Seres queridos de uno de los campesinos muertos lamentan su pérdida. Foto: Coccam Nariño

Por Julio C. Londoño Á.
Fotos: Mateo Rueda

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Lea la segunda y última entrega de este reportaje próximamente en nuestro portal.

 

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No no hay que ser un genio para concluir que buena parte del perico colombiano que se consume en el planeta podría tener su origen en Tumaco.

El papel de este municipio del Pacífico colombiano ha sido determinante para mantener satisfechas las narices de cerca de 17,1 millones consumidores que, según la Oficina de Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito, hay en el mundo. Lo sugieren las cifras: el Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos (Simci) de la ONU dice que en 2016 (el último registro completo disponible) Colombia produjo un total de 940 toneladas de cocaína, una marca histórica que iba de la mano con otra más: las 146.000 hectáreas de hoja de coca sembrada en el país. De ese total de hectáreas, 23.148 estuvieron en Tumaco, lo que representa el 16 por ciento del total, el doble de Tibú (Norte de Santander), que ocupa el segundo puesto.

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No es un tema menor. Para 2012, cuando comenzaron los diálogos entre el gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las Farc, los cultivos de hoja de coca en el país se habían reducido a niveles históricos: 49.000 hectáreas aproximadamente. En menos de cinco años, entonces, la cifra se ha triplicado, para disgusto y espanto de Washington.

Según el Simci, los centros poblados de Tumaco en que se concentra la mayor cantidad de hoja de coca son La Balsa, Guayacana, Restrepo y Llorente. Este último, ubicado a apenas una hora de la vereda El Tandil, fue donde el pasado jueves 5 de octubre siete campesinos resultaron muertos en hechos confusos, ocurridos durante una protesta contra los planes de erradicación forzada que la Policía Antinarcóticos adelanta en la zona.

Sin una versión concluyente de los hechos, el relato de la tragedia ha variado según quien cuenta la historia: los campesinos señalan a la Policía de abrir fuego indiscriminadamente, y los policías acusan a las disidencias de las Farc de lanzar explosivos artesanales durante la protesta, los cuales, según ellos, habrían sido los causantes de las muertes.

Por eso, cuando el Director Editorial de ¡Pacifista!, Camilo Jiménez Santofimio, me llamó al día siguiente de la masacre, no dudé un segundo en aceptar la propuesta que me lanzó a quemarropa: viajar a Tumaco a investigar lo que sucedía.

De entrada, al margen de las versiones de los implicados, creí que probablemente el proceso de erradicación forzada podría ser una especie de cuota del Gobierno para cumplir con las metas de la guerra contra las drogas que lidera el gobierno de Estados Unidos. A la vez, pensé en que esa confrontación ha dejando a un lado las peticiones de miles de campesinos cocaleros que exigen el cumplimiento de lo establecido en el acuerdo de paz entre el Gobierno y las Farc, el cual diseñó una política progresiva de sustitución de cultivos para estas regiones.

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Para mí, el desafío me abrió la posibilidad de examinar un problema que se desarrolla muy lejos de mi ciudad, Medellín, pero al cual había estado ligado por su gran cadena de sangre, dinero y químicos.

Al final, viajar a Tumaco era enfrentarme, cara a cara, con la tragedia de esos campesinos que producen la cocaína que esporádicamente rasgan mi nariz y la de mis amigos en una que otra noche de fiesta.

Día 1, 7 de octubre de 2017
7:55 a.m.: La llegada

Había partido de Bogotá a eso de las 6:30 de la mañana en compañía del fotógrafo Mateo Rueda. Mientras sobrevolábamos la costa pacífica, con los grandes e incontables ríos que desembocan en el océano de una manera absurdamente bella, no podía más que pensar en la cantidad de cocaína que transitaba por cada uno de ellos. Entendía finalmente por qué era un corredor perfecto para los traficantes y el florecimiento de bandas criminales que viven de la droga.

Cuando aterrizamos en el aeropuerto La Florida de Tumaco, era evidente el movimiento militar en la zona: helicópteros y avionetas, policías con uniformes de antinarcóticos, funcionarios del CTI, filas de militares. Me dolía el estómago, no sabía si por hambre o por los nervios de estar allí, con todos los prejuicios que tenía gracias a la prensa, la radio y la televisión.

Una vez tomamos el taxi rumbo al centro, le preguntamos al conductor por la situación en el municipio. Nos recomendó visitar El Morro, la zona high de Tumaco, pues había barrios en alerta roja, donde era mejor que los “turistas” no entráramos.

Veíamos los palafitos alzarse sobre las porciones del Pacífico que quedaban entre isla e isla. Tumaco es desigual en todos los sentidos: en su geografía compuesta por tres islas y una porción continental; en la distribución de dineros reflejada en las casas de madera intercaladas con construcciones de adobe debidamente revocadas, pintadas y adornadas con vidrios espejo; y en la distribución del trabajo: los informales venteros de agua de coco, las tiendas de comercio beneficiadas por el contrabando y los lancheros que ofrecen a los extranjeros la cara más amable de la región: Bocagrande.

