cilindro de gas antes de caer y estallar. “Los que hemos vivido la guerra sabemos lo horrible que es. Habrá personas que no lo saben. De pronto, se hacen una idea por medio de las noticias o de la televisión y creen que eso es cualquier cosa. Pero nosotros que la hemos sentido en carne propia deseamos que haya paz pronto. Y que sea definitiva. Y no por mí o por los que estamos en los últimos años. Por la niñez y la juventud que viene detrás. Para que puedan crecer, estudiar y progresar. Para que seamos país, pronto”.

Este artículo hace parte de la Caravana Pacifista. Vea más textos aquí.

* En Colombia se le dice chiva a un bus que carece de puertas y ventanas, y que tiene una escalera en la parte trasera de la carrocería por la que se sube al techo para llenarlo con el equipaje de los pasajeros. Es un vehículo usual en el campo y típico medio de transporte para los campesinos. (Nota del director: esta aclaración fue insertada el 8 de marzo de 2017) 

 

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