Por: Isabella Bernal

Foto: Jaime Barbosa

Tania siempre ha querido ser mamá, y ahora que puede espera con ansias vivir esa experiencia por primera vez. Foto: Jaime Barbosa

“Yo no voy a dejar a mi bebé pero tampoco voy a dejar que me saquen de aquí. Yo quiero vivir con mi hijo”. Tania, una tolimense que lleva 12 años en las Farc, vive en cuatro metros cuadrados, en un cambuche de paredes blancas, en medio de una de las zonas de preagrupamiento del bloque Occidental Alfonso Cano. Lo construyó hace tres meses, cuando supo que iba a ser mamá.

Desde que inició el cese al fuego, hace cerca de un año, el rigor de la disciplina para las tropas ha cambiado. Se le puede subir el volumen al televisor hasta las ocho de la noche, ya no hay que caminar con las linternas pegadas al piso porque los aviones fantasmas no sobrevuelan los campamentos, y las mujeres pueden manejar con más libertad su cuerpo, sin la amenaza del aborto obligatorio.

Tania lo tenía claro hace tiempo: quería tener un hijo. Una vez se supo embarazada, empezó a organizarse para vivir a su manera su nuevo estado; un cambio drástico en su vida. No usó el plástico negro para camuflar su dormitorio en la selva sino que lo cubrió todo con malla blanca, quería un nuevo ambiente para su periodo de gestación. En las noches se acuesta a dormir cuando se acaba el pabilo de la vela blanca que enciende todas las mañanas en un pequeño altar decorado con rosas naturales. Y, asegura, piensa en la vida, más que en el riesgo de la muerte inminente que aparecía con los bombardeos que tantas veces la desvelaron.

El fusil que antes colgaba de un clavo a la entrada de su “caleta”, como le dicen a los dormitorios en la guerrilla, lo entregó cuando supo que no lo iba a necesitar más. Sólo le queda el morral militar, que es su única pertenencia. Los guerrilleros llevan su vida en la espalda, por eso, si mañana tuviera que desarmar el cuarto, en la maleta le cabría todo lo que tiene: dos cobijas ocho tigres que la calientan en la heladas típicas de la cordillera, unas botas de caucho y otras de cuero, un par de mudas civiles y un camuflado, una cartuchera con colores y un libro para pintar mandalas, y una cuchara de acero inoxidable que es el único recuerdo que le quedó de su gran amor: el guerrillero con el que atravesó el Cañón de las Hermosas protegiendo a Raúl Reyes. El resto son solo adornos con los que ha hecho de ese lugar el próximo hogar para su hijo, un hogar en medio de uno de los campamentos del frente Franco Benavides en las selvas de la Cordillera Occidental. “Yo no tengo casa. No tengo a nadie ni nada por fuera de aquí.”

Su suerte está ligada a las de las Farc. Su vida está al lado de los compañeros que han ido y venido en su vida, caras antiguas y otras a las que apenas empieza a conocer, pero al fin y al cabo todas hacen parte de la gente con la que creció, siempre con el camuflado y el fusil.  “Mi familia es esta: Juana, Julieth y los muchachos (de las Farc). Ya no sé si mi familia de sangre me quiera porque hace tanto que me fui que ya no sé si me reconozcan. Yo he salido en videos por la televisión y ellos nunca han venido a preguntar por mí… no sé si es porque mi mamá es cristiana… De pronto hasta es mejor así, porque es capaz de que, si me ve embarazada, me va a decir que lo único que me dejó la guerrilla fue un barriga”.

Tania nació hace 27 años en una casa de bahareque a siete horas de Ibagué. En un pueblo tolimense lejos del pavimento, en donde su papá construyó el rancho en el que crecieron los seis hijos de Rosa, su mamá. Tania se fue para las Farc cuando nació su última hermanita. Se escapó porque ahí eran pocas las opciones para una niña de quince años que quería comerse el mundo. No había luz eléctrica, su papá cultivaba pero con lo que sacaba de la tierra no le alcanzaba para alimentar bien a tantas bocas. El campamento se convirtió en su escudo, el refugio de Tania, pues ella ha aprendido a hacer la vida acompañada, a despertarse con el bostezo del vecino, a escuchar los gemidos de la pareja del lado, a confiarse de que siempre hay alguien preparando la comida para los demás.

Esa vida, en donde no hay que preocuparse por la dormida ni por la vestida porque todo les llega a las manos, es lo que teme perder la mayoría de guerrilleros, pues hay muchos que no saben ni cuánto vale un kilo de arroz en Colombia. “Yo no sé cómo son las cosas afuera, ni siquiera sé como se cría a un bebé. Aquí las otras que han quedado embarazadas me ayudan. Cuando me pica la barriga me dicen que no me rasque porque me salen estrías o cuando me empezaron a dar esos mareos que yo pensaba que era porque le había cogido fastidio a la lechona, me explicaron que era normal, que no me asustara.”

Ilustración: Jaime Barbosa

Tania, y el resto de los combatientes de este campamento, esperan la firma del nuevo acuerdo de paz para dejar las armas. Ilustración: Jaime Barbosa

No es difícil imaginar que, de las más de dos mil mujeres que hay en las Farc, son muchas las que tienen el sueño de ser mamás. Para Tania, ese sueño está motivado por las ganas de volver a sentirse acompañada por alguien de su misma sangre. Pero significa también el reencuentro con la capacidad de soñar que perdió hace 11 años, cuando se puso el uniforme y se olvidó de que podían existir ilusiones a largo plazo, porque una de las cosas que arrebata la guerra es la posibilidad de imaginar el futuro.