El aire se sentía denso en el centro y en medio de su bullicio. Quizá fuera el olor a pescado, que era insoportable. Me acordé de Turbo, un pueblo porteño de la subregión del Urabá antioqueño con un entorno similar.

8:30 a.m: Centro de Tumaco. Territorios en disputa

Mientras Mateo descansaba de su trasnocho y recargaba energías para los tres días que nos esperaban, aproveché para hacer unas llamadas e intentar encontrar un enlace que nos llevara finalmente a Tandil. No habíamos llegado hasta allí para ver la realidad desde un hotel, queríamos conocer las matas de coca.

El primero que apareció fue Jefferson Sánchez, periodista y director del colectivo Abriendo Caminos para la Paz. Quería que alguien de la región me pusiera en contexto de lo que sucedía, tanto en el casco urbano de Tumaco como en el Alto Mira, donde había sucedido la masacre.

“Casi todo el mundo se acogió a la implementación del posconflicto”, comenzó Jefferson. “Tumaco es una de las regiones más afectadas por la violencia. Es el municipio más productor de coca del mundo, ni siquiera en Colombia… ¡En el mundo! Por eso la gente le dijo sí al proceso de paz”.

No habíamos llegado hasta allí para ver la realidad desde un hotel, queríamos conocer las matas de coca

Jefferson contó que en Tumaco ya se han realizado varias reuniones con el Gobierno Nacional sobre sustitución de cultivos, en las que han hablado de los proyectos sociales que necesita la región para reactivar la economía de manera lícita. El problema, me decía, es que hasta ahora eso no se ha visto y lo único que ha llegado desde el centro son las tropas de militares y los policías que han entrado en los territorios a arrancar matas de coca, con el riesgo que esto implica para las comunidades y para su sustento económico.

Luego, mientras seguía recolectando información, se comenzó a enredar la madeja. Me enteré de que a las afueras de Tumaco, donde se ubican Tandil y otras veredas sembradas de coca, en el corredor selvático que divide a Colombia de Ecuador, las tierras pertenecen a los dieciséis Consejos Comunitarios Afro que existen en la región. Están agrupados en la Red de Consejos Comunitarios del Pacífico Sur de Nariño (Recompas) y ubicados en los municipios de Tumaco, Francisco Pizarro y Mosquera. Los consejos son organizaciones territoriales que gracias a la ley 70 de 1993 lograron el derecho a la propiedad colectiva de tierras baldías en la rivera de la Cuenca del Pacífico.

Mientras hablaba con Jefferson apareció Denis Castillo, El Colombianito, líder del consejo comunitario del río Rosario y defensor de Derechos Humanos. Me dijo que a sus territorios no puede entrar cualquiera porque están protegidos por la ley y que el Gobierno debe hacer una consulta previa para cualquier decisión que tome sobre ellos. “Pueden mandar una multinacional recomendada por Trump al Rosario porque hay petróleo, gas, zafiro, topacio o coltán para celulares. Pero no. Allá hay que hacer una consulta previa, amplia y anunciada en el territorio, a la junta de gobierno y a sus representantes”.

Jefferson Sánchez y Denis Castillo nos ayudaron a entender la realidad de Tumaco. Foto: Mateo Rueda | ¡PACIFISTA!

A pesar del reconocimiento de los territorios a las comunidades negras, hace cerca de veinte años el fenómeno cocalero llegó a la zona impulsado por las Farc. Según me contaría más tarde, vía telefónica, Célimo Cortés, líder de Recompas, la guerrilla y otros grupos armados dedicados al narcotráfico comenzaron a movilizar gente de otras zonas del país hacia el territorio colectivo de los consejos comunitarios. Y hace cerca de quince años entraron con mayor fuerza a la zona del Alto y Bajo Mira. Esto llevó a las comunidades afro a replegarse o desplazarse hacia Mataje, Nulpe o otros territorios. El mismo fenómeno, según me contó Cortés, se repitió en los consejos comunitarios ubicados en Las Baras, Caunapí, Rosario, Capa y el río Changüí.

Pero allá, en esas zonas, hay un lío adicional. Según Jefferson, los colonos que se adueñaron de las tierras y del negocio de la coca los han obligado a todos a enfrentarse cuerpo a cuerpo con la Fuerza Pública para evitar la erradicación: desde los campesinos que trajeron con ellos, pasando por los indígenas asentados de la zona, hasta los afrodescendientes dedicados a la siembra y cosecha de la planta. Enfrentamientos de este tipo no solo se han dado en Tandil, sino también en Bocas de Satinga en el municipio de Olaya Herrera, donde murieron cerca de tres campesinos, y en veredas como El Cedro, donde, según Jefferson, asesinaron a cinco más.

