Este artículo fue orginalmente publicado en Vice Colombia.

Por: Andrés Páramo Izquierdo

No creo que haya sido la risa, como dicen. “Nos quitaron la risa”, dicen. Y en Colombia repiten y repiten  esa frase cada agosto de cada año para conmemorar el magnicidio de Jaime Garzón, que hoy cumple 18 años de haber sido abierto a tiros en una calle de Bogotá.

Muchos colombianos ven a Jaime Garzón como el mejor humorista político que ha tenido este país, y yo creo que de ello no hay duda. Pero debajo de toda esa amalgama de chistes mordaces contra los políticos había más: un proyecto, una idea de país, una voluntad imbatible que solo encontró freno en la muerte.

Y con su asesinato, sin querer yo magnificar a Jaime Garzón, pero sí probablemente su imagen como símbolo, borraron del mapa a un país posible. Ganaron. Nos metieron en el fondo de una bolsa negra muy honda, intransitable, llena de trampas, sin una luz al fondo para encontrar la salida.

Creo que son tres las cosas que mataron una vez le dieron los tiros de gracia al héroe del humor político.

1. Mataron la posibilidad de ver la evolución de Jaime Garzón

Pues, sí. No hablo de lo predecible: de que Jaime Garzón se hubiera burlado como nadie de Álvaro Uribe Vélez o Juan Manuel Santos. Me parece obvio. Hablo de lo otro: de su segunda faceta que cogía carrera con más fuerza a medida que envejecía. En internet abunda el material periodístico que muestra una cara oculta bajo la ancha sombra del imitador inteligente que supo construir. Antes de volverse famoso, durante su auge de popularidad, incluso días previos a los de su muerte, Jaime Garzón estuvo dedicado de lleno a la política.

No siempre ocupando cargos, pero sí metiéndose y codeándose entre los más elevados círculos de la política de este país. A todos conocía y a muchos invitaba a su casa. Quería resolver problemas, hablarlos de forma amistosa, estar donde pudo haberse tomado una decisión trascendental. “A su casa iban Enrique Santos Calderón, el ex fiscal Alfonso Gómez, María Emma Mejía… mejor dicho, se mezclaban todo tipo de personas. Él mismo y su esposa les servían a los invitados pasta y vino”, recuerda el hoy senador de la Alianza Verde Antonio Navarro Wolf.

¿Y por qué? El periodista Eduardo Arias lo resume así: “Tenía un proyecto político en la cabeza, y Zoociedad y Quac no eran una finalidad sino una herramienta para llegar a lo que llamaba su proyecto político, que giraba en torno a la reconciliación, el diálogo y la paz”.

La fijación que tenía por hacer política de una manera heterodoxa fue un elemento que lo caracterizó fuera de la pantalla, de manera permanente, forjando una personalidad paralela a la que salía en los televisores de la clase media colombiana. Y eso puede leerse en los grandes hechos de su vida. Fue militante del ELN, alcalde menor de Sumapaz, traductor oficial de la Constitución de 1991 a las lenguas de los pueblos indígenas, mediador (sin protección ni orden del gobierno) de algunos secuestros extorsivos que en su momento hicieron las guerrillas de este país.

Y esto entre muchas otras cosas: Garzón fue un miembro activo de los gobiernos durante los mandatos de César Gaviria y Andrés Pastrana, de quienes era amigo, y al mismo conversaba de manera frecuente con personajes tan disímiles como el hoy senador Antonio Navarro, el recientemente fallecido Myles Frechette, el excandidato a la alcaldía de Bogotá (y exalcalde) Jaime Castro.

Yamid Amat, su jefe durante mucho tiempo en CM&, cuando ya personificaba al embolador Heriberto de la Calle, afirma que las ambiciones de Garzón por transformar el país eran muy grandes. Dice: “Quería ganarse un premio Nobel de Paz y trabajaba todos los días por eso. Despreciaba el poder y el dinero. Esa es la faceta que el país no conoce de Jaime y por lo tanto no lo valoran como ser humano. Infortunadamente sólo se conocía su faceta de caricatura, el chiste, el bufón, pero no su lucha por la paz, su formación progresista”.

Esas ambiciones, por supuesto, escapan al rol corriente de periodista de humor político. Garzón quería más. ¿Cómo hubiera podido transformarse en un proceso de paz exitoso como el que acaba de adelantar el Estado colombiano con la guerrilla de las Farc? ¿Qué rol hubiera cumplido? ¿Un rol público, de funcionario? ¿Agente de paz? ¿Garante? ¿Miembro de la nueva institucionalidad creciente del posconflicto?

Nos mataron la posibilidad de saberlo. La de ver al humorista brillante cumpliendo sus sueños de un país reconciliado y agenciando para hacerlo más fácil. O difícil. No lo sabemos.

2. Mataron por mucho tiempo el humor político televisivo

El miedo juega un papel importante en el oficio de ser periodista en Colombia. De acuerdo con el Proyecto Antonio Nariño, desarrollado por la Fundación para la Libertad de Prensa, la autocensura es el primer factor que impide a un reportero contar lo que quiere. No hay que ser brillante para saber que esta condición la produce el miedo a la violencia. Y en el caso particular del que hablo, creo que por mucho tiempo ese fantasma de Garzón asesinado en su camioneta una madrugada de hace 18 años persiguió a quienes querían hacer lo mismo que él. Porque talento hay: de imitación, de sagacidad, de inteligencia. La violencia tocó al máximo representante de la burla contra la política y la gente, así el caso sea complejo y lleno de factores conocidos y desconocidos, asoció la actividad más famosa de Garzón con su asesinato: la gente supo que vivía en una democracia de mentiras.