El asombro que le produjo saberse embarazada aun la acompaña: “yo me metí en uno de los chontos (baños) del campamento. Sola. Oriné, y cuando vi que aparecieron las dos rayitas me quedé sentada. Asustada, porque no sabía ni que pensar. No sabía ni a quién contarle. Al rato salí y no volví a probar bocado del miedo tan berraco. Me puse flaca, más de lo que soy”. Hace seis meses ella decía: “yo para que voy a traer hijos a este país como está de complicado, además uno no sabe si de pronto mañana se vuelva a prender esta guerra y ¿qué se pone a hacer uno con un niño?”. Pero los meses de tregua de este año y el cese al fuego bilateral, le dieron la fuerza para decidirse.

Tania entró a la guerrilla cuando embarazarse estaba prohibido y todas las mujeres tenían que usar anticonceptivos. En 1993, en la Octava Conferencia realizada en Guaviare entre el 11 y el 18 de abril, las Farc establecieron que a partir de ese momento la violencia sexual sería un delito sancionado en consejo de guerra y aparecieron entonces las clínicas clandestinas ‘farianas’ donde, entre otras cosas, se practicaron abortos, y se ordenó además la planificación familiar.

Entró dispuesta a cumplir todas las reglas. Rápidamente aprendió a disparar en el blanco. Se convenció de las normas, del ‘código de honor’ –como lo llaman adentro–, y creció como una guerrillera fiel, sobretodo, al comandante del bloque Occidental, Pablo Catatumbo. Hizo de todo, menos contradecir las reglas, entre las que estaba planificar. Cumpliéndolas con obediencia ascendió hasta comandante de escuadra. Por eso cuando confirmó su embarazo se asustó. “Me dio miedo el rechazo de las otras muchachas pero también del papá, porque yo en el fondo sabía que eso no le iba a gustar. Igual desde ese momento nunca se me cruzó por la cabeza el aborto. Esa ya no era una opción”. Le tuvo miedo a todo, al desamor; a la soledad. Porque el ‘amor libre’ que se vive en la guerrilla, gracias a la fragilidad de los vínculos humanos que se da en la guerra, hace que las relaciones de pareja muchas veces se vuelvan desechables. Ella no quiere correr la misma suerte.

Las Farc no midieron las consecuencias de levantar la prohibición del embarazo, que llegó con la declaración del cese al fuego en diciembre. La proliferación de bebés entre parejas de combatientes se hizo evidente en la Décima Conferencia, celebrada en los llanos del Yarí, la última convención de la guerrilla en armas. Salieron a la luz los mellizos Valentín y Tatiana, que se volvieron noticia nacional. Por esos días también nació Carlos Andrés y varios más que amamantaban orgullosas las guerrilleras primerizas. En los últimos seis meses se ha dado un verdadero boom de embarazos en la guerrilla que apenas se empieza a hacer evidente en los campamentos, según cuentan los mismos guerrilleros.

La incertidumbre no es solo la de Tania sino la de muchas otras que llevan en silencio su embarazo, esperando el día en que se aclaren muchas dudas sobre su futuro y el de la guerrilla. Mientras tanto, a Tania se le sigue hinchando el vientre y se pasa los días comiendo caldo de pescado y agua de panela con canela. Cuenta que el apetito le regresó después de ver las sonrisas de sus compañeros cuando se enteraron de su embarazo; y que el rol de los médicos en los campamentos también empezó a cambiar. Incluso, que fungen como ginecólogos porque ahora la prioridad del ‘sistema de salud’ de las Farc ya no son heridas de guerra, sino otras calamidades como infecciones vaginales y diabetes gestacionales. Aunque, confiesa, casi ninguno sabe muy bien cómo atender un parto ni las enfermedades del embarazo.

La situación no es fácil para Tania ni para los comandantes porque muchos de ellos tampoco saben cuál será la suerte de esos niños. No se ha dado una orden general desde el Secretariado, entonces cada campamento ha manejado cada caso de manera individual. “Yo no sé cómo voy a hacer cuando se empiece a acercar la fecha del desarme. No quiero estar sola fuera del campamento. Además ni siquiera tengo cédula”. Lo que más la ilusiona es el nombre que le pondrá a su hijo, tal vez porque el suyo no lo pronuncia en voz alta desde que se fue de su casa hace 12 años para convertirse en la que hoy todos conocen como Tania.

“¿Cómo es eso del bautizo?, ¿eso tiene que ser en una iglesia? Porque yo quisiera que fuera aquí, con todos, y no sé si toque traer a un cura. Yo a veces rezo pero no le rezo a nadie. Sólo rezo. Entonces no sé… ¿Qué será lo mejor?”. A ella le preocupan más los detalles del bautizo que el registro civil.   Se imagina todo blanco con velas y flores como el altarcito que ha diseñado en su cambuche. No piensa mucho en los pañales, ni en la leche porque todavía no se ha dado cuenta de que eso afuera es una responsabilidad.

Cierra los ojos después de quedar a oscuras dentro del toldillo. Se duerme imaginando el calor del recién nacido y su llanto a media noche rompiendo el silencio de la selva. Su perra Mandala, un pastor siberiano, duerme afuera en una casita de madera. Tania está armando una vida para quedarse con ella, sin separarse. Pero con la única familia que tiene: las Farc.

 

Este artículo hace parte de la Caravana Pacifista. Vea más textos aquí.

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