Los colonos que se adueñaron de las tierras y del negocio de la coca obligan a todos a enfrentarse con la Fuerza Pública para evitar la erradicación

Por otro lado, según Cortés, en la zona de Alto Mira, alias Guacho, líder disidente de las Farc, y alrededor de cuarenta hombres a su servicio ejercen presión para mantener los cultivos de coca. Sin embargo, hay otro actor clave que entra en el escenario: los mexicanos.

Cortés me dijo que no sabe a ciencia cierta si realmente se trata de mexicanos, pero que es común encontrar personas con el acento en restaurantes, hoteles y zonas rurales de Tumaco. “Esta semana cogieron una lancha con tres tripulantes, uno era mexicano. Hace más o menos un mes, cogieron más de cuatro lanchas con tripulaciones mexicanas”, me dijo. “Obviamente deben pertenecer a algún cartel. Los rumores que se oyen es que muchos hacen negocios directos con los narcos mexicanos y que ellos mandan a uno o varios hombres por el Ecuador hasta Tumaco para hacer presión y seguimiento a su ‘mercancía’”.

Desde hace un tiempo se viene hablando, no solo en la región, sino también en los medios de comunicación, de la incursión en Tumaco de los carteles de Sinaloa y los Zetas, además de algunas mafias ecuatorianas que mantienen “relaciones diplomáticas” con los grupos dedicados al narcotráfico en Colombia. El pasado marzo, por ejemplo, el país se enteró de la Operación Valquiria de la Policía Nacional: cayeron doce personas relacionadas con los carteles mexicanos que transportaban cerca de ocho toneladas de cocaína al mes a Guatemala, México y Estados Unidos.

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Sánchez, Cortés y Castillo coinciden en que la solución inicial debe comenzar por una verdadera inversión social, una sustitución consensuada y escalada de la coca y la aplicación del primer punto del acuerdo de paz sobre el acceso a la tierra. Las principales necesidades a las que la comunidad apunta son las mismas de siempre: salud, educación, vías de acceso, energía, acueductos, seguridad y proyectos productivos alternativos.

Para Cortés, además, a través de la Agencia Nacional de Tierras, el Estado debe censar a los campesinos que no pertenecen a esta región y asegurarles también un territorio donde puedan producir y subsistir con dignidad. “Los problemas –me aseguró Cortés– de la comunidad negra e indígena no son de hace cincuenta años. Están aquí desde la invasión de los españoles. Pero el país entiende, a su manera, que los problemas estructurales de negros, indígenas y campesinos se van a resolver poniéndole fin a un conflicto de cincuenta años. Eso es una mentira, pero demuestra la estructura mental nuestra”.

11:30 a.m. Calles del centro de Tumaco. El calor

Salimos del hotel espantados por el calor del mediodía y el olor del pescado y las langostas moribundas que algunos vendedores ambulantes arruman en carretas. Mateo comenzó a disparar su cámara por las calles de Tumaco: tiendas de blusas con incrustaciones de diamantes falsos, maniquíes con tetas gigantes a los que ni una copa Z les quedaría bien, mototaxis pescando carreras y la gente esquivándolos con naturalidad. Dos días después de la masacre, en Tumaco todo parecía normal. Todo excepto nosotros dos: citadinos acostumbrados a la seguridad virtual de los semáforos.

Nos aventuramos por un puerto estrecho que encontramos al final de un callejón ruidoso, en un ambiente de vallenatos, lleno de barberías y de hombres que pasan el mediodía a punta de cerveza para retomar labores en la tarde. Un pueblo común, costero, desordenado, oloroso, paupérrimo. Pero al final tranquilo. No parecía el municipio en que solo este año han matado a 140 personas y en que, según me contó Célimo, las últimas tres semanas la cifra no baja de cuatro muertos al día.

Al fondo se alcanza a ver el mar desde uno de los callejones del pueblo. Foto: Mateo Rueda | ¡PACIFISTA!

“Matan a la gente a pleno sol del día o en la noche y a dos cuadras de los CAI de policía”, me dijo. Y quienes matan ya no andan con pistolas sino con fusiles y ametralladoras. Hay plomeras que pueden durar hasta una hora, y la Policía llega media o una hora después de los enfrentamientos”.

Las palabras de Célimo me hicieron caer en cuenta de que, a diferencia de la escena que encontramos cuando aterrizamos en el aeropuerto de Tumaco, en la zona urbana no parece haber mayor presencia policial. Apenas unas pocas fuerzas de antinarcóticos se agrupaban en alguna esquina con sus fusiles de largo alcance, sin hacer muchas rondas. Mientras caminábamos en esas horas cercanas al mediodía, los uniformados permanecían apertrechados por el calor en el edificio del distrito especial del pueblo, a unas cinco cuadras de nuestro hotel.