No me extraña, para nada, que los programas que siguieron después de su asesinato fueran más moderados, menos incisivos, sin tantos nombres propios, con burlas menos directas. Decía Antonio Caballero en una entrevista que en Colombia no hay humor político, que Garzón era “un tipo absolutamente genial, pero también absolutamente excepcional. Aquí no había habido algo así ni se ha vuelto a presentar”.

Pienso que el miedo jugó un papel determinante en esa confección de los formatos de humor político televisivo. Y pienso, también, que la sombra de Garzón no fue solo larga sobre él mismo sino también sobre quienes quisieron retomar el legado durante los años siguientes a los de su magnicidio. Hubo radio, hubo caricatura en prensa. Pero lo de televisión fue intermitente, de a ratos. Él fue el héroe querido por todos que murió en combate. Muy difícil así. La barra tan alta pesaba encima: “No es lo mismo que Jaime Garzón”. Duro.

Faltaron diez años, tal vez más, para volver a poseer esa joya de las democracias que es el humor político televisivo. Creo que lo resumió muy bien Santiago Rivas, uno de los creadores del Pequeño Tirano, cuando decía en una entrevista en SoHo que su programa surgió más por carencia que por referencia: “Ya faltando Jaime Garzón hubo una serie de experimentos como Papaya, Los Reencauchados, o estaba también La Banda Francotiradores, que, habiendo existido Garzón, deja de funcionar”. A eso le añade Santiago Rocha que “el humor se volvió políticamente correcto, terminó siendo más el chiste que otra cosa”. Todo es cierto. Esos fueron los tiempos que nos cupieron en suerte: un espacio vacío en una democracia sin personas que criticaran a los poderosos a través del humor. Muy grave.

No me sorprende que hayan pasado 18 años para que quienes hacen humor político televisivo vuelvan a tener el lugar que merecen en una sociedad. Cosas como La Pulla, HolaSoyDanny, Wally, y falta ver los que vienen, supieron salir de la sombra a través de los nuevos formatos rápidos de YouTube, sin dramatizados, diciendo las cosas de forma simple y directa, efectiva, frente a una audiencia nueva que probablemente no conoció al gigante.

Pero no los tuvimos durante muchísimo tiempo. Dos gobiernos. Los que mataron a Jaime Garzón nos hicieron ese daño tan grave.

3. Mataron la verdad colectiva y truncaron los derechos de una familia

Llevo un artículo entero hablando de Jaime Garzón como símbolo e identidad, imagen y sombra, obra y legado: nada he dicho del ser humano que dejó detrás suyo a familiares que lo ven como hermano y hombre, compañero y padre de familia. Se me olvidó lo que a toda Colombia. Y el recuento de esta fase es la demostración total de lo egoísta que pueden ser quienes nos niegan nuestra propia historia. Un egoísmo criminal, como el que más.

El caso de Jaime Garzón es la prueba de que en este país nos quieren ocultar pedazos enteros de lo que fuimos. Y los motivos que tienen aquellos que nos dominan dan escalofríos: no sabremos nunca nada de lo importante. El expediente de Jaime Garzón dio vueltas por investigadores y juzgados, convirtiéndose en uno más de esos casos que no llegan a una resolución total, que de a poquitos se construye y despedaza. Ha avanzado, sin duda, pero en el largo brazo que suponen 18 años de desmemoria. Eso es grave. Primero, porque no compartimos los colombianos una identidad común frente a nuestra propia historia, tan llena de baches infranqueables (sin la verdad será difícil reconciliarnos, por no haber punto de partida) y segundo porque el Estado se lo debe a sus familiares, las primeras víctimas.

Capturados Juan Pablo Ortiz y Edilberto Sierra, acusados de ser los autores materiales, fueron luego liberados por demostrarse que la versión de los testigos era falsa. La Fiscalía adelantó investigaciones, llegando a la conclusión de que el crimen fue perpetrado por la banda La Terraza, de Medellín, que le servía a alias Don Berna. Carlos Castaño, un líder paramilitar muerto, fue acusado y condenado como autor intelectual. El caso pasó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por petición de la familia en 2011 (el caso avanza lento). Desde 2012 hay un juicio contra José Miguel Narváez, exdirector del extinto Das, como determinador del delito. También en juicio están el coronel Jorge Eliécer Plazas Acevedo, Rito Alejo del Río y Mauricio Santoyo. En septiembre de 2016, el Consejo de Estado condenó por fin a la Nación. El 29 de septiembre de 2016, el caso se declaró como delito de lesa humanidad (que no prescribe, que se puede investigar de aquí a que se acabe la historia de Colombia).

Hay implicados y tramas de encubrimiento: paramilitares, sicarios asesinados para callarse, miembros del Estado, confabulaciones de las altas instancias del poder que Jaime Garzón señaló con el dedo índice.

Dieciocho años y la familia ahí. Nuestra verdad como país, también. Increíble.

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