Cruzamos la plaza del mercado principal, viendo los marranos descuartizados colgados en plena calle, las moscas rodeándolos, algunas gallinas cacareando y otras siendo empacadas a la fuerza en costales. Luego de almorzar no dejaba de sudar. Le propuse a Mateo buscar una salida al mar, por lo menos para recibir la brisa. Una búsqueda casi fallida en un pueblo que le ha dado la espalda al océano, al menos en su zona céntrica.

Una de las carnicerías al aire libre con las que nos encontramos. Foto: Mateo Rueda | ¡PACIFISTA!

Encontramos una bomba de gasolina.

Le pregunté a uno de los trabajadores donde podía ver el mar y sentarme. Me señaló la parte trasera de la bomba, un lugar poco romántico para lo que esperaba fuera el cigarrillo de la digestión. Entramos y le preguntamos al muchacho cómo iba la vaina y cómo andaba Tumaco. Nos contó que había oído balaceras en la mañana, a eso de las 7. Que las bandas en los palafitos se disputaban el control que había tenido la guerrilla. Que llegaban en lanchas y parqueaban debajo de las casas de madera para sorprender al enemigo mientas dormía y dispararle a quemarropa. Como la Policía no podía entrar porque los callejones son escasamente de un metro, lo mejor, según él, era no arrimarnos, sino más bien irnos a El Morro, que es “bien bonito” y donde hay playas abiertas para los turistas.

En estos barrios deprimidos de la ciudad controlados por las Farc durante los últimos ocho años, una nueva generación de capitos, suscritos a las denominadas bacrim (bandas criminales), divide el territorio con fronteras invisibles.

Tan sólo en Tumaco, me dijo Célimo, hay cerca de siete bandas que custodian bodegas llenas de armas, dólares y pasta base. También vigilan los cristalizaderos, donde rinden la pasta para volverla cocaína y perico. Ya no rondan por la zona rural, ahora están aquí, en el corazón de Tumaco. A eso se suma el impuesto que los dueños del negocio le cobran a quienes forman parte de la cadena de la cocaína: a quienes la producen, a quienes la comercializan y a quienes la trafican.

Todo el sistema del narcotráfico resumido en un solo municipio.

Cortés me explicó cómo funciona: “La pasta base le llega al que la cristaliza, quien tiene que pagarle a alguien para que le preste seguridad. Cuando alguien mueve un kilo hacia México, Estados Unidos, Canadá o Panamá, también tiene que pagarle a otro alguien para que la cadena se mantenga. Antes, todo eso eso lo cobraban las Farc, hoy lo hacen los diferentes grupos. Cada cual a su manera”.

Después de pasar por la estación de gasolina, caminamos hacia la calle 5, que es para Tumaco lo que la carrera 7 es para Bogotá. Cruzamos un coliseo que es un decir porque parece más un pedazo de tierra destechado. Pasamos por el cementerio y vimos un cráneo expuesto en una fosa abierta, coronas y estampas que desde las lápidas les encomiendan los muertos a la Vírgen y al Espíritu Santo.

El Pacífico desde la orilla. Foto: Mateo Rueda | ¡PACIFISTA!

Finalmente encontramos una salida al mar, desde una casa palafito al final de un callejón estrecho que pasa desapercibido desde la calle 5. Allí están el Pacífico, la brisa y un grupo de niños disfrutando de la piscina natural del patio trasero. Nos quedamos unos quince minutos, vemos a los chicos saltar y nadar bajo las columnas de madera de las casas. Un grupo de muchachas un poco mayores que los niños los cuidaban desde la entrada de la casa mientras nos miraban sonrientes a Mateo y a mí, sin entender qué carajos hacíamos ahí parados.

“Llorando viene Rosario por las calles de un lugar”. Fruko y sus Tesos sonaba a todo taco en un bafle que no se alcanzaba a ver, mientras los niños chapoteaban en el mar. “Se burla la muchachada viéndola toda embarrada. ¡Ay, pobrecita Rosario! la más bonita del barrio y vuelve y pum de nuevo al charco Rosario”.

El mar en el patrio trasero. Foto: Mateo Rueda | ¡PACIFISTA!

Recuerdo pensar que ese pueblo en el que estaba y por el que me había paseado quedaba por fuera incluso de la geografía macondiana: allí, a pesar de todos sus problemas, parecía no pasara nada.

Al día siguiente partiríamos rumbo a Tandil para tratar de entender cómo cayeron muertos siete campesinos en las retiradas zonas cocaleras de Tumaco.

Allá, a pesar de la lejanía del centro del país y de las grandes ciudades, los cocaleros saben que lejos de sus fronteras y al norte del Océano Atlántico la presión por acabar con sus cultivos no da tregua. 

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